viernes, 17 de julio de 2026

lA MAQUINA DE ISOLACION

 Buenas noches. Pasa, toma asiento. Te noto en la mirada, en la forma de arrastrar los pasos, que hoy no ha sido un buen día. Deja las prisas ahí fuera, de verdad. Quédate un rato aquí.

No pretende ser un consuelo barato, pero a veces ayuda recordar que esos días grises, esas jornadas donde parece que cada decisión que tomamos es el desvío equivocado, nos ocurren a todos. Absolutamente a todos. Incluso a las mentes más brillantes, a los visionarios que cambiaron el mundo, les ha tocado alguna vez mirarse al espejo y preguntarse: "¿En qué estaba pensando?".

Déjame hablarte hoy de un hombre llamado Hugo Gernsback.

Si te apasiona mirar al futuro, su nombre debería estar grabado en tu memoria. Su leyenda es tan inmensa, tan fundacional, que los premios más prestigiosos del mundo de la ciencia ficción, los Premios Hugo —esos que han ganado monstruos de la literatura como Isaac Asimov, Philip K. Dick o Arthur C. Clarke— se llaman así, precisamente, en su honor.

Gernsback no solo imaginaba el mañana; lo construía. Llegó a Estados Unidos desde Luxemburgo a principios del siglo XX y se convirtió en un torbellino. Fundó Amazing Stories, la primera revista dedicada exclusivamente a lo que hoy conocemos como ciencia ficción. Tenía una puntería asombrosa para los negocios y para las predicciones. En sus escritos y revistas acertó de forma casi profética: habló de la televisión mucho antes de que existiera en los hogares, predijo el uso de la energía solar, los radares, la automatización e incluso las citas por videollamada. El tipo era un titán, una mente conectada directamente con el futuro.

Pero... sí, ya sabes hacia dónde voy. Hasta el mismísimo Hugo Gernsback tuvo un día terrible. Un día en el que la inspiración se le torció por completo.

Imagínate la escena. Nueva York, mediados de la década de 1920. Las ciudades están creciendo a un ritmo frenético. Los coches rugen en las calles, los tranvías chirrían, las máquinas de escribir repiquetean sin cesar en las redacciones y los teléfonos no paran de sonar. Hugo está en su despacho. Necesita concentrarse, necesita escribir sus editoriales, pulir sus inventos... pero el ruido del progreso es ensordecedor. Se lleva las manos a la cabeza, frustrado. No puede pensar.

Y ahí, en medio de la desesperación por el ruido exterior, es donde nace la chispa. Una chispa que, en su mente, parecía una genialidad, pero que el tiempo juzgaría de una manera... un tanto diferente. Hugo decidió que iba a erradicar las distracciones del mundo. Iba a inventar la solución definitiva para el trabajador moderno.

Lo llamó: La Máquina de Isolación.

Como esto es un podcast y solo tenemos el sonido y nuestra imaginación, quiero que visualices lo que Hugo presentó con orgullo en su revista Science and Invention en 1925. No te imagines unas sutiles almohadillas para los oídos o un biombo elegante. No.

Imagina un casco. Pero un casco enorme, macizo, hecho completamente de madera pesada, que te cubría la cabeza entera y se apoyaba de forma dolorosa sobre tus hombros. Parecía una mezcla entre el casco de un buzo antiguo de alta mar y la máscara de un verdugo medieval. Era un armatoste completamente oscuro, sin más aberturas que dos pequeños visores de cristal para los ojos.

Pero claro, Hugo pensó en todo... o eso creía él. Al estar completamente sellado para que no entrara ni un solo decibelio del ruido de la calle, el inventor se dio cuenta de un pequeño detalle técnico: el usuario se asfixiaría en un par de minutos con su propio dióxido de carbono. ¿La solución de Gernsback? Conectarle al casco, mediante unos tubos de goma gruesos, una pesada bombona de oxígeno puro que el escritor debía colocar al lado de su escritorio.

Visualiza la estampa: estás en tu oficina intentando redactar una carta y, para concentrarte, te calzas un casco de buzo ciego y sordo de varios kilos, conectado a un tanque de gas, mientras miras el papel a través de dos rendijas diminutas en las que Hugo, además, pintó unas líneas negras para que solo pudieras ver estrictamente la línea que estabas escribiendo. Nada de visión periférica. Nada de comodidad.

El invento, como habrás adivinado, fue un desastre absoluto.

Aquello no era una ayuda para la concentración; era una cámara de tortura voluntaria. Cualquiera que se pusiera el artefacto durante más de un breve momento empezaba a experimentar los efectos colaterales de aquella genialidad. El peso del casco destrozaba el cuello y los hombros. Los cristales de los ojos se empañaban casi de inmediato por el calor de la respiración, anulando cualquier posibilidad de lectura. Por si fuera poco, el flujo constante de oxígeno artificial a través de los tubos generaba un siseo metálico y monótono que terminaba provocando dolor de cabeza, mareos y una profunda sensación de claustrofobia. En lugar de inspirar grandes ideas, la máquina de isolación inducía al pánico o a una tremenda fatiga en todo aquel que la probara.

A Hugo le costó admitirlo. Al principio defendía su criatura con la cabezonería propia de los grandes genios. Posó él mismo con el casco puesto para la fotografía oficial de la revista, intentando lucir digno y productivo mientras parecía un villano de cómic de bajo presupuesto. Estaba convencido de que el mundo simplemente no estaba preparado para su nivel de disciplina laboral.

Pero el mercado y el sentido común hablaron. Nadie quería trabajar pareciendo un astronauta atrapado en un búnker de madera. Nadie quería arrastrar una bombona de oxígeno para rellenar un libro de contabilidad.

Con el tiempo, el bueno de Hugo tuvo que guardarlo en el cajón de los proyectos fallidos. El trance pasó. La Máquina de Isolación jamás llegó a fabricarse en masa, y el tanque de oxígeno volvió a los laboratorios de donde nunca debió salir.

¿Andas dándole vueltas a tu propio error? Pues fíjate en lo bonito de todo esto. Hoy en día, casi un siglo después, nadie recuerda a Hugo Gernsback como un fracasado. Nadie juzga su brillante carrera por aquel casco absurdo de 1925. Aquel desastre momentáneo, que seguramente le costó dinero, bromas y algún que otro dolor de cabeza, ha quedado reducido a lo que realmente es: una simple anécdota. Una curiosidad divertida en las páginas de la historia de la tecnología.

Porque al final de la jornada... el tiempo es un filtro maravilloso. Lo único que perdura, lo único que realmente deja huella, son las buenas cosas. Los aciertos, la pasión que le pones a lo que haces, las historias que logras inspirar en los demás. Los "Premios Hugo" se siguen entregando cada año para celebrar la grandeza de la imaginación humana, no para recordar un mal día en un despacho de Nueva York.

Así que... mírate. No te preocupes por lo que haya salido mal hoy. Mañana será otro día, el sol volverá a salir, y este tropiezo de hoy no será más que otra pequeña anécdota en tu propio gran libro.

Por eso te digo que no te preocupes. Tómate tu tiempo, descansa... y hasta el próximo programa

lunes, 13 de julio de 2026

Te van a matar 2026

 Cuantas veces te han engañado y has sido feliz, me imagino que con el truco de un predistigitador. pues algo parecido ocurre con esta película, cualquier persona que vea la película pensará que es una producción independiente norteamericana rodada en la ciudad de Nueva Yorck y en cierta forma ese es el truco de magia, ya que ni es completamente Estadounidense, la producción esta coproducida por Sudafrica, los EE.UU. y Canadá y tampoco es Nueva York si no Ciudad del Cabo en sudafrica.

