domingo, 31 de mayo de 2026

La creadora de monstruos

 Las mesas del local estan llenas, pero siempre hay un sitio para ti y creo que la historia de hoy te va a gustar bastante, una historia para el reposo de tu día a día, un momento para dejar volar la imaginación con una mujer bastante reservada, brillante, incómoda en el trato pero fascinante. 

Una escritora capaz de hacernos sentir simpatía por un asesino, de hacernos comprender a un mentiroso y de obligarnos a mirar donde normalmente preferimos apartar la vista.

Hoy vamos a conocer la vida de Patricia Highsmith. La mujer que creó la obra en la que se basa el film de Hitchcock "Extraños en un tren" y que fue la madre literaria de ese asesino con suerte llamado  Tom Ripley.

Y quizá, una de las literatas más singulares del siglo XX. Y si me permites una apostilla personal mi escritora favorita.

Imagina por un momento que entras en una librería Recorres las estanterías y encuentras una novela sobre un joven elegante, inteligente y encantador.

Un hombre capaz de mentir con naturalidad. De asumir identidades ajenas.

De matar si es necesario.Y sin embargo, mientras avanzas en la lectura, te descubres apoyándolo.

Deseando que no lo atrapen. Esperando que consiga escapar.

Eso es exactamente lo que millones de lectores hemos experimentado con Tom Ripley.

Y la pregunta es inevitable. ¿Qué clase de persona podía imaginar un personaje así?

La respuesta nos lleva a una fría mañana de enero de 1921.

Patricia Highsmith nació en Texas, en Estados Unidos. Su infancia no fue precisamente feliz.

Sus padres se separaron antes de que ella naciera y la relación con su madre estuvo marcada por conflictos que la acompañarían toda su vida.

Décadas después, Highsmith contaría episodios de aquella relación con una mezcla de resentimiento y tristeza.

Algunos biógrafos incluso han señalado que la escritora arrastró durante años una sensación de rechazo y soledad que terminaría apareciendo, de una forma u otra, en muchos de sus personajes.

Porque si algo caracteriza las novelas de Highsmith es precisamente eso. La soledad. Sus protagonistas suelen estar aislados. Observando el mundo desde fuera. Como si nunca terminaran de encajar.

Quizá porque la propia Patricia tampoco sentía que encajara.

Desde muy joven encontró refugio en los libros. Leía de manera voraz. Pasaba horas sumergida en historias.

Mientras otros niños jugaban, ella leía. Vívia en sus mundos personales que sólo otorgan la lectura y eso la aislaba como un bicho raro para el restos de chicos

Era una persona extraordinariamente inteligente. Y también extraordinariamente observadora.

Tenía una capacidad especial para detectar contradicciones en los demás. Para comprender las motivaciones ocultas que se esconden detrás de las apariencias.

Años más tarde, esa habilidad se convertiría en una de las marcas de su literatura.

Porque Highsmith entendía algo fundamental. Las personas rara vez son completamente buenas o completamente malas. La mayoría vivimos en una zona gris.

Y es precisamente ahí  es donde ella se movía con una maestría descomunal otorgando a sus personajes una complejidad que agradece el lector más exigente y hace que te rindas ante ella, tras sólo leer un par de páginas.

En los años cuarenta comenzó a abrirse camino como escritora. Curiosamente no fue fácil. Como tantos autores, tuvo que realizar trabajos diversos mientras intentaba publicar sus textos.

Pero entonces llegó una oportunidad inesperada. Una novela titulada Extraños en un tren. Una obra maestra de la literatura de misterio, menudo arranque.

Verás la premisa era tan sencilla como inquietante. Dos desconocidos coinciden durante un viaje.

Uno de ellos propone un intercambio de asesinatos. Yo elimino a la persona que te molesta.

Tú eliminas a la mía. Dos crímenes sin conexión aparente. Dos culpables imposibles de relacionar. La idea era brillante.

Y llamó la atención de una figura que ya era una leyenda del cine. Alfred Hitchcock.

La adaptación cinematográfica convirtió la novela en un éxito. De repente, Patricia Highsmith dejó de ser una escritora prácticamente desconocida.

Su nombre comenzó a circular. Los lectores empezaron a descubrirla. Y su carrera despegó.

Pero si existe una obra que la convirtió en inmortal, esa llegó pocos años después. En 1955. Ese año apareció una novela titulada El talento de Mr. Ripley. Su protagonista era Tom Ripley. Un joven sin fortuna. Sin escrúpulos. Y con una capacidad extraordinaria para reinventarse.

Lo curioso es que Ripley no era el típico villano. No era un monstruo evidente. No era un criminal caricaturesco.

Era inteligente. Educado. Culto. Agradable cuando quería. Y precisamente por eso resultaba tan perturbador.

Porque parecía real. Mucho más real que muchos héroes de ficción.

Patricia Highsmith había comprendido que el mal rara vez lleva un cartel anunciándolo.

A veces sonríe. A veces viste bien. A veces resulta encantador. Y a veces consigue que nos pongamos de su parte.

La novela fue un éxito. Pero también marcó el inicio de una relación muy especial entre autora y personaje. Tom Ripley regresaría una y otra vez.

A lo largo de cinco novelas. Durante décadas. Como si Highsmith nunca terminara de abandonar aquella creación.

Y es fácil entender por qué. Porque Ripley representaba muchas de las obsesiones de la autora.

La identidad. La mentira. La culpa. La apariencia.

La posibilidad de convertirse en otra persona. Temas que aparecen constantemente en su obra.

Mientras sus libros ganaban prestigio, la vida personal de Highsmith se enrevesaba más.

Su trato solitario y distante se acrecentaba se sentía especialmente incómoda en los círculos sociales.

Algunas personas que la conocieron la describían como brillante pero dificil

Parecía que seguía explorando los aspectos más incómodos de la condición humana. hasta en los momentos sociales.

Quizá por eso nunca encajó del todo en el mundo literario convencional. Era demasiado independiente.

Demasiado peculiar. Demasiado Patricia Highsmith.

Hay otro aspecto curioso de su vida. Uno que suele sorprender a quienes la descubren por primera vez.

Su fascinación por los caracoles.

Sí. Los caracoles. Llegó a tener cientos. Los observaba durante horas. Incluso los llevaba consigo en ocasiones.

Para muchos resultaba una excentricidad incomprensible. Pero en cierto modo encajaba perfectamente con ella, no la pegaba una mascota peculiar, un perro al que pasear, prefería algo tan sumamente impersonal como los caracoles.

