lunes, 22 de junio de 2026

La cineasta que vendió su talento al diablo

 Dichosos los ojos. Qué alegría verLe por aquí otra vez. Tome asiento, pongasé cómodo. Lo de siempre, ¿no? Déjeme que le diga al barman que te lo vaya preparando... tardará un par de minutos, que hoy estamos hasta arriba.

Mientras espera, déjeme que le cuente algo en lo que venía pensando esta tarde. El otro día hablábamos de los genios, ¿se acuerda? De esa gente que nace con un cable cambiado en la cabeza, avanzados a su época, capaces de ver lo que el resto ni sospechamos. Especialmente algunas mujeres que, en mundos absolutamente de hombres, demostraron un talento salvaje y fuera de lo común.

Es fascinante... pero también da miedo. Porque el talento es solo una herramienta, un superpoder. Y la pregunta es:  ¿A que servicio lo pones?

Hubo una mujer que encarna esto mejor que nadie. Se llamaba Leni Riefenstahl.

Si le gusta el cine, tiene que conocerla. En los años 30, esta mujer hacía técnicas cinematográficas que hoy se siguen estudiando en las universidades. Se inventó los movimientos de cámara modernos, ponía vías de tren para seguir a los atletas, excavaba fosos para rodar desde abajo y dar sensación de grandeza... una visionaria absoluta.

Pero déjeme que le ponga en contexto, porque la historia de cómo llega una mujer berlinesa a mandar en los platós de los años veinte es una locura.

Leni era alemana, de pura cepa. Y antes de tocar una cámara, lo suyo era el cuerpo, el movimiento. Empezó como bailarina de danza contemporánea. Tenía un éxito arrollador por toda Europa, pero en una gira se lesionó gravemente la rodilla. Fin del baile. Cualquiera se habría hundido, pero ella no estaba hecha de esa pasta.

Descubrio el nuevo arte del cine de la forma más tonta. Esperando en una estación de metro en Berlín, vio el cartel de una película. Era un género muy de la Alemania de la época: el Bergfilm, el cine de montaña. Películas rodadas en los Alpes, historias de hombres y mujeres desafiando a las cumbres, al hielo, a la naturaleza salvaje. Leni se quedó hipnotizada por esa estética de la altura, de la pureza de la nieve, y se obsesionó. Dijo: "Yo tengo que hacer eso".

Ni corta ni perezosa, buscó al director más famoso de ese género, un tipo llamado Arnold Fanck, y consiguió que la contratara como actriz dramática. Pero claro, rodar en los Alpes en los años veinte no era irse de estudio con calefacción. Hablamos de escalar picos a tres mil metros de altura de verdad, en una escena la obligó a caminar descalza sobre la nieve, soportando en los rodajes ventiscas reales. Ahí arriba, entre grietas de hielo y picos helados, Leni se enamoró de la montaña... pero sobre todo, se enamoró del proceso del rodaje, de la creación de una historia.

Mientras los demás actores descansaban en las pausas del rodaje, ella se sentaba al lado de los operadores. Aprendió fotografía, aprendió cómo revelar el celuloide, cómo funcionaban las lentes. Absorbió el oficio como una esponja en condiciones extremas.

Hasta que se cansó de ser solo la cara bonita que sufría en la gran pantalla. En 1932, con treinta años, montó su propia productora y dirigió su primera película: La luz azul. Una fábula mística, rodada por supuesto en las montañas, que ella misma protagonizó, editó y dirigió. Cuando se estrenó, el mundo del cine se quedó con la boca abierta. Una mujer controlando cada plano, logrando una atmósfera visual que parecía de otro mundo.

Tenía el mundo a sus pies. Era la directora más prometedora de Europa, una fuerza de la naturaleza indomable. Tenía el talento, la ambición y el control absoluto de su arte y consiguió alzarse en aquella alemania como una estrella detras de la cámara de cine.

El problema... el gran problema de haber llegado tan alto, a la cumbre de la montaña, es que eres visible desde cualquier parte. Y abajo, en el valle, alguien muy peligroso la estaba observando. 

Ese alguien... era un tipo que, unos años antes, andaba vagando por las calles de Viena con un abrigo raído, intentando ganarse la vida como pintor de acuarelas. Un artista frustrado, un austríaco al que las academias de arte habían rechazado dos veces diciéndole que no tenía talento.

Aquel pintor fracasado se llamaba Adolf Hitler.

