Buenas noches, amigos. Sean todos ustedes bienvenidos a nuestro pequeño piano bar. Pasen, pónganse cómodos y tomen asiento. Espero que hayan encontrado una buena mesa y que estén disfrutando de la compañía. Ahora, mientras les sirven su bebida, permítanme que les cuente una historia. Una de esas historias que parecen inventadas, que uno escucha y piensa que es imposible que algo así pudiera suceder. Pero sucedió. Y, además, tiene como protagonista a uno de los pianistas de jazz más importantes de todos los tiempos.
Para entender lo que ocurrió aquella noche tenemos que viajar a Alemania, concretamente a la ciudad de Colonia, a mediados de los años setenta.
En 1974 vivía allí una joven de apenas diecisiete años llamada Vera Brandes. Era una apasionada de la música, especialmente del jazz, y tenía una idea que a muchos adultos les habría parecido una auténtica locura: quería organizar un gran concierto de jazz en su ciudad.
Colonia era una ciudad con una enorme tradición musical, pero su vida cultural estaba muy vinculada a la música clásica, la ópera y las tradiciones populares alemanas. El jazz no ocupaba precisamente un lugar privilegiado en sus grandes escenarios.
Pero Vera tenía algo que a veces vale mucho más que la experiencia: la energía, la determinación y la falta de miedo que suelen acompañar a los diecisiete años.
Así que decidió acudir directamente a la dirección de la Ópera de Colonia. Quería alquilar su sala principal y organizar allí un concierto de piano jazz.
La negociación no fue precisamente sencilla. La dirección no parecía demasiado entusiasmada con la idea de abrir las puertas de su templo de la música lírica a un concierto de jazz. Sin embargo, después de insistir una y otra vez, Vera consiguió que le ofrecieran una posibilidad: podría utilizar el auditorio, pero únicamente a una hora bastante particular, después de las once de la noche.
Y no hablamos de una ciudad mediterránea en una noche de verano. Hablamos de Colonia, en pleno mes de enero. Frío, lluvia, una hora intempestiva y prácticamente sin transporte público para regresar a casa.
Era una forma bastante eficaz de desanimar a cualquiera.
Pero Vera aceptó. A sus diecisiete años, aquello no era un problema. Tenía una sala, tenía un proyecto y, sobre todo, tenía un nombre en mente.
Quería que el pianista fuera Keith Jarrett.
Jarrett era ya un músico extraordinario. Había trabajado con algunos de los grandes nombres del jazz, había formado parte de la banda de Miles Davis y comenzaba a desarrollar una carrera propia que lo llevaría a convertirse en una de las figuras fundamentales del piano contemporáneo.
Era un pianista de una personalidad musical desbordante, capaz de combinar una técnica prodigiosa con una sensibilidad extraordinaria. Pero, sobre todo, estaba explorando un territorio que le fascinaba: el piano solo completamente improvisado.
Sin partituras, sin una estructura previamente establecida, sin saber exactamente qué iba a tocar. Se sentaba frente al instrumento y dejaba que la música naciera en ese mismo instante.
En aquella época estaba realizando una gira europea de conciertos de este tipo. Junto a él viajaba Manfred Eicher, productor musical y fundador del sello discográfico ECM, que acompañaba al pianista y se encargaba de registrar algunas de aquellas interpretaciones.
Eicher tenía un enorme interés en documentar aquella música improvisada. Sabía que estaba sucediendo algo especial y quería conservarlo.
Y así fue como los caminos de Keith Jarrett, Manfred Eicher y Vera Brandes terminaron cruzándose.
Con el compromiso del pianista, la joven promotora comenzó a vender las entradas. Quizá con conseguir llenar la mitad del auditorio habría sido suficiente para sacar adelante su aventura.
Pero ocurrió algo que ni ella misma esperaba.
Las entradas empezaron a venderse a una velocidad extraordinaria. Y no se vendieron la mitad. Ni tres cuartas partes. Se agotaron todas.
Vera había conseguido llenar el auditorio de la Ópera de Colonia.
Había logrado vender alrededor de 1.400 entradas para un concierto de jazz que comenzaría a las once y media de la noche, en pleno invierno alemán, y cuyo protagonista sería un pianista que iba a improvisar durante toda la velada.
La joven había conseguido su sueño. Pagó los honorarios del músico, organizó el viaje y dejó todo preparado.
Keith Jarrett, por su parte, tenía una exigencia muy concreta para aquella actuación: quería tocar un Bösendorfer Imperial.
Se trataba de uno de los grandes pianos de concierto del mundo. Un instrumento gigantesco, de casi tres metros de longitud, con una extensión extraordinaria y una potencia sonora capaz de llenar por sí solo un auditorio.
Jarrett conocía aquel piano y sabía perfectamente lo que podía hacer con él.
Todo parecía estar preparado para una noche memorable.
Pero el destino tenía otros planes.