Con una película de esas que vas al cine o te sientas en el sofá de tu casa y no esperas absolutamente nada de ella y te acabas llevando una sorpresa de lo más gratificante.

Hablemos de la película y seamos completamente sinceros desde el minuto uno. Vivimos en una época en la que parece que toda película que se estrena tiene que ser una obra maestra revolucionaria, el nacimiento de un nuevo género, o una crítica social profunda que te deje pensando durante tres semanas. Y, oye, eso está genial. Nos encanta el cine de autor. Pero... ¿qué pasa con esos días en los que vienes reventado de trabajar, o de estudiar, y lo único que te pide el cuerpo es apagar el cerebro y disfrutar?.

Pues la película de la que vengo a reseñaros, pertenece por derecho propio, a ese selecto grupo de producciones. Ese cine de entretenimiento puro y duro. Muy, pero que muy palomitera. Es de esas películas que huelen al maiz cuando se tuesta desde los créditos iniciales. Y sabéis qué? Que para mí, ese es su mayor punto a favor: su absoluta honestidad.

Esta cinta no engaña a nadie. prometiendote una historia filosófica que va a cambiar tu percepción de la existencia, ni se disfraza de lo que no es para rascar una nominación al Oscar. Sabe perfectamente a lo que juega. Te dice: "Mira, soy esto. Te voy a dar acción, te voy a dar tensión, te voy a hacer reír y te lo vas a pasar de miedo durante hora y media. ¿Te subes al carro?". Y esa falta de pretensiones, amigos míos, en el panorama cinematográfico actual de este año 2026, es un soplo de aire fresco tremendo.Y es un "sí" rotundo.

Y ahora si, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia con todos ustedes el film rodado en el 2026 por Kirill Sokorov, Te van a matar. Una de las sorpresas más gamberras de este año.

Bueno, puede ser que el director ruso no te suene de nada y es que en su filmografía este es su tercer largo, pero es ya un asiduo al Festival de cine fantástico de Sitges donde ya estuvo nominado como mejor película con su opera prima ¿Por que no te mueres?.

Si Kirill tiene un aspecto en el que destaca es el ritmo, parece que en un don innato y viendo sus trabajos anteriores, ya sabíamos que este realizador tiene una mano brutal para mantener al espectador pegado a la pantalla sin dejar que baje la adrenalina. 

Siempre se ha caracterizado por un estilo muy visual, muy dinámico y encima aquí se beneficia de un presupuesto altisimo para ser cine de terror, ni más ni menos 20 millones de dólares. Permiten tener una producción que empata con cualquier gran producción con unos escenarios art deco ricos y preciosistas que hacen del juego de cámara y composición una delicia hasta para el paladar más exigente.

Pero el director no ha querido darnos una película de terror gótico y contemplativo, ha decidido dar un paso más allá y desatarse por completo. Y aquí viene en lo que destaca este film por encima de otros, se nota a leguas que ha bebido directamente de las fuentes del cine de acción asiático. Hay una clarísima inspiración tanto en el cine japonés más frenético y gamberro como en el thriller de acción coreano. 

Hay secuencias de combate, persecuciones en pasillos y coreografías de una violencia tan estética y milimétrica que os recordarán ese tipo de cine. De hecho, hay un par de planos secuencia específicos en mitad de la película que visualmente  podrían pertenecer perfectamente al mismísimo universo de "Oldboy". Esa crudeza, ese uso de la perspectiva lateral, esa sensación de que cada golpe duele de verdad,  con una elegancia visual increíble... Es una auténtica delicia técnica para los que disfrutan del cine de acción.

Pero bueno, ¿de qué va exactamente "Te van a matar"? Vamos con la sinopsis, por supuesto, libre de spoilers  para no arruinaros la experiencia, ya sabéis que es una norma del canal.

Asia Reeves y María son dos hermanas que intentan huir de un padre maltratador, en su escapada la hermana mayor dispara al padre y es condenada a prisión, cuando sale encuentra empleo en un hotel cómo doncella, allí todo es lujo y buen trato, con una ama de llaves encantadora, la señora Lyli Woodhaouse. pero pronto todo va a cambiar y lo que parece una apacible jornada de trabajo se convertirá en una noche sangrienta. Y hasta aquí te voy a contar, el resto de película tienes que verla tu.

Y es que la historia nos retrata a una persona completamente normal, de lo más común, que por un terrible error de cálculo o por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado,algo que hacía de una forma magistral hitchcock y que funciona tan bien en este género, al final la protagonista termina cruzándose en el camino de la gente equivocada y a partir de ahí, la película hace honor a su título desde el primer acto: se desata una auténtica cacería humana.

Lo que empieza como una noche aparentemente normal se convierte en una carrera contrarreloj por la supervivencia. Nuestro protagonista tendrá que usar todo lo que tiene a mano (y cuando digo todo, es todo) para escapar de un grupo de perseguidores a cada cual más desquiciado y variopinto. La trama avanza a un ritmo endiablado; no hay tiempos muertos. Cada vez que el espectador, y el propio personaje, intentan tomar un respiro, la película te mete un nuevo giro o una nueva secuencia de acción que te vuelve a sentar de golpe. Es una estructura de "gato y ratón" llevada al extremo más físico y gamberro posible. 

Con una propuesta así de loca, es normal que sea carne de plataforma, tras un breve periplo por las pantallas despues de su estreno en el festival de cine de South and Southwest de Austin ha terminado en el catálogo de Hbo Max que es donde lo puedes ver en la actualidad, pero si pensáis que es una obra menor, os equivocaríais por completo. Uno de los puntos más interesantes de "Te van a matar" es su calidad tanto estética como artistica donde destaca Una Patricia Arquette como siempre descomunal y arropada por actores y actrices como Tom Feltonm, Hether Graham, Peterson Josheph y la actriz protagonista Zazie Beetz.

En definitiva, y para ir cerrando esta reseña: ¿es "Te van a matar" una película que va a pasar a la historia del cine? ¿Va a estudiar el plano secuencia de los pasillos en las universidades de cinematografía dentro de cincuenta años? Seamos realistas: no. Seguramente no invente nada nuevo bajo el sol a nivel ni conceptual ni técnico. Pero es que... ¡tampoco lo busca!

Como os decía al principio, es un film de entretenimiento sobresaliente. Es un cóctel perfecto que mezcla un terror suave, de ese que te da algún que otro sobresalto pero sin llegar a dejarte traumatizado, con muchísimo humor negro. Un humor muy gamberro, muy autoconsciente, que rebaja la tensión en los momentos idóneos y te saca una carcajada en mitad del caos.

Es, sin duda alguna, la opción perfecta para esos días en los que llegas cansado a casa, en los que los problemas del mundo real son demasiado como para meterte con un drama y no te apetece comerte la cabeza con tramas enrevesadas.

Verás, te pones "Te van a matar", te preparas un buen bol de palomitas, te dejas llevar por su ritmo frenético, te ríes con sus burradas y disfrutas del viaje. Por que este film cumple su promesa de hacerte pasar un rato divertidísimo. Y esta honestidad se agradece

Por mi parte, se lleva una recomendación total. Si os gusta el cine de acción con toques orientales, el gore divertido y el entretenimiento sin filtros, tenéis que verla ya y más sabiendo que está en el catálogo de HBO y bueno, con esto me voy a despedir esperando que te haya gustado la reseña y me hayas regalado un like, que si no te has suscrito aún lo hagas, nos encantará verte de nuevo por aquí y si puedes y estás a tiempo regalanos un Hype.

