lunes, 29 de junio de 2026

Jesse Owens El hijo del viento

 ¡Buenas noches! Pasad, pasad... Buscad un hueco. Al fondo, cerca de la barra, siempre queda algún taburete libre. Poneros cómodos. Bienvenidos una noche más a nuestro particular piano bar, a este rincón de De todo y de nada donde el tiempo parece que se detiene entre trago y trago, y donde las teclas del piano siempre tienen una confidencia que haceros.

Ufff... Vaya bocanada de aire frío ha entrado por la puerta. ¿Sabéis? Ese soplido repentino, ese aire que casi parece traer el eco de una carrera lejana, me ha  recordado muchísimo a un cliente habitual de este bar.  Pablo.

A Pablo le encantaba sentarse justo ahí, en la esquina izquierda de la barra, con su copa, y siempre  pide la misma melodía antes de lanzarse a hablar. Tenía una obsesión hermosa por las historias de superación, por los hombres que desafiaban al destino. Y siempre, inevitablemente, acababa hablándome del mismo personaje. Le fascinaba la historia de "El hijo del viento". O lo que es lo mismo, el hombre que corrió más rápido que el odio: Jesse Owens.

Hoy, con vuestro permiso, y mientras os sirvo la primera ronda, voy a tocar por él. Vamos a viajar en el tiempo, a través de las notas de este piano, hasta los años 30. Vamos a recorrer la vida de un chaval que nació para volar cuando el mundo entero parecía empeñado en cortarle las alas.

Para entender la magnitud de Jesse Owens, hay que bajarse del pedestal de las medallas de oro y viajar a sus raíces. James Cleveland Owens nació en 1913 en Oakville, Alabama. Era el menor de diez hermanos en una familia de aparceros negros, los aparceros eran aquellos agricultores que alquilaban tierras a terratenientes pagando con una parte de la cosecha. Imaginaos lo que era eso. El sur de los Estados Unidos en los años 10 y 20 era un territorio hostil, marcado por la segregación más absoluta, la pobreza endémica y el racismo institucionalizado.

De niño, James era frágil. Sufría constantes problemas respiratorios, neumonías que casi se lo llevan por delante. Con apenas nueve años, su familia formó parte de esa Gran Migración hacia el norte buscando una vida digna, y se mudaron a Cleveland, Ohio. Allí, en la escuela, cuando la profesora le preguntó su nombre, él, con su marcado acento sureño, dijo sus iniciales: "J.C.". Pero la profesora entendió "Jesse". Y con ese nombre se quedó para la eternidad.

La infancia de Jesse no fue entre algodones. Para ayudar a mantener a su familia, trabajaba antes y después de ir al colegio: repartía periódicos, cargaba cajas en fruterías, trabajaba en un taller de reparación de calzado... Pero en mitad de esa rutina asfixiante de trabajo y supervivencia, Jesse descubrió algo. Descubrió que cuando corría, el mundo exterior desaparecía. El hambre, la pobreza, el prejuicio por el color de su piel... todo quedaba atrás.

Y entonces, el destino puso en su camino a un ángel de la guarda: Charles Riley. Riley era el entrenador de atletismo de su instituto. Vio correr a ese chaval esquelético y se le cayó la mandíbula al suelo. Pero Riley vio algo más: vio que Jesse no podía entrenar por las tardes porque tenía que trabajar para alimentar a sus hermanos. ¿Qué hizo este entrenador? Demostrando una humanidad gigante, cambió los horarios de entrenamiento de todo el equipo a las mañanas, antes de las clases, solo para que Jesse pudiera correr. Ahí, en esa pista de ceniza, bajo el frío de la mañana de Ohio, empezó a forjarse el mito. El diamante en bruto empezó a despuntar.

Y vaya si despuntó. Llegó a la Universidad de Ohio. Pero fijaos qué paradoja tan dolorosa: Jesse ya era una estrella del atletismo universitario, batía récords por donde pasaba, pero el racismo seguía siendo su sombra. Cuando el equipo viajaba, Jesse Owens no podía dormir en los mismos hoteles que sus compañeros blancos; tenía que buscar hostales para negros o quedarse a dormir directamente en el autobús. No podía comer en los mismos restaurantes. Tenía que entrar a los edificios por la puerta de servicio. El hombre más rápido del país seguía siendo un ciudadano de segunda en su propia patria.

Pero Jesse respondía en la pista. Y hay una fecha en su carrera, previa a las Olimpiadas, que a mi amigo Pablo le volvía loco contar. Fue el 25 de mayo de 1935, en Ann Arbor, Michigan. Se le conoce como "El día de los días".

Jesse venía de sufrir una lesión en la espalda severa tras caerse por unas escaleras días antes. Apenas podía agacharse para calentar. Su entrenador le sugirió retirarse. Pero Jesse dijo: "Déjame intentarlo". Lo que ocurrió en un espacio de apenas 45 minutos desafía las leyes de la física y de la medicina. En tres cuartos de hora, Jesse Owens batió tres récords mundiales e igualó un cuarto. Saltó longitud, voló en las 220 yardas, destrozó las vallas... Todo con una espalda dolorida. El mundo del deporte se dio cuenta de que no estaban ante un atleta excepcional; estaban ante un fenómeno de la naturaleza. Un hombre que flotaba sobre la pista.

Y así, llegamos al gran escenario. El clímax de la historia. El año es 1936. El lugar: Berlín.

Los Juegos Olímpicos de Berlín no eran solo una competición deportiva; eran la mayor pasarela de propaganda del régimen nazi. Adolf Hitler quería utilizar los juegos para demostrar al mundo la supuesta superioridad de la raza aria. El Estadio Olímpico de Berlín era un coliseo de hormigón, esvásticas y banderas, diseñado para amedrentar El ambiente era de una tensión política y social asfixiante.

Y en mitad de ese templo del supremacismo, se planta un joven afroamericano de 22 años, nieto de esclavos, con una camiseta blanca y el número 744 en el pecho.

Lo que pasó allí ya es historia dorada de la humanidad. Jesse Owens no solo ganó. Jesse Owens arrasó. Se colgó cuatro medallas de oro: en los 100 metros, en los 200 metros, en el salto de longitud y en el relevo 4x100. Cada vez que Jesse se agachaba en los bloques de salida, el estadio contenía el aliento. Y cuando sonaba el disparo, era un borrón en la pista que destrozaba todos los prejuicios, todos los discursos de odio y todas las teorías supremacistas con la elegancia de su zancada.

Se ha hablado mucho de si Hitler le negó el saludo o si abandonó el palco para no verle ganar. La verdad histórica nos dice que Hitler efectivamente se marchó para no tener que dar la mano a atletas negros, pero la bofetada moral ya estaba dada. No hacía falta ningún apretón de manos. La verdad estaba escrita en el cronómetro.

Pero en mitad de esa tensión, los Juegos de Berlín nos regalaron una de las anécdotas más hermosas y luminosas del deporte del siglo XX. Sucedió en las clasificaciones del salto de longitud. Jesse, presionado por el ambiente, hizo nulo en sus dos primeros intentos. Le quedaba solo una oportunidad para no quedar eliminado. Estaba nervioso, al borde del abismo.

Entonces, se le acercó su gran rival, el atleta alemán Luz Long. Long era el prototipo perfecto del atleta ario que el régimen quería ensalzar: alto, rubio, de ojos azules. Pero por encima de todo, Long era un deportista de verdad. Se acercó a Jesse, un hombre negro en el Berlín nazi, y en perfecto inglés le dio un consejo: "Jesse, sé que puedes saltar esto con los ojos cerrados. Da un paso atrás, marca la salida unos centímetros antes de la línea y asegurarás el salto".

Jesse le hizo caso, midió con calma, saltó y se clasificó. Horas después, en la final, Jesse Owens ganó el oro y Luz Long se llevó la plata. ¿Y sabéis qué fue lo primero que hizo Long? Delante de Hitler, delante de la cúpula nazi y de 100.000 espectadores, corrió a abrazar a Jesse Owens y le levantó el brazo en señal de victoria.

Años más tarde, Jesse Owens escribió una frase que a mí siempre se me queda clavada en el corazón cuando la recuerdo: "Se podrían fundir todas mis medallas y copas de oro, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que forjé con Luz Long en ese momento". Eso, amigos, es el triunfo del espíritu humano sobre la barbarie.

Uno pensaría que tras regresar de Berlín con cuatro medallas de oro, Jesse Owens sería recibido como el mayor héroe de América. Pero la realidad a veces es un trago amargo. El regreso a casa fue durísimo.

El racismo seguía esperándole en el puerto. El presidente Franklin D. Roosevelt, en pleno año electoral y temiendo perder el voto de los estados del sur, ni siquiera envió un telegrama de felicitación a Jesse Owens. No lo invitó a la Casa Blanca, un honor que sí se le concedía a los atletas blancos. Es más, el día que Nueva York organizó un desfile en su honor, para asistir a la cena de gala que se celebraba en el prestigioso hotel Waldorf Astoria, el propio Jesse Owens tuvo que subir por el ascensor de servicio porque a los negros no se les permitía usar el ascensor principal. Cuatro medallas de oro en el cuello, y no podías usar el ascensor para blancos.

La necesidad económica le obligó a dejar el atletismo amateur muy pronto para poder ganar dinero. Tuvo que sobrevivir aceptando espectáculos que hoy nos parecerían denigrantes: corría contra caballos de carreras, contra coches, contra trenes locales en ferias de pueblos. Él mismo decía con cierta tristeza, pero con una dignidad inquebrantable: "La gente decía que era degradante para un campeón olímpico correr contra un caballo, ¿pero qué se suponía que debía hacer? Tenía cuatro medallas de oro, pero las medallas de oro no se comen".

Pasó por bancarrotas, trabajó en lavanderías, tuvo problemas con el fisco... Su carrera deportiva terminó pronto, pero su carrera por la vida fue larga y resiliente. Con los años, el mundo empezó a hacerle justicia. Fue nombrado embajador de buena voluntad, dio conferencias motivacionales por todo el mundo y, finalmente, en los años 70, se le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo honor civil de su país.

