lunes, 26 de octubre de 2026

Montpelier 2026

 

MONTPELIER: EL TERROR CLÁSICO LLAMA A NUESTRA PUERTA | CINEFILIA

1. PRESENTACIÓN

Hoy en CINEFILIA tenemos un motivo muy especial para sentirnos orgullosos. Y es que pocas cosas nos gustan más que descubrir nuevos talentos, apoyar a quienes aman el cine tanto como nosotros y, sobre todo, comprobar que detrás de una cámara puede haber alguien con una sensibilidad cinematográfica extraordinaria.

Hoy tenemos el placer de reseñar Montpelier, un cortometraje realizado por uno de nuestros suscriptores, nuestro compañero Dan Bravo.

Una obra que nos sumerge en una historia de terror gótico, pero que lo hace de una manera muy particular: recuperando la esencia del cine clásico, con un glorioso blanco y negro, una textura que evoca el celuloide de otra época y una atmósfera que nos recuerda a ese cine en el que las sombras, los silencios y lo que permanece oculto era mucho más aterrador de lo que aparecía en pantalla

Y hay un detalle que hace que este trabajo resulte todavía más sorprendente: su director tiene solamente 19 años.

Sí, habéis oído bien. Diecinueve años. Una edad a la que muchos todavía están descubriendo qué quieren hacer con su vida y en la que Dan Bravo ya está levantando proyectos cinematográficos que merecen nuestra atención y de los festivales de terror tan importantes como Molins de Rey.

Por eso, desde CINEFILIA, queremos dedicarle esta reseña. Porque creemos que estamos ante un nombre que conviene recordar y porque, si este cortometraje es una muestra de lo que puede ofrecernos en el futuro, quizá hoy estemos asistiendo a los primeros pasos de una carrera que  tiene mucho que contarnos.

Así que poneos cómodos, apagad las luces y acompañadnos en este viaje al corazón de las tinieblas de los montes catalanes por que Hoy hablamos de Montpelier, de Dan Bravo.


Verán Montpelier nos propone una historia vampírica ambientada en un mundo que parece arrancado de otro tiempo de un siglo de soldados viejos y viejas guerras. Pero no estamos ante la típica historia de terror a la que estamos acostumbrados.

La película adopta una estructura epistolar: la narración nace de una carta dirigida a una duquesa, escrita por un antiguo soldado que emprende un viaje acompañado de su joven sobrino, Jaume.

Ambos se lanzan a dar caza a una bestia que está sembrando de cadáveres los montes. Una criatura cuya presencia parece convertir el paisaje en un territorio de muerte.

Y hasta aquí podemos contar, un film que empezará su recorrido por festivales y que seguro que podrás ver en uno de los cientos de selecciones que seguro que tendrá y con ello la oportunidad de verla.

Y es que una de las mejores maneras de acercarse a Montpelier es hacerlo sabiendo lo justo, dejándose llevar por su relato y permitiendo que sea la propia película la que vaya desvelando sus cartas.


Pero antes de adentrarnos en las características de Montpelier, merece la pena detenernos en la persona que hay detrás de la cámara.

Dan Bravo nació en Tarragona en 2006 y dirigió su primer cortometraje cuando tenía tan solo catorce años. Junto a su compañero Bernat Roqué fundó la productora Inesperado Films, con la que ha ido desarrollando diferentes proyectos audiovisuales.

En 2023 tuvieron la oportunidad de colaborar con Nora Navas, una de las actrices más destacadas de su generación, en un cortometraje escrito por Dan y dirigido por Bernat.

Desde entonces, los proyectos han ido creciendo en ambición y dimensiones hasta desembocar en Montpelier.

Pero su trayectoria no se limita a este trabajo. Dan también ha dirigido cortometrajes como La Pubilleta, con Eva de Luis y Pep Antòn Muñoz, que obtuvo un primer premio en un festival celebrado en Cunit, y Adéu, realizado para el Notodo Film Fest y protagonizado por David Vert y su hermana, Alícia Bravo.

Además, ha tenido ocasión de colaborar con Fernando Tejero en distintos proyectos y actualmente se encuentra escribiendo su primer largometraje.

Todo esto nos habla de alguien que lleva años trabajando, una de las voces jóvenes más impactantes que me he cruzado y que está labrando su propio camino en el mundo audiovisual.

y que Desde CINEFILIA seguiremos con atención sus próximos pasos.

Una de las cosas más interesantes de Montpelier es el origen de su historia.

Verán Dan Bravo quería inicialmente realizar una película ambientada en el mundo del bandolerismo del siglo XVIII. Para él, este periodo histórico representa una especie de equivalente español del western: un territorio de caminos peligrosos, personajes al margen de la ley y una violencia que forma parte de la vida cotidiana.

El director llegó incluso a reunirse con historiadores y divulgadores para documentarse. Sin embargo, se encontró con una dificultad: condensar una historia de estas características en un cortometraje sin que terminara resultando anecdótica o superficial.

La inspiración definitiva llegó a través de El Plan, un relato de su amigo Alejandro Lanchas ambientado en el Madrid actual. En él, dos amigos investigan la sospechosa muerte de un conocido hasta descubrir que detrás de lo sucedido se encuentra una criatura vampírica. A partir de ese descubrimiento, deciden darle caza.

Dan encontró en aquella historia la chispa que necesitaba para combinar el terror vampírico con el imaginario del bandolerismo del siglo XVIII.

Y el resultado es una propuesta que nos lleva a un terreno muy atractivo: el encuentro entre el western y el cine de terror gótico.

Pero no hablamos necesariamente del western más aventurero o espectacular, sino de esa vertiente contemplativa, solemne y cargada de atmósfera que asociamos al cine de los sergios, Corbuci, Solima y Leone.

El propio director explica que uno de los grandes retos del guion fue transformar el relato original, barroco y frenético, en una película de ritmo más contemplativo, sin perder su naturaleza perturbadora.

Y esa búsqueda de una identidad propia es precisamente uno de los aspectos que hacen interesante el proyecto.

En este caso el terror puede adoptar muchas formas y él decide que sea una críatura del bosque, algo ancestral y místico, presentarnos a unos personajes que se adentran en un territorio peligroso y dejar que la amenaza crezca poco a poco en nuestra imaginación.

Cuando el terror se combina con el western, además, aparece una dimensión muy especial: la de unos personajes que parecen enfrentarse a un mundo inmenso, hostil y ajeno a su voluntad.

Y ahí es donde esta mezcla de géneros encuentra su mayor atractivo y Montpelier consigue explotarlo

Si hay algo que me llama  la atención de Montpelier, es su apariencia visual.

El blanco y negro no funciona únicamente como una elección estética. Es una declaración de intenciones.

Dan Bravo explica que buscaba remitir inconscientemente al espectador a otra época y emular, en la medida de lo posible, la textura del celuloide. Al eliminar el color, concentrando toda nuestra atención en la iluminación, las sombras y las texturas.

Y esa decisión encaja perfectamente con la historia que quiere contar.

El blanco y negro tiene una capacidad extraordinaria para transformar los espacios y convertirlos en algo misterioso. Un bosque puede dejar de ser simplemente un bosque para convertirse en un territorio amenazador. Un rostro puede adquirir una expresividad diferente cuando la luz marca sus facciones. Y una sombra puede sugerir la presencia de algo que preferiríamos no encontrar.

Es una herramienta que el cine clásico de terror conocía muy bien y que aquí se convierte en una parte fundamental de la identidad de la película.

Pero lo interesante es que la intención de Dan no consiste simplemente en imitar el cine antiguo.

Sus propias palabras resultan reveladoras: quiere recuperar algo de la magia de un cine que ya no se hace, pero sin convertir su película en una pieza de museo ni alejarla de la sensibilidad contemporánea.

Y esa diferencia es importante.

Una cosa es copiar la apariencia de una película de otra época y otra muy distinta es comprender qué hacía especial a aquel cine y tratar de recuperar parte de su espíritu.

Porque la nostalgia, por sí sola, no basta para construir una película. Lo verdaderamente interesante es utilizar esa tradición como punto de partida para contar algo propio.

En este caso, la apuesta visual se complementa con una curiosidad técnica: el cortometraje se rodó con las mismas lentes que se utilizaron en producciones tan conocidas como Anora, de Sean Baker, o The Batman, de Matt Reeves.

Un detalle que nos recuerda que detrás de una propuesta con apariencia clásica también hay decisiones técnicas contemporáneas.

Y, por supuesto, no podemos hablar de la atmósfera de Montpelier sin mencionar su música.

La banda sonora original corre a cargo de Mars Rovell, un cantautor cuya aportación, según explica el director, ha sido fundamental para dar personalidad a las imágenes.

Entre sus referencias musicales se encuentran Ennio Morricone, Henry Purcell y la banda sonora de Drácula, la película dirigida por Francis Ford Coppola en 1992.

Pero hay otra inspiración especialmente significativa: El cant dels ocells, una melodía tradicional catalana que alcanzó una enorme popularidad internacional gracias a las interpretaciones de Pau Casals al violonchelo.

En Montpelier, esta melodía aparece vinculada a Sebastià, que la silba para rendir homenaje a los fallecidos o encontrar fuerzas ante el peligro.

Es una elección cargada de significado. Frente a la oscuridad, la violencia y la presencia de la muerte, aparece una melodía que conecta con la memoria, la pérdida y la humanidad de los personajes.