Así que nada, ser inmensamente felices o luchar por ello, no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma, que vivas el cine 

 


 

 

 

 

jueves, 9 de julio de 2026

Una historia verdadera el film de Lynch

 Buenas noches. Pasa, pasa... siéntate ahí, en la barra. Así mientras te tomas lo de siempre y si quieres hablamos un rato.

Verás En este bar entra mucha gente. Unos se quedan horas, te cuentan su vida entera, sus dramas, sus divorcios... y al día siguiente ni te acuerdas de sus nombres. Pero luego... luego están los otros. Los que entran, piden un vaso de agua, se sientan en la esquina, te dicen una sola frase lapidaria que te vuela la cabeza, pagan y se van. Y se quedan a vivir en tu mente para siempre. Vaya paradoja.

En el cine pasa exactamente lo mismo. Nos obsesionamos con los grandes protagonistas, los que están en pantalla dos horas sufriendo y llorando. Pero hoy quiero hablarte de la aristocracia del cine: los actores de reparto. Esos personajes minúsculos, con tres líneas de diálogo, que aparecen cinco minutos en una película ya se adueñan de ella. Esos que, cuando terminan los créditos, te los llevas a casa contigo. Hoy quiero hablarte de uno de ellos.

Si yo te digo el nombre de David Lynch... ¿qué te viene a la cabeza? Pesadillas, habitaciones rojas, enanos que hablan al revés, la perturbadora atmósfera de Carretera Perdida, la densidad de El Hombre Elefante, o la ambición incomprendida de aquel primer Dune. Lynch es el rey del surrealismo, de lo bizarro, de lo incómodo.

Si yo te preguntara qué productora de Hollywood jamás, bajo ningún concepto, ficharía a un director que filma orejas cortadas llenas de hormigas en el césped... me dirías, sin dudarlo, que Disney. Disney está a años luz de ese universo tan personal, tan Lynch.

Pues bien, la realidad siempre supera a la ficción. En 1999 se dio el eclipse más extraño de la industria: Walt Disney Pictures distribuyó una película dirigida por David Lynch. Pero no es que Lynch se hubiera vuelto comercial, ni que Disney se hubiera vuelto siniestra. Es que ambos se rindieron ante una historia real tan absurdamente luminosa que solo un genio de la atmósfera podía rodar sin caer en la cursilería. Hablo de Una historia verdadera (The Straight Story).

La sinopsis de esta película es, sobre el papel, una locura minimalista. Es la aventura de Alvin Straight, un anciano de 73 años, medio ciego, con las piernas destrozadas y un enfisema pulmonar. Alvin se entera de que su hermano Lyle, con el que lleva diez años sin hablarse por culpa de una estúpida discusión de viejos orgullosos, ha sufrido un infarto.

Alvin no tiene carné de conducir. Tampoco quiere que nadie lo lleve. Él necesita hacer ese viaje bajo sus propios medios. Así que engancha un remolque a una vieja y lenta cosechadora de césped de la marca John Deere y de un año tan lejano como 1966... y se lanza a la carretera. Su objetivo: recorrer 1000 millas, cruzando dos estados, a una velocidad máxima de 8 kilómetros por hora.

Es una película brillante, enternecedora y bellísima. Es una 'road movie' a paso de tortuga que nos habla de la realidad de las personas que están en el invierno de sus vidas. Ese territorio crepuscular, ese club exclusivo de la vejez que solo ellos comprenden. Un mundo donde el tiempo ya no se mide en minutos, sino en recuerdos y en el peso de los errores que ya no tienes tiempo de cometer. Alvin no viaja en una cosechadora por capricho; viaja así porque el viaje en sí mismo es su penitencia, su forma de quemar el orgullo antes de llegar a los ojos de su hermano y, simplemente, pedir explicaciones. Sin reproches. Solo dos ancianos sentados en un porche mirando las estrellas. 

Pero para que un viaje de mil millas a ocho kilómetros por hora funcione en el cine, las paradas en el camino tienen que ser mágicas. Y aquí es donde David Lynch y los guionistas demuestran una finura brutal. En el pueblo de Alvin, antes de partir, hay una escena minúscula. Dura apenas un par de minutos. Es la visita de Alvin a la ferretería local.

Aquí entra nuestro protagonista de hoy. No sabemos su apellido, solo sabemos que se llama Pete. Es el anciano tendero de la ferretería, interpretado de forma magistral por Ed Grennan.

Cualquier otro director habría filmado la compra de un accesorio como un trámite aburrido: el protagonista entra, paga, coge el objeto y se va. Pero Lynch entiende que en el mundo de estos ancianos, una transacción comercial en una ferretería de pueblo es casi un duelo de alta estrategia, un ritual sagrado lleno de subtexto y psicología humana.

Vamos a meternos en la cabeza de Pete, el tendero. Imagínatelo. Un hombre que lleva toda la vida, décadas enteras, entre esos pasillos de madera que huelen a aceite lubricante, metal y serrín. Para Pete, los objetos de su tienda ya no son mercancía. Son suyos. Los conoce, los ha limpiado, los ha colocado durante años. Cada vez que vende un artículo, para él no es una venta... ¡es una despedida dolorosa! Es como decirle adiós a un amigo. Es desprenderse de un trozo de su propio existencia.

Y entonces entra por la puerta Alvin Straight. Alvin se mueve con una dificultad tremenda; para estos hombres, cualquier torsión de la espalda, el simple gesto de agacharse a mirar un estante inferior, es comparable a un ejercicio gimnástico de calidad olímpica. 

Entonces el tendero, al verle sabe algo terrible, viene a comprar. Ambos se miden las fuerzas con la mirada.

Alvin está buscando algo muy específico para su viaje: un agarrador, un brazo extensible con una pinza en el extremo. Pete va a buscarlo. Sabe perfectamente que es un objeto magnífico. Lo trae como quien transporta el Santo Grial. Pero... ¡ay amigo!... Pete no se lo quiere vender. Se resiste con todo su ser. Obviamente es el tendero, no puede negarse ya que es su oficio, así que utiliza la única arma que le queda: la guerra psicológica. Empieza a poner excusas y a interrogar a Alvin con la secreta esperanza de que este se canse, se eche atrás y le devuelva su preciado agarrador.

Escucha uno de sus diálogos, hay más, pero este me parece que demuestra muy bien de que estamos hablando, estate atento porque es oro puro:

Pete (con desconfianza): Es un agarrador estupendo. Maravilloso. De lo mejor que se ha fabricado. Pero... ¿para qué lo quieres exactamente, Alvin?

Alvin (flemático, mirándolo fijamente): Para agarrar.

Es una genialidad. "Para agarrar". ¿Para qué va a ser si no? Pero Pete no se rinde. Su ayudante, Sig, que está al lado observando la jugada, decide intervenir para presionar un poco más, intentando meter miedo con el precio a ver si por ahí Alvin claudica.

Sig: Cuesta quince dólares, Alvin. Es un precio alto.

Pete (asintiendo, intentando sabotear su propia venta): Sí, es caro. Es un dinero. Además... ¿has pensado bien qué vas a agarrar con él? Porque si intentas agarrar algo demasiado pesado... podría romperse. No está hecho para cosas grandes.