Jesse Owens nos dejó en 1980, pero su historia no es una historia de tristeza. Al contrario. Mi amigo Pablo siempre terminaba su copa con una sonrisa cuando hablábamos de él, y hoy quiero contagiaros esa misma sonrisa a todos los que estáis escuchando este rincón de De todo y de nada.

La vida de Jesse Owens es un mensaje luminoso que cruza las décadas y nos llega hoy a esta barra de bar. Nos demuestra que el talento, la dignidad y la bondad humana no entienden de colores de piel, ni de fronteras, ni de los muros que el odio intente levantar.

Él nos enseñó que, a veces, el viento sopla de cara y el suelo que pisamos parece diseñado para hacernos tropezar, pero que dentro de cada uno de nosotros hay una fuerza, una zancada interior, capaz de elevarnos por encima de cualquier circunstancia. Nos demostró que la verdadera victoria no está en los aplausos de un estadio o en el metal que te cuelgan al cuello, sino en la capacidad de mantener la cabeza alta, de aceptar la mano de ayuda de un rival maravilloso como Luz Long en mitad de la tormenta, y de seguir corriendo con el corazón limpio.

Así que, amigos míos, cojamos el testigo de Jesse Owens. Cuando salgáis de este piano bar y volváis a vuestras rutinas, a vuestras propias pistas de atletismo diarias, recordad que no importa cuán pesada sea la carga o cuán ruidoso sea el estadio en vuestra contra: tenéis la capacidad de volar. Corred vuestra propia carrera con dignidad, con limpieza y con esa luz que nadie os pueda apagar. Y si por el camino te caes, deja que las buenas almas te presten su mano.

 Disfrutad de la noche, de la música y de vuestra bebida, y sabed que si necesitas un rato de sosiego, estas puertas de este piano bar, siempre estarán abiertas para ti, y con esto me marcho, así que colorín colorado esta historia del hijo del viento ha terminado.


adaggio 2023

 Verán, hoy  toca echar la vista atrás un segundo para saborear el camino recorrido. Acabamos de cerrar un ciclo tremendo, un viaje intensísimo por la filmografía de uno de los actores más camaleónicos, potentes y magnéticos del cine europeo actual: el italiano Pierfrancesco Favino.

Ha sido un recorrido maravilloso por algunas de las películas de este actor, pero el broche de oro, el auténtico clímax de ese ciclo, lo pusimos con Suburra. Una absoluta barbaridad de película. Y Ahí no le dimos a Favino todo el protagonismo absoluto que se merecía.

Por que es hablar de Suburra y es hablar inevitablemente de la mano que mueve los hilos detrás de la cámara: Stefano Sollima. Con aquella película, Sollima no solo nos regaló un thriller impecable, sino que demostró la capacidad de dar un ritmo implacable del 'neopolicial' italiano moderno, heredero directo del mejor cine policíaco de los 70 pero con una factura visual apabullante.

Dejamos el listón en lo más alto. La soberbia actuación de Favino y la dirección milimétrica de Sollima nos dejaron con ganas de más. Y precisamente por eso, aquel final de ciclo no es una despedida, sino el puente perfecto. Porque cuando juntas a un director con esa fuerza y a un actor en estado de gracia, sabes que tarde o temprano los caminos se tienen que volver a cruzar... y el listón se va a poner aún más exigente."

Y es aquí donde vuelven a coincidir, Sollima, Favino y un maravilloso nuevo vector, el del incoparable Toni Servillo en una obra que tienes que ver si o si, por que no tienes excusa, verán perdida en el catálogo de Netflix la tienes dispuesta para su visionado, lástima que estas joyas se pierdan por que obras mediocres pero con más promoción, simplemente por que són made in hollywood, toman todo el protagonismo de la primera pantalla. Pero para eso nació CINEFILIA, para mostrarte estas obras memorables y si es posible, decirte dónde las tienes.

Así que no os hago esperar más, Bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia, con todos ustedes Adaggio film dirigido por Stefano Sollima en el 2023.

¿Cómo nace Esta película? Pues  ante todo, de una profunda necesidad personal de su director. Tras el éxito masivo de Suburra, a Stefano Sollima se le abrieron de par en par las puertas de Hollywood. Se marchó a Estados Unidos a rodar grandes producciones de acción como Sicario: El día del soldado o Sin remordimientos con Michael B. Jordan.

En ese momento Sollima estaba en la cima de la industria americana, pero como él mismo confesó más tarde: 'Necesitaba volver a casa. Necesitaba volver a filmar mi ciudad'.

 Querían cerrar lo que él llama su 'Trilogía del Crimen Romano' (que empezó con ACAB en 2012 y siguió con Suburra en 2015). Por lo que empezó a trabajar en este film que es un cierre maravilloso a un periplo de 11 años donde muestra el cambio de los subirvios de la ciudad y de los personajes que la habitan

 Sollima quería reflejar el choque entre la vieja guardia criminal de Roma —hombres destrozados, enfermos, que pertenecen al pasado— y la nueva generación que domina las calles hoy, más domesticados y plegados a un mundo que les ha cercado en un redil de consumo y placer.

Para los viejos lobos, Sollima hizo una auténtica declaración de intenciones. Llamó de nuevo a su actor fetiche, Pierfrancesco Favino, pero le propuso algo radical: una transformación física absoluta. El diseñador de maquillaje Lorenzo Tamburini pasó horas y horas aplicando prótesis para volver a Favino un hombre enfermo, demacrado y envejecido. Como anécdota, el propio Favino se obsesionó tanto con el personaje que pasó semanas ensayando una postura corporal encorvada y una entonación arrastrada que cambiaran por completo su energía en pantalla.

Y para romper el tablero, Sollima fichó por primera vez al legendario Toni Servillo, el actor fetiche de Sorrentino, además de contar con el mismisiomo Valerio Mastandrea. La gracia del asunto es que reunió a tres de los actores más gigantescos del cine italiano contemporáneo, pero despojándolos de todo glamour: los convirtió en tres viejas glorias de los bajos fondos, cansadas y rotas. 

En contraste, para el papel del chaval joven que desencadena la trama, Manuel.

 Sollima hizo un casting masivo y se la jugó por un debutante absoluto: Gianmarco Franchini, un chaval sin experiencia previa que impresionó al director por su sangre fría y su intuición natural en las pruebas.

Con este choque de trenes listo, las productoras The Apartment y AlterEgo (del propio Sollima) se aliaron con gigantes como Sky y Netflix para encender las cámaras en septiembre de 2022 en una Roma abrasada por los incendios que forma también parte de la película. Y el escenario ya estaba listo."

Y bueno, creo que es necesario que te cuente de que va esta película, cómo siempre sin spoiler para que disfrutes del film de principio a final, pero antes permiteme un segundo, Me encantaría que volvieras con nostros  y formaras parte de esta marvillosa familia cinefila, si tú tambien te animas y crees que nuestros consejos de cine te pueden ayudar a conocer o recordar esas maravillosas obras, muchas veces perdidas en catalogos inmensos, pues dale al botín y a la campanita y ya está formarás parte de esta locura cinefila en youtube, por cierto si quieres y nos regas un like o un Hype, te estaremos muy, pero que muy agradecidos.

Verán Nos situamos en una Roma que no sale nunca en las postales. Es una ciudad al límite, asfixiada por una ola de calor extremo, devorada por incendios forestales que cercan la periferia y someten a esta a constantes apagones eléctricos.

En medio de este infierno, conocemos a Manuel, un chaval de dieciséis años que cuida de su anciano padre, un antiguo criminal que ya ha perdido la cabeza. Manuel se encuentra atrapado en una red de chantajes que le supera por completo: unos policías corruptos, liderados por un turbio personaje al que da vida Adriano Giannini, lo están utilizando para espiar y conseguir trapos sucios de un politico en una fiesta donde parece que todo, está permitido.

Pero en el último segundo, abrumado por el miedo Manuel decide huir. Se escapa con  secretos que no debía ver y se convierte instantáneamente en el objetivo número uno de una implacable cacería humana por toda la ciudad.

¿A quién puede acudir un chaval desesperado cuando la propia policía lo quiere muerto? No le queda otra que buscar refugio en las viejas leyendas del submundo criminal de Roma, los antiguos socios de su padre. 

Manuel llamará a las puertas de 'El Ciego', interpretado por un Valerio Mastandrea magistral, y sobre todo de Cammello, ese indescifrable y demacrado Pierfrancesco Favino que vive recluido, consumido por la enfermedad y el pasado. A la ecuación se sumará Toni Servillo como otra vieja gloria de los bajos fondos que intenta proteger lo poco que le queda.

A partir de ahí, Adagio se convierte en un juego del gato y el ratón. Es la historia de tres viejos gánsters rotos, cansados y olvidados por el tiempo, que de repente encuentran una última e inesperada oportunidad de redención protegiendo la vida de un chaval que no tiene a nadie más en el mundo que a ellos. Una carrera contrarreloj donde el asfalto quema y la traición acecha en cada esquina oscura."

Creo que no deberías perderte este film, así que lo vamos a dejar ahí del resto de la película te tienes que ocupar tú, viendola.

Si algo demuestra Adagio, es que Stefano Sollima ha vuelto de Hollywood sin domésticar sigue con su dominio de la técnica absolutamente impecable, El título no es ningún capricho: el ritmo de la película hace honor a ese tempo musical, un 'adagio' constante. Sollima huye deliberadamente de la acción desenfrenada a la que nos tiene acostumbrados los films actuales y opta por una puesta en escena reposada, demostrando el los policiales tienen tambien otro ritmo, un ritmo donde la tensión se mastica en cada silencio y en cada mirada antes de estallar de forma seca y brutal.