Y ese contraste entre lo terrible y lo íntimo puede aportar una dimensión emocional muy especial a una historia de estas características.

6. LOS ACTORES Y LA HUMANIDAD DE LOS PERSONAJES

Otro de los grandes retos del proyecto fue encontrar a los intérpretes adecuados.

Interpretar a personajes del siglo XVIII no es una tarea sencilla. El lenguaje, los gestos, la manera de moverse y la forma de relacionarse con el mundo requieren un trabajo específico para que los personajes resulten creíbles.

Finalmente, los papeles protagonistas recayeron en Mikel Iglesias y David Olivares, dos intérpretes con trayectorias diferentes que aportan personalidades distintas a los personajes de Jaume y Sebastià.

Mikel Iglesias se hizo conocido para el gran público gracias a la serie Pulseras rojas y posteriormente participó en producciones como Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar.

David Olivares, por su parte, cuenta con una amplia trayectoria, especialmente vinculada al ámbito catalán y al humor televisivo, donde destacó por su participación en el programa satírico Polònia.

Dan Bravo buscaba inicialmente unos personajes más cercanos a esos cowboys silenciosos, solemnes e impenetrables que tan bien conocemos gracias al western clásico.

Sin embargo, la química y el trabajo de los actores terminaron conduciendo a una interpretación diferente, más humana y cercana.

El propio director resume ese descubrimiento con una comparación muy cinematográfica: buscaba a Clint Eastwood y acabó encontrándose con Eli Wallach.

Y la comparación resulta muy sugerente.

Porque, en ocasiones, los personajes que más nos interesan no son los héroes invulnerables, sino aquellos que dejan entrever sus debilidades, sus contradicciones y sus momentos de humanidad.

En una historia de terror, esa dimensión humana puede resultar especialmente importante. Cuanto más cercanos sentimos a los personajes, más nos importa lo que les sucede y más nos afecta aquello a lo que deben enfrentarse.

La amenaza sobrenatural puede despertar nuestro miedo, pero son los personajes quienes consiguen que nos impliquemos emocionalmente en la historia.

Y esa combinación entre lo perturbador y los instantes de cercanía es uno de los elementos que el director quiso potenciar en la relación entre los dos protagonistas.

7. UNA PRODUCCIÓN LLENA DE DIFICULTADES

Por supuesto, una película no se hace únicamente con una buena idea. Detrás de cada plano hay un equipo, una planificación y una enorme cantidad de trabajo que el espectador muchas veces ni siquiera llega a imaginar.

En el caso de Montpelier, el proceso comenzó a tomar forma durante el verano de 2024. El rodaje tuvo lugar en septiembre de 2025 y la posproducción concluyó a finales de septiembre de 2026.

El rodaje se desarrolló durante apenas dos jornadas, en una finca cercana a Manresa, un tiempo muy ajustado para una producción que necesitaba recrear distintas localizaciones y ambientaciones históricas.

El equipo tuvo que transformar un sótano vacío en una taberna del siglo XVIII y construir desde cero un cementerio de campaña en mitad del campo.

Además, el rodaje estuvo acompañado de distintos contratiempos, incluidos daños materiales. Sin embargo, gracias al esfuerzo de todo el equipo, consiguieron sacar adelante el proyecto.

La película también logró reunir a varias productoras y entidades colaboradoras, entre ellas PlayTime Movies, responsable de películas como Casa en llamas y 42 segundos, y La Perla 29, una compañía teatral de gran prestigio en Barcelona.

Y hay una anécdota que demuestra hasta qué punto el equipo cuidó los detalles: la sangre que aparece en pantalla era de color azul durante el rodaje, para conseguir exactamente la tonalidad oscura que buscaban en la imagen final.

Son detalles que nos permiten comprender mejor la cantidad de decisiones que hay detrás de una película y el trabajo necesario para conseguir que todos sus elementos formen parte de un mismo universo.

Y quizá este sea uno de los aspectos más admirables de un proyecto como Montpelier: la capacidad de reunir a un equipo, afrontar las dificultades y mantener una visión cinematográfica hasta el final.

Porque el cine también es eso. Resolver problemas, adaptarse a las circunstancias y continuar trabajando incluso cuando las cosas no salen como estaban previstas.

8. NUESTRA VALORACIÓN

Llegados a este punto, creemos que merece la pena volver a la idea con la que comenzábamos esta reseña.

Montpelier es un cortometraje dirigido por un cineasta de tan solo diecinueve años que ha decidido apostar por una historia de terror con personalidad propia, apoyándose en la tradición del western y en la estética del cine clásico.

Y eso, en sí mismo, ya nos parece una propuesta estimulante.

Nos gusta que haya jóvenes cineastas interesados en mirar hacia atrás para encontrar nuevas formas de contar historias. Que comprendan que el cine no consiste únicamente en seguir las tendencias del momento, sino también en conocer su historia, estudiar a quienes nos precedieron y descubrir qué podemos aportar nosotros.

La combinación de terror vampírico, ambientación histórica, blanco y negro y música de inspiración clásica revela una búsqueda estética muy concreta.

No se trata solamente de contar una historia de una criatura que amenaza a unos personajes. Se trata de construir un mundo, de darle una identidad visual y sonora y de intentar que el espectador se sumerja en él.

También nos parece muy interesante la voluntad de recuperar esa forma de hacer cine en la que la atmósfera y la sugerencia ocupaban un lugar tan importante.

Porque el terror no siempre necesita gritar para hacerse escuchar. A veces basta con una presencia que no vemos, un silencio que se prolonga demasiado o la sensación de que algo nos observa desde la oscuridad.

Y cuando una película consigue despertar nuestra imaginación, el miedo puede continuar mucho después de que la pantalla se haya quedado a oscuras.

Por supuesto, un cortometraje es también un espacio de aprendizaje. Cada proyecto supone una oportunidad para descubrir qué funciona, qué se puede mejorar y hacia dónde quiere dirigirse un cineasta.

Pero precisamente por eso resulta tan interesante seguir la trayectoria de alguien que ya está experimentando con sus propias inquietudes y que, además, tiene por delante tantos años para continuar creciendo.

Desde CINEFILIA queremos felicitar a Dan Bravo y a todo el equipo que ha hecho posible Montpelier. No solo por haber terminado una producción con tantas dificultades, sino por haber apostado por una propuesta que busca su propia personalidad y que demuestra una evidente pasión por el cine.

9. DESPEDIDA

Y ahora llega el momento de que seáis vosotros quienes descubráis Montpelier.

El cortometraje comienza su recorrido por festivales, así que os recomendamos seguir las redes sociales de Dan Bravo para conocer las próximas proyecciones y las ciudades en las que podrá verse.

También estaremos atentos a sus futuros proyectos, especialmente a ese primer largometraje que está escribiendo.

Quién sabe. Quizá dentro de unos años volvamos a encontrarnos con su nombre al hablar de una película mucho más grande.

Lo que sí sabemos es que, con trabajos como este, Dan Bravo está dando pasos para abrirse camino en el mundo del cine.

Y desde CINEFILIA nos alegra poder acompañarlo en ese comienzo.

Si habéis visto Montpelier, contadnos qué os ha parecido en los comentarios. ¿Os gusta este regreso a la estética del terror clásico? ¿Creéis que el blanco y negro sigue teniendo una fuerza especial dentro del género? Y, sobre todo, ¿os gustaría ver más historias que combinen el western con el terror?

Nos encantará leeros.

Si os ha gustado esta reseña, recordad darle a «Me gusta», suscribiros al canal y compartir el vídeo con otros amantes del cine.

Nos despedimos por hoy, pero no sin antes dar las gracias a Dan Bravo por compartir su trabajo con nosotros y permitirnos descubrir esta pequeña aventura cinematográfica.

Porque en CINEFILIA creemos que el cine también se construye apoyando a quienes empiezan, descubriendo nuevas voces y celebrando la pasión de quienes se atreven a contar sus propias historias.

Y ahora sí, nos vemos en la próxima reseña.

¡Hasta pronto, cinéfilos!

domingo, 18 de octubre de 2026

Luz que agoniza 1944

 Verán, hay películas que, con el paso del tiempo, llegan a ser tan poderosas, tan míticas y tan importantes dentro de la historia del cine, que terminan eclipsando incluso a aquellas obras que les dieron origen. Remakes que alcanzan tal dimensión que, cuando pensamos en ellos, resulta difícil recordar que antes existió otra versión. Y, en ocasiones, hasta llegamos a olvidar que esa historia ya había sido contada.

Ya hablamos de ello en una reseña anterior, cuando nos acercamos a esa curiosa capacidad que tiene el cine para apropiarse de una historia, reinventarla y convertirla en algo tan extraordinario que acaba instalándose para siempre en la memoria colectiva. Hoy volvemos a encontrarnos ante uno de esos casos. Una película que no solo logró trascender a su precedente, sino que terminó convirtiéndose en una referencia indiscutible de su género.

Pero, para entender bien lo que tenemos delante, debemos retroceder un poco. Porque esta historia no nació para el cine. Su origen se encuentra en una producción británica estrenada en 1940, que adaptaba una obra teatral de Patrick Hamilton, uno de esos dramaturgos capaces de convertir los espacios cotidianos en escenarios de auténtica pesadilla psicológica.