Y en ese preciso momento, a principios de los años treinta, Hitler no era el monstruo que todos tenemos hoy en los libros de historia. Era un orador magnético, un tipo obsesionado con el poder que estaba revitalizando un partido político que, hasta hacía nada, era minúsculo, casi ridículo. El Partido Nacionalsocialista.

Hitler, que arrastraba esa frustración como, tenía una obsesión enfermiza con la estética, con la propaganda y con el cine. Sabía perfectamente que para conquistar la mente de un pueblo no bastaba con dar discursos chillando en los mítines; necesitaba imágenes. Necesitaba mitología. Necesitaba belleza que hipnotizara a las masas.

Y entonces, una tarde de 1932, Hitler entra en un cine de Berlín y ve La luz azul, la película de montaña de Leni.

Imagínate la escena. El futuro dictador se queda petrificado en la butaca del cine, fascinado por la estética de las cumbres, las luces místicas y la fuerza visual que esa mujer alemana había logrado plasmar en el celuloide. Para Hitler fue una epifanía. Se giró hacia sus colaboradores y les dijo: "Ahí está. Esa mujer es la que tiene que filmar el renacimiento de Alemania".

Poco después, se conocieron en una playa del mar Báltico. Él le confesó su admiración; ella quedó impactada por la arrolladora personalidad de ese líder político que prometía levantar al país de la miseria. Dos ambiciones salvajes se encontraron frente a frente.

Y así, nació el encargo: filmar el congreso del partido nazi en Núremberg en 1934. El resultado fue El triunfo de la voluntad. Y aquí viene la gran contradicción, lo que todavía hoy nos vuela la cabeza: Leni Riefenstahl filmó uno de los mejores documentales de la historia de la humanidad. Técnicamente, es una obra de arte cinematográfica incontestable.

Si estudias cine hoy en cualquier universidad del mundo, te van a poner escenas de este documental. Lo que esa mujer hizo allí fue revolucionario. Imagínate: dispuso de un equipo de más de ciento sesenta personas, colocó cámaras en ascensores detrás de los mástiles de las banderas para hacer planos verticales asombrosos, inventó los primeros planos sobre raíles en movimiento para rodar a las masas, y diseñó un montaje con un ritmo musical, casi hipnótico, que nadie había visto jamás.

Visualmente es perfecta. Consiguió retratar a los soldados no como hombres, sino como un mar geométrico, infinito y ordenado de rostros perfectos. A Hitler no lo filmaba desde arriba; colocaba la cámara en el suelo, apuntando al cielo, para que pareciera un dios descendiendo de las nubes. Leni no usó voz en off, no le hizo falta que nadie explicara nada. La fuerza de la luz, las sombras, el ritmo de las marchas... era pura poesía visual. Una genialidad absoluta, sin narración, sólo con la fuerza de las imagenes.

Pero... esa es la tragedia de esta historia. Que toda esa belleza, que todo ese despliegue de talento descomunal, no se usó para emocionar o para hacer reflexionar al espectador. Se usó para hipnotizar.

Ese documental fue la mejor arma de propaganda jamás diseñada. El partido nazi, que todavía tenía que afianzarse y convencer a los indecisos, encontró en la película de Leni el escaparate perfecto. Cuando los alemanes entraban en los cines y veían esa demostración de fuerza, de orden, de supuesta paz y grandeza mística, quedaban deslumbrados. Borró de un plumazo el miedo a los extremismos. Hizo que el horror pareciera un sueño patriótico hermoso.

Y el pueblo... el pueblo compró el envoltorio. Votó en masa, fascinado por esa estética impecable, entregándole el poder absoluto a un partido sin saber, o sin querer ver, que con ese voto estaban firmando su propia perdición. Estaban construyendo las vías del tren que los llevaría directos hacia el abismo más oscuro del siglo veinte.

Todo por culpa de unas imágenes bellísimas... que estaban completamente vacías de alma.

Y si cree que conEl triunfo de la Voluntad lo había hecho todo, que ya había llegado al cenit de su cinematografía, después llegó Olimpia. El documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Si el anterior era la cumbre de la propaganda política, este fue la cumbre de la estética del cuerpo humano y el deporte.

Leni volvió a hacer lo que nadie había intentado. Diseñó cámaras subacuáticas para filmar los saltos de trampolín desde el fondo de la piscina; excavó fosos en la pista de atletismo para rodar a los corredores recortados contra el cielo; inventó catapultas para lanzar cámaras en movimiento junto a los atletas... Técnicamente era una auténtica salvajada. Convirtió el deporte en poesía pura, en una danza de dioses griegos modernos.