Es maravilloso ver cómo el tendero sufre por el destino del objeto en manos de Alvin. Teme que no lo cuide, teme que le exija demasiado. Está intentando desesperadamente que Alvin diga: "Bueno, pues déjalo, ya me apañaré de otra forma". Pero Alvin se mantiene firme, saca sus quince dólares, paga el rescate del agarrador y Pete se lo entrega con los ojos entornados, sufriendo por la marcha de su querido brazo de metal.

En menos de tres minutos, ese actor de reparto te ha dibujado una vida entera, una existencia que se agota igual que su mercancía, esa escena tierna y terca es lo más parecido a la magia en el cine.

Una historia verdadera es una obra maestra absoluta. Te la aconsejo con fuerza si no la has visto, y si ya la viste, vuelve a ella. Te limpia el alma. Nos recuerda que, a veces, para llegar a los sitios que de verdad importan, hay que ir muy despacio. Que la velocidad del mundo moderno nos hace perdernos los detalles del paisaje... y a las personas que habitan en él.

Bueno... se va haciendo tarde y tengo que recoger las mesas. Te dejo con un último pensamiento lúcido para la semana, ahora que hemos hablado de la vejez y de los achaques de Alvin y el tendero:

Cuida tu espalda, de verdad. Haz estiramientos. Porque llegará un día en que un simple estornudo fuerte mientras estás sentado en el sofá te dislocará tres vértebras y te obligará a ir a la ferretería a por un agarrador de quince dólares. Y créeme, no querrás tener que dar explicaciones de para qué lo quieres a un tendero como Pete.

Pues bien, ya te dejo con tu bebida, dejo que disfrutes del pianista y del ambiente por que colorín colorado esta historia de un tendero que se niega a vender ha terminado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 5 de julio de 2026

La mujer que humilló a 10,000 matemáticos (El Problema de Monty Hall)

 Qué alegría verles de nuevo por aquí. Síganme, por favor... les he reservado una mesa magnífica hoy, justo al lado del piano, donde las notas flotan mejor y el aire se siente un poco más ligero. Pónganse cómodos. ¿Qué les apetece tomar para empezar? ¿Lo de siempre? Perfecto. 

Saben...antes observaba la barra del bar y estaba viendo al barman limpiar 3 copas de cristal opaco y recordé un antiguo programa de televisión que creó primero una, simple discursión popular, luego un debate matemático y que terminó en estupor y el teorema llamado Monty Hall.

¿Cómo que no sabes que es? pues entonces mientras llegan sus bebidas les voy a contar una de las más apasionantes historias que ha dado el mundo de los concursos televisivos.

Verán, estamo en los Estados Unidos. En el año 1963. La televisión en color empieza a llenar las salas de estar y las familias se reúnen en torno a un programa que se convertiría en un auténtico fenómeno de masas. Su nombre: Let's Make a Deal —"Hagamos un trato", para los amigos—.

Originalmente se emitía en la cadena NBC, aunque más tarde pasaría también por la ABC, cautivando a millones de espectadores durante décadas. Era el clásico concurso televisivo lleno de luces, emoción y un público entregado que a menudo iba disfrazado con trajes ridículos solo para llamar la atención de las cámaras y ser elegido cómo concursante. En el centro de todo aquel torbellino, impecablemente trajeado y con una sonrisa magnética, estaba él: Monty Hall. Monty no era solo el presentador; era el co-creador del show y el alma absoluta del programa. Tenía un don especial para jugar con las emociones de la gente, era un maestro de la negociación rápida que ponía a prueba la codicia, el miedo y el sentido común de los concursantes en riguroso directo.

El concurso tenía muchas dinámicas, pero la que pasó a la historia de la ciencia, la psicología y la matemática fue su gran juego final. Imagínense la escena por un momento. Están allí, en medio del plató, bajo los focos parpadeantes que dan un calor insoportable. Los aplausos del público retumban en sus oídos. Monty Hall les mira fijamente, les pone una mano en el hombro y, con un gesto teatral, señala el fondo del escenario.

Allí hay tres majestuosas puertas cerradas. La número uno, la número dos y la número tres.

El funcionamiento del juego parece ridículamente sencillo. Detrás de una de esas puertas hay un premio espectacular, el gran sueño americano: un coche nuevo, reluciente. Pero detrás de las otras dos puertas... no hay nada de valor. Bueno, en realidad hay algo: el programa colocaba un par de cabras vivas para burlarse un poco del perdedor. Si eliges la puerta del coche, te lo llevas a casa; si eliges una cabra, te vuelves con las manos vacías y algún chiste del presentador y la cabra.

Pero aquí es donde entra la genialidad psicológica del programa y el verdadero dilema, ese que divide al publico en sies y noes, que hace dudar al jugador, creando una tensión increíble al espectador que acaparaba gran parte de la audiencia. 

Verán, el concursante elegía una puerta, da igual, la uno podemos decir, tras eso Monty Hall miraba guasón al concursante y se acercaba a una de las puertas que quedaban cerradas y la abría y salía la cabra, ahora Hall miraba al espectador y le decía, una de las dos tiene el coche, te quedas con tu puerta o la cambias. El público explotaba dividido, algúnos decían quedatelá, otros cambia. Y esa decisión dividía completamente al publico tanto del directo como en sus casas.

Para entender cómo este juego de televisión se convirtió en una guerra nacional, tenemos que dejar el plató de Monty Hall y viajar a una oficina en Nueva York, casi treinta años después. Es septiembre de 1990. Imagínense a una mujer sentada frente a su mesa, rodeada de cartas. Su nombre es Marilyn vos Savant.

Marilyn era una escritora y columnista. Pero el mundo entero la conocía por una peculiaridad asombrosa: unos años antes, el Libro Guinness de los Récords la había catalogado oficialmente como la persona con el coeficiente intelectual más alto del mundo, registrando una puntuación de 228. Una cifra estratosférica.

En la revista Parade, tenía una sección que se llamaba "Ask Marilyn" —Pregúntale a Marilyn—. Allí, lectores de todos los rincones del país, desde estudiantes de colegio hasta ingenieros aburridos, le enviaban acertijos lógicos, paradojas matemáticas o dudas filosóficas para ver si eran capaces de hacerla fallar en su afirmación. Marilyn respondía a todo con una agudeza y una sencillez desarmantes. 

Hasta que un día llegó una carta que parecía una más del montón. Estaba firmada por un lector llamado Craig F. Whitaker. Craig dónde le preguntaba por el juego de las tres puertas de Monty Hall y le ponía en la duda de tantos concursantes, cambiaría la puerta o se quedaría con la suya.

Marilyn escribió:

"Sí, debes cambiar. Si cambias de puerta, tienes muchas más probabilidades de ganar el coche, que si te quedas con la elegida al principio".

Ella argumentaba que, al quedarte con tu primera opción, tu probabilidad seguía siendo de solo un tercio, mientras que al cambiar, automáticamente te adueñabas de los dos tercios de probabilidad restantes.

Para el ciudadano de a pie, aquello sonaba absurdo. Pero lo divertido, y lo que desató la tormenta, es que no fueron solo los lectores comunes los que se llevaron las manos a la cabeza. Cuando esa página de la revista Parade llegó a las facultades de matemáticas, a los laboratorios de computación y a las oficinas de los académicos más respetados del país... se desató el caos absoluto. Pensaron que la mujer más lista del mundo se había vuelto loca.