Y aquí comienza una de las sucesiones de desgracias más increíbles que se recuerdan en la historia de la música.
El concierto estaba programado para el 24 de enero de 1975. Keith Jarrett y Manfred Eicher tenían que desplazarse desde Zúrich hasta Colonia.
En lugar de tomar un avión, decidieron ahorrar algo de dinero y hacer el trayecto en coche. Viajaban en un pequeño Renault 4, un automóvil bastante modesto para afrontar un recorrido de cientos de kilómetros en pleno invierno.
La lluvia y el mal tiempo complicaron el viaje. Las carreteras no estaban en las mejores condiciones y el trayecto se convirtió en una auténtica tortura.
Jarrett, que arrastraba desde hacía tiempo problemas de espalda, comenzó a sufrir unos dolores terribles. El espacio reducido del vehículo tampoco ayudaba demasiado. Llegó a necesitar su corsé ortopédico para soportar el viaje.
Cuando finalmente llegaron a Colonia, el pianista estaba agotado, hambriento y con la espalda destrozada.
Pero todavía quedaba lo peor.
Al entrar en la Ópera y dirigirse al escenario para comprobar el instrumento, se encontraron con una sorpresa monumental.
El Bösendorfer Imperial que Jarrett había solicitado no estaba allí.
En su lugar habían colocado un pequeño piano de media cola, un antiguo instrumento que se utilizaba para los ensayos del coro y que llevaba bastante tiempo apartado de los grandes escenarios.
Era un piano completamente inadecuado para aquel concierto.
Y aquí hay un detalle curioso. Se ha contado muchas veces que los trabajadores del teatro se equivocaron al trasladar el instrumento. Sin embargo, la historia resulta algo más extraña. El gran Imperial había sido utilizado en una representación de ópera y estaba guardado bajo llave. La persona que tenía acceso a él no se encontraba disponible en aquel momento.
Fuera un error o una decisión deliberada, el resultado era el mismo: el piano que Jarrett necesitaba no estaba disponible.
El músico se acercó al instrumento que le habían preparado y comenzó a probar algunas teclas.
El desastre era absoluto.
Estaba desafinado. Algunas teclas no funcionaban correctamente. Había cuerdas en mal estado, los registros graves apenas tenían potencia y el pedal se atascaba.
Aquel pequeño piano no podía ofrecer ni de lejos el sonido que Jarrett necesitaba para llenar una sala de semejantes dimensiones.
El pianista estaba furioso. Después de aquel viaje infernal, de los dolores de espalda y del cansancio acumulado, aquello era sencillamente demasiado.
Comunicó que no podía tocar en esas condiciones.
Para Vera Brandes fue como si el mundo se derrumbara sobre ella. Había vendido todas las entradas, había pagado el alquiler del auditorio y había comprometido su dinero para traer al músico. Cancelar el concierto significaba perderlo prácticamente todo.
Pero la joven no estaba dispuesta a rendirse.
Pidió algo de tiempo. Intentaría encontrar una solución.
Consiguió que Jarrett y Eicher se marcharan a cenar mientras ella buscaba a un afinador de pianos de la ciudad.
El técnico llegó y se encontró con un instrumento que necesitaba mucho más que una simple afinación. Hizo lo que pudo. Ajustó las cuerdas, corrigió algunas notas, reparó los mecanismos que estaban a su alcance e intentó solucionar los problemas del pedal.
Fue un trabajo de emergencia. Un conjunto de reparaciones y pequeños arreglos que apenas consiguieron que aquel piano pudiera tocarse.
Pero no había otra alternativa.
Mientras tanto, Jarrett se encontraba cenando en un restaurante italiano cercano. Y tampoco aquello salió bien. Un retraso en la comanda hizo que apenas pudiera comer antes de la hora acordada para regresar al teatro.
Salió del restaurante enfadado, cansado y dispuesto a comunicar que no iba a tocar.
Pero entonces vio a Vera.
La joven estaba bajo la lluvia, completamente empapada y llorando. Había agotado todas sus posibilidades. Le explicó que no podía devolver el dinero de las entradas, que había pagado el alquiler de la sala y que, si el concierto no se celebraba, tendría que asumir unas pérdidas que sencillamente no podía afrontar.
Le pidió que, por favor, tocara aquella noche.
Y entonces sucedió algo que cambiaría la historia de la música.
Jarrett miró a aquella muchacha que había luchado tanto para organizar el concierto, que había conseguido llenar la Ópera de Colonia y que ahora estaba a punto de perderlo todo.
Y decidió darle una oportunidad.
Según se ha contado, sus palabras fueron:
«Voy a tocar por ti. Que no se te olvide».
Y con aquella decisión comenzó el milagro.
Jarrett regresó al teatro y habló con el afinador. Este le explicó que el piano tenía unas zonas aprovechables, fundamentalmente en su registro central, pero que debía evitar los graves y los agudos, donde los problemas eran mucho mayores.