Usó un principio de moviola y creo las técnicas que hoy consideramos normales dentro de una retransmisión deportiva, pero todas llevan su nombre.

Con esos dos documentales, Leni Riefenstahl tocó el cielo. Se convirtió, sin duda, en una de las mujeres más influyentes, poderosas e importantes de toda la Alemania nazi. Tenía el respeto de la industria mundial, el dinero del Estado y la admiración sumisa de un Hollywood que la miraba con una mezcla de envidia y asombro. Una mujer reinando en la cima del mundo del cine.

Pero entonces... estalló la guerra. Y las hermosas imágenes de cuerpos perfectos y desfiles ordenados se convirtieron en humo, trincheras, sangre y campos de exterminio en una solución final que avergonzó al ser humano. El sueño estético de Leni se dio de bruces con la realidad del monstruo que ella misma había ayudado a crear. 

Cuando el régimen nazi cayó en 1945, el mundo despertó de la hipnosis y vio el horror desnudo. Y Leni cayó con ellos. Pasó por campos de detención, fue juzgada cuatro veces en los procesos de desnazificación. La sentencia oficial dictaminó que no había sido miembro activo del partido, sino una "simpatizante". Pero el tribunal de la historia es mucho más implacable que el de los hombres. Su carrera en el cine comercial se terminó para siempre. Nadie quería volver a contratar a la mujer que había hecho bello el fascismo.

A partir de ahí, su vida fue un intento desesperado, agónico, por limpiar su nombre. Pasó décadas intentando desencasillarse, buscando una pureza que ya no existía en su pasado. Viajó a África, a Sudán, y convivió con la tribu de los Nuba. Los fotografió durante años buscando, esta vez, una visión mucho más humanista, alejada de la política, fascinada por la belleza de otra cultura. Pero daba igual lo que hiciera. Daba igual que se sumergiera en los océanos con más de setenta años para filmar peces y corales en un silencio absoluto. La mancha estaba ahí. Imborrable. Pegada a su piel como un estigma.

Es una tragedia terrible si lo piensas. La mujer con más talento de la cinematografía mundial había puesto su genio al servicio de un monstruo, sin darse cuenta de que ese mismo monstruo, al final, también la devoraría a ella. Cayó en una desgracia absoluta, en el ostracismo. Y aunque con los años llegó a pedir disculpas, a lamentar haber rodado aquella película, el peso de los millones de muertos que dejó atrás el partido nazi —un partido al que ella ayudó a encumbrar con su arte— impidió que el mundo la perdonara. Murió con 101 años, sola con sus recuerdos, arrastrando el peso de su propia genialidad maldita.

Pero ya ha pasado mucho tiempo desde su muerte... y sabes, cuando lo pienso aquí, en la tranquilidad de la noche, a mí me gusta quedarme con otra parte de la historia. Prefiero rescatar a aquella joven berlinesa apasionada por el cine, a la mujer indomable que escalaba picos descalza en los Alpes, a la emprendedora que levantó su propia productora en un mundo absolutamente dominado por hombres y que cambió las reglas de cómo se filma una película para siempre.

Prefiero quedarme con la gran cineasta que fue... y, quizás, solo por un momento, olvidar el monstruo que ayudó a crear.

Vaya, ahí tiene su bebida. Disculpa que te haya entretenido con mis historias, pero es que hay vidas que son demasiado grandes como para no contarlas. Que la disfrutes. Si necesitas algo más, ya sabes dónde estoy. Quizá otro día te apetezca otra historia, pero en este caso, COlorín colorado esta historia del un talento maldito a terminado

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 21 de junio de 2026

¿Quieres saber una verdad incomoda sobre Arte?

 Acompáñeme, por favor... Justo aquí tenemos una mesa perfecta para usted. Apartada del ruido, cerca de la barra, con buena visibilidad, pero con la intimidad suficiente. 

Es aquí. Póngase cómodo.

Disculpe, veo que trae un libro bajo el brazo. Un catálogo de arte, si no me equivoco. Qué delicia. ¿Le gusta la pintura? ¿Los grandes genios? Me lo imaginaba. Hay algo en la forma en que cuida ese volumen que delata a los que aprecian la belleza. Supongo que será de los que disfrutan perdiéndose por los pasillos de los grandes museos, observando esos lienzos históricos a escasos centímetros, dejándose atrapar por las pinceladas de los maestros... ¿Verdad? 

