jueves, 18 de junio de 2026

la brevedad del mejor personaje de COMANCHERÍA

 Sean bienvenidos a su pianobar... ¿Les apetece un basito de Burbon? verán, entre el tiempo que tardan en preparar su mesa, dejenme que les cuente un Western... no se alarmen, verán.

El cine nos ha enseñado que el Salvaje Oeste era un lugar de forajidos a caballo, llanuras infinitas y duelos al sol. Pero el western no murió cuando se poblaron las fronteras; simplemente cambió de rostro. En el año 2016, si una película moderna,pues dicho film capturó a la perfección la esencia del neo-western moderno. Hablo de Comanchería —o Hell or High Water, en su título original—. Una obra maestra dirigida por David Mackenzie y escrita por Taylor Sheridan. Que si no la has visto, creeme que tienes que poner de inmediato remedio al asunto.

Bueno, que me voy por las ramas, Comanchería nos sitúa en el Texas actual. Bueno, un Texas actual que parece atrapado en un bucle temporal de polvo, asfalto y desesperación. La trama, en la superficie, parece sencilla: dos hermanos, Toby y Tanner Howard, se dedican a atracar pequeñas sucursales de un mismo banco, el Texas Midlands Bank. Pero no lo hacen por codicia. Lo hacen por una justicia poética y desesperada: quieren pagar la hipoteca de la granja familiar que ese mismo banco les está intentando arrebatar tras la muerte de su madre. Es una carrera contrarreloj antes de que un veterano Ranger de Texas, a punto de jubilarse, intente darles caza.

Detrás de la adrenalina de los atracos, la película es un puñetazo social. No nos habla de la violencia gratuita, sino de la violencia del sistema. Los villanos aquí no llevan máscara; llevan trajes de tres piezas y ejecutan desahucios. A lo largo de las carreteras que recorren los protagonistas, el paisaje está devorado por carteles de «Préstamos rápidos», «Se vende» y «Ejecución hipotecaria». Es el retrato de una América empobrecida, abandonada a su suerte, donde la delincuencia no es una opción de vida, sino el último recurso de supervivencia.

Para sostener una historia así, necesitas gigantes. Y la película los tiene. Chris Pine y Ben Foster brillan como los dos hermanos: uno es la mente fría y herida; el otro, una bomba de relojería salvaje. Y en el otro lado de la ley, persiguiéndolos como un sabueso cansado pero implacable, está Marcus Hamilton, interpretado por un magistral Jeff Bridges. Hamilton representa el viejo orden que se apaga, un hombre que dialoga con su compañero nativo americano mediante un humor ácido, casi cruel, pero que esconde un profundo respeto mutuo y tambien nos habla de algo más mundano, el miedo al vacío de la jubilación.

Pero hoy, en este podcast, no vamos a hablar de los hermanos Howard. No vamos a analizar la jubilación del Ranger de Texas, ni vamos a debatir sobre la crisis de las hipotecas subprime en el sur de Estados Unidos.

Hoy queremos hacer algo diferente. Queremos detener el tiempo y fijar nuestra mirada en los márgenes del encuadre. Porque la grandeza de una película no solo se mide por el peso de sus protagonistas, sino por la verdad que respira el film y alguien dijo una vez que el guión es tan bueno como lo es el personaje con menos dialogo del film. y si de verdad eso es así... esta película debería de estar en la cumbre más alta por que quiero hablar de uno de esos personajes que apenas están unos minutos en la pantalla.

Verán, lo que pasa en la escena es esto. Los dos Rangers se sientan a la mesa del típico restaurante del sur del oeste americano. Están cansados, sudorosos. El personaje de Jeff Bridges, Marcus Hamilton, se quita el sombrero vaquero y se repantiga en la silla con la autoridad que le dan la placa y los años. Esperan el menú, esperan la típica cortesía sureña. Pero lo que se acerca a la mesa no es la típica camarera de sonrisa plástica de las franquicias de carretera, guapa, rubia y servicial.

Es Margaret Bowman una mujer que siendo generosos supera los 80 años de edad. Delantal blanco, libreta en mano, andar pesado y una expresión facial que se debate entre el aburrimiento soberano y el desafío absoluto. Ella no les da las buenas tardes. No les pregunta qué tal les va el día. Directamente, les suelta un monólogo que destruye cualquier ilusión de libre albedrío culinario.

«¿Qué es lo que no van a querer?», les pregunta. Sí, lo han oído bien. No les pregunta qué quieren, sino qué no quieren. Ante la confusión de los policías, ella pasa a dictar la ley del local con la firmeza de un juez del tribunal supremo. Lleva veinticuatro años trabajando allí, y en veinticuatro años solo ha servido una cosa: filete de ternera. Así que la elección real es mucho más simple, casi binaria. La carne se sirve con patatas asadas o con judías verdes. Punto.

El Ranger Alberto, intentando ser amable, le pregunta si puede pedir ambas cosas. La respuesta de la mujer es una mirada fulminante. Un «no» seco que corta el aire. 

Marcus Hamilton, divertido por la situación y queriendo tirar del hilo, interviene con esa voz rota suya. Le pregunta: «¿Es que nadie pide nunca otra cosa?». Y es ahí donde la camarera corona su actuación con una frase lapidaria, un viaje nostálgico e hilarante al pasado del pueblo.

Con los ojos entrecerrados, como quien recuerda una grave ofensa del siglo anterior, responde que una vez, en 1976, un tipo estirado de Nueva York entró por esa puerta y pidió trucha. La cara de la mujer al pronunciar la palabra «trucha» es un poema; parece que estuviera nombrando un pecado capital. ¿Y cuál fue el destino de aquel neoyorquino pretencioso? La camarera remata: «No servimos trucha. Así que le traje filete con patatas. Y se lo comió».

Derrotados por una anciana armada con un bolígrafo y un bloc de notas, los dos imponentes Rangers de Texas bajan la cabeza. No hay negociación posible. Hamilton pide la carne con patatas; Alberto, resignado, la pide con judías. La camarera apunta el veredicto en su libreta, se da la vuelta sin dar las gracias y regresa a su puesto tras la barra, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Es una escena que dura apenas dos minutos en pantalla, pero que funciona como un tiro. Es divertida, sí. Nos hace sonreír por el choque de trenes entre la autoridad de la ley y la autoridad de una trabajadora incansable. Pero debajo de las risas, Taylor Sheridan nos está regalando una radiografía perfecta de un lugar. Nos está enseñando los dientes de un Texas que se niega a cambiar, que odia que le digan cómo hacer las cosas y que prefiere extinguirse antes de servirle una maldita trucha a un tipo de Nueva York.

El personaje de esta camarera, interpretado de forma impecable por Margaret Bowman, es el ejemplo perfecto de un personaje realizado con cariño. Taylor Sheridan, el guionista, no escribió esa escena para rellenar minutos de metraje. No es paja. Está trabajada al más mínimo detalle, pulida como si fuera el monólogo del protagonista. Porque a través de esa anciana de mirada cansada y carácter de hierro, el espectador entiende el contexto de la película mucho mejor que con cualquier cartel explicativo. Entiende la resistencia de un mundo que se desvanece y Da gusto ver la verdad que un guionista nos puede regalar cuando respeta su oficio. Cuando respeta al público. En un Hollywood que muchas veces parece fabricar personajes secundarios con plantillas de cartón piedra, encontrarse con esta joya es un oasis en el desierto. Esa camarera octogenaria está a años luz de un cliché; es la viva imagen de miles de personas reales que sostienen la América profunda con sus delantales, sus madrugones y sus manos gastadas. En un film que habla de eso, de que el esfuerzo no cuenta, sólo la boracidad de un mundo que ha perdido los valores humanos

Y es que Comanchería es eso. Un film glorioso que no te suelta desde el primer atraco hasta los títulos de crédito finales. Una película que es, al mismo tiempo, un thriller impecable, un drama fraternal desgarrador y un retrato social de nuestro tiempo. Es una película que, si no la has visto, tienes que ver. Es una deuda pendiente con el buen cine.