Y lo que vino después... bueno, lo que vino después fue un linchamiento intelectual sin precedentes. 

el buzón de su oficina se desbordó. Recibió más de diez mil cartas. Pero lo asombroso, lo verdaderamente aterrador, es que cerca de mil de esas cartas venían firmadas por personas con un doctorado en matemáticas, física o estadística. Profesores de universidades prestigiosas, mentes brillantes del país que, en lugar de revisar sus propios cálculos, prefirieron usar su estatus para desacreditarlaa.

La llamaban ignorante, necia o egocéntrica.

Un doctor de la Universidad de George Mason le envió una nota que decía: "La has embarrado bien. Ya hay suficiente analfabetismo matemático en este país sin que la persona con el coeficiente intelectual más alto del mundo ayude a propagarlo. ¡Deberías avergonzarte!".

Otro profesor, de la Universidad de Florida, fue aún más condescendiente: "Permíteme sugerirte que, después de que los ánimos se calmen, estudies un libro de texto sobre teoría de probabilidades antes de intentar responder a tales preguntas de nuevo". Y un miembro de la mismísima Academia Nacional de Ciencias resumió el sentir de la turba con una sola frase cargada de desprecio: "¿Cuántos matemáticos indignados se necesitan para que cambies de opinión?".

Marilyn resistió la tormenta sola, en silencio, mirando aquellas cartas sobre su escritorio con una paciencia infinita, sabiendo simplemente que ella tenía razón.

Marilyn vos Savant vio aquel linchamiento y, en lugar de callarse o rectificar, decidió jugar su mejor carta contestar en la siguiente columna dominical. Les propuso un reto público a las escuelas y universidades de todo el país: "Hagan el experimento en sus aulas", escribió. "Cojan tres vasos, escondan un objeto debajo y jueguen a ser Monty Hall cien veces seguidas anotando los resultados. Dejen que los hechos hablen".

Y el país entero se puso a jugar. Desde niños de primaria hasta estudiantes de posgrado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Ante el reto, programadores en los laboratorios de Los Álamos en Nuevo México, empezaron a simular el concurso en computadoras. Y entonces... ocurrió la magia. Las pantallas y los vasos no mentían. Al jugar con la estrategia de quedarse con la primera puerta, solo se ganaba un treinta y tres por ciento de las veces. Pero al jugar con la estrategia de cambiar... ¡ganaban el sesenta y seis por ciento! Exactamente lo que Marilyn había predicho.

Uno a uno, los arrogantes académicos tuvieron que tragarse sus palabras. El caso más famoso fue el de Paul Erdős, uno de los matemáticos más prolíficos y brillantes de la historia, quien se negó en redondo a creer a Marilyn e incluso rechazó las pruebas formales sobre papel. Solo se rindió y pidió disculpas cuando le mostraron una simulación por computadora que demostraba la aplastante victoria de la lógica de Marilyn. Hubo portadas en el New York Times e incluso cartas públicas de disculpas de los mismos profesores que la habían insultado.

Y así, bautizado formalmente en honor al show, nació el Problema de Monty Hall pero no como el ejemplo perfecto de problema matemático, si no como un ejemplo palpable de  "ilusión cognitiva": cómo la intuición es capaz de engañarnos de forma radical aunque sea una mente brillante y cómo se niega la realidad aunque la muestren con experimentos irrefutables.

 Y bueno, ya llegan sus copas.

Para terminar dejenmé que les explique el secreto, para ello vamos a aumentar una puerta más. si les hago escoger una puerta de cuatro, tienen un 25% de haber elegido la correcta, ahora para dejarle con la duda de la elección, abro dos puertas más, dejando sólo una cerrada... como tengo que elegir la correcta, las posibilidades de que esa puerta sea la correcta es del 75% de posibilidades, sólo perderías si tuvieras tan mala suerte de haber acertado la primera vez, pero ese caso sólo se dará 1 de cada 4 veces.

Así que ya saben, si alguna vez se encuentran ante ese concurso, sólo recuerden a la buena de Marylin y el principio de Mounty Hall y siempre cambien de puerta.

 yo he terminado esta historia sobre como una mujer columnista y escritora, enmendó la plana a miles de profesores arrogantes, así que colorín colorado la historia del secreto de las tres puertas ha terminado 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 2 de julio de 2026

El mejor villano de la historia

 Personen que les haya hecho esperar. Sean bienvenidos una noche más a este rincón donde el tiempo se detiene. Pónganse cómodos, si aquí en esta mesa podrán disfutar del show que hoy les tenemos preparados, hoy viene un actor.

Si lo piensan bien, el oficio de actor es una de las profesiones más antiguas y fascinantes del mundo. Desde la antigüedad, estas almas han sido los juglares de la fantasía; primero prestando su cuerpo y su voz a la palabra escrita para el teatro bajo la luz de las antorchas, y hoy en día, atrapando la inmortalidad en el celuloide del cine o en formatos digitales de esos que tan de moda están.

Cualquier actor o actriz que se precie moriría por "el papel". Ese personaje definitivo, de los que el mundo recordará de por vida, una oportunidad única para desplegar todo su talento y grabarse a fuego en la memoria colectiva. Eso es lo que todo artista busca cuando firma su primer contrato.

Y eso... eso fue exactamente lo que le pasó a Andrew Robinson.

Quizá a muchos de nuestros clientes de esta noche en el bar no les suene de nada el nombre. Pero les juego el dedo meñique de mi mano izquierda a que, si les muestro su rostro, o si les hablo de su papel más famoso, sabrán perfectamente quién es. Pero no nos adelantemos... dejen que siga con la historia, hay que hacer tiempo hasta que lleguen sus bebidas.

Para entender cómo un hombre llega al borde del abismo de la fama, hay que mirar atrás.

 Andrew Robinson no era un improvisado que pasaba por allí. Era un actor de raza, un tipo formado en las prestigiosas tablas de Nueva York, con raíces profundas en el teatro de Shakespeare. Dominaba la voz, la corporalidad, la tensión dramática.

A finales de los años 60 y principios de los 70, Robinson se ganaba la vida combinando obras de teatro independientes, con pequeños papeles en la televisión de la época. Ya saben, las típicas series policíacas y dramas donde un actor joven tiene que demostrar que vale para esto.

Era un trabajador del arte, un hombre culto que buscaba su gran oportunidad en el cine. Hasta que un día de 1971, un guion llegó a sus manos. Un proyecto dirigido por Don Siegel y protagonizado por un tipo duro que ya era una leyenda: Clint Eastwood, le hizo desear con todas sus fuerzas que fuera seleccionado.

 El papel que le ofrecían a Robinson no era el del héroe, sino el de la sombra que justificaría la existencia del héroe. Era su billete a Hollywood... pero venía con letra pequeña.

La película, por supuesto, era Harry el Sucio (Dirty Harry). Cuando se estrenó en 1971, sacudió los cimientos del cine policíaco. Era una época de violencia cinematográfica cruda, reflejo de una sociedad estadounidense paranoica y golpeada por el crimen real. Harry Callahan representaba la justicia al límite de la ley, armada con un Magnum .44.

Pero un héroe tan implacable necesitaba un antagonista a la altura de su brutalidad. Y ahí entró Robinson, interpretando al asesino en serie de la película, un psicópata sádico, desequilibrado e impredecible al que en el guion bautizaron como "Escorpión" (Scorpio).

Aquí viene la genialidad del destino, o la ironía más absoluta de esta historia: el personaje de Escorpión estaba fuertemente inspirado en el asesino del Zodiaco, el monstruo real que aterrorizaba a California por aquellos años. De hecho, en un giro casi macabro del destino que mezcla realidad y ficción, el nombre que la policía y la prensa de la película le dan al asesino de la ficción coincide con el propio apellido del actor que le daba vida. El mal tenía el rostro y la energía desbocada de un Andrew Robinson soberbio.