Sí, claro. Lo sabía. Es una experiencia casi mística. Entrar en una sala, ver un Velázquez, un Rembrandt, un Goya... y sentir el peso de los siglos.

Pero mire... ahora que estamos aquí, solos usted y yo, de fondo suena el piano y la noche es joven... déjeme proponerle un juego. Un juego al más puro estilo Matrix. Imagineselo por un momento. Aquí, sobre la mesa, tengo dos pastillas virtuales. Una roja y otra azul.

Si usted elige la pastilla roja... bueno, el juego termina, me marcho. Le traigo su bebida y usted se sumerge en su maravilloso libro y el mundo sigue girando exactamente igual que siempre. Mañana volverá a un museo y verá arte, genialidad y misterio. Nada habrá cambiado.

Pero... si elige la pastilla azul... ah, amigo... si elige la azul, las cosas cambian. Si toma la azul, le voy a contar una verdad incómoda. Una verdad tan oscura y profunda sobre el mundo del arte que, se lo prometo, la próxima vez que pise un museo, ya no lo mirará con los mismos ojos. Su forma de observar esos cuadros sagrados cambiará para siempre.

Vaya. Veo en sus ojos que no ha dudado ni un segundo. Ha elegido la azul. Me gusta la gente valiente.

Bien. Tras la historia puede pedir lo que quiera, invita la casa. quiero que el golpe sea lo más dulce posible por que vamos a hablar de arte. O, mejor dicho, vamos a hablar del negocio que se esconde detrás de los marcos dorados. De un negocio oscuro, de millones de euros, de vanidad y de engaño.

Un negocio que un andaluz... un hombre llamado Francisco José García Lora, conoce mejor que nadie en este mundo. Él sabe perfectamente qué hay detrás del telón. Porque él estuvo allí. Y hoy, usted va a descubrirlo tambien.

Piénselo por un instante... Hay gente cómo usted que viaja miles de kilómetros. Cruzan océanos, compran billetes de avión, arrastran maletas por aeropuertos masificados... ¿Para qué?

Para meterse en un museo.

Piense, por ejemplo, en Viena. En el Palacio Belvedere. La gente va allí, obviamente, por El Beso de Gustav Klimt. Quieren ver de cerca ese oro, esa textura, la culminación de la época dorada del pintor. O piense en Madrid, aquí mismo, en el Museo del Prado, con sus salas imponentes repletas de las miradas oscuras de Goya o la profundidad aérea de Velázquez. O, cómo no, el Louvre en París... un laberinto donde millones de personas buscan desesperadamente la fuerza de Delacroix o la misteriosa sonrisa de los lienzos de Da Vinci.

Esos grandes cuadros... Esas firmas sagradas de esos grandísimos pintores mueven a millones de personas al año. Millones. En un engranaje perfecto. Un negocio redondo y sumamente lucrativo para absolutamente todo el mundo.

Por un lado, está el viajero, que regresa a su casa con el alma llena y la satisfacción de haber contemplado la genialidad humana en primera persona. Por el otro, está el propio museo, que cobra entradas a precios a veces desorbitados, además de los ingresos por las tiendas de recuerdos, las audioguías y los cafés a precio de oro. Y, por supuesto, la ciudad que acoge a esos miles de turistas diarios; piensen en los hoteles, los restaurantes... Piensen en el vecino de esa misma ciudad, que consigue un puesto de trabajo gracias a este descomunal turismo de pinacotecas.

Es idílico, ¿verdad? Un círculo perfecto donde todos ganan y nadie pierde. El arte eleva el espíritu y, de paso, llena los bolsillos de sociedades enteras.

Un negocio impecable... Siempre y cuando lo que esté colgado en esa pared iluminada sea, de verdad, lo que el cartelito dice que es.

Porque... ¿qué pasaría si le dijera que la línea que separa una obra maestra de una copia perfecta es mucho más delgada de lo que su entrada de veinte euros le permite imaginar? Ahí es donde la pastilla azul empieza a hacer efecto.