Con el paso de los años fue alejándose cada vez más de Estados Unidos. Europa le ofrecía algo que valoraba enormemente. Privacidad. Y una cierta distancia respecto a la vida pública.

Terminó instalándose en Suiza. Allí pasó buena parte de sus últimos años. Escribiendo. Y dedicandosé a su pasión la lectura.

Observando. Manteniendo esa mezcla de curiosidad y aislamiento que había definido toda su existencia.

Mientras tanto, sus novelas continuaban conquistando nuevos lectores. Generación tras generación.

Década tras década.

Lo más interesante es que Patricia Highsmith nunca fue una autora especialmente interesada en resolver misterios. Sus novelas no funcionan como los clásicos relatos policiacos donde todo conduce a una solución final. Lo que le interesaba era otra cosa. La tensión psicológica. La fragilidad de la moral.

La forma en que una decisión aparentemente pequeña puede transformar una vida entera.

Sus historias nos obligan a hacernos preguntas incómodas. ¿Qué haríamos nosotros en determinadas circunstancias?

¿Hasta dónde llegaríamos para conseguir lo que deseamos? ¿Somos realmente tan diferentes de los personajes que condenamos?

Preguntas que siguen siendo igual de inquietantes hoy que hace setenta años.

Patricia Highsmith murió en 1995.Tenía 74 años.

Para entonces ya era considerada una de las grandes escritoras del suspense psicológico.

Pero quizá lo más impresionante es que su influencia no ha dejado de crecer.

Sus novelas continúan publicándose. Sus personajes siguen fascinando.

Y Tom Ripley permanece tan vivo como siempre. Porque los grandes personajes tienen algo especial.

Sobreviven a sus creadores. Y pocas criaturas literarias han sobrevivido tan bien como él.

Tal vez la verdadera razón sea que Highsmith comprendió algo que muchos autores prefieren evitar.

Que todos tenemos contradicciones. Que la línea que separa al héroe del villano no siempre está tan clara.

Y que los seres humanos somos mucho más complejos de lo que nos gusta admitir.

Por eso sus libros siguen funcionando. Porque no hablan de monstruos lejanos.

Hablan de nosotros. De nuestras sombras. De nuestras dudas. De nuestras máscaras.

Y quizá esa sea la mayor paradoja de Patricia Highsmith. Una mujer que pasó buena parte de su vida sintiéndose diferente. Observando el mundo desde cierta distancia.

Terminó convirtiéndose en una de las personas que mejor entendió la naturaleza humana.

Porque a veces son precisamente quienes permanecen en los márgenes quienes ven con más claridad lo que ocurre en el centro.

Y mientras sus lectores sigan acompañando a Tom Ripley en sus engaños, sus crímenes y sus fugas imposibles...

La voz de Patricia Highsmith seguirá ahí. Susurrándonos una verdad incómoda.

Que el mal rara vez es tan extraño como nos gustaría creer.

Y que, en ocasiones, los personajes más peligrosos son también los más difíciles de olvidar.

Y con esto creo que me voy a marchar, os dejo con vuestros pensamientos y con vuestra vida que os aseguro que será mucho mejor con una novela de Highsmith en las manos.

Así que colorín colorado esta historia de esta leyenda literaria ha terminado 

Floreana: El final de la Utopía

 

Siéntate.

Sí, ya sé que el camarero está recogiendo las últimas copas y que dentro de unos minutos apagarán las luces de este viejo piano bar. Pero aún nos queda tiempo para una historia.

Y no una historia cualquiera.

Una de esas historias que, si la escucharas en una película, pensarías que el guionista se ha pasado de la raya contanto un cuento imposible y a todas luces inventado. Una historia de sueños, de ideales, de amor, de ambición, de aislamiento... y de muerte.

Una historia que parece una advertencia sobre la naturaleza humana, pero tan increible que pensarás que es sólo una fabula.

Pero no.

Todas y cada una de las cosas que voy a contarte ocurrieron de verdad y están documentadas.

Verán nuestro protagonista se llamaba Friedrich Ritter. Era médico, filósofo, intelectual y alemán. Un hombre brillante que, a finales de los años veinte, llegó a una conclusión radical: la civilización estaba enferma y con el pasar de los años el tiempo le dió la razón.

Así que decidió escapar de ella.

Lo que ocurrió después en una pequeña isla perdida de las Galápagos acabaría convirtiéndose en uno de los mayores misterios sin resolver del siglo XX.

Esta es la historia de la tragedia de Floreana.

A finales de la década de 1920, Friedrich Ritter vivía en Berlín.

Había estudiado medicina, ejercía como médico y era un hombre profundamente influido por las corrientes filosóficas de su tiempo. Creía que la sociedad moderna corrompía al ser humano. Las ciudades, la política, las convenciones sociales, el materialismo... todo aquello le parecía una prisión.

Ritter soñaba con algo diferente. Soñaba con volver a empezar.

Con demostrar que un hombre podía vivir libre, lejos de la sociedad, siguiendo únicamente las leyes de la naturaleza y de su propia voluntad.

Y no estaba solo. A su lado estaba Dore Strauch, una mujer casada que había abandonado a su marido para seguirle.

Ambos rompieron con sus vidas anteriores. Dejaron atrás Alemania. Vendieron lo que tenían.

Y en 1929 emprendieron un viaje de miles de kilómetros hasta un rincón remoto del planeta: la Isla Floreana, en el archipiélago de las Galápagos.

Hoy las Galápagos son un destino turístico famoso. Pero en aquella época eran prácticamente el fin del mundo.

Floreana era una isla árida, aislada y salvaje.

No había carreteras. No había electricidad. No había médicos y por supuesto no había vecinos.

Solo roca volcánica, calor, escasez de agua y una naturaleza tan hermosa como implacable.

Allí construyeron una pequeña granja. Cultivaron alimentos. Criaron animales y aprendieron a sobrevivir.

Las dificultades eran enormes, pero Ritter estaba encantado.

Escribía cartas a Europa describiendo su nueva vida como un triunfo filosófico.Y esas cartas tuvieron un efecto inesperado.

Comenzaron a aparecer en periódicos. Periodistas de varios países empezaron a interesarse por aquella pareja que había abandonado la civilización.

La historia se hizo famosa. Y entonces ocurrió algo que cambiaría para siempre el destino de Floreana.

Llegaron más colonos.

Los primeros fueron Heinz Wittmer, su esposa Margret y el hijo de ambos.

Querían imitar lo que leían en los periodicos, ese nuevo renacer del hombre libre.