Y es precisamente ahí donde reside una de las claves de esta historia. En una obra teatral sobresaliente, construida sobre la tensión, la manipulación y esa inquietante sensación de que algo no encaja, aunque no siempre sepamos identificar exactamente qué está sucediendo. Una historia que demuestra que, en ocasiones, el terror más efectivo no necesita de muchos artefactos.

Verán, la producción británica de 1940 merece, por sí misma, una atención especial. De hecho, nuestra intención es dedicarle nuestra próxima reseña, en la que podremos detenernos en sus características, analizar sus virtudes y establecer una comparación entre ambas versiones. Por eso, hoy no vamos a profundizar en ella. Preferimos reservar ese análisis para la próxima semana y así descubrir cómo se trasladó aquella historia a la pantalla y qué diferencias existen entre las dos películas.

Así que pensar en esta reseña como en la primera parte de una continuación.

Pero vamos a arremangarnos por que hoy, lo que nos toca, es hablar de la versión que, para muchos espectadores, terminó convirtiéndose en la definitiva. Una película que tomó una historia extraordinaria y la transformó en una experiencia cinematográfica fascinante, apoyándose en una atmósfera opresiva, unas interpretaciones memorables y una puesta en escena capaz de convertir lo aparentemente normal en algo profundamente perturbador.

Una película que juega con nuestra percepción, que nos invita a desconfiar de lo que vemos y escuchamos, y que nos recuerda que el hogar, ese lugar donde deberíamos sentirnos seguros, también puede convertirse en el escenario de nuestros peores temores.

Y ahora sí, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia Luz que agoniza, el remake de 1944 de Luz de gas, aúnque en ingles ambas tienen el mismo título la inconfundible obra maestra Gaslight de George Cukor. Un film extraordinaro para ponerteló en la noche o visperas de Halloween

Pues bien, me imagino que la primera pregunta que os ronda por la cabeza es. ¿Por qué la Metro-Goldwyn-Mayer decidió realizar una nueva versión de una película que apenas tenía cuatro años de antigüedad? Verán Para comprenderlo, debemos situarnos en el Hollywood de los años cuarenta, en una industria perfectamente engrasada, capaz de sacar títulos como si de una factoría de coches se tratara y que las películas sólo se podían ver en el momento que eran proyectadas en salas

Y la película británica del 1940, dirigida por Thorold Dickinson, ya había llevado a la pantalla la extraordinaria obra teatral de Patrick Hamilton. Pero MGM quiso hacer su propia adaptación, gracias a que ese film aunque estrenado, tuvo que usar un nombre diferente Angel Street por que aún en brodway estaba la obra teatral en funcionamiento, así que muchas personas no la vieron y otras no la relacionaros, un caso perfecto para que con un presupuesto mucho mayor, un reparto de primer nivel y todos los recursos técnicos de uno de los estudios más poderosos del mundo. Convertir aquel remake en la adaptación oficial y para ello la Metro Goldwind Mayer hizo que desaparecieran las copias de la película británica en los estados unidos, e incluso se ha documentado su empeño por destruir el negativo original para todo el mundo. La intención era evitar que la versión anterior compitiera con la nueva producción. Una decisión que hoy nos resulta extraordinaria y que, afortunadamente, no consiguió borrar aquella primera película de la historia del cine.

La metro, tomó todo lo que tenía, los mejores técnicos y artístas para hacer esa memorable versión y para dirigir esta nueva adaptación, el estudio recurrió a George Cukor, un cineasta que ya había demostrado una extraordinaria sensibilidad para trabajar con los actores y explorar las relaciones humanas. Cukor no era de esos autores que buscaban el espectáculo. Su gran virtud consistía en observar a sus personajes, descubrir sus contradicciones y construir una tensión que, poco a poco, terminaba atrapando al espectador. O lo que es lo mismo, buscaba la maldad en la propia humanidad del personaje, no en vano es uno de esos directores que están en el Olimpo de este oficio

El reparto fue otra de las grandes pauestas de la Metro. Ingrid Bergman interpreta a Paula, una mujer cuya seguridad y confianza en sí misma van desmoronándose progresivamente. A su lado encontramos a Charles Boyer, que compone un Gregory Anton un encantador marido atento y protector. La amenaza de su personaje no reside únicamente en lo que hace, sino en su capacidad para manipular la percepción de la realidad.

Joseph Cotten aporta una presencia fundamental a la historia, mientras que May Whitty y Angela Lansbury completan un reparto en el que cada personaje contribuye a crear esa atmósfera de sospecha. Para Lansbury, que interpreta a la joven criada Nancy, la película supuso además su debut cinematográfico. Y resulta fascinante recordar que una actriz que acabaría convirtiéndose en una de las grandes figuras de la interpretación comenzó su carrera con un personaje secundario tan importante para el desarrollo de esta historia.

Ahora dejame que te cuente un poco de que va esta película, pero como siempre sin hacer spoilers, no son necesarios, si la has visto ya sabes lo que pasa y si no la has visto, desvelarte de más es una autentica faena. así que tranquilos. Sólo un pequeño parentesis antes.

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Pues ya está, ves que rápido.

Pues vamos a la trama de la película.

La historia nos traslada al Londres de final de siglo en la época victoriana, donde Paula Alquist, una joven que arrastra un doloroso pasado familiar, encuentra de nuevo el amor en Gregory Anton, un hombre encantador con quien termina casándose. Juntos se instalan en la antigua casa de su tía, una célebre cantante asesinada años atrás en circunstancias nunca aclaradas.

Pero lo que debería ser el comienzo de una nueva vida pronto se transforma en una auténtica pesadilla. Pequeños objetos que desaparecen, ruidos inexplicables en el piso superior y unas luces de gas que parecen perder intensidad sin motivo que comienzan a inquietar a Paula. Sin embargo, Gregory insiste en que todo está en su imaginación, que su memoria le falla y que su comportamiento resulta cada vez más extraño.

Aislada del mundo y sometida a una presión psicológica constante, Paula empieza a dudar de su propia cordura. Y hasta aquí te voy a contar el resto de la trama, de la deliciosa trama, tienes que verla tu.

Veréis, no es de extrañar que esta  película obtuviera siete nominaciones a los premios Óscar, en la ceremonia celebrada en 1945 Entre ellas figuraban mejor película, mejor actor para Boyer, mejor actriz de reparto para Lansbury, mejor guion adaptado y mejor fotografía en blanco y negro. Finalmente, consiguió dos estatuillas: mejor actriz para Ingrid Bergman y mejor dirección artística en blanco y negro, un reconocimiento al trabajo de Cedric Gibbons, William Ferrari, Edwin B. Willis y Paul Huldschinsky. 

Pero los premios, por importantes que sean, no explican por sí solos por qué estamos ante una obra maestra.

la obra es parte fundamental de esa excelencia del cine. Un trabajo único, donde el uno de los mayores estudios del momento quiso que fuera la gran adaptación de la obra teatral y para ello el guion fue escrito por John Van Druten, Walter Reisch y John L. Balderston, a partir obimaente de la obra de Hamilton. Los guionistas conservaron el núcleo de la historia, pero ampliaron determinados elementos, reforzaron la investigación policial y construyeron una narración cinematográfica más desarrollada. La versión de Cukor se aleja en varios aspectos de la adaptación británica, más próxima al original teatral, para ofrecernos una experiencia más suntuosa y atmosférica, a veces recordando al cine negro o policial

Y por otro lado la fotografía de Joseph Ruttenberg, uno de los grandes responsables de que esta película resulte tan inolvidable. Rodada en blanco y negro, utiliza las sombras, los contrastes y los espacios cerrados para convertir la casa en una presencia amenazadora. La iluminación de gas, que da título a la película, no es un simple detalle de época: se convierte en una pieza esencial del suspense. Cada habitación parece esconder algo y cada rincón contribuye a que compartamos la creciente inseguridad de Paula.

A ello se suma la banda sonora de Bronisław Kaper, que acompaña el drama con sus compases de una forma sobervia. Verán, La música ayuda a sostener la tensión y a reforzar ese ambiente gótico, entre el melodrama y el misterio, que envuelve toda la narración. Sin ella, esta obra no sería lo que llegó a ser

Pero quizá la mayor virtud de Luz que agoniza sea Ingrid Bergman. Su interpretación no consiste simplemente en representar a una mujer aterrorizada. Lo extraordinario es observar cómo cambia su comportamiento, cómo empieza a desconfiar de sus recuerdos y cómo cada pequeña equivocación parece confirmar aquello que su marido le dice. Bergman nos permite experimentar esa pérdida de confianza desde dentro. Por eso su Óscar a la mejor actriz fue mucho más que un reconocimiento a una interpretación brillante: fue el premio a una construcción psicológica de enorme complejidad.

Charles Boyer, por su parte, resulta especialmente eficaz en este papel, demostrando por que era uno de los grandes. Su encanto es rotundo, capaz de conquistar hasta la lente de la cámara. En una película que necesita de esa actuación o nada funciona

No es casualidad que, décadas después, la expresión inglesa gaslighting o Luz de gas se convirtiera en una expresión habitual, hoy quizá en desuso, pero que durante mucho tiempo era bastante común

De hecho, en 2019, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos incorporó Luz que agoniza al Registro Nacional, por su importancia cultural, histórica y estética. Una distinción que confirma la permanencia de una obra que continúa fascinando a nuevas generaciones. Y que espero que si no la conoces, te adentres de lleno en esta obra que es simplemente inolvidable

Un film que es uno de los grandes clásicos del suspense psicológico. Con uno de los mejores directores de la historia del cine y con un reparto excepcional.