Visualmente, la película es una  maravilla, y gran parte del mérito es de su director de fotografía, Paolo Carnera, que ya trabajó con Sollima en Suburra

Carnera retrata una Roma apocalíptica y agónica con una luz que abrasa y quema como el calor sofocante que narra.

 Los encuadres de Sollima son amplios, jugando constantemente con la escala de los personajes frente a una ciudad que parece estar derrumbándose. La paleta de colores es extrema: pasamos de unos interiores oscuros, sucios y de una penumbra casi sepulcral, a unos exteriores abrasadores, dominados por tonos anaranjados, rojizos y humeantes debido a los incendios que cercan la capital. Es una atmósfera densa, casi táctil; casi puedes sentir el sudor y el calor asfixiante de los personajes a través de la pantalla.

Y el broche de oro que amarra toda esta experiencia sensorial es, sin duda, la banda sonora. Corre a cargo del grupo de rock electrónico italiano Subsonica, que se marca un trabajo estratosférico. La música parte de una partitura hipnótica,  con una atmosfera cargada de sintetizadores oscuros, que laten como si fueran el propio corazón de esa Roma enferma.

La música de Subsonica se funde a la perfección con el diseño de sonido —los zumbidos de los apagones, las sirenas a lo lejos—, logrando que la película se convierta en una experiencia inmersiva. Sollima consigue que el ritmo, los encuadres, la luz y el sonido remen a la vez para construir un 'neonoir' crepuscular bellísimo en su decadencia

Para ir cerrando este análisis, tenemos que hablar del corazón latente de Adagio: su reparto. Y es que la película se articula de una forma casi cabalística, dividiéndose en tres tríadas perfectas que representan las tres fuerzas que chocan en esta Roma terminal.

En primer lugar, tenemos a la tríada de los exbandidos, las viejas glorias del crimen. El trabajo de Pierfrancesco Favino, Toni Servillo y Valerio Mastandrea es pura arqueología humana. Son tres hombres rotos, enfermos, consumidos por los fantasmas del pasado y la culpa. Verlos compartir pantalla es un regalo histórico para el cine italiano; actúan desde la contención, con cuerpos encorvados y miradas cansadas que arrastran el peso de toda una vida al margen de la ley. Son monstruos sagrados interpretando a monstruos olvidados.

Frente a ellos, en el polo opuesto de la brújula moral, se alza la tríada de los policías corruptos. Liderados por un perturbador Adriano Giannini, este trío de agentes representa la degradación absoluta de las instituciones. No actúan por honor ni por una gran ambición mafiosa; actúan por pura supervivencia mezquina, movidos por un egoísmo feroz en medio del caos de la ciudad. Su violencia es seca, burocrática y aterradora, porque viene de quienes deberían protegernos.

Y atrapados en mitad de este fuego cruzado, emerge la tercera tríada, la más trágica de todas: la nueva sangre, los inocentes. Un trío compuesto por el pobre Manuel —el detonante de toda la historia— y los dos hijos pequeños de Vasco. Ellos representan la pureza atrapada en el fango. El debutante Gianmarco Franchini clava la vulnerabilidad de Manuel, un chaval que no quiere ser un criminal, que solo busca salvar el pellejo. Junto a los hijos de Vasco, estos tres jóvenes son el recordatorio constante de que, en el submundo de Sollima, las deudas de los padres siempre las terminan pagando los hijos.

Este número tres, casi místico, nos deja claro que Adagio no es solo un thriller; es una parábola crepuscular sobre el relevo generacional, el sacrificio y la redención. Stefano Sollima cierra su trilogía romana por todo lo alto, regalándonos una película oscura, bellísima y dolorosa que se te queda grabada a fuego mucho después de que terminen los créditos. Una obra imprescindible, un film que no se me rompen prendas al catalogarlo como OBRA MAESTRA y bueno, decir, por sui quieres saber que repercusión tuvo en los festivales que estuvo ni más ni menos que en el Festival de Venecia, una joya del cine europeo que da mil vueltas a la mayoría de policiales Made in Hollywood.

Y bueno, deseando que la veas y que me digas que te parece me marcho, no sin antes desearte que seas inmensamente feliz o luches por ello y como no puede ser de otra forma que vivas el cine

martes, 23 de junio de 2026

SUBURRA 2015

 

Verán, existe un mito muy arraigado en el mundo del arte que dice que el talento no se hereda, que la genialidad no es una cuestión de ADN.  Es normal, nos sentimos falsamente reconfortados al pensar que las grandes mentes dejan su semilla y que el arte se transmite de generación en generación de forma casi mágica. 

Pero la realidad del Arte suele ser mucho más fría, mucho más cruel. La sombra de un padre brillante casi siempre termina por eclipsar la carrera de cualquier hijo que intente seguir sus pasos. En la historia del cine, las segundas generaciones suelen quedarse en eso: en un intento bienintencionado, en una fotocopia pálida o en una eterna comparación que termina por devorarlos.

Es lógico. ¿Cómo te abres paso cuando el listón de tu casa está en el mismísimo Olimpo? Y si el apellido que llevas en la espalda es Sollima, la sombra no es grande; es gigantesca.

Para entender de quién estamos hablando, hay que viajar a la época dorada del cine de género italiano. Hay que hablar de Sergio Sollima. Él no era un director cualquiera; era uno de los tres pilares fundamentales, uno de los tres míticos "Sergios" que redefinieron el Spaghetti Western y lo exportaron al mundo entero, compartiendo el trono con Sergio Leone y Sergio Corbucci. Sergio Sollima firmó obras maestras absolutas, títulos imperecederos como El halcón y la presa o Cara a cara. Su cine no solo era entretenimiento; era un cine político, sucio, con una carga ideológica brutal y una tensión que se masticaba en cada plano. Crecer bajo ese techo, bajo esa firma, parecía una condena directa al segundo puesto si querías seguir los pasos del padre. Era directamente una invitación al fracaso.

Porque seamos honestos: heredar el talento ya es francamente difícil. Pero que se dé el milagro estadístico de que el alumno supere al maestro... eso es algo que ocurre una vez entre un millón. Que el hijo no solo esté a la altura, sino que mejore al padre, que coja su legado, lo retuerza y lo lleve más lejos, es romper por completo las leyes de la gravedad artística.

Y ahí, justo en ese quiebro de la historia, es donde entra Stefano Sollima.

Stefano sabía perfectamente que el apellido Sollima era un arma de doble filo, un imán para las expectativas y los cuchillos de la crítica. Así que tomó una decisión fundamental: no buscar el camino corto. No saltó a la dirección de grandes presupuestos de la noche a la mañana. Decidió curtirse las manos desde abajo, desde el fango de la producción y, sobre todo, desde la escritura.

Antes de ponerse detrás de una cámara para rodar un largometraje, Stefano devoró kilómetros de celuloide trabajando como operador, realizador de televisión y, de forma crucial, como guionista. Ahí fue donde entendió el verdadero motor de la ficción criminal. Comprendió que el cine oscuro, el cine de mafias y bajos fondos, no funciona por la espectacularidad de los disparos o la pirotecnia de las persecuciones. Funciona por la arquitectura de sus guiones. Funciona por cómo se van pudriendo los personajes por dentro, por los dilemas morales y por el peso del destino que arrastran en cada línea de diálogo.

Cuando finalmente da el salto a la dirección en la gran pantalla, el panorama cinematográfico italiano se queda sin respiración. Stefano Sollima demostró de inmediato que el pulso para narrar la violencia y esa atmósfera asfixiante le venían de fábrica, sí, pero con una identidad que no le debía nada a nadie. Lo suyo no era el wéstern crepuscular de su padre; lo suyo era el neonoir contemporáneo más seco, realista y visceral que se había visto en Europa en décadas. Un estilo directo a las encías, hiperrealista, donde las instituciones del Estado y el crimen organizado se confunden en un mismo charco de barro. Stefano Sollima no solo se quitó la etiqueta de "el hijo de Sergio"... se convirtió, por derecho propio, en el auténtico rey de la ficción criminal moderna y toca el cielo con la película que vamos a reseñar hoy dentro del ciclo del actor Pierfrancesco Pavino.

Y ahora sí, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia con todos ustedes SUBURRA film dirigido por Stefano Sollima en el 2015.

Antes de adentrarnos en el film primero hay que entender su título: Suburra.  hace más de dos mil años, en la Antigua Roma, la Suburra era el barrio más peligroso, sucio y densamente poblado de la ciudad. Era el submundo. El lugar donde los senadores patricios bajaban a escondidas a negociar con los criminales, a comprar votos, esclavos y voluntades. Lo fascinante —y lo terrorífico— es que Sollima nos demuestra que, veinte siglos después, la Suburra no ha cambiado. Sigue exactamente en el mismo sitio, solo que ahora los senadores visten trajes a medida y los criminales controlan el asfalto. 

La película se basa en la monumental novela homónima del juez Carlo Bonini y el escritor Giancarlo De Cataldo. Pero el gran triunfo de Sollima no es adaptar el libro página por página; es coger esa radiografía de la corrupción estructural de Roma y transmutarla. Lo que sobre el papel podría haber sido un drama judicial o un thriller político denso y burocrático, Sollima lo eleva. Lo convierte en una tragedia épica, crepuscular, casi mitológica. Solima toma el libro para realizar una de las mejores películas del milenio.

¿Y cómo se logra transformar la podredumbre política en épica criminal? A través de una cinematografía y una técnica impecable y obsesiva. Sollima visualiza Roma como una ciudad sumergida. La película está empapada; la lluvia es constante, el suelo está siempre brillante y los reflejos de los neones se clavan en los charcos como cuchillos. Hay una decisión estética brutal: la cámara casi nunca se queda estática. Sollima utiliza planos generales inmensos que empequeñecen a los personajes, recordándonos que da igual el poder que crean tener; todos son peones atrapados en una maquinaria mucho más grande y oscura que los va a triturar.