Cuando te sientes en el sofá, apagues las luces y te dejes llevar por el polvo y la música de las carreteras de Texas, quiero que estés atento. Disfruta de la persecución, sufre con los hermanos Howard, asómbrate con la imponente presencia de Jeff Bridges... pero espera el momento.

Espera a que los Rangers detengan su coche frente a ese restaurante de formica. Espera a que se abra la puerta y suene el tintineo del cascabel. Y cuando veas aparecer a esa mujer con su libreta, cuando la oigas preguntar qué es lo que no quieren comer, y te hable de aquel estirado de Nueva York del año 76... quiero que sonrías.

Espero que, justo en ese preciso instante, me recuerdes. Que te acuerdes de este podcast y compartas esa sonrisa cómplice que solo el cine de verdad nos puede arrancar. Esa mueca de satisfacción genuina, limpia y reconfortante que se te queda en el rostro cuando disfrutas de algo auténtico. La misma sonrisa que se tiene, sin trampa ni cartón... al disfrutar de un buen filete con patatas.

Gracias por escucharme y creo que ya tienen su mesa preparada, así que colorín colorado, esta historia de una camarera implacable ha terminado

miércoles, 17 de junio de 2026

El astronauta que nunca existió

Que bueno verle de nuevo por aquí, tiene su mesa libre, ¿que va a ser hoy un te, un café, una copa de vino… algo más potente que caliente la garganta?

Hoy el camarero está desbordado y como siempre, tardará un poco más de la cuenta, pero déjame ofrecerte algo gratis.

Una historia. Una historia increíble. Pero cierta. O al menos… tan cierta como lo es una buena mentira. ¿Conoces a Joan Fontcuberta? No, pues te voy a sorprender

Pero para ello  tengo antes de explicarte cómo era aquel mundo, que ya verás como no es tan diferente al nuestro,  estamos en  un mundo que estaba dividido en dos ideas.

en dos naciones que se estaban jugando su lugar, su posición como imperio, Estados Unidos y la Unión Soviética. o lo que es lo mismo Occidente y Oriente. Dos visiones tan alejadas como la noche o el día el Capitalismo y comunismo.

Las naciones eran tan fuertes que no podían atacarse directamente por lo que no era una guerra abierta.

Era una guerra de símbolos. De demostrar quién superaba al otro sin apretar el botón rojo.

Y entonces ocurrió algo en aquel tablero que hoy ha sido olvidado:

Verán en 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik. Un pequeño satélite que no hacía nada… salvo emitir un sonido. Un “bip… bip… bip…” que atravesaba la atmósfera como una burla.

El mundo entero lo escuchó. Y entendió el mensaje:

“La Union sovietica lo ha conseguido y no Estados Unidos”

el pais norteamericano reaccionó como pudo. Aceleraron programas, proyectos, pruebas. Y entonces llegó el momento decisivo:

Que culminó con la llegada a la luna, pero antes de eso, antes que eso ocurriera hubo otra mas especial

La carrera por la narrativa.

Y es entonces cuando  nacieron las sombras. Los astronautas fantasma.

Durante los años 60 circularon rumores muy extraños en Europa, filtraciones, emisiones de radioaficionados, grabaciones supuestamente interceptadas.

Historias de cosmonautas soviéticos que habían muerto en el espacio antes de Yuri Gagarin.

Hombres lanzados en misiones secretas que jamás volvieron. Nombres que no aparecían en registros oficiales. Y sin embargo… alguien decía haberlos escuchado.

Uno de los más famosos creadores de esas historias fueron Los hermanos Judica-Cordiglia.

Dos jóvenes italianos radioficionados que Construyeron en su casa una especie de estación de escucha improvisada. Antenas caseras, equipos reciclados, una obsesión absoluta y un poco de hambre de notoriedad, por que no decirlo.

Y pronto saltaron a los medios ya que empezaron a grabar señales del espacio. O eso afirmaban.

 Entre esas grabaciones, dijeron haber captado: Respiraciones agitadas. Latidos. Mensajes en ruso.

Y supuestas últimas palabras de cosmonautas perdidos.

Uno de ellos decía:

“Estoy entrando en la atmósfera… la temperatura sube… esto es el final…”

Obviamente nunca se pudo verificar oficialmente, era imposible basicamente por que era inventado, pero en aquellos entonces la gente se lo creía buscaban con avidez ese tipo de historias que aparecian en tabloides de segunda.

Pero entre todos esos charlatanes, que afirmaban sin más prueba que su palabra apareció un el nombre de un hombre que no debía existir.   Ivan Istochnikov.

La historia de Ivan era la de un cosmonauta soviético seleccionado para una misión secreta a finales de los años 60. Un hombre reservado. Técnicamente brillante.

Ya no se trataba de una escucha, ya había un nombre y la historia que circuló decía que fue enviado al espacio en una misión conjunta con un perro llamado Kloka. Una misión experimental. Una misión de alto riesgo de la que nunca regresó.

Y entonces ocurrió algo inaudito. Aparecieron documentos filtrados de un impacto de meteorito que eliminó de un plumazo la nave tripulada por Ivan y según la noticia la URSS, habría decidido borrar su existencia por completo.

Entonces aparecieron fotos . Archivos . Incluso su familia que habría sido reubicada. 

Pero no se preocupen por el bueno de Ivan, aunque había documentación grafica y una historia bien argumentada, era falsa y Su origen real está en el trabajo del artista catalán Joan Fontcuberta. Un proyecto artístico que mezclaba fotografía, archivo falso y estética documental soviética.

El objetivo no era engañar por maldad…Era demostrar algo mucho más incómodo:

Que la verdad puede fabricarse si tiene suficiente coherencia visual.

Fontcuberta construyó todo el universo de Istochnikov: Fotografías envejecidas.

Documentos oficiales falsificados. Sellos soviéticos.

Informes técnicos. Incluso retratos familiares manipulados. Y lo expuso como si fuera un archivo histórico perdido.

El resultado fue sorprendente.

Durante un tiempo, mucha gente lo aceptó como real. Porque tenía todos los elementos de la verdad:

La estética correcta. El contexto histórico perfecto.

El silencio oficial. Y el misterio suficiente. El falso cosmonauta había funcionado.

No en el espacio…Sino en la ficción, en la mente del incauto oyente o lector que se creía la mentira.

Con el tiempo, los expertos empezaron a hacer preguntas. Historiadores.

Periodistas. Investigadores.

No encontraban ninguna referencia oficial a Ivan Istochnikov en los archivos soviéticos reales, cómo era de suponer.

No pararecía en los listados de cosmonautas. Ni en bases de datos desclasificadas tras la caída de la URSS.

basicamente, por que no existía.

Aún así la mayoría de las personas creían más la historia de Fontcuberta que en todos los datos que demostraban que era falso

Hasta el día que se reveló el origen del proyecto artístico. Una obra de arte conceptual sobre la fragilidad de la verdad en la era de la propaganda. El engaño de un proyecto que más que artístico era filosófico.