Y ahí entra el nombre que le he dado anteriormente Francisco José García Lora, que será nuestro cicerone en esta verdad incomoda que se prefiere ocultar

 Verá Francisco era, ante todo, un pintor con un talento descomunal. De esos que nacen con un don en las manos y que, desde niño, ya demostraban que veían el mundo con otra perspectiva. Estudió Bellas Artes, se licenció, y empezó vendiendo sus propios cuadros realistas por unos pocos miles de euros. Una vida honrada. Pero el mercado legal del arte es duro, y un buen día, cuando tenía unos veintisiete años, llamaron a su puerta. Le ofrecieron pasarse al lado oscuro. Le propusieron un trato: dejar de firmar como G. Lora y empezar a firmar con los nombres más sagrados de la historia de la pintura. Y dijo que sí rondaba el año de 1999 cuando tomó esa decisión que le cambiaría la vida y tambien fue ahí donde empezó el mito del que probablemente ha sido el mejor falsificador de España. 

Verá, la mayoría de la gente piensa que falsificar un cuadro es simplemente ponerse delante de una foto y copiar los colores. Qué ingenuidad. Si haces eso, el primer análisis químico en un laboratorio te destruye en cinco minutos. García Lora no copiaba; él viajaba al pasado. 

Para engañar a los grandes expertos, necesitaba que el soporte fuera impecable. Su red de contactos le conseguía lienzos en blanco por ejemplo del siglo diecisiete o dieciocho. Sí, como lo oye: telas de la época que habían sobrevivido al tiempo, a veces limpiando pinturas antiguas sin valor que nadie iba a extrañar. Le traían maderas antiguas, bastidores de época e incluso clavos oxidados de la época. Si un perito miraba el reverso del cuadro, todo lo que veía era madera y metal con trescientos años de historia real. Pasaría hasta la prueba del carbono 14.

¿Y la pintura? Nada de tubos acrílicos modernos comprados en la tienda de la esquina. García Lora creaba sus propios pigmentos a mano, machacando los minerales exactamente de la misma forma en que lo hacían Velázquez, Rembrandt o Goya. Aceite de linaza, resinas naturales, aglutinantes de la época... Todo medido al miligramo. Pero el verdadero arte, el truco maestro, venía después de pintar. Había que envejecer la obra.  

Para simular el paso de los siglos, utilizaba procesos térmicos brutales: calor extremo para secar la pintura de golpe, seguido de choques de frío para cuartear la superficie. Así lograba el craquelado, esa finísima red de grietas que el tiempo tarda décadas en esculpir. Luego aplicaba pátinas de suciedad artificial, polvo de carbón, barnices oxidados... El resultado era tan perfecto que pasaba el filtro de cualquier especialista, de cualquier perito judicial, de cualquier casa de subastas internacional. Sus Goyas, sus Van Goghs y sus Picassos eran indistinguibles de los auténticos o todo lo autentico que puede ser una falsificación perfecta.

Durante años copió a los grandes para dar el cambiazo, Pero un día Francisco cayó

Y aquí viene lo mejor de la historia. ¿Sabe cómo lo atraparon? ¿Piensa que fue porque un científico analizó un pigmento microscópico bajo luz ultravioleta y descubrió el fraude? No. Jamás. Ninguna de sus obras fue descubierta. A Francisco José García Lora lo cazó un chivatazo. Alguien de su propio entorno, alguien que sabía demasiado o que quiso ajustar cuentas, levantó el teléfono y habló con la policía. Así de prosaico. Así de humano 

Porque en este negocio, el eslabón débil nunca es el lienzo; es la codicia. 

¿Y querras saber quiénes eran sus clientes? Se sorprendería. No eran mafiosos de poca monta. Eran intermediarios, galeristas y, sobre todo, coleccionistas multimillonarios. Personas con un patrimonio tan inmenso que ya pueden comprar cualquier mansión o yate, cosas que no son únicas. Ellos querían lo inaccesible: un Velázquez o un Sorolla, bastaba con que un cuadro saliera del museo cedido a otro, para que en el trayecto se le diera el cambiazo, bastaba con que uno de esos propietarios con necesidad de liquidez vendiera en una subasta una copia, para quedarse con el original y el dinero, el comprador, muchas veces coleccionistas privados pero otras muchas museos o instituciones. En otras ocasiones, el cambiazo servía para estafar a seguros, para dar el cambiazo en herencias familiares o para engañar a incautos compradores. Una red de mentiras de alta sociedad donde todos querían poseer el mito del original de lo exclusivo, de lo único.

Cuando la policía desmanteló la red, el juicio se saldó con una condena de varios años de cárcel para el pintor por falsificación y estafa. Pero lo verdaderamente fascinante, lo que nos devuelve a la pastilla azul de esta noche, es lo que ocurrió en los tribunales. Durante todo el proceso, y en la propia sentencia, jamás se quiso rascar en la superficie. Nadie insistió en averiguar quiénes eran los clientes VIP de García Lora. Las autoridades miraron hacia otro lado. ¿Por qué? Piénselo.