El montaje es otra obra de ingeniería. La historia se estructura como una cuenta atrás hacia el Apocalipsis, dividida por días. Esa decisión genera una tensión única, asfixiante, un tic-tac constante en la cabeza del espectador. El ritmo no te da respiro porque no avanza mediante escenas de acción gratuitas, sino encadenando las subtramas de la iglesia, la política y la mafia del neón de una manera tan fluida que sientes cómo el nudo se va cerrando en el cuello de todos a la vez.

A esto se le suma una banda sonora electrónica magistral a cargo del grupo francés M83. En lugar de utilizar la clásica música de tensión de Hollywood, Sollima envuelve los tiroteos y las traiciones en sintetizadores melancólicos, casi nostálgicos. El contraste es brutal: estás viendo una ejecución en un muelle o una orgía de poder en un hotel de lujo, y la música te evoca una extraña e hipnótica belleza.

Eso es Suburra en manos de Sollima.  Convierte el fango de la realidad en una ópera criminal oscura y magnética.

La estructura puede crear rechazo al principio en un espectador actual, al empezar por presentar a cada uno de los peones que van a formar parte de esta cruel partida de ajedrez, deja hilos sueltos que luego se atan más adelante, muestra la cara oficial de los personajes y tambien su cara oculta y no tiene prisa en hacerlo y ahí radica la magia de este film.

Ahora permiteme que te cuente de que va la película, aunque sin espoiler, la norma general que tenemos en este canal de consejos de cine, por cierto, eres nuevo, quizá te apetezca ver más reseñas del canal o ver las proximas entregas que os tenemos preparadas para vosotros, si es así no lo dudes y suscribeté, dale al botón y a la campanita y ya está, así de fácil. Por cierto. te está gustando este vídeo, haznoslo saber con un like o un hype si estás a tiempo.

Verán, siete días. Ese es el tiempo que separa a Roma del caos absoluto. Ese es el eje sobre el que gira Suburra.

La trama arranca con un plan milimétrico: transformar el frente marítimo de Ostia, a las afueras de la capital, en el nuevo Las Vegas europeo. Un megaproyecto que va a mover miles de millones de euros en cemento, juego y drogas. Para que esto salga adelante, tres mundos completamente opuestos tienen que ponerse de acuerdo y firmar una tregua: el Estado, el Vaticano y la Mafia. El nexo de unión de este pacto de sangre es "El Samurai", el último gran capo de la vieja escuela romana, un tipo frío y calculador que representa el verdadero poder en las sombras.

El plan parece perfecto, una maquinaria engrasada donde todos van a ganar. Pero la tregua es frágil, de cristal. Y todo salta por los aires de la manera más sórdida posible cuando un influyente y corrupto diputado del gobierno se ve envuelto en la muerte accidental de una escort menor de edad en un hotel de lujo.

Ese error desata un efecto dominó incontrolable. El secreto cae en manos de las personas equivocadas, dando pie a chantajes, venganzas cruzadas y ambiciones ciegas. En pocas horas, los personajes más despiadados de los bajos fondos entran en escena: desde Spadino, el impredecible heredero de un clan gitano que busca reclamar su sitio a base de sangre, hasta Número 8, el violento e impulsivo jefe de la mafia local de Ostia que no piensa doblegarse ante nadie.

Lo que sigue es una carrera contrarreloj donde los pactos se rompen a golpe de gatillo, donde la traición es la única moneda de cambio y donde nadie, absolutamente nadie, está a salvo. Sollima nos encierra en una Roma nocturna y salvaje, devorada por la codicia, donde las líneas entre la ley y el crimen se borran por completo. La mecha está encendida, el agua sigue subiendo y la gran pregunta que te deja la película en el cuerpo es... cuando todo estalle, ¿quién va a quedar en pie?

Y hasta aquí te voy a contar.

Más allá de su trama, el verdadero milagro de Suburra radica en su puesta en escena y en cómo Sollima construye cada plano. El director huye del ritmo caótico del cine de acción hollywoodiense moderno; aquí el ritmo se cocina a fuego lento, pero con una firmeza implacable. Cada movimiento de cámara tiene una intención dramática. Sollima utiliza una composición geométrica brutal, casi arquitectónica: los enormes edificios del poder de Roma o las desoladas playas de Ostia encuadran a los personajes de forma opresiva. Los techos parecen pesar sobre sus cabezas.

La puesta en escena es puro expresionismo criminal. Juega constantemente con las luces y las sombras, dejando claro que en Roma nadie camina completamente bajo la luz del sol. La dirección artística coloca a los personajes en entornos que reflejan su psicología: desde el minimalismo frío y estéril de las oficinas de los políticos, hasta la opulencia chabacana, dorada y recargada de los palacios de los clanes gitanos. Es un contraste visual salvaje que te entra por los ojos sin necesidad de que nadie te explique nada. El diseño de producción no es decoración; es narrativa pura.

Esta impecable factura técnica y su crudeza no pasaron desapercibidas. En taquilla, la película fue un éxito rotundo en Italia, convirtiéndose en uno de los grandes taquillazos de su temporada con más de 4,6 millones de euros recaudados, logrando además una enorme distribución internacional.

La crítica y la industria también se rindieron ante ella. Fue tal el impacto cultural y el fenómeno que generó esta visión de Sollima, que acabó abriendo las puertas a todo un universo, sirviendo como semilla directa para la famosísima serie homónima que arrasó a nivel mundial.

Y si no la has visto aún, tienes que hacerlo, disfrutar de esta joya en un film que no te dejará indiferente, no se me ocurre mejor cierre para el actor al que le estamos dedicando este ciclo y del que no hemos hablado nada en toda la reseña, creo que como cierre dejaré un sólo adjetivo para Pierfrancesco Pavino. MAESTRO.

Y con esto me marcho, deseando que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma que vivas el cine 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 22 de junio de 2026

La cineasta que vendió su talento al diablo

 Dichosos los ojos. Qué alegría verLe por aquí otra vez. Tome asiento, pongasé cómodo. Lo de siempre, ¿no? Déjeme que le diga al barman que te lo vaya preparando... tardará un par de minutos, que hoy estamos hasta arriba.

Mientras espera, déjeme que le cuente algo en lo que venía pensando esta tarde. El otro día hablábamos de los genios, ¿se acuerda? De esa gente que nace con un cable cambiado en la cabeza, avanzados a su época, capaces de ver lo que el resto ni sospechamos. Especialmente algunas mujeres que, en mundos absolutamente de hombres, demostraron un talento salvaje y fuera de lo común.

Es fascinante... pero también da miedo. Porque el talento es solo una herramienta, un superpoder. Y la pregunta es:  ¿A que servicio lo pones?

Hubo una mujer que encarna esto mejor que nadie. Se llamaba Leni Riefenstahl.

Si le gusta el cine, tiene que conocerla. En los años 30, esta mujer hacía técnicas cinematográficas que hoy se siguen estudiando en las universidades. Se inventó los movimientos de cámara modernos, ponía vías de tren para seguir a los atletas, excavaba fosos para rodar desde abajo y dar sensación de grandeza... una visionaria absoluta.

Pero déjeme que le ponga en contexto, porque la historia de cómo llega una mujer berlinesa a mandar en los platós de los años veinte es una locura.

Leni era alemana, de pura cepa. Y antes de tocar una cámara, lo suyo era el cuerpo, el movimiento. Empezó como bailarina de danza contemporánea. Tenía un éxito arrollador por toda Europa, pero en una gira se lesionó gravemente la rodilla. Fin del baile. Cualquiera se habría hundido, pero ella no estaba hecha de esa pasta.

Descubrio el nuevo arte del cine de la forma más tonta. Esperando en una estación de metro en Berlín, vio el cartel de una película. Era un género muy de la Alemania de la época: el Bergfilm, el cine de montaña. Películas rodadas en los Alpes, historias de hombres y mujeres desafiando a las cumbres, al hielo, a la naturaleza salvaje. Leni se quedó hipnotizada por esa estética de la altura, de la pureza de la nieve, y se obsesionó. Dijo: "Yo tengo que hacer eso".

Ni corta ni perezosa, buscó al director más famoso de ese género, un tipo llamado Arnold Fanck, y consiguió que la contratara como actriz dramática. Pero claro, rodar en los Alpes en los años veinte no era irse de estudio con calefacción. Hablamos de escalar picos a tres mil metros de altura de verdad, en una escena la obligó a caminar descalza sobre la nieve, soportando en los rodajes ventiscas reales. Ahí arriba, entre grietas de hielo y picos helados, Leni se enamoró de la montaña... pero sobre todo, se enamoró del proceso del rodaje, de la creación de una historia.

Mientras los demás actores descansaban en las pausas del rodaje, ella se sentaba al lado de los operadores. Aprendió fotografía, aprendió cómo revelar el celuloide, cómo funcionaban las lentes. Absorbió el oficio como una esponja en condiciones extremas.

Hasta que se cansó de ser solo la cara bonita que sufría en la gran pantalla. En 1932, con treinta años, montó su propia productora y dirigió su primera película: La luz azul. Una fábula mística, rodada por supuesto en las montañas, que ella misma protagonizó, editó y dirigió. Cuando se estrenó, el mundo del cine se quedó con la boca abierta. Una mujer controlando cada plano, logrando una atmósfera visual que parecía de otro mundo.

Tenía el mundo a sus pies. Era la directora más prometedora de Europa, una fuerza de la naturaleza indomable. Tenía el talento, la ambición y el control absoluto de su arte y consiguió alzarse en aquella alemania como una estrella detras de la cámara de cine.

El problema... el gran problema de haber llegado tan alto, a la cumbre de la montaña, es que eres visible desde cualquier parte. Y abajo, en el valle, alguien muy peligroso la estaba observando. 

Ese alguien... era un tipo que, unos años antes, andaba vagando por las calles de Viena con un abrigo raído, intentando ganarse la vida como pintor de acuarelas. Un artista frustrado, un austríaco al que las academias de arte habían rechazado dos veces diciéndole que no tenía talento.

Aquel pintor fracasado se llamaba Adolf Hitler.