El impacto fue real, pero el experimento dió un dato increible.  incluso después de comunicar la verdad…

la historia seguía funcionando. Seguía siendo creída por algunas personas. Había gente seguia pensando que era cierta y que lo de que fuera el proyecto de un artísta era una cortina de humo, pienso que esto ocurrió por que quizá el asumir la derrota era quedar como un necios y preferían no bajarse de un caballo que simplemente no andaba, todo, por que era más cómo para el individuo burlado, creer en la mentira que afrontar la realidad

Vaya, creo que ya viene el camarero con la copa, pero antes de que me vaya…

déjame dejarte una última idea.

En la Guerra Fría, el espacio no era solo un lugar físico era un teatro donde las potencias representaban su versión del futuro.

Y en ese teatro, la verdad no era lo más importante.

Lo importante era lo que la gente estaba dispuesta a creer.

Ivan Istochnikov nunca viajó al espacio, no tan siquiera existió. Pero viajó a algo más profundo: A nuestra necesidad de misterio. A nuestra fascinación por los complots y las intrigas, a esa verdad que sólo conocen los elegidos. A esa parte de nosotros que prefiere una historia perfecta…antes que una verdad incompleta.

Así que la próxima vez que escuches una historia demasiado icreible para ser verdad…pregúntate algo sencillo.

No si es real. Sino algo mucho más perverso:

¿Quién necesita que se crea en ella?

Y bien, ya ha llegado la hora, así que colorín colorado esta historia de Astronautas y mentiras ha terminado



martes, 16 de junio de 2026

Los fontaneros políticos

 Entren sin problema a este su piano bar favorito, disculpen que esté todo encharcado, pero su mesa está intacta no se preocupe, ¿Cómo, que qué a pasado?, Una tubería de agua sa ha roto, pero ya hemos llamado al fontanero, jajajaja si,si, parece que últimamente está de moda esa profesión, pero en el caso nuestro es un fontanero de verdad y no ese del ámbito político, por cierto ¿Quiere saber por que se les llama así? Si, de verdad, pues tome asiento, por que creame que es una historia apasionante.

Verán en Estados Unidos, a finales de los años 60 y principios de los 70, el país vivía uno de los momentos más tensos de su historia reciente. Por un lado, la guerra de Vietnam dividía profundamente a la sociedad y generaba protestas masivas en las calles. Por otro, el escándalo político, la desconfianza hacia el gobierno y la sensación de que las instituciones estaban perdiendo el control se hacían cada vez más evidentes.

En ese contexto, empezó a ocurrir algo que preocupó especialmente a la Casa Blanca: información sensible, documentos internos y decisiones estratégicas estaban saliendo a la luz pública con una facilidad inusual. Esas filtraciones no eran casuales ni aisladas. Llegaban directamente a los medios de comunicación, especialmente a los grandes periódicos del país, y muchas veces exponían errores, contradicciones o incluso operaciones encubiertas del gobierno.

Cada filtración tenía un efecto inmediato: debilitaba la credibilidad de la administración y alimentaba aún más la desconfianza ciudadana. Para el gobierno, aquello no era solo un problema de comunicación, era una amenaza directa a la seguridad nacional y al control político.

Ante esta situación, desde el propio entorno del presidente Richard Nixon se tomó una decisión muy concreta: crear un grupo especializado cuyo objetivo no era comunicar, sino todo lo contrario, impedir que la información siguiera saliendo. Su misión era rastrear el origen de las filtraciones, identificar a los responsables y cerrar cualquier vía por la que los documentos pudieran llegar a la prensa.

En un principio se hicieron cargo agentes del orden público, ya fuera del FBI cómo agentes de la Agencia central de inteligencia, la CIA, pero aquello resultó ser un desastre. La locura de la política, la infinidad de cargos, congresistas, senadores, secretarios de éstos, subsecretarios de los secretarios, asesores, lobistas y demás fauna política que reocorrían los pasillos hacían que los agentes se perdieran, así que se tomó una decisión, junto a ellos iban a colocar a miembros leales al partido, miembros sin un puesto claro, pero con unos ideales ferreos que se sabían mover por ese mundo y que se iban a infiltrar entre los cargos politicos y dar cuenta a los agentes de la autoridad, su misión principal era tapar fugas de información.

Nadie, excepto los mas cercanos al presidente sabían quien eran, pero ellos empezaron a llamarese a si mismos fontaneros, por el cometido principal de detener dichas fugas de información.

En plena campaña electoral de 1972, el presidente Richard Nixon buscaba su reelección en un clima político muy polarizado. El Partido Demócrata era su principal rival, y cualquier ventaja, incluso la más pequeña, podía marcar la diferencia.

En ese contexto, un grupo vinculado a su comité de reelección, conocido como CREEP, decidió llevar a cabo una serie de acciones encubiertas para obtener información y asegurar el control de la campaña. Entre esas acciones se encontraba la vigilancia y espionaje político a sus adversarios.

¿Y adivináis a quién se lo propuesieron? Efectivamente a esos autodenominados fontaneros, pero aún ese terminó no era conocido por la opinión publica, tenía que pasar un acontecimiento.

Pero antes explicarte por que se lo encargaron a ellos y no por ejemplo a la CIA, verán, lo que pedía Nixon era totalmente ilegal y cualquier agente de la seguridad nacional podría dar aviso a un superior y encontrarse el presidente en serios apuros, pero los autodenominados fontaneros, eran milantes fanaticos, algunos con un odio extremo al partido demócrata y eso les hacía ser los candidatos ideales

Y ahora ocurre el acontecimiento que lo detonará todo.

La noche del 17 de junio de 1972, cinco hombres fueron detenidos dentro del complejo Watergate, en Washington D.C., mientras intentaban instalar micrófonos y obtener información del Partido Demócrata. A primera vista, parecía un robo fallido o un incidente aislado. Pero pronto empezó a llamar la atención que los detenidos no eran simples delincuentes, sino personas con conexiones directas con la campaña de Nixon.

A partir de ese momento, algunos periodistas comenzaron a tirar del hilo. En particular, Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, empezaron a investigar el caso con más profundidad. Lo que parecía un episodio menor empezó a mostrar conexiones cada vez más incómodas: pagos en efectivo, operaciones encubiertas y una estructura organizada que iba mucho más allá de un simple allanamiento.

El problema para la Casa Blanca no fue solo el robo en sí, sino lo que empezó a descubrirse después. Poco a poco, las investigaciones apuntaban a que existía un sistema de vigilancia política más amplio, y que ciertos miembros del entorno presidencial podían estar implicados, o al menos al tanto de lo ocurrido.

Desde la administración Nixon, la reacción inicial fue de negación. Se intentó minimizar el incidente, desvincularlo de la campaña y presentarlo como una acción no autorizada de terceros. Sin embargo, las pruebas y testimonios seguían acumulándose, y cada intento de cerrar el caso terminaba generando más preguntas.

Lo que había empezado como una operación de espionaje político terminó abriendo una grieta mucho más profunda en el sistema. Porque el verdadero problema ya no era solo lo que había ocurrido en el Watergate, sino hasta dónde llegaban las acciones de espionaje a sus propios ciudadanos y dirigentes políticos.

Los cinco hombres detenidos por la policia en el complejo Watergate no eran simples  activistas políticos. Se trataba de individuos con formación en inteligencia, seguridad y operaciones encubiertas, que habían sido adiestrados por aquellos primeros agentes que intentaron sin éxito parar las filtraciones.

Aquellos perfiles no encajaba con el de delincuentes comunes. Recordar que se estaba investigando un robo.