Recuerda lo que le he dicho al principio, esa maquinaria que trae prestigio, dinero y trabajo. Esos grandes museos que mueven a millones de turistas cada año. ¿Que pasaría si se supiera que gran parte de su colección es falsa, que esos Rubens, Picasssos o Velazquez son en realidad copias de pintores actuales como nuestro protagonistas?. Algún país estaría dispuesto a pegarse un tiro en el pié, no es mejor no saber más sobre las falsificaciones.

Francisco José García Lora se pasó casi 5 años en la carcel, de la organización sólo cayeron dos personas, piense ahora por un sólo momento, cuantos pintores a como Francisco ha habido a lo largo de los años, de los siglos.

Bueno, vendrá el camarero a tomarle nota y recuerde que está invitado.

Sólo dígame... ¿qué cree que hay colgado en el museo que va a visitar la semana que viene un original o una copia? ¿Sabría diferenciarla?

Lamento haber roto la magia y la inocencia, se lo advertí al principio, pero colorín, colorado, esta oscura historia del negocio del arte, ha terminado 

 

 

 


viernes, 19 de junio de 2026

El Alamein

 Seguimos con el ciclo dedicado a Pierfrancesco Pavino con un film extraño en Europa, un film italiano sobre sus tropas en la Segunda Guerra mundial, un genero que no se prodiga en el viejo continente.

Pero como si de una pequeña joya se tratara aparece este film, que sin ser perfecto, es una bocanada de aire fresco en el cine bélico de este milenio...

Así que bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cineflia con todos vosotros El Alamein La linea de fuego, film dirigido por Enzo Monteleone en el 2002.

Para entender cómo se gestó El Alamein: la línea de fuego, primero debemos viajar a principios de los 2000. En esa época, el cine bélico internacional venía de ser profundamente sacudido por el hiperrealismo de Hollywood gracias a películas como Salvar al soldado Ryan. Sin embargo, el cine italiano sentía que tenía una deuda pendiente con su propia historia: contar la Segunda Guerra Mundial no desde la propaganda del pasado, ni desde la parodia cómo ya se había hecho antes, sino desde la cruda y olvidada perspectiva del soldado común, el fante italiano. 

La idea nació en el seno de Cattleya, una de las productoras independientes más importantes de Italia, liderada por Riccardo Tozzi, Giovanni Stabilini y Marco Chimenz. Querían un proyecto ambicioso, pero con una sensibilidad puramente europea. Para financiarlo, sumaron fuerzas con Medusa Distribuzione y el Ministerio de Bienes y Actividades Culturales de Italia, ya que la película se planteó desde el primer momento como un acto de memoria histórica. 

Para ello tomaron como base las cartas de los soldados y los informes de guerra de la división de infantería de Pavia y de los Paracaidistas de la Folgore, rescatando también testimonios reales de supervivientes de aquel conflicto.

Para dar forma a este material, las productoras confiaron en Enzo Monteleone. Monteleone ya era un guionista de enorme prestigio en Italia —nominado al Óscar por escribir la célebre Mediterráneo en 1991—, pero aquí asumió el doble reto de escribir y dirigir. Su enfoque para el guion fue brillante: en lugar de hacer una película sobre grandes estrategias militares o ensalzar el heroísmo fascista de la época, decidió enfocar la lupa en la miseria cotidiana: la sed, las moscas, la arena y el abandono que sufrieron aquellos hombres frente al imponente ejército británico. 

Monteleone se enfrentaba aquí a su segundo largometraje como director y creo que ese reto le vino un poco grande, la película con uno de esos guiones que deslumbran, se viene abajo con el ritmo irregular por culpa de la inexperiencia del directo y aunque imperfecta y sobrada de planos cortos y subjetivas narrativas previsibles, es de esas películas que te dejan un buen sabor de boca como deja siempre el buen cine. 

El diseño del reparto fue el último gran acierto de la producción, combinando caras nuevas con actores de carácter ya consagrados. Para el papel protagonista, el del joven recluta universitario Serra —que sirve como los ojos del espectador—, eligieron al debutante Paolo Briguglia, cuya mirada inocente reflejaba perfectamente el colapso de la propaganda de la época.