Otro de esos films que siendo del género del terror y suspense, ese género tan maltratado por los premios y críticos de cine, es una obra capital de este arte. un film que es una obra maestra indiscutible y es genial para estas fechas de Haloween.

Y llegamos al final de nuestro recorrido por Luz que agoniza, una de esas películas que nos recuerdan que el buen cine de suspense sólo necesita de una mirada, un silencio, un ruido en una habitación vacía o una luz que comienza a apagarse lentamente para conseguir que el espectador sienta una inquietud difícil de olvidar.

Y precisamente por eso, si todavía no habéis visto esta película, os recomiendo que le deis una oportunidad. Pero hacedlo sabiendo qué vais a encontrar: una historia que se toma su tiempo, que construye su atmósfera con paciencia y que confía plenamente en la inteligencia del espectador. Aquí el terror nace a fuego lento con esa sensación angustiosa de no poder confiar ni siquiera en aquello que tenemos delante de nuestros ojos.

George Cukor nos regala una puesta en escena que convierte una casa victoriana en un espacio opresivo, casi claustrofóbico.

Es cierto que estamos ante una película de otra época, con un ritmo y una forma de narrar muy diferentes a los del suspense contemporáneo, eso os lo quiero avisar. Pero precisamente ahí reside buena parte de su encanto.

Así que, si  os apetece disfrutar de un clásico, de una película que combina misterio, elegancia, interpretaciones memorables y una atmósfera verdaderamente inquietante, no dejéis pasar la oportunidad de descubrirla. Y si sois amantes del cine de suspense, os aseguro que merece ocupar un lugar destacado en vuestra lista de películas pendientes.

Y ya vamos a despedirnos, hemos adelantado ya la siguiente reseña que será la versión británica de este film pero para empezar, tenemos que terminar antes esta y no me puedo marchar sin antes, desearte que seas inmensamente feliz o que luches por ello y como no puede ser de otra forma que vivas el cine

jueves, 15 de octubre de 2026

Joyas del cine para Halloween El extraño caso del doctor Jekill 1941

 

Verán, dejenme que les cuente una cosa, en una época estival como la de Halloween. Parece que hay géneros que le son propios, películas que encajan como un anillo al dedo y en este caso son las películas de terror o misterio, pero por otro lado, solemos pensar en film de consumo rápido, obras que con el paso del tiempo, ni siquiera te vas a acordar.

Pero no debe de ser así, hay grandes obras maestras, rodadas e interpretadas por las mayores estrellas del cine de la época, cuando éste estaba en su mejor momento, films que no solamente han conservado su capacidad para inquietarnos, sino que han terminado convirtiéndose en auténticos clásicos del cine. Y la que hoy nos ocupa es, sin ninguna duda, una de ellas.

Así que. Bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia con todos ustedes,  El extraño caso del doctor Jekyll, film estrenado en 1941.

Verán, hablar de esta obra es ponerse de pie ante un film colosal y es que estamos ante una película de muchos, muchísimos kilates. Para empezar, por el material literario del que parte: la extraordinaria obra de Robert Louis Stevenson, una de esas historias que han trascendido su época para instalarse en el imaginario colectivo. La lucha entre el bien y el mal, la dualidad de la naturaleza humana y esa inquietante posibilidad de que, bajo una apariencia respetable, se esconda algo realmente monstruoso… Pocos relatos han explorado nuestros rincones más oscuros con tanta fuerza y han dejado una huella tan profunda en la cultura popular, como aquella escrita en su libro el Exctraño caso del Dr Jekill y Mr. Hyde

Pero claro, cuando semejante historia cae en manos de un estudio como la Metro-Goldwyn-Mayer, en uno de los grandes momentos de su historia, las expectativas no pueden ser precisamente modestas. Hablamos de una época en la que Hollywood funcionaba como una auténtica fábrica de sueños, con medios técnicos extraordinarios, profesionales de primer nivel y un sistema de estrellas capaz de reunir en una misma producción a algunas de las figuras más importantes del firmamento cinematográfico de toda la historia de este arte.

Y aquí tenemos, precisamente, un reparto que simplemente da vertigo. A la cabeza, Spencer Tracy, un actor de una solidez interpretativa extraordinaria, acompañado por Ingrid Bergman, cuya presencia en pantalla es sencillamente magnética, y Lana Turner, una de las grandes estrellas de la Metro. Tres nombres que, por sí solos, ya justificarían echarle un vistazo a esta película.

Pero es que detrás de las cámaras encontramos, además, a Victor Fleming, un director de enorme talento, responsable de títulos tan fundamentales como El mago de Oz y Lo que el viento se llevó. Y si eso no fuera suficiente, el guion corre a cargo de John Lee Mahin, un profesional de larga trayectoria en Hollywood, vinculado también a películas como Mogambo y Quo Vadis.

Así que tenemos una historia extraordinaria, uno de los grandes estudios de Hollywood en plena forma, un director de primera categoría, un guionista experimentado y tres estrellas de primerísimo nivel. Si sobre el papel, parece inmejorable, el resultado en pantalla es descomunal.

Verán, las películas de terror gótico eran más propias de la Universal que de la Metro, productora famosa por sus melodramas y films de épocas, Pero el estudio tenía sus propias razones para acercarse a esta historia. Y la más importante es que esta película ya había triunfado diez años antes.

En 1931, la Paramount había estrenado El hombre y el monstruo, dirigida por Rouben Mamoulian y protagonizada por Fredric March otra versión destacable de la novela. Aquella película había dejado una huella enorme, hasta el punto de que March consiguió el Óscar al mejor actor por su interpretación. La historia de Jekyll y Hyde ya había demostrado su enorme potencial cinematográfico, así que la Metro decidió hacerse con los derechos de aquella producción y darle su propio tratamiento. Y cuando la Metro quería hacer algo, lo hacía a su manera: grandes estrellas, una producción cuidada hasta el último detalle y el sello de distinción de uno de los estudios más poderosos de Hollywood.

La elección de Spencer Tracy para interpretar a los dos personajes resulta especialmente reveladora. Tracy no era precisamente el actor que uno asociaría de primeras con el cine de terror. Su imagen estaba vinculada a personajes de enorme humanidad, hombres sólidos, creíbles, con los pies en la tierra. Y, de hecho, el propio actor no estaba demasiado entusiasmado con el proyecto. Le preocupaba la comparación con Fredric March y tampoco le convencía la idea de someterse a un maquillaje excesivo para convertirse en Hyde.

Pero Tracy era una máquina interpretativa de primer nivel, ante la presión de la metro y acceder a interpretar a dicho personaje, decidió hacerlo en profundidad, quería construir al monstruo desde la interpretación, desde los gestos, la mirada y el lenguaje corporal. Y la Metro aceptó esa propuesta, buscando una transformación menos espectacular en lo físico y más apoyada en la actuación. 

Aquí es donde aparece una de las diferencias fundamentales con las obras anteriores. Mientras que el génerro de terror se había construido en un universo reconocible de criaturas, castillos, sombras y maquillajes inolvidables, la Metro abordó la historia desde una perspectiva más elegante, más cercana al drama psicológico y al melodrama de prestigio. No se trataba tanto de presentar a un monstruo de pesadilla como de explorar la degradación de un hombre respetable y la lucha entre sus impulsos y las convenciones sociales.

Y, sin embargo, la película no renuncia a esa atmósfera oscura que asociamos al terror gótico. La fotografía en blanco y negro, los contrastes de luz, los decorados y la música de Franz Waxman contribuyen a crear un mundo en el que la respetabilidad victoriana convive con algo mucho más turbio.

Pero tuvieron problemas importantes para desplegar toda la maldad que el personaje Hyde inflinge a sus víctimas y es que no hay que olvidar que la película se estrenó en 1941, cuando el código de censura de Hollywood el famoso Código Hayes ya condicionaba considerablemente lo que podía mostrarse en pantalla y lo que no. Y eso afectó a una historia cuyo trasfondo tiene mucho que ver con los deseos reprimidos, la hipocresía y las zonas más incómodas de la naturaleza humana.

Aún así o quizá por ello, este film resulta realmente terrorifico, la mano de Victor Fleming, el guión y las interpretaciones, llevan la historia a lo cotidiano, al maltrato que ocurre sin que nadie lo vea, pero del que somos conscientes que ha ocurrido, esa violencia fuera de plano, resulta más perturbadora que si realmente se mostrara.

Y ahora, bueno, toca contar un poco de que va la película, quiza sea absurdo no hacer spoiler por lo conocido de la obra de Stevenson, pero aùn así vamos a pensar en toda esa gente joven que quizá aún no han tenido ocasión de adentrarse en esta joya del terror gótico, así que siguiendo la norma del canal, lo haremos sin spoiler.

Pues bien, La historia nos traslada al Londres victoriano, donde conocemos al doctor Henry Jekyll, un prestigioso médico convencido de que el ser humano alberga en su interior dos naturalezas enfrentadas: una bondadosa, civilizada y respetable, y otra oscura, dominada por los instintos y los deseos más primarios.

Jekyll está convencido de que ambas facetas pueden separarse mediante la ciencia. Una teoría que despierta tanto la fascinación como el rechazo de sus colegas, incapaces de comprender que alguien con su reputación quiera adentrarse en semejante territorio. Pero nuestro protagonista no está dispuesto a abandonar sus investigaciones, convencido de que sus experimentos podrían cambiar para siempre nuestra comprensión de la naturaleza humana.