Durante el juicio, se fue reconstruyendo su papel en la operación. Habían sido contratados para entrar en las oficinas del Partido Demócrata, instalar micrófonos, recopilar información y asegurar ventajas políticas para la campaña de reelección de Nixon. No actuaban por iniciativa propia, sino como parte de una cadena más amplia de decisiones y autorizaciones.

El proceso judicial empezó a revelar una red de contactos y órdenes que apuntaban hacia niveles cada vez más altos del poder político. Aunque los acusados intentaron presentarse como actores independientes, las pruebas y los testimonios sugerían que su actuación estaba vinculada a una estrategia más amplia de espionaje político.

En un momento dado uno de ellos se autodenominó "plomero", ese es el nombre que nuestros hermanos de la america hispano hablante usa para decir fontanero.

Pronto averiguaron que era así como se denominaban así mismos aquel grupo dentro del partido republicano y es así cómo salió a los medios, quedando para siempre ese oficio a aquellos miembros de un partido  que se dedican a trabajar en las cloacas políticas.

Por cierto, el escándalo fue tal que Nixon tuvo que dimitir y estuvo muy cerca de entrar en la carcel si no fuera que Gerald Ford le concedió un indulto presidencial, pero su nombre ha quedado para siempre manchado en la historia, carne de chistes y de escarnio público que ha trascendido en el tiempo.

Y bueno, qué les ha parecido.... apasionante verdad, pues colorín colorado esta historia de fontaneros ha terminado, disfruten de su día

jueves, 11 de junio de 2026

LA ULTIMA NOCHE EN MILAN 2023

 

Verán. Seguimos con nuestro ciclo dedicado a Pierfrancesco Favino, uno de los actores italianos más sólidos y versátiles de las últimas décadas, y hoy nos detenemos en una película que parece surgir del encuentro entre dos mundos muy distintos del cine criminal.

Por un lado, tiene el nervio moral y la tensión policial de Teniente corrupto de Abel Ferrara: un relato sobre un hombre que carga con sus errores, atrapado en una noche que amenaza con destruir todo aquello que cree controlar. Por otro, respira el aire cansado y melancólico de El asesinato de un corredor de apuestas chino de John Cassavetes: personajes que toman decisiones equivocadas, códigos de lealtad ambiguos y una ciudad que observa indiferente mientras el protagonista se hunde poco a poco.

La película que vamos a reseñar hoy es un thriller policial con alma de cine negro: desordenado, complejo y maravilloso como pocos, una de esas películas que no encajan en el tiempo actual una película reciente con aire de clásico y si eres de esos que dicen que ya no se hacen películas como antes, esta, creeme que es para ti.

Y ahora si, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cineflia con todos ustedes LA ÚLTIMA NOCHE EN MILAN film rodado en el 2023 por Andrea di Stefano.

Antes de entrar en la película conviene detenerse un momento en la figura de su director y guionista, Andrea Di Stefano, porque estamos ante un cineasta cuya trayectoria resulta especialmente interesante.

Di Stefano comenzó siendo conocido principalmente como actor. Durante años desarrolló una sólida carrera interpretativa tanto en Italia como en producciones internacionales, trabajando con directores de prestigio y aprendiendo desde dentro los mecanismos del cine. Sin embargo, con el paso del tiempo fue mostrando un creciente interés por la escritura y la dirección, un salto que muchos actores intentan pero que pocos consiguen realizar con personalidad propia.

Su debut detrás de las cámaras llegó con Escobar: Paradise Lost, un thriller protagonizado por Benicio del Toro, donde ya aparecían algunas de las constantes que veremos más tarde en su filmografía: personajes atrapados por decisiones morales complejas, tensión criminal y una mirada muy humana hacia figuras que podrían haber sido simples villanos o héroes.

Posteriormente dirigió The Informer, un thriller de infiltración protagonizado por Joel Kinnaman. Allí volvió a demostrar su habilidad para construir historias de suspense apoyadas más en la presión psicológica de los personajes que en el espectáculo puro. Sus protagonistas suelen ser individuos atrapados entre distintos mundos, obligados a tomar decisiones imposibles mientras intentan conservar una parte de su integridad.

Todo ese recorrido parece desembocar de forma natural en esta película. Aquí Di Stefano alcanza probablemente uno de sus trabajos más maduros. Se percibe la experiencia acumulada de alguien que conoce muy bien el cine criminal estadounidense de los años setenta, pero que al mismo tiempo quiere contar una historia profundamente italiana y contemporánea. La película tiene el ritmo del thriller moderno, pero también una melancolía clásica que recuerda a los grandes relatos de policías derrotados y hombres que llegan demasiado tarde para corregir sus errores.

Y dentro de esa atmósfera merece una mención especial la banda sonora compuesta por Santi Pulvirenti. Es uno de esos trabajos musicales simplemente arrebatadores. La partitura combina elegancia, tensión y una cierta tristeza contenida que acompaña perfectamente el viaje emocional del protagonista. Hay momentos en los que la música parece latir bajo las imágenes como una amenaza silenciosa, aumentando la sensación de fatalidad que recorre toda la narración.

De hecho, buena parte de la identidad de la película nace de esa combinación entre la fotografía nocturna de Milán y la música de Pulvirenti. Juntas construyen una atmósfera sofisticada, oscura y profundamente absorbente que convierte la ciudad de MILAN en un personaje más del relato. Es una banda sonora que resulta esencial para que la película mantenga esa tensión elegante y ese tono crepuscular que la distinguen dentro del thriller reciente. 

Y ahora voy a contaros brevemente de que va la película, no puedo desvelar mucho de la trama ya que el encanto reside en ir sorprendiendose poco a poco de los giros argumentales que tiene este film, así que tranquilos por que no voy hacer ningun tipo de spoiler como es títpico en el canal. 

Por cierto, si es la primera vez que llegas a cinefilia, quiza te apetezca ver más reseñas nuestras, si es así no lo dudes, dale al botón y a la campanita y forma parte de cinefilia, así youtube te avisará cuando subamos otra reseña, si te está gustando el vídeo dale like y si estás a tiempo, regalanos un hype y te estaremos muy agradecidos.

Pues vamos allá.

El agente Franco Amore está a punto de poner fin a una larga carrera en la policía de Milán. Tras décadas de servicio, hay algo que le llena especialmente de orgullo: nunca ha tenido que disparar contra nadie. En las horas previas a su jubilación, todo parece encaminado hacia una despedida tranquila, el cierre perfecto para una vida dedicada a hacer cumplir la ley.

Sin embargo, una llamada durante la noche le obliga a acudir a una escena que cambiará por completo el rumbo de los acontecimientos. A partir de ese momento, Amore se verá arrastrado a una cadena de sucesos donde nada es exactamente lo que parece y donde cada decisión puede tener consecuencias irreversibles.

Y hasta aqui te voy acontar.

Verán Con la ciudad de Milán como telón de fondo, la película construye un thriller tenso y elegante que juega constantemente con las apariencias, los secretos y las lealtades. Y cuanto menos se conozca de su historia antes de verla, mejor funciona, porque buena parte de su fuerza reside precisamente en la capacidad de sorprender al espectador con cada nuevo giro del camino.

En el apartado comercial, la película funcionó bastante bien para los estándares del cine italiano adulto y de género, aunque no puede considerarse un gran éxito internacional.

Su estreno mundial tuvo lugar en la sección Berlinale Special, algo que ya le dio una importante visibilidad crítica. Más tarde también fue seleccionada para el Busan International Film Festival, uno de los festivales más relevantes de Asia. Además, estuvo entre las doce películas preseleccionadas para representar a Italia en los Oscar como candidata a Mejor Película Internacional.

