Buenas noches. Pasa, pasa... siéntate ahí, en la barra. Así mientras te tomas lo de siempre y si quieres hablamos un rato.
Verás En este bar entra mucha gente. Unos se quedan horas, te cuentan su vida entera, sus dramas, sus divorcios... y al día siguiente ni te acuerdas de sus nombres. Pero luego... luego están los otros. Los que entran, piden un vaso de agua, se sientan en la esquina, te dicen una sola frase lapidaria que te vuela la cabeza, pagan y se van. Y se quedan a vivir en tu mente para siempre. Vaya paradoja.
En el cine pasa exactamente lo mismo. Nos obsesionamos con los grandes protagonistas, los que están en pantalla dos horas sufriendo y llorando. Pero hoy quiero hablarte de la aristocracia del cine: los actores de reparto. Esos personajes minúsculos, con tres líneas de diálogo, que aparecen cinco minutos en una película ya se adueñan de ella. Esos que, cuando terminan los créditos, te los llevas a casa contigo. Hoy quiero hablarte de uno de ellos.
Si yo te digo el nombre de David Lynch... ¿qué te viene a la cabeza? Pesadillas, habitaciones rojas, enanos que hablan al revés, la perturbadora atmósfera de Carretera Perdida, la densidad de El Hombre Elefante, o la ambición incomprendida de aquel primer Dune. Lynch es el rey del surrealismo, de lo bizarro, de lo incómodo.
Si yo te preguntara qué productora de Hollywood jamás, bajo ningún concepto, ficharía a un director que filma orejas cortadas llenas de hormigas en el césped... me dirías, sin dudarlo, que Disney. Disney está a años luz de ese universo tan personal, tan Lynch.
Pues bien, la realidad siempre supera a la ficción. En 1999 se dio el eclipse más extraño de la industria: Walt Disney Pictures distribuyó una película dirigida por David Lynch. Pero no es que Lynch se hubiera vuelto comercial, ni que Disney se hubiera vuelto siniestra. Es que ambos se rindieron ante una historia real tan absurdamente luminosa que solo un genio de la atmósfera podía rodar sin caer en la cursilería. Hablo de Una historia verdadera (The Straight Story).
La sinopsis de esta película es, sobre el papel, una locura minimalista. Es la aventura de Alvin Straight, un anciano de 73 años, medio ciego, con las piernas destrozadas y un enfisema pulmonar. Alvin se entera de que su hermano Lyle, con el que lleva diez años sin hablarse por culpa de una estúpida discusión de viejos orgullosos, ha sufrido un infarto.
Alvin no tiene carné de conducir. Tampoco quiere que nadie lo lleve. Él necesita hacer ese viaje bajo sus propios medios. Así que engancha un remolque a una vieja y lenta cosechadora de césped de la marca John Deere y de un año tan lejano como 1966... y se lanza a la carretera. Su objetivo: recorrer 1000 millas, cruzando dos estados, a una velocidad máxima de 8 kilómetros por hora.
Es una película brillante, enternecedora y bellísima. Es una 'road movie' a paso de tortuga que nos habla de la realidad de las personas que están en el invierno de sus vidas. Ese territorio crepuscular, ese club exclusivo de la vejez que solo ellos comprenden. Un mundo donde el tiempo ya no se mide en minutos, sino en recuerdos y en el peso de los errores que ya no tienes tiempo de cometer. Alvin no viaja en una cosechadora por capricho; viaja así porque el viaje en sí mismo es su penitencia, su forma de quemar el orgullo antes de llegar a los ojos de su hermano y, simplemente, pedir explicaciones. Sin reproches. Solo dos ancianos sentados en un porche mirando las estrellas.
Pero para que un viaje de mil millas a ocho kilómetros por hora funcione en el cine, las paradas en el camino tienen que ser mágicas. Y aquí es donde David Lynch y los guionistas demuestran una finura brutal. En el pueblo de Alvin, antes de partir, hay una escena minúscula. Dura apenas un par de minutos. Es la visita de Alvin a la ferretería local.
Aquí entra nuestro protagonista de hoy. No sabemos su apellido, solo sabemos que se llama Pete. Es el anciano tendero de la ferretería, interpretado de forma magistral por Ed Grennan.
Cualquier otro director habría filmado la compra de un accesorio como un trámite aburrido: el protagonista entra, paga, coge el objeto y se va. Pero Lynch entiende que en el mundo de estos ancianos, una transacción comercial en una ferretería de pueblo es casi un duelo de alta estrategia, un ritual sagrado lleno de subtexto y psicología humana.