A diferencia de Ritter, eran personas prácticas. Trabajadoras. Discretas. Y sorprendentemente resistentes.

Al principio la convivencia fue cordial.

Pero la isla era pequeña. Muy pequeña.

Y cuando varias personas viven aisladas, con recursos limitados y sin ninguna autoridad que medie en los conflictos, las tensiones aparecen tarde o temprano.

Sin embargo, nadie podía imaginar quién sería la siguiente persona en desembarcar.

Porque entonces apareció la autoproclamada Baronesa.

Eloise Wagner de Bousquet.

O al menos ese era uno de los nombres que utilizaba. Llegó acompañada por dos amantes alemanes y un ayudante.

Vestía como un personaje salido de una novela de aventuras. Llevaba pistolas.

Contaba historias extravagantes. Y se presentaba como una aristócrata destinada a gobernar la isla.

La Baronesa tenía un enorme talento para llamar la atención. Aseguraba que construiría un hotel de lujo.

Que convertiría Floreana en un paraíso turístico. Que ella era la auténtica reina de aquel lugar.

Los periodistas la adoraban. Los visitantes la buscaban.

Y poco a poco comenzó a eclipsar a Ritter. Aquello le enfurecía ya que el había intentado escapar de lo que se estaba convirtiendo su isla.

La convivencia empezó a deteriorarse. Las acusaciones cruzadas se multiplicaron.

Había rumores de robos d elos pocos vivires que tenían y de la poca agua potable.

Y empezaron los sabotajes, las amenazas. Y algo aún peor que llegaría con el tiempo

A los periodistas que seguían los acontecimientos, cada grupo contaba una versión diferente de los hechos.

Y como no existían autoridades permanentes en la isla, nadie podía verificar nada.

Lo que sí sabemos es que el ambiente se volvió irrespirable. La isla se transformó en una olla a presión.

Y entonces comenzaron las desapariciones. En marzo de 1934 ocurrió el episodio más misterioso de toda la historia.

La Baronesa desapareció. También desapareció uno de sus amantes.

Según los Wittmer, la propia Baronesa les contó que unos amigos habían llegado en un yate y que partiría inmediatamente hacia Tahití.

El problema era que nadie vio jamás aquel yate. Nadie encontró registros del barco. Nadie volvió a ver a la Baronesa.

Nunca. Ni viva. Ni muerta.

Simplemente desapareció. Como si se hubiera evaporado. Las sospechas se dispararon. Muchos creyeron que había sido asesinada.

Otros pensaron que había huido. Algunos llegaron a sugerir conspiraciones aún más extrañas.

Pero el misterio nunca se resolvió. Y aquello fue solo el principio.

Poco después, otro de los hombres relacionados con la Baronesa abandonó la isla pero Jamás llegó a su destino.

Meses más tarde aparecieron restos humanos momificados en otra isla del archipiélago eran los del joven amante de la Baronesa. Todo indicaba que había muerto de sed y agotamiento.

Para entonces, Floreana ya parecía maldita. Y todavía faltaba una última tragedia.

Ese mismo año Friedrich Ritter enfermó gravemente. Según el relato de Dore Strauch, consumió carne de pollo en mal estado, aunque se pensó tambien en envenenamiento. La intoxicación fue devastadora.

Murió entre fuertes dolores. Su muerte generó sospechas ya que había demasiados conflictos.

Demasiados enemigos en una isla con sólo tres familias habitandola.

Como digo algunos llegaron a plantear la posibilidad de que no hubiera sido una simple intoxicación.

Pero nunca pudo demostrarse nada.

Con la muerte de Ritter, el experimento había terminado. El filósofo que había querido escapar del mundo no encontró la paz que buscaba. Su utopía acabó convertida en una pesadilla.

Con el paso de los años, los Wittmer permanecieron en Floreana y construyeron una nueva vida. Con el tiempo y gracias al turismo, montaron uno de los negocios más prosperos en la isla, alojamiento para los visitantes

Pero las preguntas siguieron flotando sobre la isla.

¿Qué ocurrió realmente con la Baronesa?

¿Ritter fue envenenado?

Lo fascinante es que, casi un siglo después, seguimos sin conocer todas las respuestas.

Porque la historia de Floreana no es solamente un misterio criminal. Es algo más profundo.

Es la historia de personas que soñaron con escapar de la humanidad... y descubrieron que no podían escapar de sí mismas.

Porque puedes abandonar las ciudades. Puedes cruzar océanos. Puedes esconderte en una isla perdida en mitad del Pacífico. Pero hay algo que siempre viaja contigo. Tus ambiciones. Tus miedos. Tus deseos. Y tus demonios.

Y a veces, esos demonios son mucho más peligrosos que cualquier lugar salvaje del planeta.

Esta noche, cuando salgas de este bar y la puerta se cierre a tu espalda, recuerda una cosa.

La Isla Floreana sigue allí. Perdida en el océano. Silenciosa. Hermosa. Y guardando secretos que quizá nadie llegue a conocer jamás.

Así que colorín colorado esta historia de la isla floreana a terminado 

ASÍ ES SPINAL TAP 1984

 

Rob Reiner es hoy conocido por muchas personas por ser víctima junto a su mujer de un terrorifico asesinato en los Ángeles, aunque a día de hoy no sea ha juzgado, la persona detenida es su propio hijo Nick. Pero reducir su carrera a ese terrorifico final sería injusto para un glorioso director, actor y productor, ya que Reiner ha sido uno de los grandes nombres de Hollywood, tanto delante como detrás de las cámaras, responsable de títulos tan memorables como Cuenta conmigo, Misery o La princesa prometida.

Sin embargo, entre todas sus películas hay una que destaca por encima de las demás por su originalidad, su descaro y su capacidad para hacer reír décadas después de su estreno. Una película que inventó prácticamente un género propio y que convirtió el absurdo del rock en una obra maestra de la comedia.

Así que Bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de Cinefilia con todos ustedes Así es Spinal Tap. de 1984 dirigida por Rob Reiner

Para entender cómo nació Así es Spinal Tap hay que viajar a finales de los años setenta y principios de los ochenta. El rock era una religión cultural y los documentales sobre grandes bandas vivían una auténtica edad de oro. Películas como The Last Waltz (El último vals), dirigida por Martin Scorsese en 1978 sobre la despedida de The Band, habían demostrado que el público estaba fascinado por todo lo que ocurría detrás de los escenarios. Poco después llegarían otros documentales musicales que mostraban giras, ensayos y la vida cotidiana de los artistas, reforzando la idea de que la cámara podía capturar la "verdad" del rock.