En taquilla, arrancó muy fuerte en Italia, debutando directamente en el número 2 del box office italiano con más de un millón de dólares en su primer fin de semana. Terminó su recorrido en Italia con aproximadamente 3,7 millones de dólares y alcanzó una recaudación mundial cercana a los 4,8 millones. Para una producción italiana de thriller policíaco, sin el respaldo de una gran franquicia ni de una campaña internacional masiva, son cifras bastante respetables

A nivel de premios, quizá donde más se nota el reconocimiento es en las nominaciones. La película obtuvo candidaturas a los principales galardones italianos, incluyendo los David di Donatello a Mejor Director para Andrea Di Stefano, Mejor Música para Santi Pulvirenti, Mejor Montaje y Mejor Actriz para Linda Caridi. 

También recibió nominaciones en los Nastri d'Argento, donde fueron reconocidos Andrea Di Stefano, Pierfrancesco Favino, Linda Caridi y el montaje de la película. Favino además fue nominado al Globo de Oro italiano por su interpretación.

Quizá el dato más revelador sea que, aunque no arrasó en premios, sí logró algo que pocas producciones italianas recientes consiguen: reunir a crítica y público. La prensa especializada destacó especialmente la dirección de Di Stefano, la atmósfera nocturna de Milán y la interpretación de Favino, mientras que el público respondió con una taquilla sólida y un excelente boca a boca. Muchos críticos llegaron a definirla como uno de los thrillers italianos más elegantes y logrados de los últimos años.

Pero por la implacable trituradora comercial que es el cine MADE IN HOLLYWOOD, esta obra tan prestigiosa no ha logrado destacar en el resto del mundo, un film que se merece ser descubierto y esa en parte es la labor que nos propusimos en CINEFILIA dar a conocer estos films en espectadores cinefilos como vosotros, así que un consejo, hazme caso, buscalá y preparate para su visionado, no te va a dejar indiferente y lo mejor de todo, pensarás que si, si se hacen películas como las de antes, policiales inteligentes y llenos de tensión.

Y con esto me voy a despedir, no sin antes desearte un par de cosas, la primera que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa, y segundo, pero no menos importante, que vivas el cine 

 

 

 

 

 

 

martes, 9 de junio de 2026

el traidor 2019

 

Dejenme que antes de empezar la reseña de la película hablemos de ese maravilloso oficio de la interpretación y cómo el aspecto físico puede en principio encasillar a dichos interpretes, pero hay actores que poseen una presencia casi física, una mezcla extraña de fuerza y verdad que hace imposible apartar la mirada de ellos descubriendo que tienen muchos más matices que lo que podemos preveer en un primer momento. 

En Francia, uno de esos actores fue el italiano Lino Ventura. Un hombre con aspecto de roca, con rostro de boxeador, capaz de intimidar con un simple gesto, pero que al mismo tiempo escondía una sensibilidad y una humanidad enormes bajo aquella apariencia impenetrable. Actor mítico tanto del polar francés como del policial italiano.

Y cada vez que veo a Pierfrancesco Favino, no puedo evitar pensar en él.

Favino pertenece a esa rara categoría de intérpretes que parecen construidos para encarnar hombres duros, tipos curtidos por la vida, personajes que entran en una habitación y automáticamente se convierten en el centro de atención. Tiene la presencia, la voz, la mirada y el físico para hacerlo. Pero su verdadero talento no está ahí. Su verdadero talento consiste en mostrarnos las grietas de esos hombres. En enseñarnos la fragilidad que esconden detrás de la máscara. Del mismo modo que lo hacía el gran Ventura.

Favino es un actor inmenso en Italia. Muy respetado también en Francia. Un intérprete que lleva décadas construyendo una filmografía extraordinaria, alternando cine comercial, cine de autor y televisión con una naturalidad asombrosa. Sin embargo, fuera de esos países sigue siendo relativamente desconocido para gran parte del público. Y eso resulta sorprendente cuando uno descubre la calidad y la versatilidad que despliega en cada papel.

Por eso, en Cinefilia vamos a dedicarle un pequeño ciclo. Un recorrido por algunas de sus interpretaciones más importantes para descubrir a uno de los grandes actores europeos de nuestro tiempo. Un actor capaz de ser intimidante y vulnerable en el mismo plano. Capaz de transmitir poder y derrota con una sola mirada.

Así que ahora si, bienbenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de CINEFILIA con todos ustedes El traidor film dirigido en el 2019 por Marco Bellocchio 

Y para comenzar este viaje hemos elegido el trabajo de dirección de uno de los grandes nombres del cine italiano contemporáneo: Marco Bellocchio.

Bellocchio pertenece a esa generación de cineastas italianos que crecieron bajo la enorme sombra de maestros como Federico Fellini, Luchino Visconti o Pier Paolo Pasolini, pero que supieron encontrar una voz propia. Y lo hizo muy pronto. De hecho, con apenas veintiséis años dirigió una película que sacudió los cimientos del cine italiano: Las manos en los bolsillos, una obra provocadora, incómoda y profundamente crítica con la familia y las instituciones tradicionales.

Desde entonces, Bellocchio ha desarrollado una carrera fascinante. Nunca ha sido un director especialmente interesado en el espectáculo o en los grandes artificios visuales, el prefiere las contradicciones humanas y las estructuras de poder. A lo largo de su filmografía encontramos una y otra vez personajes atrapados entre la conciencia y la obediencia, entre lo que creen correcto y lo que el mundo espera de ellos.

Por eso resulta tan lógico que acabara contando la historia de Tommaso Buscetta. Porque, aunque El traidor pueda parecer a primera vista una película de mafiosos, Bellocchio no está realmente interesado en la mafia como organización criminal. Lo que le interesa es el hombre. Le interesa entender qué ocurre en la mente de alguien que ha vivido toda su vida bajo unas reglas y que un día decide romperlas. Qué precio tiene esa decisión. Qué se gana y qué se pierde cuando uno traiciona a los suyos para ser fiel a él mismo.

Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de Bellocchio como cineasta. Tiene la capacidad de abordar acontecimientos históricos enormes sin perder nunca de vista a las personas que los protagonizan. Enfatizando las contradicciones, los miedos, los errores y las zonas grises de cada uno.

Cuando llegó El traidor, Bellocchio llevaba más de medio siglo haciendo cine. Y, sin embargo, lejos de mostrar signos de agotamiento, entregó una de las obras más sólidas y maduras de toda su carrera. Una película que combina el rigor del cine político, la tensión del thriller judicial y la profundidad del drama humano. Una demostración de que los grandes directores no dejan de evolucionar con los años. Simplemente encuentran nuevas formas de mirar a las personas y al mundo que les rodea.

Ahora dejenme que les cuente de que va la pelìcula, como ya saben los veteranos del canal sin spoiler de ninguna clase... por cierto, puede ser que seas un recien llegado a este canal de cine, verás contarte brevemente que aquí aconsejamos películas, damos a conocer obras que dificilmente llegan al gran publico como este film y tambien damos a conocer a esos actores o actrices que deben ser recordados, si te gusta este canal y quieres que todas las semanas te aconsejemos una película para ver, suscribete, dale al botón y a la campanita y forma parte de nuestra maravillosa comunidad cinefila.   

Pues verán, El traidor nos traslada a comienzos de los años ochenta, en un momento en el que la mafia siciliana atraviesa una de las etapas más sangrientas de su historia. Las distintas familias de la Cosa Nostra mantienen un frágil equilibrio de poder, pero bajo la superficie se está gestando una guerra que acabará convirtiendo Sicilia en un auténtico campo de batalla.