Y en ese preciso momento, a principios de los años treinta, Hitler no era el monstruo que todos tenemos hoy en los libros de historia. Era un orador magnético, un tipo obsesionado con el poder que estaba revitalizando un partido político que, hasta hacía nada, era minúsculo, casi ridículo. El Partido Nacionalsocialista.

Hitler, que arrastraba esa frustración como, tenía una obsesión enfermiza con la estética, con la propaganda y con el cine. Sabía perfectamente que para conquistar la mente de un pueblo no bastaba con dar discursos chillando en los mítines; necesitaba imágenes. Necesitaba mitología. Necesitaba belleza que hipnotizara a las masas.

Y entonces, una tarde de 1932, Hitler entra en un cine de Berlín y ve La luz azul, la película de montaña de Leni.

Imagínate la escena. El futuro dictador se queda petrificado en la butaca del cine, fascinado por la estética de las cumbres, las luces místicas y la fuerza visual que esa mujer alemana había logrado plasmar en el celuloide. Para Hitler fue una epifanía. Se giró hacia sus colaboradores y les dijo: "Ahí está. Esa mujer es la que tiene que filmar el renacimiento de Alemania".

Poco después, se conocieron en una playa del mar Báltico. Él le confesó su admiración; ella quedó impactada por la arrolladora personalidad de ese líder político que prometía levantar al país de la miseria. Dos ambiciones salvajes se encontraron frente a frente.

Y así, nació el encargo: filmar el congreso del partido nazi en Núremberg en 1934. El resultado fue El triunfo de la voluntad. Y aquí viene la gran contradicción, lo que todavía hoy nos vuela la cabeza: Leni Riefenstahl filmó uno de los mejores documentales de la historia de la humanidad. Técnicamente, es una obra de arte cinematográfica incontestable.

Si estudias cine hoy en cualquier universidad del mundo, te van a poner escenas de este documental. Lo que esa mujer hizo allí fue revolucionario. Imagínate: dispuso de un equipo de más de ciento sesenta personas, colocó cámaras en ascensores detrás de los mástiles de las banderas para hacer planos verticales asombrosos, inventó los primeros planos sobre raíles en movimiento para rodar a las masas, y diseñó un montaje con un ritmo musical, casi hipnótico, que nadie había visto jamás.

Visualmente es perfecta. Consiguió retratar a los soldados no como hombres, sino como un mar geométrico, infinito y ordenado de rostros perfectos. A Hitler no lo filmaba desde arriba; colocaba la cámara en el suelo, apuntando al cielo, para que pareciera un dios descendiendo de las nubes. Leni no usó voz en off, no le hizo falta que nadie explicara nada. La fuerza de la luz, las sombras, el ritmo de las marchas... era pura poesía visual. Una genialidad absoluta, sin narración, sólo con la fuerza de las imagenes.

Pero... esa es la tragedia de esta historia. Que toda esa belleza, que todo ese despliegue de talento descomunal, no se usó para emocionar o para hacer reflexionar al espectador. Se usó para hipnotizar.

Ese documental fue la mejor arma de propaganda jamás diseñada. El partido nazi, que todavía tenía que afianzarse y convencer a los indecisos, encontró en la película de Leni el escaparate perfecto. Cuando los alemanes entraban en los cines y veían esa demostración de fuerza, de orden, de supuesta paz y grandeza mística, quedaban deslumbrados. Borró de un plumazo el miedo a los extremismos. Hizo que el horror pareciera un sueño patriótico hermoso.

Y el pueblo... el pueblo compró el envoltorio. Votó en masa, fascinado por esa estética impecable, entregándole el poder absoluto a un partido sin saber, o sin querer ver, que con ese voto estaban firmando su propia perdición. Estaban construyendo las vías del tren que los llevaría directos hacia el abismo más oscuro del siglo veinte.

Todo por culpa de unas imágenes bellísimas... que estaban completamente vacías de alma.

Y si cree que conEl triunfo de la Voluntad lo había hecho todo, que ya había llegado al cenit de su cinematografía, después llegó Olimpia. El documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Si el anterior era la cumbre de la propaganda política, este fue la cumbre de la estética del cuerpo humano y el deporte.

Leni volvió a hacer lo que nadie había intentado. Diseñó cámaras subacuáticas para filmar los saltos de trampolín desde el fondo de la piscina; excavó fosos en la pista de atletismo para rodar a los corredores recortados contra el cielo; inventó catapultas para lanzar cámaras en movimiento junto a los atletas... Técnicamente era una auténtica salvajada. Convirtió el deporte en poesía pura, en una danza de dioses griegos modernos.

Usó un principio de moviola y creo las técnicas que hoy consideramos normales dentro de una retransmisión deportiva, pero todas llevan su nombre.

Con esos dos documentales, Leni Riefenstahl tocó el cielo. Se convirtió, sin duda, en una de las mujeres más influyentes, poderosas e importantes de toda la Alemania nazi. Tenía el respeto de la industria mundial, el dinero del Estado y la admiración sumisa de un Hollywood que la miraba con una mezcla de envidia y asombro. Una mujer reinando en la cima del mundo del cine.

Pero entonces... estalló la guerra. Y las hermosas imágenes de cuerpos perfectos y desfiles ordenados se convirtieron en humo, trincheras, sangre y campos de exterminio en una solución final que avergonzó al ser humano. El sueño estético de Leni se dio de bruces con la realidad del monstruo que ella misma había ayudado a crear. 

Cuando el régimen nazi cayó en 1945, el mundo despertó de la hipnosis y vio el horror desnudo. Y Leni cayó con ellos. Pasó por campos de detención, fue juzgada cuatro veces en los procesos de desnazificación. La sentencia oficial dictaminó que no había sido miembro activo del partido, sino una "simpatizante". Pero el tribunal de la historia es mucho más implacable que el de los hombres. Su carrera en el cine comercial se terminó para siempre. Nadie quería volver a contratar a la mujer que había hecho bello el fascismo.

A partir de ahí, su vida fue un intento desesperado, agónico, por limpiar su nombre. Pasó décadas intentando desencasillarse, buscando una pureza que ya no existía en su pasado. Viajó a África, a Sudán, y convivió con la tribu de los Nuba. Los fotografió durante años buscando, esta vez, una visión mucho más humanista, alejada de la política, fascinada por la belleza de otra cultura. Pero daba igual lo que hiciera. Daba igual que se sumergiera en los océanos con más de setenta años para filmar peces y corales en un silencio absoluto. La mancha estaba ahí. Imborrable. Pegada a su piel como un estigma.

Es una tragedia terrible si lo piensas. La mujer con más talento de la cinematografía mundial había puesto su genio al servicio de un monstruo, sin darse cuenta de que ese mismo monstruo, al final, también la devoraría a ella. Cayó en una desgracia absoluta, en el ostracismo. Y aunque con los años llegó a pedir disculpas, a lamentar haber rodado aquella película, el peso de los millones de muertos que dejó atrás el partido nazi —un partido al que ella ayudó a encumbrar con su arte— impidió que el mundo la perdonara. Murió con 101 años, sola con sus recuerdos, arrastrando el peso de su propia genialidad maldita.

Pero ya ha pasado mucho tiempo desde su muerte... y sabes, cuando lo pienso aquí, en la tranquilidad de la noche, a mí me gusta quedarme con otra parte de la historia. Prefiero rescatar a aquella joven berlinesa apasionada por el cine, a la mujer indomable que escalaba picos descalza en los Alpes, a la emprendedora que levantó su propia productora en un mundo absolutamente dominado por hombres y que cambió las reglas de cómo se filma una película para siempre.

Prefiero quedarme con la gran cineasta que fue... y, quizás, solo por un momento, olvidar el monstruo que ayudó a crear.

Vaya, ahí tiene su bebida. Disculpa que te haya entretenido con mis historias, pero es que hay vidas que son demasiado grandes como para no contarlas. Que la disfrutes. Si necesitas algo más, ya sabes dónde estoy. Quizá otro día te apetezca otra historia, pero en este caso, COlorín colorado esta historia del un talento maldito a terminado

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 21 de junio de 2026

¿Quieres saber una verdad incomoda sobre Arte?

 Acompáñeme, por favor... Justo aquí tenemos una mesa perfecta para usted. Apartada del ruido, cerca de la barra, con buena visibilidad, pero con la intimidad suficiente. 

Es aquí. Póngase cómodo.

Disculpe, veo que trae un libro bajo el brazo. Un catálogo de arte, si no me equivoco. Qué delicia. ¿Le gusta la pintura? ¿Los grandes genios? Me lo imaginaba. Hay algo en la forma en que cuida ese volumen que delata a los que aprecian la belleza. Supongo que será de los que disfrutan perdiéndose por los pasillos de los grandes museos, observando esos lienzos históricos a escasos centímetros, dejándose atrapar por las pinceladas de los maestros... ¿Verdad? 

Sí, claro. Lo sabía. Es una experiencia casi mística. Entrar en una sala, ver un Velázquez, un Rembrandt, un Goya... y sentir el peso de los siglos.

Pero mire... ahora que estamos aquí, solos usted y yo, de fondo suena el piano y la noche es joven... déjeme proponerle un juego. Un juego al más puro estilo Matrix. Imagineselo por un momento. Aquí, sobre la mesa, tengo dos pastillas virtuales. Una roja y otra azul.

Si usted elige la pastilla roja... bueno, el juego termina, me marcho. Le traigo su bebida y usted se sumerge en su maravilloso libro y el mundo sigue girando exactamente igual que siempre. Mañana volverá a un museo y verá arte, genialidad y misterio. Nada habrá cambiado.

Pero... si elige la pastilla azul... ah, amigo... si elige la azul, las cosas cambian. Si toma la azul, le voy a contar una verdad incómoda. Una verdad tan oscura y profunda sobre el mundo del arte que, se lo prometo, la próxima vez que pise un museo, ya no lo mirará con los mismos ojos. Su forma de observar esos cuadros sagrados cambiará para siempre.

