Sean bienvenidos a su pianobar... ¿Les apetece un basito de Burbon? verán, entre el tiempo que tardan en preparar su mesa, dejenme que les cuente un Western... no se alarmen, verán.
El cine nos ha enseñado que el Salvaje Oeste era un lugar de forajidos a caballo, llanuras infinitas y duelos al sol. Pero el western no murió cuando se poblaron las fronteras; simplemente cambió de rostro. En el año 2016, si una película moderna,pues dicho film capturó a la perfección la esencia del neo-western moderno. Hablo de Comanchería —o Hell or High Water, en su título original—. Una obra maestra dirigida por David Mackenzie y escrita por Taylor Sheridan. Que si no la has visto, creeme que tienes que poner de inmediato remedio al asunto.
Bueno, que me voy por las ramas, Comanchería nos sitúa en el Texas actual. Bueno, un Texas actual que parece atrapado en un bucle temporal de polvo, asfalto y desesperación. La trama, en la superficie, parece sencilla: dos hermanos, Toby y Tanner Howard, se dedican a atracar pequeñas sucursales de un mismo banco, el Texas Midlands Bank. Pero no lo hacen por codicia. Lo hacen por una justicia poética y desesperada: quieren pagar la hipoteca de la granja familiar que ese mismo banco les está intentando arrebatar tras la muerte de su madre. Es una carrera contrarreloj antes de que un veterano Ranger de Texas, a punto de jubilarse, intente darles caza.
Detrás de la adrenalina de los atracos, la película es un puñetazo social. No nos habla de la violencia gratuita, sino de la violencia del sistema. Los villanos aquí no llevan máscara; llevan trajes de tres piezas y ejecutan desahucios. A lo largo de las carreteras que recorren los protagonistas, el paisaje está devorado por carteles de «Préstamos rápidos», «Se vende» y «Ejecución hipotecaria». Es el retrato de una América empobrecida, abandonada a su suerte, donde la delincuencia no es una opción de vida, sino el último recurso de supervivencia.
Para sostener una historia así, necesitas gigantes. Y la película los tiene. Chris Pine y Ben Foster brillan como los dos hermanos: uno es la mente fría y herida; el otro, una bomba de relojería salvaje. Y en el otro lado de la ley, persiguiéndolos como un sabueso cansado pero implacable, está Marcus Hamilton, interpretado por un magistral Jeff Bridges. Hamilton representa el viejo orden que se apaga, un hombre que dialoga con su compañero nativo americano mediante un humor ácido, casi cruel, pero que esconde un profundo respeto mutuo y tambien nos habla de algo más mundano, el miedo al vacío de la jubilación.
Pero hoy, en este podcast, no vamos a hablar de los hermanos Howard. No vamos a analizar la jubilación del Ranger de Texas, ni vamos a debatir sobre la crisis de las hipotecas subprime en el sur de Estados Unidos.
Hoy queremos hacer algo diferente. Queremos detener el tiempo y fijar nuestra mirada en los márgenes del encuadre. Porque la grandeza de una película no solo se mide por el peso de sus protagonistas, sino por la verdad que respira el film y alguien dijo una vez que el guión es tan bueno como lo es el personaje con menos dialogo del film. y si de verdad eso es así... esta película debería de estar en la cumbre más alta por que quiero hablar de uno de esos personajes que apenas están unos minutos en la pantalla.
Verán, lo que pasa en la escena es esto. Los dos Rangers se sientan a la mesa del típico restaurante del sur del oeste americano. Están cansados, sudorosos. El personaje de Jeff Bridges, Marcus Hamilton, se quita el sombrero vaquero y se repantiga en la silla con la autoridad que le dan la placa y los años. Esperan el menú, esperan la típica cortesía sureña. Pero lo que se acerca a la mesa no es la típica camarera de sonrisa plástica de las franquicias de carretera, guapa, rubia y servicial.
Es Margaret Bowman una mujer que siendo generosos supera los 80 años de edad. Delantal blanco, libreta en mano, andar pesado y una expresión facial que se debate entre el aburrimiento soberano y el desafío absoluto. Ella no les da las buenas tardes. No les pregunta qué tal les va el día. Directamente, les suelta un monólogo que destruye cualquier ilusión de libre albedrío culinario.
«¿Qué es lo que no van a querer?», les pregunta. Sí, lo han oído bien. No les pregunta qué quieren, sino qué no quieren. Ante la confusión de los policías, ella pasa a dictar la ley del local con la firmeza de un juez del tribunal supremo. Lleva veinticuatro años trabajando allí, y en veinticuatro años solo ha servido una cosa: filete de ternera. Así que la elección real es mucho más simple, casi binaria. La carne se sirve con patatas asadas o con judías verdes. Punto.