En el centro de esta historia encontramos a Tommaso Buscetta, interpretado magistralmente por Pierfrancesco Favino. Buscetta es un veterano mafioso que pertenece a la vieja escuela. Un hombre que ha vivido durante décadas bajo los códigos de honor de la organización y que contempla con preocupación cómo una nueva generación, encabezada por los Corleoneses, está transformando la mafia en una maquinaria de violencia cada vez más despiadada.

Cuando la guerra interna estalla, Buscetta decide abandonar Sicilia y refugiarse en Brasil junto a su familia. Sin embargo, la distancia no basta para escapar de un conflicto que parece perseguirle allá donde vaya. Arrestado y extraditado a Italia, se encuentra ante una situación límite: muchos de sus amigos han sido asesinados, parte de su familia ha desaparecido y el mundo que conocía se ha derrumbado por completo.

Es entonces cuando toma una decisión que cambiará para siempre la historia de Italia. 

Y hasta aquí voy a contarte, el resto de la película si crees que es para ti, tienes que verla tú.

Y llegados a este punto, toca preguntarse por qué El traidor funciona tan bien. Porque estamos hablando de una película de más de dos horas y media sobre juicios, declaraciones judiciales, traiciones internas y luchas de poder dentro de la mafia. Sobre el papel, no parece precisamente el material más emocionante del mundo. Sin embargo, Bellocchio consigue convertir todo eso en cine apasionante.

La primera gran fortaleza de la película es su enfoque. En lugar de construir una epopeya mafiosa al estilo clásico, Bellocchio decide centrarse en el ser humano. La mafia está presente, por supuesto, pero siempre vista a través de los ojos de Tommaso Buscetta. La historia no trata tanto de la organización como del hombre que la observa desmoronarse desde dentro.

La segunda gran virtud es la interpretación de Pierfrancesco Favino. Más que interpretar a Buscetta, parece habitarlo. A lo largo de la película vemos cómo pasa de la seguridad del mafioso veterano a la vulnerabilidad de un hombre perseguido por sus decisiones. Es una actuación llena de matices, sólo a la altura de un gran actor. No es casualidad que sea considerada una de las mejores interpretaciones de su carrera.

También destaca el extraordinario trabajo coral. La película está poblada por decenas de personajes, muchos de ellos mafiosos reales, y aun así Bellocchio consigue que el espectador nunca pierda el hilo de la narración. Especialmente memorables son las secuencias de los macrojuicios, filmadas casi como si fueran un teatro del absurdo donde los acusados convierten la sala en un espectáculo grotesco y fascinante.

 Y, por supuesto, hay que mencionar la puesta en escena. Bellocchio rueda con elegancia y sobriedad a la altura de muy pocos.  Su mirada siempre fría y precisa  no oculta una visión profundamente crítica sobre lo peor del ser humano pero dando destellos de eso que glorifica a la especie, el honor de verdad y el compromiso con la justicia. Eso hace que la película resulte mucho más madura y compleja que muchas producciones recientes sobre la mafia.

El reconocimiento no tardó en llegar. El traidor fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2019 y se convirtió en la candidata italiana para los Premios Óscar a la Mejor Película Internacional.

Pero donde realmente arrasó fue en Italia. En los prestigiosos premios Donatello, donde  obtuvo dieciocho nominaciones y terminó ganando seis de los galardones más importantes: Mejor Película, Mejor Director para Marco Bellocchio, Mejor Actor para Pierfrancesco Favino, Mejor Actor de Reparto para Luigi Lo Cascio, Mejor Guion Original y Mejor Montaje. siendo la película más premiada de aquella edición.

A esos reconocimientos hay que sumar numerosos premios de la crítica italiana, siendo esta una de las grandes películas del año en europa.

Si no la conocías, espero que puedas adentrarte en este film que irradia verdad de un mundo demasiado glorificado desde la ignorancia de hollywood, una obra memorable con un actor en uno de sus grandes momentos.

Y bueno, con esto me voy a despedir, te pido que si te ha gustado me reagales un like y si te apetece y aún estás a tiempo des Hype al vídeo.

Yo mientras tanto me voy a marchar para seguir con la siguiente película de este gran actor pero no sin antes desearte que seas inmensamente feliz o luches por ello , no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma que vivas el cine 

 

 

 

 

martes, 2 de junio de 2026

Una de vampiros y de actores, hablemos de Drácula y de Lugosi

 Vaya, se han sorprendido por la decoración del bar... si es estupenda. ¿Cómo el ataud? No, no es de verdad, es atrezo.. si efextivamente como ese murcielago, es de plastico, los hacen tan bien, no, no esa telaraña es por que la señora de la limpieza no se ha esmerado mucho.

Pero siganme a su mesa...Esta noche quiero contaros una historia de miedo.

Bueno... quizá miedo no sea exactamente la palabra adecuada.

Porque cuando hablamos de vampiros, de castillos perdidos entre la niebla, de murciélagos que cruzan la luna llena y de figuras que esperan en la oscuridad, es normal que a algunos se les acelere un poco el pulso.

Pero no os preocupéis.

No vamos a hablar de monstruos reales.

Ni siquiera de monstruos imaginarios.

Vamos a hablar de cine.

Y cuando digo cine, me refiero a uno de esos momentos en los que un personaje y un actor terminan unidos para siempre. Tan unidos que resulta imposible pensar en uno sin recordar al otro.

Porque esta es la historia de Drácula.

Y también es la historia de Bela Lugosi.

Y quizá, al final de este viaje, descubramos que durante muchos años fueron exactamente la misma persona.

Antes de que Drácula llegara a las pantallas, ya era una leyenda.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker publicó una novela que cambiaría para siempre la cultura popular.

La historia de un noble de Transilvania que se alimentaba de la sangre de los vivos.

Un monstruo elegante.

Culto.

Hipnótico.

Muy diferente a las criaturas salvajes que solían poblar las historias de terror de aquella época.

Durante años, Drácula vivió en las páginas de los libros y en los escenarios teatrales.

Pero el cine acabó llamando a su puerta.

Y no siempre de la forma más elegante.

En 1922, el director F. W. Murnau quiso adaptar la novela.

El problema era que no tenía los derechos.

Así que cambió algunos nombres.

Drácula pasó a llamarse Conde Orlok.

Jonathan Harker se convirtió en Thomas Hutter.

Y la película recibió el nombre de Nosferatu.

Era, en realidad, Drácula disfrazado con otro nombre.

La viuda de Bram Stoker demandó a los productores y consiguió una sentencia que ordenaba destruir todas las copias.

Por suerte para los amantes del cine, algunas sobrevivieron.

Y gracias a ello hoy podemos seguir contemplando una de las películas más inquietantes jamás rodadas.

Pero la primera vez que Drácula apareció oficialmente en el cine con su propio nombre todavía estaba por llegar.

Y para eso necesitamos hablar de Bela Lugosi.

Bela Lugosi nació en 1882 en una pequeña ciudad que entonces pertenecía al Imperio Austrohúngaro y que hoy forma parte de Rumanía.

Su verdadero nombre era Béla Ferenc Dezső Blaskó.

Un nombre bastante más complicado de recordar que el que acabaría utilizando en los carteles.

Desde joven sintió fascinación por el teatro.

Actuó en Hungría, participó en el cine mudo de su país e incluso sirvió en el ejército durante la Primera Guerra Mundial.

Pero la Europa de principios del siglo XX era un lugar complicado.