El problema de hacer algo tan rotundamente espectacular... es que la gente te cree. La interpretación de Robinson fue tan visceral, tan perturbadora y tan sumamente creíble, que el impacto en el público fue inmediato, pero también terrible para él.

Tras el estreno de la película, la línea entre el actor y el personaje se difuminó en la mente de los espectadores. Robinson empezó a recibir amenazas de muerte en su propia casa. La gente le insultaba por la calle, le miraban con auténtico terror y desprecio en los restaurantes, los ojos del público no veían a un actor neoyorquino celebrando su éxito; veían al monstruo que disparaba a inocentes desde las azoteas de San Francisco. Fue un precio altísimo. El precio de haber sido demasiado bueno. Su gran papel se convirtió, de la noche a la mañana, en su propia jaula.

Y sin embargo, damas y caballeros, nada más lejos de la realidad. Quienes conocen a Andrew Robinson saben que detrás de esa mirada desquiciada que inmortalizó en el cine, se esconde un hombre extraordinario. Robinson es un intelectual, un tipo profundamente culto, amable, de una calidez humana inmensa.

Y lo más irónico de todo: es un pacifista convencido y un militante activo contra el uso y la venta de armas en los Estados Unidos. El hombre que obligó a Harry el Sucio a sacar el revólver más grande del mundo, odia las armas en la vida real. De hecho, se dice que durante el rodaje tenían que parar las tomas porque Robinson parpadeaba del susto cada vez que tenía que disparar una pistola de fogueo.

Así es la magia y el castigo de este oficio. Por eso, mis queridos clientes, mientras les llega su ronda de la noche, les dejo una advertencia que flotará en el aire. tengan mucho cuidado con lo que piden... sobre todo si son tan buenos actores como el señor Andrew Robinson. Porque a veces, el papel de tu vida puede devorarte para siempre. Y colorín colorado esta maravillosa histoia de un actor sobervio a terminado

martes, 30 de junio de 2026

EL MAL 2025

 Verán hoy nos sumergimos en el universo de uno de los directores más particulares, indomables y visualmente magnéticos de nuestro cine: Juanma Bajo Ulloa. Hablar de él es hablar de un realizador que, desde sus inicios, demostró que el cine de género en España se podía hacer de otra manera, de una forma casi gótica, y profundamente autoral.

Para entender el peso de su nueva obra que es la película que vamos a reseñar hoy, hay que recordar de dónde viene. Bajo Ulloa sacudió el panorama con Alas de mariposa y, sobre todo, con La madre muerta. Aquello era puro cine negro, thriller psicológico y drama perturbador fundidos en una estética impecable. Era un director que no tenía miedo a incomodar, que entendía el ritmo, la tensión y el uso del silencio como pocos. Después llegó el éxito masivo de Airbag, que rompió moldes de la comedia gamberra espeñola, y más tarde proyectos más abstractos, casi mudos y poéticos como Baby.

¿Qué nos demuestra esta trayectoria? Que Bajo Ulloa es un camaleón que siempre vuelve a su esencia: el cine de género como un espejo de las miserias humanas, dándole una importancia capital al diseño de producción, a la mugre, a la belleza oculta en lo grotesco y a la psicología fracturada de sus personajes. Entender esto es fundamental antes de enfrentarse a su último trabajo, porque el director con el tiempo no ha cambiado sus obsesiones; al contrario, las ha radicalizado.

Para hablar de la película de hoy. Olvidaos por un momento de las tramas complejas, de los giros de guion o de los efectos especiales. Pensad en un concepto puro, abstracto y terrorífico.

Imaginad que la maldad humana... tuviera rostro. Que no fuera una fuerza invisible, ni un concepto teológico. Imaginad que pudierais caminar por un pasillo, abrir una puerta y encontraros cara a cara con la personificación física y absoluta de la crueldad, del egoísmo, de la depravación más fría. Y que ese rostro os mirase a la cara.

Esa, y no otra, es la verdadera semilla de la película. La historia no intenta teorizar sobre el porqué del mal, sino hacernos convivir con él en un espacio cerrado. Nos plantea qué ocurre cuando el ser humano se despoja de las leyes, de la moral, de la civilización, y se queda a solas con sus instintos más oscuros. Es una exploración de los límites de la compasión y de la supervivencia.

La película funciona como una parábola perturbadora. Nos obliga a preguntarnos si seríamos capaces de sostenerle la mirada a esa oscuridad o si, al intentar defendernos de ella, terminaríamos convirtiéndonos en lo mismo que tememos. Olvidaos de los monstruos sobrenaturales del cine comercial actual; aquí el monstruo somos nosotros, desprovistos de filtros. Y esa idea es la que impregna cada fotograma de este film.

Y ahora si, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia con todos ustedes El mal film dirigido en el 2025 por Juanma Bajo Ulloa.

 Lo primero que destaca es, sin duda, la firma de Juanma Bajo Ulloa tras la cámara. El director vitoriano demuestra que no ha perdido un ápice de su pulso visual. Su dirección es rigurosa, milimétrica; sabe perfectamente dónde colocar la cámara para que el espectador se sienta constantemente observado, atrapado en una especie de pesadilla lúcida. Su estilo es depurado, huyendo del barroquismo innecesario para centrarse en la pureza de la imagen.

El trabajo de guion, coescrito por el propio Bajo Ulloa, destaca por su minimalismo. Careciendo de grandes discursos ni de sobreexplicaciones. El libreto confía plenamente en la inteligencia del espectador y en la capacidad de las imágenes para narrar. Los diálogos son cortantes, precisos, cargados de subtexto. Hay una tensión latente en cada línea que se pronuncia (y en las muchas que se callan), construyendo un crescendo dramático que se sostiene durante todo el metraje sin necesidad de recurrir a trucos de guion tramposos.

Pero un guion tan desnudo caería en el vacío sin las interpretaciones adecuadas, y aquí es donde la película brilla con fuerza. El trabajo de los actores y actrices es titánico. Sostener una película basada en la atmósfera y el plano corto requiere una contención absoluta. Las miradas, el lenguaje corporal, la gestión del miedo y de la violencia contenida están ejecutados con una honestidad brutal. Los intérpretes se vacían en la pantalla, transmitiendo una incomodidad que traspasa la sala y se contagia a la butaca.

Finalmente, es de justicia detenerse en el apartado técnico, concretamente en la fotografía y la localización. La iluminación es un personaje más. El director de fotografía juega constantemente con el claroscuro, Recordando por momentos a la pintura expresionista. Las sombras no solo ocultan información, sino que devoran a los personajes. Y todo esto se potencia gracias a unas localizaciones que resultan opresivas, casi laberínticas. El espacio físico se convierte en una extensión de la mente de los protagonistas: un lugar aislado, hostil, del que parece imposible escapar y donde las reglas del mundo exterior ya no se aplican.

Y ahora dejenme que les cuente de que va la película, como siempre sin spoiler, y por cierto, si te gustan nuestros consejos, planteate suscribirte y dar a la campanita y por otro lado si te gusta este vídeo regalanos un like y si puedes un Hype. Pues vamos allá.