Fue precisamente esa fascinación por los documentales musicales lo que inspiró a Rob Reiner, junto a Christopher Guest, Michael McKean y Harry Shearer. Todos ellos compartían experiencia en la comedia improvisada y comenzaron a imaginar cómo sería una banda de heavy metal que se tomara a sí misma con una seriedad absoluta mientras acumulaba desastre tras desastre.

La idea era brillante por su sencillez: rodar una comedia como si fuera un documental real. Hoy estamos acostumbrados a términos como mockumentary o falso documental, pero en 1984 aquello era una auténtica rareza para el gran público. La película imitaba a la perfección el lenguaje de los documentales musicales de la época: entrevistas aparentemente espontáneas, cámaras siguiendo a los músicos entre bastidores, conversaciones incómodas y momentos que parecían capturados por casualidad.

Lo más sorprendente es que gran parte de la película no tenía guión. Muchas escenas fueron construidas a partir de la improvisación de los actores, que desarrollaron las personalidades de sus personajes hasta el punto de que Spinal Tap parecía una banda real. De hecho, durante años hubo espectadores que no tenían claro dónde terminaba la ficción y dónde empezaba la realidad.

El resultado fue algo completamente nuevo: una sátira feroz del mundo del rock que, paradójicamente, capturó muchos aspectos de la industria musical mejor que algunos documentales auténticos. Lo que comenzó como una parodia de las bandas de heavy metal acabó convirtiéndose en una de las comedias más influyentes de todos los tiempos y en el modelo que inspiraría décadas después series y películas como The Office, Parks and Recreation o Borat.

Verán, dejenme que les cuente de que va esta película, como siempre sin spoiler para que puedas ver el film de principio a final sin que te estropee la experiencia y por otro lado pedirte que me des un like si te está gustando la reseña, que si no estás suscrito valores hacerlo, a nosotros nos encantaría que así fuera y por último, si estás a tiempo de regalarnos un hype te lo agradeceríamos mucho.

Pues bien. 

Así es Spinal Tap nos presenta a Spinal Tap, una veterana banda británica de heavy metal que intenta sobrevivir en una época en la que sus mejores años parecen haber quedado atrás. Para documentar su regreso a Estados Unidos, el director Marty DiBergi —interpretado por Rob Reiner— acompaña al grupo durante una gira que debería devolverles la gloria perdida.

A través de entrevistas, conciertos y escenas entre bastidores, iremos conociendo a los extravagantes miembros de la banda, sus egos, sus rivalidades y su peculiar forma de enfrentarse a los problemas. Lo que comienza como el retrato de una gira aparentemente normal pronto se convierte en una sucesión de situaciones cada vez más absurdas, donde los pequeños contratiempos se transforman en auténticos desastres.

La película no se centra en una gran aventura ni en una trama compleja. Su fuerza está en observar cómo estos músicos, completamente convencidos de su propia grandeza, intentan mantener viva la leyenda de Spinal Tap mientras el mundo parece empeñado en olvidarles ya que  no son las estrellas que creen ser.

Y ahí reside buena parte de su magia: más que una historia con principio, nudo y desenlace tradicionales, Así es Spinal Tap es un viaje hilarante al interior de una banda de rock tan ridícula como extrañamente creíble. Una película que funciona al mismo tiempo como comedia, como sátira de la industria musical y como retrato de esos artistas incapaces de aceptar que sus días de gloria hayan quedado atrás.

Cómo digo, al principio puede extrañarte, todo pasa con relativa normalidad, seguramente no te dieras cuenta que estás embarcado en una comedia delirante, poco a poco empiezan a ocurrir acontecimientos más y mas disparatados hasta el momento de total disparate. Esa magia junto a unas letras de canciones realmente ridiculas hacen de este film una de las mejores comedias ochenteras de la época y si, una de las más originales de la historia.

Lo más curioso de Así es Spinal Tap es que, aunque no fue un gran éxito de taquilla en su estreno, el paso de los años la transformó en algo mucho más valioso: una auténtica película de culto.

La crítica la recibió con entusiasmo y con el tiempo ha aparecido regularmente en las listas de las mejores comedias de la historia. Su influencia ha sido tan grande que hoy resulta imposible hablar del género del falso documental sin mencionar esta película. Muchas de las producciones que llegaron después simplemente siguieron el camino que Spinal Tap había abierto años antes.

Pero quizá el mayor triunfo de la película fue lograr que una banda completamente inventada pareciera real. Tan real, que el álbum con la banda sonora se comercializó como si Spinal Tap existiera de verdad. Los actores grabaron canciones completas, publicaron discos e incluso realizaron conciertos ante miles de personas interpretando a sus propios personajes.

Y el público respondió. Los álbumes vendieron cientos de miles de copias a lo largo de los años y canciones como Big Bottom o Stonehenge acabaron convirtiéndose en clásicos de culto para varias generaciones de aficionados al rock.

Y si esto no te ha llamado la atención, atento, más de cuarenta años después del estreno, la maquinaria de Spinal Tap sigue funcionando. Todavía se venden discos, reediciones en vinilo, pósteres y camisetas oficiales de la banda. Sí, camisetas de un grupo que nunca existió. Un grupo nacido como una broma para una película que terminó alcanzando algo con lo que muchos músicos reales sólo pueden soñar: convertirse en una leyenda.

Porque al final, esa es la mayor victoria de Así es Spinal Tap. No sólo creó una de las comedias más influyentes de todos los tiempos. También consiguió que millones de personas acabaran creyendo, aunque fuera por un momento, que Spinal Tap era una banda auténtica. Y quizá, después de tantos años, ya lo sea.

Al final Rob Reiner desapareció de este mundo con una crueldad infinita a base de cuchilladas a él y a su mujer, pero dentro de su extenso legado nos dejó esta joya este film que te aconsejo ver, una comedia inteligente, un retrato fiel de la disparatada vida de las bandas de rock de la época y un legado para todos los que amamos el cine.

Espero que la veas, si no la conoces, de verdad sigue mi consejo, buscala y pasa una hora y media con una sonrisa en la cara y si la conoces o ya eres fan de esta película dejame en los comentarios que te pareció.

Seguro que más de uno tiene una camiseta de este falso grupo 

Yo por mi parte me voy a marchar pero no sin antes desearte dos cosas, la primera, que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa y la segunda y como no puede ser de otra forma, que vivas el cine  

 

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

tenzing norgay el heroe invisible

Gracias por entrar a este pequeño rincon, donde hablamos de todo y de nada y espero de corazón que la historia que os tengo preparada sea de vuestro interés, tomen asiento y su bebida favorita y preparensé para ver una foto desenfocada.