En el terreno personal, Jekyll mantiene una relación con Beatrix Emery, una joven de buena familia con la que espera casarse. Sin embargo, mientras su vida parece encaminarse hacia un futuro prometedor, el médico siente una creciente curiosidad por los aspectos más oscuros de la existencia, esos impulsos que la sociedad victoriana obliga a ocultar bajo una fachada de decencia.

Y entonces llega el momento de poner a prueba sus teorías, pero no ante coballas o roedores, si no experimentando con el mismo.

Mediante una fórmula experimental, Jekyll consigue liberar esa parte reprimida de su personalidad y se transforma en Edward Hyde, un hombre completamente distinto, sin los frenos morales que rigen su vida cotidiana. Hyde representa todo aquello que Jekyll ha mantenido encerrado durante años: la violencia, el egoísmo y el deseo de satisfacer sus instintos sin preocuparse por las consecuencias.

Al principio, el médico cree que puede controlar la transformación y regresar a su vida normal cuando lo desee. Pero pronto descubre que ha abierto una puerta que quizá nunca debió cruzar. 

Y hasta aquí te voy a contar, es un film maravilloso para ver en esta época del año, una joya en blanco y negro que hará la delicia de toda la familia, con unas interpretaciones simplemente a la altura de otro tiempo.

Y hasta aquí nuestra reseña. Una película que, más allá de sus virtudes y de los años que han transcurrido desde su estreno, que  nos permite disfrutar de algo que cada vez resulta más difícil encontrar: esa sensación de estar ante una obra que pertenece a otro tiempo, tiempo en el que se gestaban las obras más importantes de este arte

Por eso, si sois de los que todavía no os habéis acercado a El extraño caso del doctor Jekyll, os animo a que le deis una oportunidad. Especialmente si estáis buscando una película para disfrutar durante la noche de Halloween o sus visperas.

Porque hay muchas maneras de pasar miedo frente a una pantalla y todas son validas y maravillosas. Podemos recurrir al terror más explícito, a los sobresaltos, a las criaturas que aparecen cuando menos lo esperamos o a esas películas contemporáneas que juegan constantemente con nuestros nervios. Pero también existe otra forma de disfrutar del género: adentrarnos en una historia inquietante, dejarnos envolver por una atmósfera oscura y descubrir cómo el cine clásico era capaz de construir sus pesadillas con una elegancia y una personalidad extraordinarias.

Y eso es precisamente lo que ofrece esta película. Una oportunidad de acercarnos a uno de los grandes relatos de la literatura universal, contemplar el trabajo de intérpretes extraordinarios y descubrir cómo un estudio como la Metro-Goldwyn-Mayer se atrevió a explorar un territorio que parecía reservado a otros.

Puede que algunas cosas hayan cambiado con el paso del tiempo. Puede que nuestra forma de entender el terror sea hoy muy diferente. Pero hay historias que siguen funcionando porque hablan de algo que nunca ha dejado de inquietarnos: la posibilidad de que no conozcamos tan bien a las personas que tenemos a nuestro lado o incluso a nosotros mismos.

Así que, si este Halloween queréis disfrutar de una buena película de terror y, al mismo tiempo, regalaros la experiencia de descubrir todo un clásico, no lo dudes el doctor Jekyll te va a dar mucho más de lo que pensabas

Y con esto me voy a despedir, no sin antes pedirte que te suscribas, que le des al like si es que te ha gustado esta reseña y nos regales un Hype si aún estás a tiempo. 

Volmeremos pronto con otro clasicazo del terror, para que tengas más opciones para hacer una velada maravillosa de cine, pero hasta que que llegue ese momento, un deseo, que seas inmensamente feliz o luches por ello y cómo no puede ser de otra forma que vivas el cine 

 

 

martes, 13 de octubre de 2026

la vida secreta de Walter Mity

 

Verán, dejenme que les cuente una cosa, hay películas que han pasado a la historia del cine como obras originales cuando en realidad no lo son, esa sensación de originalidad llega hasta el punto de que muy pocos recuerdan, o incluso saben, que en realidad son versiones de otras películas anteriores. Remakes que, con el paso del tiempo, han terminado eclipsando por completo a sus predecesoras, hasta hacerlas desaparecer de la memoria colectiva. A veces, la nueva versión alcanza tal popularidad que resulta difícil imaginar que aquella historia ya había sido contada antes, con otros actores, otra mirada y en otra época. Y es que la historia del cine está llena de estos casos, películas que todos creemos conocer en su versión original que no lo és,  que esconden un pasado cinematográfico mucho más antiguo. Como el film que nos ocupa hoy.

Ahora sí, bienvenidos, bienvenidas, con todos ustedes la última película del ciclo que le estamos dedicando al gran cómico Danny Kaye, La vida secreta de Walter Mitty, film dirigido por Norman Z. Mcleod en 1947.

Y es que seguramente por este título te sonará un film del 2013. Verán Ben Stiller recuperó la figura de Walter Mitty para llevarla a una nueva generación de espectadores. Dirigida y protagonizada por él mismo, La vida secreta de Walter Mitty que partía de una premisa reconocible para todo el que vió el original: un hombre corriente que encuentra refugio en una imaginación mucho más emocionante que su propia existencia. Sin embargo, a partir de esa idea, la película toma un camino radicalmente distinto.

Más moderno, con una trama basada en la transformación del film al publico actual. Pero esta transformación también modifica sustancialmente el tono de la historia. La ironía, el absurdo y la visión más bien amarga del relato de Thurber dejan paso a una comedia dramática de carácter inspirador, con una fotografía espectacular, una banda sonora cuidadosamente elegida y una mirada casi poética sobre la aventura y el descubrimiento personal.

Ya no estamos únicamente ante un hombre que sueña despierto para soportar su existencia. Estamos ante alguien que necesita despertar para empezar a vivir.

Y quizá ahí reside tanto el principal atractivo de esta versión como su mayor distanciamiento respecto al espíritu del relato original. 

Para comprender el origen de esta película, tenemos que remontarnos a 1939, cuando el escritor e ilustrador estadounidense James Thurber publicó su célebre relato corto. En apenas unas páginas, Thurber construía el retrato de un hombre gris, sometido a las exigencias de quienes lo rodean, que escapa de una realidad frustrante imaginándose protagonista de aventuras extraordinarias. Un capitán enfrentado a una tormenta, un cirujano brillante o un héroe capaz de resolver cualquier situación. Todo ello mientras, en la vida cotidiana, apenas consigue hacerse respetar.

La fuerza del relato estaba precisamente en ese contraste, en la ironía con la que Thurber retrataba la distancia entre lo que somos y lo que nos gustaría ser. Una idea sencilla, pero de enorme potencial cinematográfico.

Y ahí entra en escena Samuel Goldwyn, que puso en marcha la adaptación en enero de 1945, confiando el guion inicial a Ken Englund y Everett Freeman. Sin embargo, el productor no quedó satisfecho con el resultado y decidió revisar el proyecto. El propio Thurber llegó a trabajar durante diez días con Englund, pero sus propuestas terminaron siendo ignoradas en buena medida.

Goldwyn tenía otro objetivo: construir una comedia a la medida de su protagonista, Danny Kaye. El resultado se alejaba considerablemente del relato original. El Walter Mitty cinematográfico ya no se limita a soñar despierto, sino que termina envuelto en una trama de intriga, persecuciones, joyas y personajes sospechosos. Thurber llegó a referirse irónicamente a la película como «La vida pública de Danny Kaye», una manera bastante elocuente de expresar su descontento.

Pero si algo jugaba a favor de la producción era su reparto.

Danny Kaye era uno de los grandes nombres de la comedia musical estadounidense, un artista de extraordinaria agilidad verbal y física, capaz de combinar canciones, gestualidad y un humor disparatado que parecía hecho a medida para las fantasías del protagonista.

A su lado encontramos a Virginia Mayo, una actriz que atravesaba un momento especialmente destacado de su carrera y que había participado en Los mejores años de nuestra vida, el célebre drama de William Wyler. En esta ocasión interpreta a Rosalind van Hoorn, una mujer misteriosa que arrastra a Walter hacia una aventura muy real, mucho más peligrosa que cualquiera de sus ensoñaciones.

Y, por supuesto, Boris Karloff. El inolvidable rostro del terror cinematográfico abandona aquí, al menos parcialmente, el territorio que lo había convertido en una leyenda para encarnar al siniestro doctor Hugo Hollingshead. Su presencia aporta a la comedia un delicioso contraste, jugando con la imagen amenazadora que el público asociaba inmediatamente con él.

Con Norman Z. McLeod en la dirección y una fotografía en Technicolor que daba vida a los distintos mundos imaginados por Walter, Samuel Goldwyn tenía entre manos una producción concebida para el lucimiento de sus estrellas.

La película llegó finalmente a los cines en 1947. Y aunque James Thurber nunca terminó de reconciliarse con aquella versión, el resultado nos ofrece una curiosa paradoja: una adaptación que se aparta considerablemente de su fuente literaria, pero que ha acabado convirtiéndose en la imagen cinematográfica más conocida de Walter Mitty durante décadas.

Ahora dejame que te cuente un poco de que va esta versión original, cómo siempre sin espoiler para que puedas disfrutar de su visionado.