 La trama nos introduce en el mundo de la literatura comercial, escritores y editores y de una idea que puede ser un punto de inflexión, verás Elvira Nous es una escritora que no se anda con rodeos en sus obras, habla de la psicología humana, de la crueldad y la maldad que el ser humano tiene sin pensar en que los lectores puedan sentirse ofendidos, eso la hace que no tenga tantas ventas y exito como la gustaría, por otro lado su Editor Thomas Luhr no se rinde y la propone escribir otra novela, pero ella bastante tiene con los problemas con su hija y el nuevo novio que se ha hechado, hasta que una llamada lo cambia todo, al otro lado se encuentra Martín, una mujer extraña que dice haber asesinado a centenares de personas en su vida y quiere que escriba su historia antes de entregarse. La escritora no cree ni una palabra de lo que dice Martín hasta que descubre que todo lo que dice es autentico y real. Empezando una relación peligrosa al asomarse a ese abismo del ser humano que ella misma tehorizaba y hasta aquí te voy a contar el resto lo tienes que ver tu.

Aunque la película tiene un ritmo descomunal y pasa como un rallo, no todo es perfefecto, veras. Lo mejor de El Mal es, sin ninguna duda, su valentía formal y su fidelidad a sí misma. En un mercado cinematográfico saturado de productos precocinados, que te lo dan todo masticado, Bajo Ulloa se atreve a incomodar. Lo mejor es esa atmósfera asfixiante que se te mete bajo la piel. Es cine puro, visual, que confía en el poder de la puesta en escena y que regala secuencias de una fuerza estética incontestable.

Pero uno de sus puntos más flacos, diría que es la direccion de la historia pasado el primer impacto, se enreda en mostrar al monstruo de una forma casi burda, más propia de un Slasher que de un film de terror psicológico. Hay momentos en los que la trama parece estancarse hasta que vuelve a tener un nuevo aire en el tramo final del film.

¿Es esta película para ti? Déjame darte unas pistas con algunos ejemplos:

  • Si disfrutas de obras como La bruja de Robert Eggers o el cine de Michael Haneke; es decir, películas donde el terror no viene de un monstruo que salta de un armario con un subidón de música, sino del comportamiento humano y del silencio incómodo. Si valoras la fotografía artística y te gusta salir del cine dándole vueltas a la cabeza, te va a fascinar.

  • NO es para ti si lo que buscas un viernes por la noche es una propuesta tipo The Conjuring, con sustos cada cinco minutos, palomitas y un final cerrado y masticado. O un Slasher al uso, pues no, no va por ahí los tiros.

  • En conclusión, El Mal es una propuesta cruda, radical y profundamente coherente con la filmografía de Juanma Bajo Ulloa.  Es una película que te reta y que confía que cierre los huecos el espectador

    A mí, personalmente, me parece un ejercicio de resistencia cinematográfica fascinante. Una obra densa que exige la atención del espectador, pero que a cambio ofrece una experiencia visual y psicológica que rara vez se encuentra en las salas comerciales hoy en día.

    Y bueno, con esto vamos a terminar, no sin antesdesearte que seas inmensamente feliz o luches por ello

lunes, 29 de junio de 2026

Jesse Owens El hijo del viento

 ¡Buenas noches! Pasad, pasad... Buscad un hueco. Al fondo, cerca de la barra, siempre queda algún taburete libre. Poneros cómodos. Bienvenidos una noche más a nuestro particular piano bar, a este rincón de De todo y de nada donde el tiempo parece que se detiene entre trago y trago, y donde las teclas del piano siempre tienen una confidencia que haceros.

Ufff... Vaya bocanada de aire frío ha entrado por la puerta. ¿Sabéis? Ese soplido repentino, ese aire que casi parece traer el eco de una carrera lejana, me ha  recordado muchísimo a un cliente habitual de este bar.  Pablo.

A Pablo le encantaba sentarse justo ahí, en la esquina izquierda de la barra, con su copa, y siempre  pide la misma melodía antes de lanzarse a hablar. Tenía una obsesión hermosa por las historias de superación, por los hombres que desafiaban al destino. Y siempre, inevitablemente, acababa hablándome del mismo personaje. Le fascinaba la historia de "El hijo del viento". O lo que es lo mismo, el hombre que corrió más rápido que el odio: Jesse Owens.

Hoy, con vuestro permiso, y mientras os sirvo la primera ronda, voy a tocar por él. Vamos a viajar en el tiempo, a través de las notas de este piano, hasta los años 30. Vamos a recorrer la vida de un chaval que nació para volar cuando el mundo entero parecía empeñado en cortarle las alas.

Para entender la magnitud de Jesse Owens, hay que bajarse del pedestal de las medallas de oro y viajar a sus raíces. James Cleveland Owens nació en 1913 en Oakville, Alabama. Era el menor de diez hermanos en una familia de aparceros negros, los aparceros eran aquellos agricultores que alquilaban tierras a terratenientes pagando con una parte de la cosecha. Imaginaos lo que era eso. El sur de los Estados Unidos en los años 10 y 20 era un territorio hostil, marcado por la segregación más absoluta, la pobreza endémica y el racismo institucionalizado.

De niño, James era frágil. Sufría constantes problemas respiratorios, neumonías que casi se lo llevan por delante. Con apenas nueve años, su familia formó parte de esa Gran Migración hacia el norte buscando una vida digna, y se mudaron a Cleveland, Ohio. Allí, en la escuela, cuando la profesora le preguntó su nombre, él, con su marcado acento sureño, dijo sus iniciales: "J.C.". Pero la profesora entendió "Jesse". Y con ese nombre se quedó para la eternidad.

La infancia de Jesse no fue entre algodones. Para ayudar a mantener a su familia, trabajaba antes y después de ir al colegio: repartía periódicos, cargaba cajas en fruterías, trabajaba en un taller de reparación de calzado... Pero en mitad de esa rutina asfixiante de trabajo y supervivencia, Jesse descubrió algo. Descubrió que cuando corría, el mundo exterior desaparecía. El hambre, la pobreza, el prejuicio por el color de su piel... todo quedaba atrás.

Y entonces, el destino puso en su camino a un ángel de la guarda: Charles Riley. Riley era el entrenador de atletismo de su instituto. Vio correr a ese chaval esquelético y se le cayó la mandíbula al suelo. Pero Riley vio algo más: vio que Jesse no podía entrenar por las tardes porque tenía que trabajar para alimentar a sus hermanos. ¿Qué hizo este entrenador? Demostrando una humanidad gigante, cambió los horarios de entrenamiento de todo el equipo a las mañanas, antes de las clases, solo para que Jesse pudiera correr. Ahí, en esa pista de ceniza, bajo el frío de la mañana de Ohio, empezó a forjarse el mito. El diamante en bruto empezó a despuntar.

Y vaya si despuntó. Llegó a la Universidad de Ohio. Pero fijaos qué paradoja tan dolorosa: Jesse ya era una estrella del atletismo universitario, batía récords por donde pasaba, pero el racismo seguía siendo su sombra. Cuando el equipo viajaba, Jesse Owens no podía dormir en los mismos hoteles que sus compañeros blancos; tenía que buscar hostales para negros o quedarse a dormir directamente en el autobús. No podía comer en los mismos restaurantes. Tenía que entrar a los edificios por la puerta de servicio. El hombre más rápido del país seguía siendo un ciudadano de segunda en su propia patria.

Pero Jesse respondía en la pista. Y hay una fecha en su carrera, previa a las Olimpiadas, que a mi amigo Pablo le volvía loco contar. Fue el 25 de mayo de 1935, en Ann Arbor, Michigan. Se le conoce como "El día de los días".