Verás Hubo un tiempo en que el Everest era el mayor reto del alpinismo, la cima del mundo que quedaba como una incognita que nadie había conseguido resolver.

Hoy sabemos que su cima está a 8.849 metros sobre el nivel del mar. Sabemos cómo llegar. Sabemos qué rutas utilizar. Incluso sabemos qué ropa y qué materiales funcionan mejor.

A día de hoy con las ayudas técnicas se ha convertido casi en una excursión, en una ruta para influencers y turistas, la ladera de la montaña es un vertedero de material de alpinismo, en momentos de buen tiempo la gente se amontona para hacerse la foto en la cima y si alguna persona, algún excursionista perece en el intento, se esquiva, se mira para otro lado no vaya a ser que pierda el momento de la foto. 

Pero hace apenas un siglo, el Everest era otra cosa, era un reto humano y deportivo, era el último límite del montañismo

Durante décadas, expediciones enteras se enfrentaron a sus laderas. Algunas regresaron derrotadas. Otras nunca regresaron.

Hombres preparados, valientes y experimentados fueron incapaces de alcanzar la cima.

La montaña parecía tener una respuesta para cada intento humano. Y esa respuesta casi siempre era la misma. No.

Entre aquellos nombres estaba el de George Mallory. El hombre que, cuando le preguntaron por qué quería subir al Everest, respondió una frase que acabaría pasando a la historia:

"Porque está ahí."

Mallory un aventurero y montañero experimentado desapareció en la montaña en 1924.

Y durante décadas nadie supo si había logrado alcanzar la cima antes de morir. Aquella incertidumbre sólo alimentó aún más el mito tanto del alpinista como de la montaña inperturbable.

El Everest se convirtió en una obsesión. Una especie de fortaleza de piedra y hielo situada en el techo del mundo.

Y entonces apareció un apicultor neozelandés. Porque eso era, entre otras cosas, Edmund Hillary.

No era un aristócrata británico ni un militar condecorado. Era un hombre alto, tímido pero resistente como un roble, había aprendido desde joven el valor del esfuerzo y el amor por la montaña.

A principios de los años cincuenta, Hillary comenzó a destacar entre los mejores alpinistas del momento. Y cuando los británicos organizaron una nueva expedición al Everest en 1953, él formó parte del equipo.

Pero ahora, cambiemos el foco, demos luz a esas otras figuras desenfocadas en la historia, a esas personas que simplemente parecen un atrezo más y es que había otra persona que conocía aquella montaña.

Un hombre nacido entre las montañas del Himalaya. Un hombre que llevaba años participando en expediciones. Un hombre que había visto fracasar a algunos de los mejores escaladores del mundo.

Su nombre era Tenzing Norgay. no te tortures si este nombre no te suena tanto como el de hillary ya que no es un explorador ni un alpinista, era un sherpa o mejor dicho, el sherpa.

Detrás de cada gran descubrimiento, de cada gran conquista y de cada gran victoria suele haber personas que apenas aparecen en los libros. Personas que cargaron el peso. Personas que asumieron los mismos riesgos. Personas sin las cuales el héroe principal jamás habría llegado hasta allí.

Los sherpas llevaban décadas siendo esenciales para las expediciones del Himalaya. Transportaban equipos imposibles en condiciones imposibles.

Abrían rutas. Montaban campamentos y aconsejaban con su sabiduría al montañero que le contrataba.

Sin embargo, sus nombres rara vez aparecían en los titulares. Norgay era uno de ellos.

Aunque, en realidad, era mucho más que eso. Norgay Era un alpinista excepcional. Un experto guia de  montaña.

Un hombre cuya experiencia podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Cuando la expedición de 1953 se acercó a la cima, fueron Hillary y Norgay quienes recibieron la oportunidad de realizar el ataque final. Unidos por una cuerda. Paso a paso. Respiración a respiración.

Luchando contra el frío, la falta de oxígeno y el agotamiento. Hasta que el 29 de mayo de 1953 ocurrió algo que parecía imposible.

Por primera vez en la historia, dos seres humanos alcanzaron la cima del Everest. Los dos llegaron.

Los dos  consiguieron la gesta. Los dos hicieron historia. Pero la gloria y la notoriedad solo estaba reservada para uno.

Edmund Hillary pasó a ser el hombre que conquistó el Everest Y es cierto. Lo hizo.

Su mérito es inmenso y su lugar en la historia está más que justificado.

Pero hay una segunda verdad que a veces queda olvidada o mitigadas en las noticias a segundo termino. Aquel día no hubo un hombre en la cima si no dos.  Tenzing Norgay. Y durante mucho tiempo no es que no existiera es que su figura era desenfocada no dandole el valor real que tenía

Norgay no fue un espectador de la historia. Fue uno de sus protagonistas. Llegó exactamente al mismo lugar. Asumió exactamente los mismos riesgos. Y soportó exactamente las mismas dificultades.

La cima más alta de la Tierra no fue conquistada por un héroe si no por dos.

La verdadera enseñanza de esta historia. Es que hay veces hay que mirar a la zona desenfocada de la foto

 Edmund Hillary es un hombre de leyenda del mismo modo que lo fue su sherpa el gran Tenzing Norgay

El otro hombre que conquistó el techo del mundo.

Espero que la historia haya sido de su gusto, lamentablemente ya no hay tiempo para más, el pianista quiere conciliar su trabajo con su familia y es momento de que se marche y con este servidor que os narra así que colorín, colorado esta historia de un hombre invisible ha terminado 

 


Una vida a base de negronis

 En este momento especial, cuando todavía casi nadie me escucha, quiero pensar que esta conversación la tenemos entre tu y yo, no se quien eres ni en que momento lo escuchas, ya que este mensaje en la botella que es Youtube hace del azar una ley de vida, pero si que te pediria que sólo siguieras escuchando si eres mayor de edad.

Así que hecha esta petición, amigo o amiga, permíteme que te hable de algo tan poco interesante como es mi vida o mejor dicho una parte de mi vida, mi relación vital y devocional a una mezcla de alcoholes llamado negroni.

Hoy quizá se ha hecho más popular de lo que debiera y temo que en algun momento la mezcla de los tres licores se prostituya con sabores ajenos que lo hagan más moderno, más cool mas al gusto de todos y esa esencia nacida a principio del siglo 20 cuando el Conde Camilo Negroni, pidio a su barman que fortaleciera de alguna manera su coctel favorito, el americano, se transforme en algo mundano.