Las revoluciones, los cambios políticos y la inestabilidad terminaron empujándolo hacia el exilio.

Primero pasó por Alemania.

Después llegó a Estados Unidos.

Y allí comenzó prácticamente de cero.

No hablaba bien inglés.

No era una estrella.

No tenía contactos importantes.

Era simplemente otro actor extranjero intentando abrirse camino en un país inmenso.

Y entonces apareció Drácula.

En 1927 se estrenó en Broadway una adaptación teatral de la novela de Bram Stoker.

Lugosi consiguió el papel principal.

Y algo extraordinario ocurrió.

El público quedó fascinado.

No era el vampiro monstruoso de Nosferatu.

Era elegante.

Seducía con la mirada.

Hablaba despacio.

Parecía un aristócrata venido de otro mundo.

Su acento extranjero, que para otros papeles podía ser una desventaja, se convirtió en una virtud.

Aquel hombre parecía realmente llegado desde algún rincón remoto de Europa del Este.

Durante cientos de representaciones interpretó al Conde Drácula.

Y cuando la Universal Pictures decidió llevar la historia al cine, muchos pensaron que el papel sería para otro actor más famoso.

Lugosi tuvo que insistir.

Tuvo que luchar.

Tuvo que convencer a los productores.

Pero finalmente lo consiguió.

Y en 1931 llegó la película que lo cambiaría todo.

Dracula.

Hoy puede parecer una película sencilla.

Pero en aquel momento fue un fenómeno.

El cine sonoro era todavía una novedad.

Y aquel hombre de mirada penetrante, capa negra y voz hipnótica quedó grabado para siempre en la memoria colectiva.

Cuando alguien pensaba en Drácula, veía a Bela Lugosi.

Y cuando alguien veía a Bela Lugosi, pensaba en Drácula.

Fue una bendición.

Y también una maldición.

Porque el éxito fue tan grande que resultó imposible escapar de él.

Lugosi trabajó muchísimo durante las décadas siguientes.

Participó en películas de terror.

De misterio.

De aventuras.

Incluso de ciencia ficción.

Compartió pantalla con figuras legendarias como Boris Karloff, el actor que había dado vida al monstruo de Frankenstein.

Pero por mucho que intentara diversificarse, para el público siempre sería el vampiro.

El Conde.

Drácula.

La industria de Hollywood tampoco ayudó demasiado.

Los papeles importantes comenzaron a escasear.

Llegaron problemas económicos.

Problemas de salud.

Y una creciente dependencia de los medicamentos que le habían recetado para aliviar dolores físicos.

Mientras tanto, nuevas generaciones de actores ocupaban el lugar que antes había sido suyo.

El hombre que había dado rostro a uno de los personajes más famosos del cine empezaba a quedarse en los márgenes de la industria.

Y entonces apareció una figura inesperada.

Un director joven, extraño y apasionado llamado Ed Wood.

Durante años fue considerado uno de los peores directores de la historia.

Pero admiraba profundamente a Lugosi.

Y cuando casi nadie le ofrecía trabajo, él siguió contando con él.

Las películas que rodaron juntos eran modestas.

A veces caóticas.

A menudo ridiculizadas por la crítica.

Pero también representaron los últimos años profesionales de un actor que había sido una leyenda.

Bela Lugosi murió en 1956.

Tenía 73 años.

Y entonces ocurrió algo que parece sacado de una película.

Su familia decidió enterrarlo vestido con la capa de Drácula.

La misma imagen que lo había acompañado durante décadas.

La misma imagen que había marcado toda su carrera.

Como si actor y personaje ya no pudieran separarse.

Como si el vampiro hubiera terminado absorbiendo a la persona.

Sin embargo, Drácula no murió con él.

Porque los monstruos más famosos nunca desaparecen.

Simplemente cambian de rostro.

En los años cincuenta y sesenta llegó Christopher Lee.

Más alto.

Más agresivo.

Más oscuro.

Su interpretación para la productora Hammer se convirtió en otra referencia absoluta del personaje.

Después llegaría Frank Langella, que aportó una versión romántica y seductora del conde.

Y en 1992, Gary Oldman ofreció una interpretación espectacular en Bram Stoker's Dracula, dirigida por Francis Ford Coppola.

Cada generación ha tenido su Drácula.

Y seguramente las futuras también tendrán el suyo.

Pero hay algo curioso.

Cuando alguien dibuja mentalmente al vampiro clásico.

Cuando aparece una capa negra.

Un medallón.

Una mirada fija.

Y ese acento imposible de situar.

Todavía estamos viendo la sombra de Bela Lugosi.

Porque fue el primero.

No el primer vampiro del cine.

No el primer monstruo de la gran pantalla.

Pero sí el primer Drácula oficial que logró convertir al personaje en un icono universal.

Y quizá esa sea la razón por la que seguimos hablando de él casi un siglo después.

Porque algunos actores interpretan personajes.

Y otros se convierten en ellos.

Y cuando eso ocurre, la ficción y la realidad terminan mezclándose de una forma extraña.

Como una niebla que avanza lentamente por un viejo castillo.

Como una película en blanco y negro proyectada en mitad de la noche.

Como la historia de un hombre que quiso ser actor...

Y acabó convirtiéndose para siempre en el príncipe de los vampiros.

Y hasta aquí nuestra historia de esta noche.

Una historia de vampiros.

De cine.

De fama.

Y de cómo, a veces, un personaje puede llegar a ser más inmortal que la persona que le dio vida.

Buenas noches.

domingo, 31 de mayo de 2026

La creadora de monstruos

 Las mesas del local estan llenas, pero siempre hay un sitio para ti y creo que la historia de hoy te va a gustar bastante, una historia para el reposo de tu día a día, un momento para dejar volar la imaginación con una mujer bastante reservada, brillante, incómoda en el trato pero fascinante. 

Una escritora capaz de hacernos sentir simpatía por un asesino, de hacernos comprender a un mentiroso y de obligarnos a mirar donde normalmente preferimos apartar la vista.

Hoy vamos a conocer la vida de Patricia Highsmith. La mujer que creó la obra en la que se basa el film de Hitchcock "Extraños en un tren" y que fue la madre literaria de ese asesino con suerte llamado  Tom Ripley.

Y quizá, una de las literatas más singulares del siglo XX. Y si me permites una apostilla personal mi escritora favorita.

Imagina por un momento que entras en una librería Recorres las estanterías y encuentras una novela sobre un joven elegante, inteligente y encantador.

Un hombre capaz de mentir con naturalidad. De asumir identidades ajenas.

De matar si es necesario.Y sin embargo, mientras avanzas en la lectura, te descubres apoyándolo.

Deseando que no lo atrapen. Esperando que consiga escapar.

Eso es exactamente lo que millones de lectores hemos experimentado con Tom Ripley.

Y la pregunta es inevitable. ¿Qué clase de persona podía imaginar un personaje así?

La respuesta nos lleva a una fría mañana de enero de 1921.

Patricia Highsmith nació en Texas, en Estados Unidos. Su infancia no fue precisamente feliz.

Sus padres se separaron antes de que ella naciera y la relación con su madre estuvo marcada por conflictos que la acompañarían toda su vida.

Décadas después, Highsmith contaría episodios de aquella relación con una mezcla de resentimiento y tristeza.

Algunos biógrafos incluso han señalado que la escritora arrastró durante años una sensación de rechazo y soledad que terminaría apareciendo, de una forma u otra, en muchos de sus personajes.

Porque si algo caracteriza las novelas de Highsmith es precisamente eso. La soledad. Sus protagonistas suelen estar aislados. Observando el mundo desde fuera. Como si nunca terminaran de encajar.