Walter Mitty es un hombre corriente que vive atrapado en una existencia que parece diseñada para recordarle constantemente lo poco que importa. Trabaja en una editorial dedicada a publicar revistas pulp de aventuras, corrige historias de héroes intrépidos y pasa los días rodeado de personajes míticos, heróes de leyenda mientras que en su vida real todo el que le rodea parece no tener demasiado respeto por él.

En casa, su madre lo controla con mano firme. Su prometida, Gertrude Griswold, tampoco contribuye precisamente a su felicidad, y el entorno familiar de esta última termina por convertir su vida en una sucesión de pequeñas humillaciones. Incluso en el trabajo, su jefe, Bruce Pierce, se aprovecha de su docilidad y no duda en apropiarse de sus ideas.

Pero Walter tiene un refugio: su imaginación.

Mientras realiza las tareas más rutinarias, se transforma en un intrépido piloto de la RAF, un aventurero de los mares o un hombre capaz de enfrentarse a cualquier peligro sin perder la compostura. En esos mundos imaginarios, el tímido corrector de revistas se convierte en el héroe que nunca ha conseguido ser en la vida real. Aunque, a veces, sus fantasías son tan intensas que terminan provocándole situaciones bastante embarazosas.

Todo cambia cuando, durante un trayecto en tren, cuando aparece una misteriosa mujer llamada Rosalind van Hoorn, interpretada por Virginia Mayo. Es hermosa, enigmática y, para mayor sorpresa de Walter, parece salida directamente de sus propios sueños. Sin embargo, Rosalind no es una fantasía: está huyendo de unos peligrosos individuos que la persiguen por un asunto relacionado con un pequeño libro negro.

Lo que Walter ignora es que ahora él va a vivir una aventura de espias en carne propia, con un asesino que pondrá su vida en pelígro pero de forma real y hasta aquí te voy a contar el resto de la pelìcula la tienes que ver tu.

Vista hoy, La vida secreta de Walter Mitty es también una pequeña ventana a un mundo que ya no existe. Una comedia de finales de los años cuarenta que, probablemente, pueda resultar ingenua para el espectador actual, acostumbrado a un humor más ácido, a personajes más complejos y a un ritmo narrativo muy diferente. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto.

Porque más allá de sus enredos, sus equívocos y sus situaciones disparatadas, la película nos permite contemplar una época a través de sus calles, sus comercios, sus interiores y sus formas de vida. Los automóviles, los escaparates, los teléfonos, los trajes impecablemente cortados, los sombreros, los vestidos y aquellos peinados tan característicos componen un retrato involuntario de la sociedad de su tiempo.

Es casi una lección de antropología visual. Una oportunidad para observar cómo vestía la gente, cómo se relacionaba, cómo eran las ciudades y qué aspecto tenía la vida cotidiana en una América que acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial y que comenzaba a mirar hacia una nueva etapa de prosperidad.

Y todo ello envuelto en una comedia que encuentra buena parte de su fuerza en Danny Kaye. Su humor es eminentemente físico: las miradas, los gestos, las reacciones exageradas y esa extraordinaria capacidad para pasar de la timidez más absoluta a la seguridad desbordante de sus personajes imaginarios. Kaye pertenece a una tradición de comediantes para los que el cuerpo entero se convierte en un instrumento de expresión. No necesita explicar demasiado; muchas veces, basta con observarlo.

Y frente a su desbordante energía aparece Virginia Mayo, cuya belleza exuberante y presencia en pantalla aportan ese glamour tan característico del Hollywood clásico. Una actriz que parece pertenecer a un universo de elegancia y sofisticación que hoy contemplamos casi como una postal de otro tiempo.

Quizá la película no tenga la ironía de las grandes comedias posteriores, pero conserva algo que el paso de los años ha convertido en un valor añadido: la capacidad de transportarnos a una época desaparecida.

Y es que, a veces, el cine no solo nos cuenta historias. También conserva gestos, rostros, modas y maneras de vivir que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en documentos de su tiempo.

Y llegamos al final de nuestro recorrido por La vida secreta de Walter Mitty, una película que, seamos sinceros, no es la mejor comedia de la historia del cine, ni siquiera una de las grandes obras maestras de su década. Pero eso no significa que haya perdido toda su capacidad para hacernos disfrutar.

Porque, a pesar del paso del tiempo, la película conserva momentos que siguen funcionando extraordinariamente bien. Ahí tenemos el equívoco del corsé con el vecino, una situación que demuestra cómo una comedia puede construir el humor a partir de la vergüenza ajena y de una cadena de malentendidos cada vez más disparatados. O el desafío al tahúr, con ese Danny Kaye que parece crecerse ante cualquier situación, convirtiendo el gesto, la palabra y el movimiento en un auténtico espectáculo.

Son escenas que nos recuerdan que la comedia clásica tenía sus propios códigos, sus propios ritmos y una manera muy particular de arrancar la carcajada. Un humor que quizá hoy no siempre consiga el mismo efecto, pero que sigue teniendo interés para cualquiera que quiera comprender la evolución del cine y de sus formas de hacer reír.

Eso sí, hay que reconocerlo: esta película necesita cierta colaboración por parte del espectador. Sus números musicales, las canciones interpretadas por Kaye y algunos de sus recursos cómicos pertenecen a una tradición que en su momento estaba en plena efervescencia, pero que hoy puede parecernos algo envejecida. Lo que entonces era modernidad y espectáculo, ahora es también testimonio de una época pero que no es la nuestra.

Y quizá esa sea la mejor manera de acercarse a ella: sin exigirle que nos haga reír como lo haría una comedia actual, sino dejándonos llevar por su ingenuidad, su ritmo y el talento de unos intérpretes que construyeron una parte fundamental de la historia de Hollywood.

Porque si amas el cine, si disfrutas descubriendo películas que el tiempo ha ido dejando en segundo plano, quizá sea una mala idea dejar pasar esta pequeña pieza del Hollywood clásico. No porque sea imprescindible para entender toda la historia de la comedia, sino porque nos permite acercarnos a una forma de hacer cine que, sencillamente, ya no existe.

Y con esto terminamos nuestro recorrido. Espero que, a lo largo de este ciclo, hayas conocido o recordado a Danny Kaye, un cómico extraordinario, un artista de enorme talento que durante años ocupó un lugar destacado en el firmamento de Hollywood y que, sin embargo, parece haber quedado relegado al cajón de los recuerdos.

Lo mismo ha ocurrido con esta película, que merece al menos una oportunidad por parte de quienes amamos el séptimo arte.

Quizá algún día volvamos a encontrarnos con otra de sus películas. Danny Kaye tiene todavía mucho que ofrecernos, y su filmografía guarda títulos que merecen ser rescatados del olvido.

pero Por ahora, nos despedimos con la esperanza de que conocer un poco mejor al actor, su época y su manera de entender el humor te haya ayudado a comprender, y quizá también a amar un poquito más, esa comedia clásica hollywoodiense que tantas veces damos por perdida, pero que sigue esperándonos al otro lado de la pantalla. cómo la melodía que toca Mayo para que sepa que la acción y aventura ha llegado, quizá en otro momento vuelva a sonar, hasta entonces, espero que sean inmensamente felices o por lo menos luche por ello que no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma que vivas el cine


 

 

 

 

lunes, 5 de octubre de 2026

Dejame que te recomiende dos discos

Querido amigo, que bueno que vuelvas a este tu piano bar. Dejame que hoy sea yo quien elija tu mesa y es que hoy voy hacer algo prohibido, verás suele decirse que recomendar música es terreno peligroso. Nunca me ha gustado decirle a nadie qué debe escuchar; al final, las canciones que nos salvan o nos hunden son decisiones íntimas, casi clandestinas. Dependen tanto de quién eres como del momento exacto de la circunstancia que te rodea en este preciso instante.

Pero esta noche dejame  hacer una excepción.

Perdona que me tome la confianza de sentarme un momento contigo y de retrasar tu bebida, pero pocos discos en toda la historia de la música pueden considerarse pilares fundamentales no solo de un género, sino del arte en su totalidad. Y lo fascinante, casi un capricho del tiempo, es que entre 1958 y 1959, en cuestión de meses, nacieron dos obras que cambiaron para siempre la forma en que respiramos la música moderna, el jazz.

Verás A finales de los años cincuenta, el jazz estaba viviendo un momento de mutación constante, un punto de inflexión donde las grandes figuras ya no buscaban únicamente el aplauso rápido de los locales nocturnos, sino construir algo que perdurara en los anales del tiempo.

Para quien se acerca por primera vez a este universo, conviene saber que el jazz no es un monolito, sino un territorio en perpetuo movimiento, son muchos los estilos y los generos, muchos tan opuestos entre si como el ron y la ginebra, en aquel momento, la escena jazzista, estaba poblada por tótems inmensos. Es la época de colosos con la trompeta como Miles Davis o chet baker, que tenian  una presencia magnética que parecía dictar el latido de toda una generación con apenas una nota contenida. de saxofonistas únicos como Cannonball Adderley, Paul Desmond o John Coltraine, o pianistas enormes como Bill Evans, Dave Brubeck, Oscar Peterson, Thelonius Monk o errold garner y de bateristas de jazz inconmensurables, los amos del ritmo como  Art Blaky, Jimmy Cobb, Max rouch o buddy Rich. Pero finales de los 50 fue un chocque generacional ya que aún estaban en activo grandes padres del jazz como Ellington, amstron  o Basie.

Un momento único e irrepetible en la música.

