Cuando llegan estas épocas del año, parece que el calendario nos obliga a una tregua. Las luces parpadeantes, el frío en las aceras y esa extraña sensación de que el tiempo, de repente, se acelera y a la vez se detiene.
Vivimos nuestros días a todo color intermitente de la decoración del arbol o las aceras, todo en alta definición. Pero cuando llegamos y nos refugiamos en casa, los sueños que nos habitan vuelven a ser en blanco y negro, con su textura granulada de viejas películas de la Paramount, la elegancia de un smoking bien ajustado y el sonido inconfundible de una orquesta de swing que empieza a afinar sus instrumentos en la penumbra.
En estas fechas, nos aferramos colectivamente a una fantasía muy concreta: la idea de que los problemas, por muy grandes o enrevesados que parezcan el resto del año, pueden desaparecer mágicamente con los compases de un viejo musical de los años 40.
Basta con que se levante el telón para que el mundo exterior se congele detrás de un escaparate de atrezo.
Los, niños, los regalos y esa nieve de mentira de las bolas de navidad.
Y en ese momento junto al crepitar de la chimenea, en la televisión emiten una de Fred Astaire.
Así que bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de CINEFILIA. con todos vosotros Hollidey Inn o cómo se tituló en España 15 días de placer dirigida por el especialista en el género Mark Sandrich.
Porque los grandes musicales clásicos, esos que resisten impertérritos el paso de las décadas. Parten siempre de una Santísima Trinidad infalible: una historia amable que nos reconcilia con el mundo, un reparto mítico capaz de flotar sobre el suelo, y una partitura que esté a la altura... y qué altura la de esta película.
Aquí las canciones son el motor del tiempo. Y es que detrás de cada pentagrama se encuentra uno de los más grandes compositores de la historia de la música popular norteamericana: Irving Berlin.
Hablar de Berlin es hablar de un puente invisible, elegante y eterno entre el viejo musical de Hollywood y la sofisticación del jazz. No es casualidad que muchos de los estándares de jazz más memorables, esos que cualquier pianista y cualquier aficionado venera en el Real Book, lleven su firma. Berlin tenía una capacidad casi alquímica para destilar la melancolía, el romance y la alegría en melodías aparentemente sencillas pero armónicamente impecables.
En Holiday Inn, esa genialidad alcanza cotas mayúsculas. Cada canción es un mecanismo de relojería pensado para atraparnos, un recordatorio de que la música de aquella época no solo acompañaba a las imágenes, sino que les daba alma.
Aquí encontramos una de las partituras más míticas de estas fechas navideñas White Christmas que parece que siempre estuvo ahí, pero fue una canción creada para este film, en donde la voz de Bing Crosby y Martjori Reinolds y ahora vamos a ese reparto maravilloso donde el crooner por excelencia Crostby vuelve a demostrar no sólo su poderío vocal, si no su buen hacer frente a la cámara, junto a él uno de los mayores bailarines de la historia del cine, por no decir el más grande, su nombre es sinónimo de elegancia, el gran Fred Astaire, siempre me pareció que la gravedad influía de diferente forma a él, parecía flotar en el aire, suspendido en el aire de manera imposible demostrando un control corporal más allá de lo humano y por último el director de Sombrero de copa o de esta joya del cine Holliday inn, que pocas veces se nombra como film navideño, el gran director de cine Marck Sandrich.
La historia arranca en el bullicio de Nueva York, en plena Nochevieja. Allí tenemos a un trío artístico incombustible: Jim Hardy, interpretado por Bing Crosby; Ted Hanover, al que da vida un pletórico Fred Astaire; y Lila Dixon, la bailarina que comparte escenario y afectos con ambos.
Jim está cansado del ritmo frenético de los escenarios, de las giras interminables y del divismo de la vida artística. Su gran sueño, su fantasía de hombre cansado de aplausos, es retirarse al campo, comprar una granja en Connecticut y llevar una vida apacible dedicado exclusivamente a la agricultura y a la tranquilidad rural. Por su parte, Ted y Lila quieren seguir triunfando en la gran ciudad.
Las cosas se tuercen cuando, en la víspera de separarse artísticamente, los planes de futuro y los romances se cruzan de la peor manera, dejando a Jim con el corazón roto y un billete de ida hacia una granja que resulta ser mucho más ruinosa de lo que esperaba.
Es entonces cuando a Jim se le ocurre una idea brillante y excéntrica: transformar esa granja deprimida en un local muy especial... un hotel que solo abrirá sus puertas los días festivos del año, ofreciendo un espectáculo único para cada celebración.
Y es ahí, en ese refugio campestre donde cada fiesta del calendario se convierte en un evento musical, donde el destino de los tres protagonistas está a punto de dar un giro completamente inesperado cuando conoce a una bailarina Linda, pronto aparece una atracción entre ambos pero que el miedo al otro lleva a no declararse
Y de repente Lila ha dejado a Ted y este aparece en borracho en el local de su amigo y por casualidad baila con Linda, de repente aparece a la vista una nueva pareja de baile para Ted... pero Jim, temeroso que de que le robe a la mujer de su vida intenta boicotear las intenciones de su amigo y hasta aquí te voy a contar el resto de la película la tienes que ver tu.
Holiday Inn nos recuerda que el cine clásico tenía la rara habilidad de crear un hogar temporal para el espectador. Y hoy, ochenta años después de su estreno, sigue siendo ese lugar al que siempre apetece volver cuando fuera hace frío, las luces parpadean y necesitamos que, al menos durante un par de horas, los problemas vuelvan a resolverse al ritmo de un viejo número musical
Cierto es que la historia nos narra una época diferente de los estados unidos, donde Astaire puede bailar con un cigarrillo en la boca, o como en la festividad de Habraham Lincond celebran la abolición pintandose la cara de negro Y Crostby y Reynolds aparecen maquillados y no hay que olvidar la fecha 1942 en plena segunda guerra mundial, con lo que no falta el momento patriotico.
Pero eran otros tiempos, otra época y no se puede juzgar con los ojos de hoy.
Así que con este clásico músical de navidad, me voy a despedir de todos vosotros, deseando que en estas fechas seas inmensamente feliz y cómo no puede ser de otra forma, que vivas el cine