Quizá porque la propia Patricia tampoco sentía que encajara.

Desde muy joven encontró refugio en los libros. Leía de manera voraz. Pasaba horas sumergida en historias.

Mientras otros niños jugaban, ella leía. Vívia en sus mundos personales que sólo otorgan la lectura y eso la aislaba como un bicho raro para el restos de chicos

Era una persona extraordinariamente inteligente. Y también extraordinariamente observadora.

Tenía una capacidad especial para detectar contradicciones en los demás. Para comprender las motivaciones ocultas que se esconden detrás de las apariencias.

Años más tarde, esa habilidad se convertiría en una de las marcas de su literatura.

Porque Highsmith entendía algo fundamental. Las personas rara vez son completamente buenas o completamente malas. La mayoría vivimos en una zona gris.

Y es precisamente ahí  es donde ella se movía con una maestría descomunal otorgando a sus personajes una complejidad que agradece el lector más exigente y hace que te rindas ante ella, tras sólo leer un par de páginas.

En los años cuarenta comenzó a abrirse camino como escritora. Curiosamente no fue fácil. Como tantos autores, tuvo que realizar trabajos diversos mientras intentaba publicar sus textos.

Pero entonces llegó una oportunidad inesperada. Una novela titulada Extraños en un tren. Una obra maestra de la literatura de misterio, menudo arranque.

Verás la premisa era tan sencilla como inquietante. Dos desconocidos coinciden durante un viaje.

Uno de ellos propone un intercambio de asesinatos. Yo elimino a la persona que te molesta.

Tú eliminas a la mía. Dos crímenes sin conexión aparente. Dos culpables imposibles de relacionar. La idea era brillante.

Y llamó la atención de una figura que ya era una leyenda del cine. Alfred Hitchcock.

La adaptación cinematográfica convirtió la novela en un éxito. De repente, Patricia Highsmith dejó de ser una escritora prácticamente desconocida.

Su nombre comenzó a circular. Los lectores empezaron a descubrirla. Y su carrera despegó.

Pero si existe una obra que la convirtió en inmortal, esa llegó pocos años después. En 1955. Ese año apareció una novela titulada El talento de Mr. Ripley. Su protagonista era Tom Ripley. Un joven sin fortuna. Sin escrúpulos. Y con una capacidad extraordinaria para reinventarse.

Lo curioso es que Ripley no era el típico villano. No era un monstruo evidente. No era un criminal caricaturesco.

Era inteligente. Educado. Culto. Agradable cuando quería. Y precisamente por eso resultaba tan perturbador.

Porque parecía real. Mucho más real que muchos héroes de ficción.

Patricia Highsmith había comprendido que el mal rara vez lleva un cartel anunciándolo.

A veces sonríe. A veces viste bien. A veces resulta encantador. Y a veces consigue que nos pongamos de su parte.

La novela fue un éxito. Pero también marcó el inicio de una relación muy especial entre autora y personaje. Tom Ripley regresaría una y otra vez.

A lo largo de cinco novelas. Durante décadas. Como si Highsmith nunca terminara de abandonar aquella creación.

Y es fácil entender por qué. Porque Ripley representaba muchas de las obsesiones de la autora.

La identidad. La mentira. La culpa. La apariencia.

La posibilidad de convertirse en otra persona. Temas que aparecen constantemente en su obra.

Mientras sus libros ganaban prestigio, la vida personal de Highsmith se enrevesaba más.

Su trato solitario y distante se acrecentaba se sentía especialmente incómoda en los círculos sociales.

Algunas personas que la conocieron la describían como brillante pero dificil

Parecía que seguía explorando los aspectos más incómodos de la condición humana. hasta en los momentos sociales.

Quizá por eso nunca encajó del todo en el mundo literario convencional. Era demasiado independiente.

Demasiado peculiar. Demasiado Patricia Highsmith.

Hay otro aspecto curioso de su vida. Uno que suele sorprender a quienes la descubren por primera vez.

Su fascinación por los caracoles.

Sí. Los caracoles. Llegó a tener cientos. Los observaba durante horas. Incluso los llevaba consigo en ocasiones.

Para muchos resultaba una excentricidad incomprensible. Pero en cierto modo encajaba perfectamente con ella, no la pegaba una mascota peculiar, un perro al que pasear, prefería algo tan sumamente impersonal como los caracoles.

Con el paso de los años fue alejándose cada vez más de Estados Unidos. Europa le ofrecía algo que valoraba enormemente. Privacidad. Y una cierta distancia respecto a la vida pública.

Terminó instalándose en Suiza. Allí pasó buena parte de sus últimos años. Escribiendo. Y dedicandosé a su pasión la lectura.

Observando. Manteniendo esa mezcla de curiosidad y aislamiento que había definido toda su existencia.

Mientras tanto, sus novelas continuaban conquistando nuevos lectores. Generación tras generación.

Década tras década.

Lo más interesante es que Patricia Highsmith nunca fue una autora especialmente interesada en resolver misterios. Sus novelas no funcionan como los clásicos relatos policiacos donde todo conduce a una solución final. Lo que le interesaba era otra cosa. La tensión psicológica. La fragilidad de la moral.

La forma en que una decisión aparentemente pequeña puede transformar una vida entera.

Sus historias nos obligan a hacernos preguntas incómodas. ¿Qué haríamos nosotros en determinadas circunstancias?

¿Hasta dónde llegaríamos para conseguir lo que deseamos? ¿Somos realmente tan diferentes de los personajes que condenamos?

Preguntas que siguen siendo igual de inquietantes hoy que hace setenta años.

Patricia Highsmith murió en 1995.Tenía 74 años.

Para entonces ya era considerada una de las grandes escritoras del suspense psicológico.

Pero quizá lo más impresionante es que su influencia no ha dejado de crecer.

Sus novelas continúan publicándose. Sus personajes siguen fascinando.

Y Tom Ripley permanece tan vivo como siempre. Porque los grandes personajes tienen algo especial.

Sobreviven a sus creadores. Y pocas criaturas literarias han sobrevivido tan bien como él.

Tal vez la verdadera razón sea que Highsmith comprendió algo que muchos autores prefieren evitar.

Que todos tenemos contradicciones. Que la línea que separa al héroe del villano no siempre está tan clara.

Y que los seres humanos somos mucho más complejos de lo que nos gusta admitir.

Por eso sus libros siguen funcionando. Porque no hablan de monstruos lejanos.

Hablan de nosotros. De nuestras sombras. De nuestras dudas. De nuestras máscaras.

Y quizá esa sea la mayor paradoja de Patricia Highsmith. Una mujer que pasó buena parte de su vida sintiéndose diferente. Observando el mundo desde cierta distancia.

Terminó convirtiéndose en una de las personas que mejor entendió la naturaleza humana.

Porque a veces son precisamente quienes permanecen en los márgenes quienes ven con más claridad lo que ocurre en el centro.

Y mientras sus lectores sigan acompañando a Tom Ripley en sus engaños, sus crímenes y sus fugas imposibles...

La voz de Patricia Highsmith seguirá ahí. Susurrándonos una verdad incómoda.

Que el mal rara vez es tan extraño como nos gustaría creer.

Y que, en ocasiones, los personajes más peligrosos son también los más difíciles de olvidar.

Y con esto creo que me voy a marchar, os dejo con vuestros pensamientos y con vuestra vida que os aseguro que será mucho mejor con una novela de Highsmith en las manos.

Así que colorín colorado esta historia de esta leyenda literaria ha terminado