Fue en ese momento, en ese preciso momento donde se le añadió el toque perfecto, la ginebra... esa evolución del americano que tomo el nombre del Conde y quedó para siempre anclado a lo que ha sido mi bebida.

Recuerdo con lejana melancolía y tristeza, la primera vez que llegó a mi vida. Verán fue en el chicote, en la coctelería que ahora ha pasado a ser un reclamo de turistas que pasan por la gran vía madrileña y que un mal día reciente decidí volver para darme cuenta que ya no se hacen los negronis como antes, esa sensación de ver como la cosa, cómo evoluciona a mal y creo que si hago una crítica tan demoledora tengo que justificarla.

La maravilla del negroni radica en su simpleza, tres medidas exactas de ginebra, vermouth rojo y campari, por cierto, si se cambia el tono del vermut de rojo a un blanco más seco se le llama cardinale, pero esa ya es otra mezcla y otra historia, así que ciñemonos al original . Es un cocktel de trago largo que ha de servise de una forma inegociable en un baso de culo ancho o lo que es lo mismo en un Old Fashión, el hielo ha de ser reciente, ya que tiene que durar el tiempo suficiente en la mezcla sin aguarla y permitir saborearlo sin prisas, por que el negroni es un coctel para compartir con paciencia de sorbos lentos, alejado totalmente del Dry Martini, tanto en la mezcla como en la filosofía misma del coctel.

Luego viene el toque del barman, si sólo una ralladura de naranja o el gajo completo, si perfuma el borde del baso o cómo he visto a verdaderos maestros, echar unos pocos granos de sal para aumentar la potencia de la ginebra, cada barman tiene su toque y su sello. El caso es que en un coctel tan sencillo, cualquier dejadez destroza la experiencia y un coctel se toma en un ritual que lo es todo.

Cómo digo, el nuevo chicote no sólo ha cambiado el interior para hacerlo más moderno, si no que han traicionado su seña de identidad, el negroni.

Verán ahora, barman descuidados que desconocen la pesada responsabilidad que tienen a la hora de hacer un coctel a pasado a servir a turistas como el que sirve cañas en un bar, la mezcla de los tres licores es insuficiente para un baso lleno de hielo que ya te lo sirven aguado en busca quiza de una mayor recaudación por copa, la experiencia es el sucedaneo de un momento, es la traición a la tradición. 

Así que rara vez me vayan a encontrar allí, verán para los que crean que todo está perdido no lo está, pero se necesita de una busqueda tenaz de coctelerias clásicas o de bares de hoteles, ese refugio maravilloso para los que amamos disfrutar de alta coctelería.  Hasta no hace mucho el Gran  hotel Reina victoria poseía uno de esos maravillosos caladeros para amantes del licor llamado Ana la santa, preparaban un perfecto Negroni y aunque no viene al caso, un tom collins excepcional, recuerdo que lo servían junto a un bol de gominolas con forma de ositos, que hacía la tertulia amena y divertida, pero ha cerrado.

Otro lugar maravilloso era el Gran Clavel, tambien desaparecido recientemente, la mezcla del barman que normalmente va acompañada de un bombay zafire, la cambiaba por la ginebra Gvine, creada a base de uvas y que le daba un matiz memorable a la mezcla bien medida y fenomenalmente servida. 

Aunque hablo de lugares perdidos en el tiempo, tambien hay templos prodigiosos que gozan de gran salud, dos coctelerías clásicas que rivalizan en calidad, el bar del hotel Gran Fenix, llamado Balmoral que realizan uno de los mejores negronis clasicos de madrid y que acompañan de una suculenta muestra de frutos secos saldos y picantes, con su eficaz elenco de barman y bartender hacen de la experiencia de una charla agradable un refugio para el ajetreo de la ciudad y cómo no podía ser de otra forma la sucursal del dry martini de javier de las muelas en Madrid, muy cerca de plaza de españa, un templo no solo del Dry si no del negroni, aqui mas clásico no se puede ser, campari, Martini rojo y por supuesto bombay zafire. Hacen que te transportes a otro momento a otra época, con musica suave de jazz y con una de las mejores atenciones en barra y mesa, hace para bebedores solitarios un lugar amigo.

La cuna del negroni es florencia y más concretamente en el Giacosa1815 una coctelería aún abierta y que siempre que viajo a esa ciudad plagada de arte y de historia suelo visitar, su tradicional negroni combina perfectamente con sus sillas y sofás aterciopelados de azul, la buena salud del lugar hacen que los precios sean elevados y que cueste entrar sin reserva, pero es un lujo permitido sea cual sea tu economía. 

Menos tradicional pero igual de memorable es el moro cafe en venecia, muy cerca del gran canal, donde aderezan su negroni tradicional con un poco de soda, recordando al americano del que nace y aunque puede ser una traición a la mezcla original doy fe que encaja perfectamente como un clavel rojo en la solapa de un smoking.

Creo que puedo recordar todos y cada uno de los momentos memorables de esa sorpresa y gusto de disfrutar un negroni, mezcla que me niego ha realizar en casa ya que cómo de un acto religioso como es su disfrute ha de hacerse en un templo como son los buenos bares y dejar sorprenderte por esos maravillosos profesionales que están a la altura de los mejores chefs que son los barman, por cierto siempre, los he disfrutado en pareja y creo que una buena conversación junto a la nada aconsejable ingesta de espirituosos hacen de esos momentos un pedacito de buena vida.

Y hasta aquí el pedacito de mi, que quiero compartir contigo, el resto permitanme que me lo guarde para mi, así que creo que ya va siendo el momento de que pares esto de youtube y dejes de ver la vida en una pantalla y disfrutes de la vida real que te espera ahí a fuera, quizá alguno de vosotros pruebe esta mezcla engañosa por su aspecto y quede decpcionado, no se preocupe demasiado, por que decepcionar es parte de mi encanto, así que colorín colorado, mi historia ha terminado  

mas que una historia de billar

 

Verán, en los años 60 ya se intuía el final del sueño americano que ocurriría en la década posterior y el arte más popular de todos, el cine, ya era un reflejo de lo que estaba por venir, el cine cambiaba su aspecto más luminoso por un aire más pesimista, películas que hacían un retrato a veces demoledor de un momento, de una era.