Y en ese momento mágico, aparece con apenas unos meses de diferencia, dos álbumes que si bien no son los mejores de jazz, ¿quién es nadie para decir que una cosa es mejor que otra?, pero no exagero si te digo que ambos discos son pilares del género, obras fundamentales y dos discos que si tuviera que rescatar de un incendio serían esos los afortunados.

Empecemos por el primero de ellos, Somethin' Else. Grabado en el estudio de Rudy Van Gelder en  Nueva Jersey, en el otoño de 1958 para el sello Blue Note. La historia de cómo se gestó es una de esas historias increibles, verán el líder nominal del disco era el saxofonista alto Julian "Cannonball" Adderley, pero fue el mismísimo Miles Davis quien tiró de los hilos tras bambalinas para armar aquella mágica sesión. Miles, que por entonces era uno de los reyes del género, tenía un contrato discográfico exclusivo con Columbia e ideó un truco maestro, participar en el disco de su amigo Cannonball a cambio de que este le devolviera el favor tocando en su propias sesiones para la columbia

El resultado fue un supergrupo irrepetible de hard bop. Al frente, con ese sonido denso, bluesero y desbordante, estaba el propio Cannonball Adderley con su saxofón alto. A su lado, operando desde las sombras con una elegancia misteriosa, Miles Davis a la trompeta, tocando con sordina en muchos pasajes, aportando un contrapunto sobrio y cerebral. En el piano nos encontramos a Hank Jones, un músico de una finura técnica inigualable que aportaba un toque de sofisticación clásica al torbellino. Sosteniendo el ritmo con una solidez titánica estaba Sam Jones al contrabajo, marcando cada compás con precisión quirúrgica. Y a la batería, Art Blakey, el huracán de los Jazz Messengers, una fuerza de la naturaleza que empujaba a toda la banda con redobles y acentos llenos de fuego y swing.

Cuentan que en el estudio reinaba una tensión creativa fascinante, una mezcla de respeto absoluto y camaradería nocturna. El disco abre de forma mítica con Autumn Leaves, donde Hank Jones expone unas notas iniciales que parecen sacadas de una ensoñación antes de que la trompeta de Miles y el saxo de Cannonball tejan esa conversación íntima que define toda la obra.

Pero la rueda no se detuvo ahí. Apenas unos meses después, en la primavera de 1959, la historia del sonido volvió a temblar con la llegada de Kind of Blue.

Aquí el arquitecto absoluto fue otra vez Miles Davis, que decidió dar un salto al vacío que cambiaría para siempre la dirección del jazz. Cansado de la complejidad asfixiante de los acordes rápidos del be bop, Miles apostó por la modalidad, por improvisar sobre escalas abiertas en lugar de secuencias armónicas cerradas. La leyenda cuenta que apenas entregó unos bocetos melódicos en unos papeles arrugados a sus músicos minutos antes de entrar a grabar. No hubo ensayos previos. Quería capturar la primera impresión, de aquel otro elenco que se medía por kilates como los diamantes.

Si para Something else los músicos eran enormes, el de king of blue era, sencillamente, inalcanzable. Al frente, cómo no, Miles Davis con su trompeta modal y frágil. En los saxofones, dos titanes de universos opuestos: John Coltrane en el tenor, con su famosa "sábana de sonido", un torrente espiritual e incansable, y de nuevo Cannonball Adderley aportando el anclaje terrenal y bluesero con su saxo alto. Al piano se alternaban dos genios absolutos: Bill Evans, el hombre clave del cool jazz, cuya sensibilidad impresionista impregnaba todo el álbum, y Wynton Kelly, que le pone el toque de blues más directo en el tema Freddie Freeloader. En el contrabajo, Paul Chambers, con un pulso magnético y constante que sostiene el edificio entero, y a la batería, Jimmy Cobb, cuya escobilla sobre la caja en So What o Blue in Green suena como un susurro lejano de la marea.

Dicen que en la sesión de grabación de Kind of Blue, cuando terminaron de registrar Flamenco Sketches en una sola toma perfecta, el ambiente en la sala era de una reverencia absoluta. Nadie se atrevía a hablar. Sabían que lo que acababa de quedar grabado en los surcos no era solo música para el momento, sino un espejo donde la modernidad iba a mirarse para siempre.

 Así que no voy a decir cual es mejor si uno u otro, no voy ha competir con los grandes albumes de parker, Ellington o Broobeck, sólo y unicamente te quiero recomendar esas dos joyas del jazz, esas maravilllas únicas y como todo lo exclusivo irrepetibles, así que saltandome todas mis normas, dejamé que te recomiendo su escucha, que lo pongas por la noche en tu salon, apaga la televisión y el ruido de la calle y dejaté llevar por las notas de esos dos discos, de esas dos genialidades del hombre, de músicos que no tocaban el mismo estilo, algunos Cool Jazz, otros, Be Bop o Hard Bop, estilos tan alejados como lo són el de la costa este y oeste, pero los mejores en su instrumento que se amoldaron unos a otros para hacer dos discos especiales, dos obras maestras de la música y ya te voy a dejar que pidas lo que quieras al camarero y con esto sólo me queda decirte que colorín colorado esta breve historia de dos obras maestras del jazz ha terminado 

 

Había corrientes que respiraban con una temperatura distinta. Por un lado, el pulso caliente y enérgico del hard bop, que traía la urgencia de la calle y el descaro rítmico; por el otro, el cool jazz, una vertiente más sobria, cerebral y contenida que entendía que el silencio entre nota y nota podía ser tan elocuente como el sonido mismo.

Comprender ese contraste entre sensibilidades y temperamentos es la llave para entender el terreno que estaban pisando estos genios, justo antes de entrar a un estudio de grabación y cambiar para siempre la historia del sonido.

 


jueves, 1 de octubre de 2026

Mary Shelley gotico 3

 

Buenas noches. Póngase cómodo en su mesa de siempre, junto a la penumbra del piano. Mientras prepara su copa, vamos a continuar y cerrar la historia que empezamos hace dos noches y a adentrarnos en las páginas más íntimas y dolorosas de quien dio vida al monstruo moderno. Porque detrás del mito literario se esconde una existencia marcada por una tragedia implacable, una acumulación de pérdidas devastadoras que Mary Shelley transformó, nota a nota, en la materia prima de su propia obra.

Verán Mary Wollstonecraft Godwin nació en agosto de 1797, y su llegada al mundo ya estuvo sellada por la sombra de la muerte. Su madre, la pionera feminista y filósofa Mary Wollstonecraft, falleció apenas diez días después de dar a luz debido a unas fiebres contraidas tras el alumbramiento. Este vacío absoluto —crecer sin conocer a la madre que había defendido los derechos de las mujeres, y llevar siempre sobre los hombros el peso de su ilustre memoria— marcó el inicio de una sensibilidad profundamente melancólica. Su padre, el filósofo político William Godwin, aunque culto y avanzado para su tiempo, mantuvo con ella una relación distante, fría y emocionalmente compleja. No podía dejar de sentir que ella había sido la responsable de la muerte de su mujer.

Aunque La verdadera tormenta de su vida estalló cuando tenía dieciséis años. Conoció a Percy Shelley, un joven poeta brillante, radical, idealista y ya casado con otra mujer. El flechazo fue inmediato y absoluto. Desafiando las convenciones sociales más rígidas de la Inglaterra del momento , Mary y Percy huyeron juntos a Europa en el verano de 1814, acompañados por la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. Aquella fuga supuso el ostracismo social inmediato. La familia Godwin les dio la espalda, la prensa conservadora los crucificó tachándolos de inmorales y escandalosos, y Mary se vio de golpe empujada a una vida adulta marcada por la precariedad económica, las deudas perpetuas de Percy y el repudio generalizado de la alta sociedad, cuando sólo contaba con 17 años

Esta entrada a la madured siendo una niña llevó a  Mary Shelley a vivir cosas que no le correspondia con su edad, al rechazo social, se le sumó el goteo incesante y cruel de la muerte, arrebatándole aquello que más amaba. El precio de la maternidad para ella se convirtió en un desgarro continuo. En 1815 dio a luz a su primera hija, una hija que tuvo con apenas 18 años, que murió apenas dos semanas después. El dolor fue tan intenso que Mary escribió en su diario sobre la visión constante de su bebé reviviendo gracias al calor de su propio cuerpo junto al fuego, un eco obsesivo que años más tarde latiría con fuerza en las páginas de Frankenstein.

Poco después llegó su segundo hijo, William, y en 1816 una niña, Clara. Sin embargo, la felicidad familiar duró un suspiro. En el otoño de 1818, la pequeña Clara enfermó gravemente de disentería durante un viaje por Italia y murió con apenas un año. El golpe fue devastador para Mary, sumiéndola en una depresión profunda y distanciándola dolorosamente de Percy, incapaces ambos de consolarse mutuamente.

Pero Por si todo esto fuera poco, en el verano de 1819, su adorado hijo William murió de malaria en Roma con solo tres años y medio. Mary quedó completamente rota. De los cuatro hijos que había parido hasta entonces, tres habían muerto en la infancia. En sus diarios y cartas de aquellos años, el dolor se describe no solo como tristeza, sino como una mutilación física, un aislamiento absoluto en un mundo hostil donde la muerte parecía reclamar sistemáticamente todo lo que ella intentaba crear o amar.