A su lado, se formó una línea de actores que hoy en día son auténticas estrellas del cine italiano, pero que en aquel momento estaban consolidando sus carreras. Destaca un joven Pierfrancesco Favino actor al que le estamos dedicando este ciclo que terminaremos con su gran obra en una semana, su personaje Sargento Rizzo es uno de esos papeles complejos, lleno de miedos que intenta ocultar bajo la fachada de hombre duro, Emilio Solfrizzi encarnando al carismático teniente Fiore y Para redondear el elenco y dar peso institucional a la crítica antibélica, la producción sumó breves pero potentes apariciones de veteranos de la comedia dramática italiana, como Silvio Orlando interpretando al general y Roberto Citran como el coronel.

Ahora dejame que te cuente de que va esta película, recordandote que aquí no hacemos spoiler ya que somos un canal de consejos de cine, si es la primera vez que nos visitas y quieres quedarte, estaremos encantados de verte por aquí otra vez, así que dale al botón y la campanita y forma parte de nuestra familia cinefila y si te está gustando el vídeo haznoslo saber con un like.

Pues bien Estamos en Egipto, octubre de 1942. El frente de El Alamein es una inmensa línea de arena donde se decide el destino de África, pero para los hombres que están en las trincheras, el mundo se ha reducido a la supervivencia diaria. Hasta este infierno llega Serra, un joven universitario de Palermo que, impulsado por el idealismo y la propaganda de la época, se ha alistado voluntario en el ejército italiano. 

Sin embargo, el romanticismo de la guerra se evapora en su primer día. Serra es destinado al frente sur, a la división de infantería Pavia, un destacamento olvidado en mitad de la nada. Allí no encuentra gloria, sino un panorama desolador: soldados andrajosos, devorados por la disentería, las moscas y una sed asfixiante que los consume bajo el sol del desierto.

A través de los ojos de este recluta, descubrimos a la guarnición: hombres como el sargento Rizzo, un veterano endurecido que intenta mantener la disciplina a pesar de la falta de suministros, o el teniente Fiore, que lidera con una mezcla de resignación y profunda humanidad. Estos hombres  abandonados por un alto mando que los ha enviado a la batalla sin agua, sin blindados adecuados y con fusiles obsoletos. Ya sólo luchan por sobrevivir un día más

Con la guerra perdida, los Ingleses preparan su golpe final y hasta aquí te voy a contar el resto de la película tienes que verla tu.

nos encontramos ante una obra que no puede competir con las superproducciones de Hollywood este film se realizó con poco más de 8 millones de dólares, una cifra irrisoria para una producción estadounidense, pero si que compite en honestidad emocional. Entender su tono es la clave para descifrar toda la película: Enzo Monteleone opta por un tono antihéroe, íntimo y profundamente melancólico. A diferencia del cine bélico americano, que a menudo utiliza el ritmo del thriller, aquí el ritmo imita al desierto: es pausado, pesado y opresivo. La música de Pivio y Aldo De Scalzi, lejos de usar trompetas triunfales, recurre a melodías tristes y cantos árabes que refuerzan esa sensación de que estamos presenciando una tragedia parecido a las obras del teatro griego. 

Sin lugar a dudas, lo mejor de la película es su retrato de la condición humana en situaciones límite. Monteleone logra algo complejísimo: desvincular el heroísmo del soldado italiano del régimen fascista que lo envió allí. 

El guion brilla al mostrar la "guerra de los detalles": el ingenio para estirar las raciones, la solidaridad entre los soldados y el humor negro como único mecanismo de defensa contra la locura. Además, las interpretaciones son excepcionales. Pierfrancesco Favino, en el papel del sargento Rizzo, ofrece una actuación memorable que equilibra la dureza militar con un instinto paternal conmovedor. El realismo histórico en el vestuario, las armas y las condiciones de vida en las trincheras —la mugre, las moscas, las llagas en la piel— le otorgan una autenticidad orgánica que se siente casi documental.

Pero no todo es perfecto en esta película, a lo ya dicho antes de la dirección hay que sumarle cierta falta de matices y zonas grises de los personajes

Por otro lado a la hora de mostrar la inmensidad de la batalla, la producción se queda corta. No consigue la épica que busca y al final queda como una secuencia de planos lentos que te dejan frío.

pero que estas irregularidades no te frenen a la hora de ver la película, la obra funciona a la perfección. Su tono desmitificador la convierte en un visionado obligatorio para entender la memoria histórica tanto de la italia moderna como de los hombres que lucharon en el otro lado. 