Vaya. Veo en sus ojos que no ha dudado ni un segundo. Ha elegido la azul. Me gusta la gente valiente.

Bien. Tras la historia puede pedir lo que quiera, invita la casa. quiero que el golpe sea lo más dulce posible por que vamos a hablar de arte. O, mejor dicho, vamos a hablar del negocio que se esconde detrás de los marcos dorados. De un negocio oscuro, de millones de euros, de vanidad y de engaño.

Un negocio que un andaluz... un hombre llamado Francisco José García Lora, conoce mejor que nadie en este mundo. Él sabe perfectamente qué hay detrás del telón. Porque él estuvo allí. Y hoy, usted va a descubrirlo tambien.

Piénselo por un instante... Hay gente cómo usted que viaja miles de kilómetros. Cruzan océanos, compran billetes de avión, arrastran maletas por aeropuertos masificados... ¿Para qué?

Para meterse en un museo.

Piense, por ejemplo, en Viena. En el Palacio Belvedere. La gente va allí, obviamente, por El Beso de Gustav Klimt. Quieren ver de cerca ese oro, esa textura, la culminación de la época dorada del pintor. O piense en Madrid, aquí mismo, en el Museo del Prado, con sus salas imponentes repletas de las miradas oscuras de Goya o la profundidad aérea de Velázquez. O, cómo no, el Louvre en París... un laberinto donde millones de personas buscan desesperadamente la fuerza de Delacroix o la misteriosa sonrisa de los lienzos de Da Vinci.

Esos grandes cuadros... Esas firmas sagradas de esos grandísimos pintores mueven a millones de personas al año. Millones. En un engranaje perfecto. Un negocio redondo y sumamente lucrativo para absolutamente todo el mundo.

Por un lado, está el viajero, que regresa a su casa con el alma llena y la satisfacción de haber contemplado la genialidad humana en primera persona. Por el otro, está el propio museo, que cobra entradas a precios a veces desorbitados, además de los ingresos por las tiendas de recuerdos, las audioguías y los cafés a precio de oro. Y, por supuesto, la ciudad que acoge a esos miles de turistas diarios; piensen en los hoteles, los restaurantes... Piensen en el vecino de esa misma ciudad, que consigue un puesto de trabajo gracias a este descomunal turismo de pinacotecas.

Es idílico, ¿verdad? Un círculo perfecto donde todos ganan y nadie pierde. El arte eleva el espíritu y, de paso, llena los bolsillos de sociedades enteras.

Un negocio impecable... Siempre y cuando lo que esté colgado en esa pared iluminada sea, de verdad, lo que el cartelito dice que es.

Porque... ¿qué pasaría si le dijera que la línea que separa una obra maestra de una copia perfecta es mucho más delgada de lo que su entrada de veinte euros le permite imaginar? Ahí es donde la pastilla azul empieza a hacer efecto.

Y ahí entra el nombre que le he dado anteriormente Francisco José García Lora, que será nuestro cicerone en esta verdad incomoda que se prefiere ocultar

 Verá Francisco era, ante todo, un pintor con un talento descomunal. De esos que nacen con un don en las manos y que, desde niño, ya demostraban que veían el mundo con otra perspectiva. Estudió Bellas Artes, se licenció, y empezó vendiendo sus propios cuadros realistas por unos pocos miles de euros. Una vida honrada. Pero el mercado legal del arte es duro, y un buen día, cuando tenía unos veintisiete años, llamaron a su puerta. Le ofrecieron pasarse al lado oscuro. Le propusieron un trato: dejar de firmar como G. Lora y empezar a firmar con los nombres más sagrados de la historia de la pintura. Y dijo que sí rondaba el año de 1999 cuando tomó esa decisión que le cambiaría la vida y tambien fue ahí donde empezó el mito del que probablemente ha sido el mejor falsificador de España. 

Verá, la mayoría de la gente piensa que falsificar un cuadro es simplemente ponerse delante de una foto y copiar los colores. Qué ingenuidad. Si haces eso, el primer análisis químico en un laboratorio te destruye en cinco minutos. García Lora no copiaba; él viajaba al pasado. 

Para engañar a los grandes expertos, necesitaba que el soporte fuera impecable. Su red de contactos le conseguía lienzos en blanco por ejemplo del siglo diecisiete o dieciocho. Sí, como lo oye: telas de la época que habían sobrevivido al tiempo, a veces limpiando pinturas antiguas sin valor que nadie iba a extrañar. Le traían maderas antiguas, bastidores de época e incluso clavos oxidados de la época. Si un perito miraba el reverso del cuadro, todo lo que veía era madera y metal con trescientos años de historia real. Pasaría hasta la prueba del carbono 14.

¿Y la pintura? Nada de tubos acrílicos modernos comprados en la tienda de la esquina. García Lora creaba sus propios pigmentos a mano, machacando los minerales exactamente de la misma forma en que lo hacían Velázquez, Rembrandt o Goya. Aceite de linaza, resinas naturales, aglutinantes de la época... Todo medido al miligramo. Pero el verdadero arte, el truco maestro, venía después de pintar. Había que envejecer la obra.  

Para simular el paso de los siglos, utilizaba procesos térmicos brutales: calor extremo para secar la pintura de golpe, seguido de choques de frío para cuartear la superficie. Así lograba el craquelado, esa finísima red de grietas que el tiempo tarda décadas en esculpir. Luego aplicaba pátinas de suciedad artificial, polvo de carbón, barnices oxidados... El resultado era tan perfecto que pasaba el filtro de cualquier especialista, de cualquier perito judicial, de cualquier casa de subastas internacional. Sus Goyas, sus Van Goghs y sus Picassos eran indistinguibles de los auténticos o todo lo autentico que puede ser una falsificación perfecta.

Durante años copió a los grandes para dar el cambiazo, Pero un día Francisco cayó

Y aquí viene lo mejor de la historia. ¿Sabe cómo lo atraparon? ¿Piensa que fue porque un científico analizó un pigmento microscópico bajo luz ultravioleta y descubrió el fraude? No. Jamás. Ninguna de sus obras fue descubierta. A Francisco José García Lora lo cazó un chivatazo. Alguien de su propio entorno, alguien que sabía demasiado o que quiso ajustar cuentas, levantó el teléfono y habló con la policía. Así de prosaico. Así de humano 

Porque en este negocio, el eslabón débil nunca es el lienzo; es la codicia. 

¿Y querras saber quiénes eran sus clientes? Se sorprendería. No eran mafiosos de poca monta. Eran intermediarios, galeristas y, sobre todo, coleccionistas multimillonarios. Personas con un patrimonio tan inmenso que ya pueden comprar cualquier mansión o yate, cosas que no son únicas. Ellos querían lo inaccesible: un Velázquez o un Sorolla, bastaba con que un cuadro saliera del museo cedido a otro, para que en el trayecto se le diera el cambiazo, bastaba con que uno de esos propietarios con necesidad de liquidez vendiera en una subasta una copia, para quedarse con el original y el dinero, el comprador, muchas veces coleccionistas privados pero otras muchas museos o instituciones. En otras ocasiones, el cambiazo servía para estafar a seguros, para dar el cambiazo en herencias familiares o para engañar a incautos compradores. Una red de mentiras de alta sociedad donde todos querían poseer el mito del original de lo exclusivo, de lo único.

Cuando la policía desmanteló la red, el juicio se saldó con una condena de varios años de cárcel para el pintor por falsificación y estafa. Pero lo verdaderamente fascinante, lo que nos devuelve a la pastilla azul de esta noche, es lo que ocurrió en los tribunales. Durante todo el proceso, y en la propia sentencia, jamás se quiso rascar en la superficie. Nadie insistió en averiguar quiénes eran los clientes VIP de García Lora. Las autoridades miraron hacia otro lado. ¿Por qué? Piénselo.

Recuerda lo que le he dicho al principio, esa maquinaria que trae prestigio, dinero y trabajo. Esos grandes museos que mueven a millones de turistas cada año. ¿Que pasaría si se supiera que gran parte de su colección es falsa, que esos Rubens, Picasssos o Velazquez son en realidad copias de pintores actuales como nuestro protagonistas?. Algún país estaría dispuesto a pegarse un tiro en el pié, no es mejor no saber más sobre las falsificaciones.

Francisco José García Lora se pasó casi 5 años en la carcel, de la organización sólo cayeron dos personas, piense ahora por un sólo momento, cuantos pintores a como Francisco ha habido a lo largo de los años, de los siglos.

Bueno, vendrá el camarero a tomarle nota y recuerde que está invitado.

Sólo dígame... ¿qué cree que hay colgado en el museo que va a visitar la semana que viene un original o una copia? ¿Sabría diferenciarla?

Lamento haber roto la magia y la inocencia, se lo advertí al principio, pero colorín, colorado, esta oscura historia del negocio del arte, ha terminado 

 

 

 


viernes, 19 de junio de 2026

El Alamein

 Seguimos con el ciclo dedicado a Pierfrancesco Pavino con un film extraño en Europa, un film italiano sobre sus tropas en la Segunda Guerra mundial, un genero que no se prodiga en el viejo continente.

Pero como si de una pequeña joya se tratara aparece este film, que sin ser perfecto, es una bocanada de aire fresco en el cine bélico de este milenio...

Así que bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cineflia con todos vosotros El Alamein La linea de fuego, film dirigido por Enzo Monteleone en el 2002.

Para entender cómo se gestó El Alamein: la línea de fuego, primero debemos viajar a principios de los 2000. En esa época, el cine bélico internacional venía de ser profundamente sacudido por el hiperrealismo de Hollywood gracias a películas como Salvar al soldado Ryan. Sin embargo, el cine italiano sentía que tenía una deuda pendiente con su propia historia: contar la Segunda Guerra Mundial no desde la propaganda del pasado, ni desde la parodia cómo ya se había hecho antes, sino desde la cruda y olvidada perspectiva del soldado común, el fante italiano. 