Jesse venía de sufrir una lesión en la espalda severa tras caerse por unas escaleras días antes. Apenas podía agacharse para calentar. Su entrenador le sugirió retirarse. Pero Jesse dijo: "Déjame intentarlo". Lo que ocurrió en un espacio de apenas 45 minutos desafía las leyes de la física y de la medicina. En tres cuartos de hora, Jesse Owens batió tres récords mundiales e igualó un cuarto. Saltó longitud, voló en las 220 yardas, destrozó las vallas... Todo con una espalda dolorida. El mundo del deporte se dio cuenta de que no estaban ante un atleta excepcional; estaban ante un fenómeno de la naturaleza. Un hombre que flotaba sobre la pista.

Y así, llegamos al gran escenario. El clímax de la historia. El año es 1936. El lugar: Berlín.

Los Juegos Olímpicos de Berlín no eran solo una competición deportiva; eran la mayor pasarela de propaganda del régimen nazi. Adolf Hitler quería utilizar los juegos para demostrar al mundo la supuesta superioridad de la raza aria. El Estadio Olímpico de Berlín era un coliseo de hormigón, esvásticas y banderas, diseñado para amedrentar El ambiente era de una tensión política y social asfixiante.

Y en mitad de ese templo del supremacismo, se planta un joven afroamericano de 22 años, nieto de esclavos, con una camiseta blanca y el número 744 en el pecho.

Lo que pasó allí ya es historia dorada de la humanidad. Jesse Owens no solo ganó. Jesse Owens arrasó. Se colgó cuatro medallas de oro: en los 100 metros, en los 200 metros, en el salto de longitud y en el relevo 4x100. Cada vez que Jesse se agachaba en los bloques de salida, el estadio contenía el aliento. Y cuando sonaba el disparo, era un borrón en la pista que destrozaba todos los prejuicios, todos los discursos de odio y todas las teorías supremacistas con la elegancia de su zancada.

Se ha hablado mucho de si Hitler le negó el saludo o si abandonó el palco para no verle ganar. La verdad histórica nos dice que Hitler efectivamente se marchó para no tener que dar la mano a atletas negros, pero la bofetada moral ya estaba dada. No hacía falta ningún apretón de manos. La verdad estaba escrita en el cronómetro.

Pero en mitad de esa tensión, los Juegos de Berlín nos regalaron una de las anécdotas más hermosas y luminosas del deporte del siglo XX. Sucedió en las clasificaciones del salto de longitud. Jesse, presionado por el ambiente, hizo nulo en sus dos primeros intentos. Le quedaba solo una oportunidad para no quedar eliminado. Estaba nervioso, al borde del abismo.

Entonces, se le acercó su gran rival, el atleta alemán Luz Long. Long era el prototipo perfecto del atleta ario que el régimen quería ensalzar: alto, rubio, de ojos azules. Pero por encima de todo, Long era un deportista de verdad. Se acercó a Jesse, un hombre negro en el Berlín nazi, y en perfecto inglés le dio un consejo: "Jesse, sé que puedes saltar esto con los ojos cerrados. Da un paso atrás, marca la salida unos centímetros antes de la línea y asegurarás el salto".

Jesse le hizo caso, midió con calma, saltó y se clasificó. Horas después, en la final, Jesse Owens ganó el oro y Luz Long se llevó la plata. ¿Y sabéis qué fue lo primero que hizo Long? Delante de Hitler, delante de la cúpula nazi y de 100.000 espectadores, corrió a abrazar a Jesse Owens y le levantó el brazo en señal de victoria.

Años más tarde, Jesse Owens escribió una frase que a mí siempre se me queda clavada en el corazón cuando la recuerdo: "Se podrían fundir todas mis medallas y copas de oro, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que forjé con Luz Long en ese momento". Eso, amigos, es el triunfo del espíritu humano sobre la barbarie.

Uno pensaría que tras regresar de Berlín con cuatro medallas de oro, Jesse Owens sería recibido como el mayor héroe de América. Pero la realidad a veces es un trago amargo. El regreso a casa fue durísimo.

El racismo seguía esperándole en el puerto. El presidente Franklin D. Roosevelt, en pleno año electoral y temiendo perder el voto de los estados del sur, ni siquiera envió un telegrama de felicitación a Jesse Owens. No lo invitó a la Casa Blanca, un honor que sí se le concedía a los atletas blancos. Es más, el día que Nueva York organizó un desfile en su honor, para asistir a la cena de gala que se celebraba en el prestigioso hotel Waldorf Astoria, el propio Jesse Owens tuvo que subir por el ascensor de servicio porque a los negros no se les permitía usar el ascensor principal. Cuatro medallas de oro en el cuello, y no podías usar el ascensor para blancos.

La necesidad económica le obligó a dejar el atletismo amateur muy pronto para poder ganar dinero. Tuvo que sobrevivir aceptando espectáculos que hoy nos parecerían denigrantes: corría contra caballos de carreras, contra coches, contra trenes locales en ferias de pueblos. Él mismo decía con cierta tristeza, pero con una dignidad inquebrantable: "La gente decía que era degradante para un campeón olímpico correr contra un caballo, ¿pero qué se suponía que debía hacer? Tenía cuatro medallas de oro, pero las medallas de oro no se comen".

Pasó por bancarrotas, trabajó en lavanderías, tuvo problemas con el fisco... Su carrera deportiva terminó pronto, pero su carrera por la vida fue larga y resiliente. Con los años, el mundo empezó a hacerle justicia. Fue nombrado embajador de buena voluntad, dio conferencias motivacionales por todo el mundo y, finalmente, en los años 70, se le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo honor civil de su país.

Jesse Owens nos dejó en 1980, pero su historia no es una historia de tristeza. Al contrario. Mi amigo Pablo siempre terminaba su copa con una sonrisa cuando hablábamos de él, y hoy quiero contagiaros esa misma sonrisa a todos los que estáis escuchando este rincón de De todo y de nada.

La vida de Jesse Owens es un mensaje luminoso que cruza las décadas y nos llega hoy a esta barra de bar. Nos demuestra que el talento, la dignidad y la bondad humana no entienden de colores de piel, ni de fronteras, ni de los muros que el odio intente levantar.

Él nos enseñó que, a veces, el viento sopla de cara y el suelo que pisamos parece diseñado para hacernos tropezar, pero que dentro de cada uno de nosotros hay una fuerza, una zancada interior, capaz de elevarnos por encima de cualquier circunstancia. Nos demostró que la verdadera victoria no está en los aplausos de un estadio o en el metal que te cuelgan al cuello, sino en la capacidad de mantener la cabeza alta, de aceptar la mano de ayuda de un rival maravilloso como Luz Long en mitad de la tormenta, y de seguir corriendo con el corazón limpio.

Así que, amigos míos, cojamos el testigo de Jesse Owens. Cuando salgáis de este piano bar y volváis a vuestras rutinas, a vuestras propias pistas de atletismo diarias, recordad que no importa cuán pesada sea la carga o cuán ruidoso sea el estadio en vuestra contra: tenéis la capacidad de volar. Corred vuestra propia carrera con dignidad, con limpieza y con esa luz que nadie os pueda apagar. Y si por el camino te caes, deja que las buenas almas te presten su mano.

 Disfrutad de la noche, de la música y de vuestra bebida, y sabed que si necesitas un rato de sosiego, estas puertas de este piano bar, siempre estarán abiertas para ti, y con esto me marcho, así que colorín colorado esta historia del hijo del viento ha terminado.