Una de esas películas es El Buscavidas, dirigida por Robert Rossen en 1961. Una historia sobre algo tan mundano como es el billar, si tan mundano y común, un juego doméstico, un simple entretenimiento que se transforma gracias a la mano literata de Walter Tevis en una historia sobre la ambición, la derrota, la dignidad o la falta de esta. O lo que es lo mismo, un retrato de la sociedad americana del momento. Y en medio de todo eso aparece un personaje inevitable en ese mundo, lleno de incongruencias y dobleces, un personaje  por el que no sabes si tomar simpatía o no. El Gordo de Minnesota.

Verás el actor que daba vida a ese polifemo enorme de esta epopeya que es el Buscavidas, era Jackie Gleason que con su presencia a la vez rotunda y a la vez eterea, logra llenar la pantalla cada vez que aparece.

El Gordo de Minnesota es ese viejo campeón, un hombre que está vuelta de todo, un billarista profesional que ha aprendido a base de golpes a ganar y a perder, un superviviente nato una de esas ratas que son las primeras en saltar cuando el barco se hunde. 

Lo que hace grande al Gordo de Minnesota no es su habilidad con el taco de billar que lo tiene. Es su manera de estar en el mundo. Su paciencia. Su serenidad. Su capacidad para mantener la calma cuando todo a su alrededor se desmorona, ese hombre sin más bandera que la propia, tiene en aspecto algo incongruente, verás, es imponente, su enorme corpulencia, su cara sudorosa,  acaba convirtiéndose en parte de su fuerza. A pesar de ser el contrapunto perfecto del protagonista, Eddie Felson un hombre joven, guapo y atletico, tienes la sensación de que el Gordo siempre va un paso por delante , que si tuvieras que apostar por alguien, sería por él y sabes que a la larga ganarías y es que El Buscavidas es, en el fondo, la historia de un desafío. De lo que ocurre cuando el talento se enfrenta a la experiencia. Cuando la ambición se cruza con la sabiduría. Y cuando una persona descubre que ganar no siempre significa vencer.

La película tiene muchas capas. Cada vez que la vuelves a ver , encuentras algo distinto. Habla de la soledad. Del dolor. Del precio que a veces pagamos por perseguir nuestros sueños. Y también de la importancia de encontrar el equilibrio. Encarnando al joven Feldman nos encontramos a un actor de Metodo, pupilo del gran Lee Strasberg del Actor Studio, Paul Newman. Pero detrás del gordo estaba Jackie Gleason, una auténtica leyenda de la televisión estadounidense, alejado de cualquier metodo de actuación, aprendio a actuar por instinto y por vivir realmente tantas vidas que sólo tenía que echar mano de su memoria para realizar cualquier papel. 

Antes de convertirse en el Gordo de Minnesota ya era famoso por sus programas, sus monólogos y su capacidad para llenar cualquier escenario con una personalidad imposible de ignorar.

Era actor, cómico, cantante, músico y, según cuentan quienes le conocieron, un hombre incapaz de vivir a medias, se bebió la vida a tragos largos, cómo sólo saben hacer, esas personas que se quieren llevar puesto todo lo que da este mundo, lo bueno y lo malo.

Su vida estuvo llena de excesos, anécdotas y noches memorables. Una de las historias más conocidas cuenta que llegó a contratar a una gran orquesta para que tocara únicamente para él durante una noche entera bajo la luz de la luna.

Suena exagerado. Probablemente lo era. Pero también parece exactamente el tipo de cosa que Jackie Gleason habría hecho.

Y quizá por eso el personaje del Gordo de Minnesota resulta tan auténtico. Porque detrás había alguien que entendía perfectamente cómo era el personaje, básicamente por que sólo tenía que entenderse a sí mismo.

Cuando años después le diagnosticaron un cáncer terminal y le dijeron que le quedaba poco tiempo, tomó una decisión muy propia de él. Pidió el alta médica, regresó a casa y esperó allí el final, en silencio y a su manera, sin alargar en extremo una agonía, esperando la muerte en soledad como hacen las fieras en la jungla o como hacen los chamanes sábios cuando saben que ya su tiempo en este mundo a expirado.

El día de su entierro, alla por 1987, sus más allegados le hicieron un último tributo, un recordatorio que sólo se le podía hacer al gran Gleeson, portaron en su solapa un clavel rojo, seña de identidad de un dandi rotundo como era él. 

Al final de todo, tienes la sensación que su persona no terminó con su entierro y que la inexistencia vital sólo hizo que acrecentar su leyenda, al igual que su personaje icónico, El gordo de Minesota no termina con los títulos de créditos finales, sólo empieza a navegar en tu mente.

Si nunca has visto El Buscavidas, quizá este sea un buen momento para hacerlo. Y si ya la viste, tal vez merezca una segunda oportunidad o una tercera.

Porque algunas historias no envejecen, si no como el buen vino, madura y mejora.

Y creo que ya nuestro pianista está cansado y la noche empieza a ser demasiado bonita como para seguir escuchandome, así que amigo o amiga, que que no sé quien eres, deja que me marche carrando esta historia con un colorin colorado esta historia de billar a terminado. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Conquistando el desierto azul

 

Hay lugares en el mundo…donde el ser humano no fue bienvenido jamás.

Lugares donde el viento corta la piel…donde el horizonte desaparece en la bruma blanca…y donde la muerte espera a que juegues mal tus cartas y el Polo Sur es uno de ellos.

Un punto perdido en el extremo del planeta un continente vacío y  blanco.

Verán, a comienzos del siglo XX nadie sabía realmente qué había allí, sólo se podía calcular su inmensidad. Un punto ciego en los mapas, el último lugar en el que el hombre podía poner su bandera

 para aquellos exploradores quizá era el último gran desafío, un lugar para la gloria.

Los periódicos convertían a los aventureros en leyendas.
Las naciones competían por plantar banderas en lugares imposibles.
Y hombres como Roald Amundsen o Robert Falcon Scott eran vistos casi como caballeros modernos…
mezcla de científicos, marinos y guerreros.

Hoy miramos mapas y pensamos que el planeta está completamente descubierto.

Pero entonces…
todavía quedaban fronteras. Y ninguna parecía más imposible que el Polo Sur.

Verán, Había temperaturas de cincuenta grados bajo cero.Tormentas capaces de borrar campamentos enteros en segundos. Grietas ocultas bajo la nieve que podían superar la altura de cualquier edificio conocido y meses enteros de oscuridad.

Expediciones en las que si algo salía mal nadie iba a rescatarte. Por que nadie podía rescatarte

Arriesgando su vida, dos hombres decidieron ir. Los dos querían lo mismo.