El Ranger Alberto, intentando ser amable, le pregunta si puede pedir ambas cosas. La respuesta de la mujer es una mirada fulminante. Un «no» seco que corta el aire.
Marcus Hamilton, divertido por la situación y queriendo tirar del hilo, interviene con esa voz rota suya. Le pregunta: «¿Es que nadie pide nunca otra cosa?». Y es ahí donde la camarera corona su actuación con una frase lapidaria, un viaje nostálgico e hilarante al pasado del pueblo.
Con los ojos entrecerrados, como quien recuerda una grave ofensa del siglo anterior, responde que una vez, en 1976, un tipo estirado de Nueva York entró por esa puerta y pidió trucha. La cara de la mujer al pronunciar la palabra «trucha» es un poema; parece que estuviera nombrando un pecado capital. ¿Y cuál fue el destino de aquel neoyorquino pretencioso? La camarera remata: «No servimos trucha. Así que le traje filete con patatas. Y se lo comió».
Derrotados por una anciana armada con un bolígrafo y un bloc de notas, los dos imponentes Rangers de Texas bajan la cabeza. No hay negociación posible. Hamilton pide la carne con patatas; Alberto, resignado, la pide con judías. La camarera apunta el veredicto en su libreta, se da la vuelta sin dar las gracias y regresa a su puesto tras la barra, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
Es una escena que dura apenas dos minutos en pantalla, pero que funciona como un tiro. Es divertida, sí. Nos hace sonreír por el choque de trenes entre la autoridad de la ley y la autoridad de una trabajadora incansable. Pero debajo de las risas, Taylor Sheridan nos está regalando una radiografía perfecta de un lugar. Nos está enseñando los dientes de un Texas que se niega a cambiar, que odia que le digan cómo hacer las cosas y que prefiere extinguirse antes de servirle una maldita trucha a un tipo de Nueva York.
El personaje de esta camarera, interpretado de forma impecable por Margaret Bowman, es el ejemplo perfecto de un personaje realizado con cariño. Taylor Sheridan, el guionista, no escribió esa escena para rellenar minutos de metraje. No es paja. Está trabajada al más mínimo detalle, pulida como si fuera el monólogo del protagonista. Porque a través de esa anciana de mirada cansada y carácter de hierro, el espectador entiende el contexto de la película mucho mejor que con cualquier cartel explicativo. Entiende la resistencia de un mundo que se desvanece y Da gusto ver la verdad que un guionista nos puede regalar cuando respeta su oficio. Cuando respeta al público. En un Hollywood que muchas veces parece fabricar personajes secundarios con plantillas de cartón piedra, encontrarse con esta joya es un oasis en el desierto. Esa camarera octogenaria está a años luz de un cliché; es la viva imagen de miles de personas reales que sostienen la América profunda con sus delantales, sus madrugones y sus manos gastadas. En un film que habla de eso, de que el esfuerzo no cuenta, sólo la boracidad de un mundo que ha perdido los valores humanos
Y es que Comanchería es eso. Un film glorioso que no te suelta desde el primer atraco hasta los títulos de crédito finales. Una película que es, al mismo tiempo, un thriller impecable, un drama fraternal desgarrador y un retrato social de nuestro tiempo. Es una película que, si no la has visto, tienes que ver. Es una deuda pendiente con el buen cine.
Cuando te sientes en el sofá, apagues las luces y te dejes llevar por el polvo y la música de las carreteras de Texas, quiero que estés atento. Disfruta de la persecución, sufre con los hermanos Howard, asómbrate con la imponente presencia de Jeff Bridges... pero espera el momento.
Espera a que los Rangers detengan su coche frente a ese restaurante de formica. Espera a que se abra la puerta y suene el tintineo del cascabel. Y cuando veas aparecer a esa mujer con su libreta, cuando la oigas preguntar qué es lo que no quieren comer, y te hable de aquel estirado de Nueva York del año 76... quiero que sonrías.
Espero que, justo en ese preciso instante, me recuerdes. Que te acuerdes de este podcast y compartas esa sonrisa cómplice que solo el cine de verdad nos puede arrancar. Esa mueca de satisfacción genuina, limpia y reconfortante que se te queda en el rostro cuando disfrutas de algo auténtico. La misma sonrisa que se tiene, sin trampa ni cartón... al disfrutar de un buen filete con patatas.
Gracias por escucharme y creo que ya tienen su mesa preparada, así que colorín colorado, esta historia de una camarera implacable ha terminado