El pianista tendría que adaptar su interpretación a las limitaciones de aquel instrumento.
No podía confiar en el sonido que esperaba encontrar. No podía tocar exactamente como había imaginado. Tendría que descubrir, sobre la marcha, qué podía hacer con aquel piano.
Y así, con la espalda dolorida, después de un viaje agotador, prácticamente sin haber comido y frente a un instrumento que cualquier pianista habría rechazado, Keith Jarrett salió al escenario.
El público lo recibió con una enorme ovación.
Jarrett respondió con una pequeña broma musical. Comenzó tocando la melodía que se utilizaba en la propia Ópera de Colonia para llamar al público a ocupar sus localidades.
Y después empezó a improvisar.
Lo que ocurrió a continuación pertenece ya a la leyenda.
Durante aproximadamente una hora, Jarrett construyó una música completamente nueva. Una música que no estaba escrita, que no había ensayado y que nadie podía haber previsto.
Tuvo que tocar con una fuerza extraordinaria para conseguir que aquel piano tuviera suficiente volumen, pero también con una delicadeza enorme para no forzar un instrumento que apenas se sostenía.
Fue adaptándose a sus limitaciones, buscando los registros que funcionaban, evitando aquellos que no respondían y construyendo melodías, ritmos y armonías con una libertad asombrosa.
Manfred Eicher, que había previsto registrar el concierto, grabó toda aquella interpretación.
Al terminar, el público respondió con una ovación extraordinaria.
La noche había terminado bien. Contra todo pronóstico, el concierto se había celebrado y los asistentes habían disfrutado de una actuación memorable.
Pero todavía quedaba una última sorpresa.
Al día siguiente, una vez descansados, Jarrett y Eicher escucharon la grabación.
Y lo que encontraron les dejó completamente asombrados.
Aquello no era simplemente el registro de un concierto que había conseguido salvarse de un desastre. Era una interpretación extraordinaria. Una obra musical con personalidad propia, con momentos de una belleza conmovedora y una intensidad que difícilmente podían haber imaginado antes de aquella noche.
Manfred Eicher tomó una decisión: aquella grabación merecía convertirse en un disco.
Así nació The Köln Concert, publicado por ECM en 1975.
Un álbum doble que recogía aquella improvisación en directo y que terminaría convirtiéndose en una de las grabaciones más importantes de la historia del jazz.
Su éxito fue gigantesco. Se vendieron millones de copias en todo el mundo y llegó a convertirse en el disco de piano solo de jazz más vendido de la historia.
Keith Jarrett alcanzó una popularidad internacional extraordinaria y aquella actuación quedó para siempre asociada a su nombre.
Hay algo especialmente hermoso en todo esto: la música que hoy escuchamos en uno de los grandes discos de piano de la historia nació de un instrumento defectuoso, de un viaje agotador, de una espalda dolorida y de una noche que estuvo a punto de terminar en una cancelación.
El propio Jarrett reconoció en diferentes ocasiones la importancia de aquellas circunstancias y de la manera en que las limitaciones del piano condicionaron su interpretación.
Y hay una última imagen que merece la pena recordar.
La fotografía que aparece en la portada del álbum muestra al pianista inclinado sobre el instrumento, concentrado, casi fundido con el piano. Es una imagen que ha terminado convirtiéndose en uno de los retratos más reconocibles de la historia del jazz.
Es la imagen de aquella noche imposible.
La noche en la que una joven de diecisiete años se negó a abandonar su sueño, un pianista decidió tocar cuando todo invitaba a marcharse y un piano que no debía haber estado allí terminó formando parte de la historia de la música.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de esta historia.
A veces pensamos que para conseguir algo extraordinario necesitamos que todas las circunstancias sean favorables. Que las piezas encajen, que tengamos los medios adecuados, que el camino esté despejado y que nada se interponga entre nosotros y nuestro objetivo.
Pero la vida no suele funcionar así.
A veces las cosas salen mal. A veces el instrumento no es el adecuado, el viaje se convierte en una pesadilla y cuando llegamos a nuestro destino descubrimos que nada es como habíamos imaginado.
Y, sin embargo, hay personas que, incluso entonces, son capaces de levantarse, de seguir adelante y de encontrar una manera de hacer algo extraordinario con lo poco que tienen.
Vera Brandes pudo haber cancelado aquel concierto. Keith Jarrett pudo haberse marchado. Y nadie les habría reprochado nada.
Pero aquella noche decidieron no hacerlo.
Y gracias a ello, hoy podemos escuchar una música que, cincuenta años después, sigue emocionando a millones de personas.
Porque a veces las grandes obras no nacen cuando todo es perfecto.
A veces nacen precisamente cuando todo parece estar en contra.
Y esa, queridos amigos, es la historia de una joven, un pianista y un piano imposible que terminaron haciendo historia.