La idea nació en el seno de Cattleya, una de las productoras independientes más importantes de Italia, liderada por Riccardo Tozzi, Giovanni Stabilini y Marco Chimenz. Querían un proyecto ambicioso, pero con una sensibilidad puramente europea. Para financiarlo, sumaron fuerzas con Medusa Distribuzione y el Ministerio de Bienes y Actividades Culturales de Italia, ya que la película se planteó desde el primer momento como un acto de memoria histórica. 

Para ello tomaron como base las cartas de los soldados y los informes de guerra de la división de infantería de Pavia y de los Paracaidistas de la Folgore, rescatando también testimonios reales de supervivientes de aquel conflicto.

Para dar forma a este material, las productoras confiaron en Enzo Monteleone. Monteleone ya era un guionista de enorme prestigio en Italia —nominado al Óscar por escribir la célebre Mediterráneo en 1991—, pero aquí asumió el doble reto de escribir y dirigir. Su enfoque para el guion fue brillante: en lugar de hacer una película sobre grandes estrategias militares o ensalzar el heroísmo fascista de la época, decidió enfocar la lupa en la miseria cotidiana: la sed, las moscas, la arena y el abandono que sufrieron aquellos hombres frente al imponente ejército británico. 

Monteleone se enfrentaba aquí a su segundo largometraje como director y creo que ese reto le vino un poco grande, la película con uno de esos guiones que deslumbran, se viene abajo con el ritmo irregular por culpa de la inexperiencia del directo y aunque imperfecta y sobrada de planos cortos y subjetivas narrativas previsibles, es de esas películas que te dejan un buen sabor de boca como deja siempre el buen cine. 

El diseño del reparto fue el último gran acierto de la producción, combinando caras nuevas con actores de carácter ya consagrados. Para el papel protagonista, el del joven recluta universitario Serra —que sirve como los ojos del espectador—, eligieron al debutante Paolo Briguglia, cuya mirada inocente reflejaba perfectamente el colapso de la propaganda de la época.

A su lado, se formó una línea de actores que hoy en día son auténticas estrellas del cine italiano, pero que en aquel momento estaban consolidando sus carreras. Destaca un joven Pierfrancesco Favino actor al que le estamos dedicando este ciclo que terminaremos con su gran obra en una semana, su personaje Sargento Rizzo es uno de esos papeles complejos, lleno de miedos que intenta ocultar bajo la fachada de hombre duro, Emilio Solfrizzi encarnando al carismático teniente Fiore y Para redondear el elenco y dar peso institucional a la crítica antibélica, la producción sumó breves pero potentes apariciones de veteranos de la comedia dramática italiana, como Silvio Orlando interpretando al general y Roberto Citran como el coronel.

Ahora dejame que te cuente de que va esta película, recordandote que aquí no hacemos spoiler ya que somos un canal de consejos de cine, si es la primera vez que nos visitas y quieres quedarte, estaremos encantados de verte por aquí otra vez, así que dale al botón y la campanita y forma parte de nuestra familia cinefila y si te está gustando el vídeo haznoslo saber con un like.

Pues bien Estamos en Egipto, octubre de 1942. El frente de El Alamein es una inmensa línea de arena donde se decide el destino de África, pero para los hombres que están en las trincheras, el mundo se ha reducido a la supervivencia diaria. Hasta este infierno llega Serra, un joven universitario de Palermo que, impulsado por el idealismo y la propaganda de la época, se ha alistado voluntario en el ejército italiano. 

Sin embargo, el romanticismo de la guerra se evapora en su primer día. Serra es destinado al frente sur, a la división de infantería Pavia, un destacamento olvidado en mitad de la nada. Allí no encuentra gloria, sino un panorama desolador: soldados andrajosos, devorados por la disentería, las moscas y una sed asfixiante que los consume bajo el sol del desierto.

A través de los ojos de este recluta, descubrimos a la guarnición: hombres como el sargento Rizzo, un veterano endurecido que intenta mantener la disciplina a pesar de la falta de suministros, o el teniente Fiore, que lidera con una mezcla de resignación y profunda humanidad. Estos hombres  abandonados por un alto mando que los ha enviado a la batalla sin agua, sin blindados adecuados y con fusiles obsoletos. Ya sólo luchan por sobrevivir un día más

Con la guerra perdida, los Ingleses preparan su golpe final y hasta aquí te voy a contar el resto de la película tienes que verla tu.

nos encontramos ante una obra que no puede competir con las superproducciones de Hollywood este film se realizó con poco más de 8 millones de dólares, una cifra irrisoria para una producción estadounidense, pero si que compite en honestidad emocional. Entender su tono es la clave para descifrar toda la película: Enzo Monteleone opta por un tono antihéroe, íntimo y profundamente melancólico. A diferencia del cine bélico americano, que a menudo utiliza el ritmo del thriller, aquí el ritmo imita al desierto: es pausado, pesado y opresivo. La música de Pivio y Aldo De Scalzi, lejos de usar trompetas triunfales, recurre a melodías tristes y cantos árabes que refuerzan esa sensación de que estamos presenciando una tragedia parecido a las obras del teatro griego. 

Sin lugar a dudas, lo mejor de la película es su retrato de la condición humana en situaciones límite. Monteleone logra algo complejísimo: desvincular el heroísmo del soldado italiano del régimen fascista que lo envió allí. 

El guion brilla al mostrar la "guerra de los detalles": el ingenio para estirar las raciones, la solidaridad entre los soldados y el humor negro como único mecanismo de defensa contra la locura. Además, las interpretaciones son excepcionales. Pierfrancesco Favino, en el papel del sargento Rizzo, ofrece una actuación memorable que equilibra la dureza militar con un instinto paternal conmovedor. El realismo histórico en el vestuario, las armas y las condiciones de vida en las trincheras —la mugre, las moscas, las llagas en la piel— le otorgan una autenticidad orgánica que se siente casi documental.

Pero no todo es perfecto en esta película, a lo ya dicho antes de la dirección hay que sumarle cierta falta de matices y zonas grises de los personajes

Por otro lado a la hora de mostrar la inmensidad de la batalla, la producción se queda corta. No consigue la épica que busca y al final queda como una secuencia de planos lentos que te dejan frío.

pero que estas irregularidades no te frenen a la hora de ver la película, la obra funciona a la perfección. Su tono desmitificador la convierte en un visionado obligatorio para entender la memoria histórica tanto de la italia moderna como de los hombres que lucharon en el otro lado. 

En taquilla, la película tuvo un comportamiento digno en el mercado europeo. En una época en la que el público masivo llenaba las salas para ver los grandes despliegues de efectos digitales de Hollywood, la propuesta íntima y descarnada de Monteleone logró conectar con la audiencia italiana, recaudando más de 2 millones de euros en su recorrido comercial inicial. No fue un taquillazo histórico, pero sí una inversión recuperada que demostró que había público para este tipo de films.

En la gran noche de los premios David di Donatello, la película se alzó con tres galardones fundamentales: Mejor Fotografía, Mejor Montaje y Mejor sonido.

y un jovencísimo Pierfrancesco Favino obtuvo su primera gran nominación como actor de reparto, marcando el inicio de la gran estrella en la que se ha convertido hoy.

Más de dos décadas de su estreno, esta pelicula sigue funcionando porque nos recuerda que el cine no entiende de grandes presupuestos si no del amor que se le dedica a la producción y esta obra es una de esas películas que sin ser redondas, dignifica el género en Europa y con esto me voy a marchar, no sin antes desearte que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa y que vivas el cine

 

 

 

El talento del inútil, una historia de futbol

 Bienbenidos otra vez a este su bar, si, hoy las mesas están completas, pero dejame que os busque un sitio en la barra, verán los días de partido de futbol esto se pone imposible, aquí, aquí es un buen lugar.

¿Saben?, a veces me quedo mirando a la gente que entra por esa puerta y me pregunto cuántos de ellos están jugando realmente el partido de sus vidas y cuántos simplemente... están haciendo que juegan.

Verán, el fútbol tiene esa mística, por eso de querer ver los partidos acompañados, se siente una hermandad única, hay paises que es la máxima preocupación y su vida parece que orbita sobre ese deporte cómo es en Brasil . Cuando pensamos en el fútbol brasileño, en esa tierra bendecida por el balón, a todos se nos llena la boca con los mismos nombres. Hablamos de la estética del joga bonito, de Pelé deteniendo el tiempo en el 58, de la sonrisa pícara de Ronaldinho, de la potencia devastadora de Ronaldo de Lima destrozando defensas en Europa. Parece que han nacido para ser leyendas, para que el Maracaná coree tu nombre, pero para ello necesitas tener un idilio místico con la pelota. Una velocidad endiablada, un regate que rompa cinturas, o un disparo que doble las manos de los porteros. Pensamos en el fútbol como una meritocracia absoluta, un lienzo verde donde el talento físico y la disciplina son los únicos pasaportes hacia la gloria y en cierta forma lo és.

Y es normal que lo piensen. Al fin y al que cabo, es lo que vemos en la televisión cada fin de semana. Hombres que parecen esculpidos por los dioses de la resistencia, corriendo noventa minutos bajo una presión que aplastaría al común de los mortales. El fútbol profesional es un embudo despiadado; de millones de niños que patean descalzos un balón de trapo en las favelas de Río o en los campos embarrados de Porto Alegre, solo un puñado selecto, una fracción de milímetro, logra firmar un contrato profesional. El resto se queda en el camino, con las rodillas dañadas y los sueños rotos. Por eso respetamos tanto a los que llegan. Por eso les pagamos millones. Porque asumimos que son superhombres. Que poseen un don divino que los demás no tenemos.

Pero la vida, amigos mío, no siempre premia al que mejor golpea la pelota. A veces, la vida premia al que mejor entiende la naturaleza humana. Al que sabe leer los deseos, los miedos y la vanidad de los que mandan.