Vamos a meternos en la cabeza de Pete, el tendero. Imagínatelo. Un hombre que lleva toda la vida, décadas enteras, entre esos pasillos de madera que huelen a aceite lubricante, metal y serrín. Para Pete, los objetos de su tienda ya no son mercancía. Son suyos. Los conoce, los ha limpiado, los ha colocado durante años. Cada vez que vende un artículo, para él no es una venta... ¡es una despedida dolorosa! Es como decirle adiós a un amigo. Es desprenderse de un trozo de su propio existencia.
Y entonces entra por la puerta Alvin Straight. Alvin se mueve con una dificultad tremenda; para estos hombres, cualquier torsión de la espalda, el simple gesto de agacharse a mirar un estante inferior, es comparable a un ejercicio gimnástico de calidad olímpica.
Entonces el tendero, al verle sabe algo terrible, viene a comprar. Ambos se miden las fuerzas con la mirada.
Alvin está buscando algo muy específico para su viaje: un agarrador, un brazo extensible con una pinza en el extremo. Pete va a buscarlo. Sabe perfectamente que es un objeto magnífico. Lo trae como quien transporta el Santo Grial. Pero... ¡ay amigo!... Pete no se lo quiere vender. Se resiste con todo su ser. Obviamente es el tendero, no puede negarse ya que es su oficio, así que utiliza la única arma que le queda: la guerra psicológica. Empieza a poner excusas y a interrogar a Alvin con la secreta esperanza de que este se canse, se eche atrás y le devuelva su preciado agarrador.
Escucha uno de sus diálogos, hay más, pero este me parece que demuestra muy bien de que estamos hablando, estate atento porque es oro puro:
Pete (con desconfianza): Es un agarrador estupendo. Maravilloso. De lo mejor que se ha fabricado. Pero... ¿para qué lo quieres exactamente, Alvin?
Alvin (flemático, mirándolo fijamente): Para agarrar.
Es una genialidad. "Para agarrar". ¿Para qué va a ser si no? Pero Pete no se rinde. Su ayudante, Sig, que está al lado observando la jugada, decide intervenir para presionar un poco más, intentando meter miedo con el precio a ver si por ahí Alvin claudica.
Sig: Cuesta quince dólares, Alvin. Es un precio alto.
Pete (asintiendo, intentando sabotear su propia venta): Sí, es caro. Es un dinero. Además... ¿has pensado bien qué vas a agarrar con él? Porque si intentas agarrar algo demasiado pesado... podría romperse. No está hecho para cosas grandes.
Es maravilloso ver cómo el tendero sufre por el destino del objeto en manos de Alvin. Teme que no lo cuide, teme que le exija demasiado. Está intentando desesperadamente que Alvin diga: "Bueno, pues déjalo, ya me apañaré de otra forma". Pero Alvin se mantiene firme, saca sus quince dólares, paga el rescate del agarrador y Pete se lo entrega con los ojos entornados, sufriendo por la marcha de su querido brazo de metal.
En menos de tres minutos, ese actor de reparto te ha dibujado una vida entera, una existencia que se agota igual que su mercancía, esa escena tierna y terca es lo más parecido a la magia en el cine.
Una historia verdadera es una obra maestra absoluta. Te la aconsejo con fuerza si no la has visto, y si ya la viste, vuelve a ella. Te limpia el alma. Nos recuerda que, a veces, para llegar a los sitios que de verdad importan, hay que ir muy despacio. Que la velocidad del mundo moderno nos hace perdernos los detalles del paisaje... y a las personas que habitan en él.
Bueno... se va haciendo tarde y tengo que recoger las mesas. Te dejo con un último pensamiento lúcido para la semana, ahora que hemos hablado de la vejez y de los achaques de Alvin y el tendero:
Cuida tu espalda, de verdad. Haz estiramientos. Porque llegará un día en que un simple estornudo fuerte mientras estás sentado en el sofá te dislocará tres vértebras y te obligará a ir a la ferretería a por un agarrador de quince dólares. Y créeme, no querrás tener que dar explicaciones de para qué lo quieres a un tendero como Pete.
Pues bien, ya te dejo con tu bebida, dejo que disfrutes del pianista y del ambiente por que colorín colorado esta historia de un tendero que se niega a vender ha terminado.
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