A este rosario de pérdidas se sumó, en 1822, el fin definitivo de su matrimonio cuando Percy Bysshe Shelley naufragó y murió ahogado en el golfo de Spezia, frente a las costas de Lerici, durante una tormenta repentina. A los veinticuatro años, Mary Shelley era viuda, había visto morir a tres de sus hijos y como unico  superviviente  su retoño varón Percy Florence, Madre viuda y extranjera en Italia, era normal que se sintiera profundamente sola

Cómo resultado Mary Shelley volcó toda esta acumulación de duelo, de abandono y de culpa en su literatura. De una manera tan visceral que su obra entera puede leerse como un mapa de sus propios traumas.

El tema central de Frankenstein no es la ciencia ficción por la ciencia ficción; es el abandono. El monstruo creado por Victor Frankenstein no es malvado por naturaleza; nace inocente, buscando afecto, comprensión y una mano amiga. Pero es rechazado por su propio creador, horrorizado ante su obra, y condenado al ostracismo por una sociedad incapaz de aceptar lo diferente. Ese abandono absoluto por parte de la figura paterna es el reflejo exacto del sentimiento de orfandad que acompañó a Mary desde su nacimiento —sin madre y con un padre distante— y de la culpa inconsciente que arrastraba por haber provocado la muerte de su progenitora al nacer. Así que podemos decir que el mostruo es ella, pero sin embargo Cada pérdida sufrida, sus hijos y su marido, represntaba como ninguno a lo que el destino tenia preparado al pobre victor Frankenstein, siendo a la vez uno y otro.

En sus novelas posteriores, como El último hombre —una obra maestra injustamente olvidada por culpa de el exito de su monstruo, narra la destrucción paulatina de la humanidad entera a causa de una epidemia global—, este reflejo autobiográfico se vuelve aún más desgarrador. En ese futuro postapocalíptico, el protagonista, Lionel Verney, va viendo morir uno a uno a todos sus amigos, a su esposa, a sus hijos, hasta quedar completamente solo sobre la faz de la Tierra. No es ciencia ficción especulativa: es el mapa emocional de una mujer que había enterrado a casi todos los seres que amaba antes de cumplir los treinta años, retratando su propia supervivencia como una condena.

Mary Shelley sobrevivió a sus tragedias escribiendo. Convirtió su biografía en una autopsia constante de la soledad, demostrando que los verdaderos monstruos no surgían de la magia medieval, sino de la incapacidad del ser humano para amar y hacerse responsable de aquello que crea.

Con el tiempo, la figura de la escritora se fue emborronando para dejar totalmente nitido el monstruo que ella creo, hoy Mary Shelley no es más que la creadora de Frankenstein ese mito pop que ilustra nuestras camiseta, nuestras neveras o nuestras estanterias con cara de Boris Karloff, Pero hoy desde este piano bar, hemos querido cambiar el foco, que descubras a la mujer que hay tras el libro y tambien quizá para que leas el Ultimo Hombre, otra joya de la literatura de una mujer que se merecía este espacio, y con esto ya termino, te dejo con tu copa, y tus pensamientos, yo sólo puedo decir, colorín colorado, la historia de una gran mujer, ha terminado 

El monstruo de franquentein Gotico Parte 2

 

Buenas noches. Tome asiento en su mesa habitual, la que mira hacia el rincón del piano. Mientras prepara su copa, permítame abrir este nuevo capítulo de nuestra noche literaria retomando el hilo de donde lo dejamos la última vez.

La literatura gótica, ¿Lo recuerda?, Claro, pero aún así dejeme que le refresque la memoria, el gótico, como bien recuerda, nació como una grieta en la fachada de la Ilustración, que exploró las ruinas fantasmagoriacas, el terror a la sobrenatural y los recovecos más oscuros de la psique humana.

Aquel genereno no podía desaparecer sin dejar un eco definitivo. Verán: el movimiento gótico experimentó una apoteosis, una transformación radical que cerró su ciclo clásico pero abrió las puertas a algo completamente nuevo. Hacia principios del siglo XIX, las convenciones del género —los castillos encantados, los fantasmas tradicionales y los villanos de opereta— empezaban a agotarse, exigiendo un revulsivo que conectara con las ansiedades reales de una humanidad que se adentraba a marchas forzadas en la era industrial.

Ese punto de inflexión, esa obra cumbre que supuso al mismo tiempo el final del gótico clásico y el nacimiento de una era distinta, vio la luz en el verano de 1816. Un verano sin verano, encapotado por las cenizas del volcán Tambora, que obligó a un grupo de jóvenes intelectuales reunidos en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, a pasar los días contando historias de terror fantasmagórico. Entre ellos se encontraba una joven de diecinueve años llamada Mary Shelley.

No nos detendremos hoy en su biografía, pues su figura merece un relato propio más adelante; baste saber que de aquella atmósfera tormentosa, de las largas conversaciones sobre el galvanismo, los experimentos con electricidad y la posibilidad de reanimar materia muerta, germinó la novela. Mary Shelley ideó la historia de un científico obsesionado con superar los límites de la naturaleza, capaz de ensamblar un cuerpo a partir de despojos de la muerte y devolverle el parpadeo de la vida.

O lo que es lo mismo, un médico ilustrado, quitando el único poder que diós tenía sobre el humano, la muerte, si ese hombre revivia a un muerto, enmendaba un designio divino... ¿Entienden el escandalo de aquella historia en aquel momento? 

pues bien En 1818 se publicó de forma anónima Frankenstein o el moderno Prometeo. Y el impacto literario fue inmediato y profundamente polarizado. En su momento, los sectores más conservadores de la crítica británica la recibieron con auténtico espanto y desprecio moral. Revistas de la época la tildaron de obra abominable, nauseabunda, impía y escandalosa, incapaces de digerir que una mujer joven hubiera escrito un relato tan visceral sobre la soberbia científica y el abandono filial. Para muchos, era poco más que un producto grotesco y degenerado del gusto romántico por lo macabro. Sin embargo, el público lector devoró los ejemplares. La novela conectó de manera instantánea con los miedos latentes de una sociedad que empezaba a ver cómo la ciencia y la industria transformaban el mundo de forma irreversible, arrancándole al hombre el control sobre su propio destino y enfrentándolo a creaciones que ya no podía dominar.

Pero no piensen en la obra como una novela impía, todo lo contrário, era profundamente debota, pero a su manera, la reveldía de la juventud de la escritora, no tenía limites. pero aún así. El doctor altivo, no fracasaba, si no que fue mucho peor, tuvo éxito y el destino le tenía preparado un castigo mil veces peor que si hubiera fracasado.

Una novela que si no lo has hacho todavía, tienes que leer. pero volvamos a nuestra historia. 

Con los años, la propia Mary Shelley volvió sobre su criatura. Es fundamental comprender que la obra que hoy conocemos no es exactamente la misma que se imprimió en 1818. En 1831, tras el fallecimiento de su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, y de sus hijos, Mary preparó una edición revisada para la popular colección de novelas estándar de la editorial Colburn & Bentley. 

En esta versión de 1831, introdujo modificaciones estilísticas y, sobre todo, un prólogo autobiográfico célebre donde explicaba cómo había surgido la pesadilla en el lago Lemán. Pero el cambio más profundo fue de carácter filosófico y moral: suavizó algunos aspectos del libre albedrío original y dotó a los personajes de un fatalismo más marcado, sugiriendo de una manera más palpable que Victor Frankenstein estaba destinado inexorablemente a su tragedia por una fuerza superior o lo que es lo mismo, una maldición divina, 

Pero el verdadero alcance de Frankenstein trasciende con creces el éxito de su época o las revisiones de su autora. Lo que hizo Mary Shelley en aquel manuscrito fue fundar, de manera oficial, un territorio literario completamente nuevo: la ciencia ficción moderna.

Hasta entonces, los relatos fantásticos o los viajes imaginarios dependían de la magia, de mundos lejanos o de la intervención sobrenatural de los dioses. Shelley eliminó lo sobrenatural por completo. Sustituyó el conjuro del nigromante por el laboratorio del científico; cambió el espectro medieval y el fantasma de castillo por una criatura engendrada mediante la física, la química y la electricidad. El terror ya no venía del pasado feudal ni de la superstición religiosa.

Se adelantó como una vinsionaria al porvenir tecnológico, y nos advirtió de los peligros inherentes al progreso desbocado y de la soberbia humana frente a las leyes de la naturaleza.

Con este paso, la novela gótica tradicional se metamorfoseó. El monstruo de Frankenstein dejó atrás los pasadizos de piedra para instalarse en los laboratorios, en las ciudades industriales y en las conciencias de un mundo moderno que empezaba a comprender que sus mayores amenazas ya no vendían de los fantasmas del pasado, sino de los avances cientificos actuales.

Con aquella obra murió el gótico clasico y comenzó el romanticismo, pero lo más importante, aquella reflexión dejó para el mundo actual, la cienca ficción clásica, esa que nos habla de adelantos futuros que acertadamente iban a llegar, Shelley es más que una simple escritora, es el totem del avance literario y creadora de un género, una mujer de una vida marcada por la perdida, la soledad y la desolación una vida que os tenemos reservada para el cierre de este ciclo del gótico, la vida de Mary Shelley, vamos a mover el foco, vamos a desenfocar la lente que deja nítido a su personaje, para que ahora la protagonista sea ella. su vida, la vida de un genio torturado, pero eso será la proxima vez que venga al bar así que colorín colorado, esta historia de una novela de terror, ha terminado