Ser los primeros en llegar al fin del mundo. A la última frontera Pero no podían serlo ambos. Uno sería el afortunado y el segundo el perdedor o quizá y lo más temible de todo el empate que suponía el fracaso mortal de las dos expediciones

Verán, Robert Falcon Scott ya era una celebridad en Gran Bretaña. Oficial de la Marina Real. Elegante.
Educado. El explorador perfecto para el orgullo del Imperio Británico.

Representaba algo muy inglés: la resistencia…la dignidad…el deber. La prensa lo adoraba.

Mientras tanto, en Noruega…Roald Amundsen era otra clase de hombre. Más frío. Más práctico.
Menos romántico. Un oficial pragmatico alejado de discursos heroicos. El simplemente Buscaba llegar. Pero partía con una ventaja.

Amundsen había aprendido de los pueblos del Ártico. Sabía sobrevivir en el hielo. Sabía que la naturaleza no premia la valentía si no la inteligencia.

Y ahí comenzó la carrera por la conquista con dos concepciones diferentes de entender la aventura, un 

choque entre dos maneras de entender el heroísmo.

Scott organizó una expedición gigantesca. Llevó científicos. Experimentos. Caballos siberianos.
Trineos motorizados lo más moderno de la tecnología. Aquella expedición británica parecía una mezcla de aventura y misión imperial.

Amundsen, en cambio…simplificó todo. Perros y Esquís. Poco más, el mismo sistema que había aprendido de las tribus Artícas

Mientras Scott veía la expedición como una gran empresa humana…Amundsen la veía como una operación matemática.

Uno quería conquistar el Polo Sur con honor y ciencia. El otro…simplemente quería conquistarlo.

Y el hielo…no entiende de honor. En 1911…las dos expediciones avanzaban hacia el sur.

Días y días caminando sobre un desierto blanco infinito. Imaginar aquello.

Sin árboles. sin animales sin más sonido que el de los pasos atravesando la nieve, las respiraciones congeladas…y el crujido del hielo bajo los pies.

El viento podía arrancarte la piel que no estubiera vajo capas de abrigo. La comida escaseaba.
Los hombres perdían peso y fuerzas cada semana. Sin saber donde está la meta, sin saber los kilometros que hacer antes de emprender el regreso y aun así seguían avanzando.

Nadie se planteaba rendirse, Porque el Polo Sur se había convertido en una obsesión para aquellos heroes

Ninguno de los dos sabía como le iba al otro una carrera a ciegas, pero los hombres de Amundsen avanzaban más rápido, pasadas varias semana Scott ya no tenía opciones de llegar, pero nadie lo sabía. Los perros de admunsen resistían mejor que los caballos siberianos y comian menos recursos

Scott, mientras tanto, sufría retrasos constantes.

Los caballos morían de hambre y de aclimatación.
Los motores de los trineos mecanizados fallaban por el frio descomunal y sin caballos y trineos heran Los hombres los que tenían que acarrear los recursos, recursos que por el esfuerzo físico empezaron a agotarse demasiado pronto.

Y aun así…continuaron. Porque dar media vuelta habría significado aceptar la derrota.

Y algunos hombres…prefieren morir antes que aceptarla. 

El 14 de diciembre de 1911…Roald Amundsen llegó al Polo Sur. Clavó la bandera noruega sobre el hielo.

Había ganado.

El hombre más rápido de la Tierra acababa de conquistar el último gran territorio desconocido del planeta.

Y, sin embargo…ni siquiera allí hubo celebración.

Porque Amundsen sabía algo terrible: ahora había que volver.

En la Antártida…llegar sólo significa haber completado la mitad del viaje.

Cinco semanas después…

El equipo de Scott divisó algo oscuro a lo lejos.

Una tienda. Una bandera.Y entonces comprendieron la verdad. Habían perdido.

Imagínalo. Después de meses atravesando el infierno helado…después de sacrificarlo todo…
llegar al final del mundo... descubrir que otro hombre había estado allí antes.

Scott escribió en su diario algo devastador. “Dios mío… este es un lugar horrible.”

 entendió…que toda aquella lucha ya no tendría gloria. Y debían regresar.

Pero el viaje de vuelta se convirtió en una tragedia. El frío empeoró. Las tormentas cerraban el paso.
El hambre los devoraba lentamente.

Uno de los hombres cayó al agua helada. Otro murió delirando de frío.

Y entonces ocurrió una de las escenas más humanas…y más tristes de toda la historia de la exploración.

Lawrence Oates, enfermo y casi incapaz de caminar, comprendió que estaba condenando al grupo que no quería abandonarlo. Una noche…mientras el viento golpeaba la tienda…dijo una frase que quedó para siempre en la historia.

“Voy a salir fuera… quizá tarde un poco.” Y salió caminando hacia la tormenta. Solo. Para morir.

Para con su sacrificio, dar una oportunidad a sus compañeros.

Pero ni siquiera eso bastó. Scott y los últimos hombres quedaron atrapados por una tormenta a apenas unos kilómetros de un depósito de suministros. Tan cerca…y al mismo tiempo…tan lejos.

Murieron dentro de su tienda. Congelados y Hambrientos.

Conscientes de su final, escribiendo cartas de despedida.

Scott dejó misibas. A su esposa. A sus amigos y a su país.

Y en la despedida sólo pidió una cosa, que cuidaran de las familias de sus hombres.

Cuando encontraron los cuerpos meses después…el hielo había conservado el silencio de aquella tragedia.

Como si la Antártida…jamás hubiera querido dejarlos salir. Y, sin embargo…

la historia nunca olvidó a ninguno de los dos.

Roald Amundsen quedó como el conquistador perfecto. El hombre que venció al hielo.

Robert Falcon Scott…se convirtió en otra cosa en otro ejemplo humano.

En el héroe derrotado. el hombre que perdió…y que aun sabiendo su final jamás abandonó a los suyos.

Quizá por eso seguimos hablando de él más de un siglo después.

Porque el ser humano admira a los vencedores…pero guarda un lugar especial en el corazón…
para quienes lucharon aunque supieran cercana su derrota.

Scott no conquistó el Polo Sur, pero quedó anclado en todos los corazones

Y ahora quiero pebsar que tal vez ahí…en ese rincón del cielo donde están los soñadores derrotados…
los hombres que no regresaron…Scott siga caminando todavía pero sabiendo de su ejemplo, de su victoria.

Por que hay veces que las luchas no tienen ni vencedores ni vencidos.

Y con este ultimo pensamiento me marcho, el pianista ya está cansado y el bar está apunto de cerrar.

Así que Colorín, colorado, esta fria historia del desierto azul ha terminado