Hoy quiero hablarte de un futbolista brasileño que rompe todos los esquemas de lo que crees que es este deporte. Un tipo que nació en los años sesenta, en una época donde el fútbol todavía se movía por el romanticismo y el instinto, antes de que los ordenadores y los análisis de datos lo midieran absolutamente todo. Físicamente, si lo hubieras visto entrar por la puerta de este bar, te habrías girado a mirarlo. Un portento. Alto, atlético, con una melena ochentera que parecía sacada de una estrella de rock, una planta imponente y un carisma que inundaba la habitación antes de que él siquiera abriera la boca. Tenía la mirada de los que ganan antes de empezar y el andar seguro de un ariete que va a reventar la red. Los ojeadores se frotaban las manos al verlo vestir de corto. Los presidentes de los clubes veían en él una mina de oro, el próximo gran delantero que los llevaría a levantar copas y a llenar las vitrinas de trofeos.

Tenía todo lo que el sistema exige. El físico, el respeto de sus compañeros, la adoración de la prensa y las ofertas de los grandes equipos sobre la mesa. Vivió la época dorada del fútbol. Compartió vestuario con campeones del mundo, firmó contratos lucrativos en Brasil, viajó a Europa, a México, a Estados Unidos. Estuvo en la élite. En la cumbre. En el lugar donde solo los elegidos pueden respirar y el resto de los mortales soñar con ello.

 Durante dos décadas, su nombre estuvo inscrito en las plantillas de los clubes más importantes, cobrando sueldos de estrella, saliendo en las portadas y disfrutando de los lujos que solo este deporte puede darte. Una carrera de veinte años como profesional. Veinte años en el escaparate más exigente del planeta, donde un mal partido te condena al ostracismo.

Pero aquí viene el giro de la historia. El detalle que hace que te des cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que creemos a primera vista.

Ese hombre, ese atleta formidable, esa estrella de la que te hablo... se llamaba Carlos Henrique Raposo, aunque en el mundo del fútbol todos lo conocían como "El Kaiser". 

Y su verdadero don, no estaba en sus botas. Estaba en su mente. Porque este hombre logró mantener esa carrera de veinte años al más alto nivel, cobrando contratos, firmando autógrafos y engañando a presidentes, entrenadores y aficionados... sin llegar a jugar ni un solo partido oficial en toda su vida. Ni uno solo. Veinte años viviendo del fútbol, siendo futbolista, sin tocar un balón en el césped.

Por que el Kaiser no sabía jugar al futbol, su talento era hacer creer a todo el mundo que si.

Seguro que ahora quieres saber su historia

Para entender el truco del Kaiser, hay que entender una gran verdad de la vida: a la gente le encanta que la engañen si el envoltorio es lo suficientemente brillante. Y Carlos tenía el mejor envoltorio del mundo.

El chaval no era tonto. Sabía que no sabía jugar, pero sabía lo que querían los clubes. Así que empezó por lo más importante en este negocio: las relaciones públicas. Carlos se hizo amigo de los tipos más grandes del fútbol brasileño de los ochenta. Gente como Rocha, Renato Gaúcho, Romário... tipos con un talento descomunal pero con un corazón blando para los buscavidas. El Kaiser los encandilaba en las discotecas, les organizaba las fiestas, les cubría las espaldas. Se convirtió en el alma de la noche de Río. Y claro, cuando una estrella como Renato Gaúcho firmaba por un gran club como el Flamengo o el Vasco da Gama, ponía una condición en la mesa del presidente: "Para que yo rinda al máximo, tenéis que fichar también a mi amigo Carlos. Es un delantero espectacular, solo necesita una oportunidad".

Y los presidentes, que de fútbol a veces saben lo justo, firmaban el contrato, aunque sólo fuera por complacer a la estrella del momento. Tres meses de prueba, un sueldo modesto, pero ya estaba dentro. El Kaiser ya era jugador de primera división.

Y ahí empezaba la verdadera magia, el arte de la puesta en escena. Carlos llegaba al primer entrenamiento. Físico impecable, melena al viento. Pedía el balón en el partidillo, corría con una potencia tremenda, daba dos pases y, al tercer toque... ¡ay! Se llevaba la mano al muslo, ponía cara de dolor de parto y se caía al suelo. "¡El isquiotibial!", gritaba. En los años ochenta no había resonancias magnéticas, ni escáneres, ni ecografías de alta definición. El médico del club le tocaba la pierna, Carlos pegaba un grito, y el diagnóstico era inapelable: rotura fibrilar. Tres semanas de baja.

¿Y qué hacía mientras estaba lesionado? ¿Se quedaba en su casa? Qué va. Se ganaba al vestuario. Se pasaba los días en el gimnasio, charlando con los lesionados, subiéndoles la moral, pagándoles las cenas y las copas . A los periodistas locales les regalaba camisetas del club y les filtraba cotilleos jugosos. ¿El resultado? Que mientras estaba en la enfermería, los periódicos publicaban titulares como: "El Flamengo espera con ansias la recuperación del Kaiser, el delantero que va a revolucionar el campeonato". El tipo era un genio del marketing antes de que existiera el término.

Incluso utilizaba tecnología de vanguardia para la época. Se paseaba por las instalaciones del club con un teléfono móvil —un armatoste gigante de los primeros que salieron— hablando en un inglés inventado y rudo. Les decía a los directivos de reojo: "Es mi representante... tengo una oferta millonaria del Real Madrid, pero yo me quiero quedar aquí porque amo a este club". Nadie en el equipo hablaba inglés, así que todos se lo tragaban. Años después se supo que el teléfono era de juguete.

Así estuvo varias temporadas, pero claro, el destino es muy puñetero y a veces te obliga a salir al escenario aunque no te sepas el guion. Le pasó en el Bangu, un club modesto de Río presidido por Castor de Andrade, un tipo que era el rey del juego ilegal, un mafioso de los de antes que no aceptaba un "no" por respuesta.

El Bangu iba perdiendo dos a cero, quedaban diez minutos y Castor, harto de ver a su fichaje estrella, por que le habían fichado como estrella del equipo, sin verle jugar pero por lo que decían de él,  lo dicho, ver a su fichaje estrella en el banquillo, llamó al entrenador por el walkie-talkie y le ordenó: "Mete al Kaiser ya, nos jugamos el campeonato". El entrenados, asintió, cómo para llevar la contraria a semejante personaje, así que el entrenador se puso frente al Kaiser y le señaló con el dedo, Carlos se quería morir. Si salía al campo, el truco se terminaba. Se iba a notar que no sabía jugar y en ese campo con ese presidente no sólo se estaba jugando el prestigio.

¿Qué hizo? Mientras calentaba en la banda, escuchó a los aficionados del equipo rival que lo estaban insultando por su melena. Vio el cielo abierto. El Kaiser saltó la valla publicitaria, se metió en la grada y empezó a pegarse puñetazos con los hinchas contrarios. Una tangana monumental. El árbitro, lógicamente, corrió hacia él y le sacó la tarjeta roja antes de que pisara el césped. Expulsado sin jugar un segundo.

Cuando terminó el partido, Castor de Andrade entró al vestuario hecho una fiera, buscando la cabeza del Kaiser para cortársela. Y aquí es donde Carlos demostró que era un superdotado de la palabra. Antes de que el mafioso abriera la boca, Carlos lo miró con lágrimas en los ojos y le dijo: "Presidente... Dios me dio un padre que falleció cuando yo era niño. Pero hoy, Dios me ha devuelto a ese padre en usted. Y cuando he escuchado a esos aficionados insultarle, llamándole ladrón y mafioso... no lo he podido soportar. He tenido que defender su honor, porque usted es mi familia".

¿Saben qué hizo el mafioso? Se echó a llorar, le dio un beso en la frente y le renovó el contrato por seis meses más con un aumento de sueldo. Eso era el Kaiser. Un hombre capaz de salir de un pozo de estiércol oliendo a rosas. Así pasó por el Botafogo, por el Fluminense, e incluso cruzó el charco para ir al Gazélec  de Francia, allí pasó otro de esos aprietos de los que sólo el Kaiser podía salir. El asistente del equipo le explicó lo que debía decir y hacer, le puso en los antecedentes de los equipos rivales, las señas de identidad y los canticos propios del equipo y que luego diera unos toques al balón por que a la prensa les encanta ese show en las  presentaciónes, El Kaiser se quedó blanco, saltó al juego y vió ordenados como si fueran soldados una fila de balones para que hiciera su demostración, así que no se lo pensó saltó como un tarzan sin hacer caso a los periodistas, tomó todas las pelotas y las pateo hacia el publico congregado como regalo, todo lo que tenía forma de pelota acabó en la grada, incluyendo los balones que luego iban a usarse en el entrenamiento y claro sin ellos no hubo exhibición. Un genio absoluto.

La historia del Kaiser nos deja una moraleja fantástica, aunque un poco gamberra. Nos demuestra que en este mundo, muchas veces, la actitud vale muchísimo más que la aptitud. Nos pasamos la vida estresados, estudiando másteres, devorando tutoriales, intentando ser los más productivos, los más preparados, los más perfectos... cuando a lo mejor lo único que necesitamos es un buen corte de pelo, una sonrisa de oreja a oreja y una confianza ciega en nosotros mismos. El Kaiser nos enseña que si eres capaz de convencer al mundo de que eres el mejor en algo, a veces ni siquiera te hace falta demostrarlo. El síndrome del impostor no existe si tú eres el dueño del fraude.

Eso sí, de todo esto hay una lección vital que no debes olvidar nunca si alguna vez decides emular a nuestro amigo Carlos: si vas a montar una mentira que dure veinte años... asegúrate al menos de tener a mano un buen juego de teléfonos de juguete, búscate amigos que jueguen muy bien y que den la cara por ti, y sobre todo, reza para que nunca, bajo ninguna circunstancia, nadie te pase una pelota a los pies. Porque ahí, amigo mío, se acaba la poesía y empieza la física.

Y colorín colorado esta maravillosa historia de futbol ha terminado