En taquilla, la película tuvo un comportamiento digno en el mercado europeo. En una época en la que el público masivo llenaba las salas para ver los grandes despliegues de efectos digitales de Hollywood, la propuesta íntima y descarnada de Monteleone logró conectar con la audiencia italiana, recaudando más de 2 millones de euros en su recorrido comercial inicial. No fue un taquillazo histórico, pero sí una inversión recuperada que demostró que había público para este tipo de films.

En la gran noche de los premios David di Donatello, la película se alzó con tres galardones fundamentales: Mejor Fotografía, Mejor Montaje y Mejor sonido.

y un jovencísimo Pierfrancesco Favino obtuvo su primera gran nominación como actor de reparto, marcando el inicio de la gran estrella en la que se ha convertido hoy.

Más de dos décadas de su estreno, esta pelicula sigue funcionando porque nos recuerda que el cine no entiende de grandes presupuestos si no del amor que se le dedica a la producción y esta obra es una de esas películas que sin ser redondas, dignifica el género en Europa y con esto me voy a marchar, no sin antes desearte que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa y que vivas el cine

 

 

 

El talento del inútil, una historia de futbol

 Bienbenidos otra vez a este su bar, si, hoy las mesas están completas, pero dejame que os busque un sitio en la barra, verán los días de partido de futbol esto se pone imposible, aquí, aquí es un buen lugar.

¿Saben?, a veces me quedo mirando a la gente que entra por esa puerta y me pregunto cuántos de ellos están jugando realmente el partido de sus vidas y cuántos simplemente... están haciendo que juegan.

Verán, el fútbol tiene esa mística, por eso de querer ver los partidos acompañados, se siente una hermandad única, hay paises que es la máxima preocupación y su vida parece que orbita sobre ese deporte cómo es en Brasil . Cuando pensamos en el fútbol brasileño, en esa tierra bendecida por el balón, a todos se nos llena la boca con los mismos nombres. Hablamos de la estética del joga bonito, de Pelé deteniendo el tiempo en el 58, de la sonrisa pícara de Ronaldinho, de la potencia devastadora de Ronaldo de Lima destrozando defensas en Europa. Parece que han nacido para ser leyendas, para que el Maracaná coree tu nombre, pero para ello necesitas tener un idilio místico con la pelota. Una velocidad endiablada, un regate que rompa cinturas, o un disparo que doble las manos de los porteros. Pensamos en el fútbol como una meritocracia absoluta, un lienzo verde donde el talento físico y la disciplina son los únicos pasaportes hacia la gloria y en cierta forma lo és.

Y es normal que lo piensen. Al fin y al que cabo, es lo que vemos en la televisión cada fin de semana. Hombres que parecen esculpidos por los dioses de la resistencia, corriendo noventa minutos bajo una presión que aplastaría al común de los mortales. El fútbol profesional es un embudo despiadado; de millones de niños que patean descalzos un balón de trapo en las favelas de Río o en los campos embarrados de Porto Alegre, solo un puñado selecto, una fracción de milímetro, logra firmar un contrato profesional. El resto se queda en el camino, con las rodillas dañadas y los sueños rotos. Por eso respetamos tanto a los que llegan. Por eso les pagamos millones. Porque asumimos que son superhombres. Que poseen un don divino que los demás no tenemos.

Pero la vida, amigos mío, no siempre premia al que mejor golpea la pelota. A veces, la vida premia al que mejor entiende la naturaleza humana. Al que sabe leer los deseos, los miedos y la vanidad de los que mandan.

Hoy quiero hablarte de un futbolista brasileño que rompe todos los esquemas de lo que crees que es este deporte. Un tipo que nació en los años sesenta, en una época donde el fútbol todavía se movía por el romanticismo y el instinto, antes de que los ordenadores y los análisis de datos lo midieran absolutamente todo. Físicamente, si lo hubieras visto entrar por la puerta de este bar, te habrías girado a mirarlo. Un portento. Alto, atlético, con una melena ochentera que parecía sacada de una estrella de rock, una planta imponente y un carisma que inundaba la habitación antes de que él siquiera abriera la boca. Tenía la mirada de los que ganan antes de empezar y el andar seguro de un ariete que va a reventar la red. Los ojeadores se frotaban las manos al verlo vestir de corto. Los presidentes de los clubes veían en él una mina de oro, el próximo gran delantero que los llevaría a levantar copas y a llenar las vitrinas de trofeos.

Tenía todo lo que el sistema exige. El físico, el respeto de sus compañeros, la adoración de la prensa y las ofertas de los grandes equipos sobre la mesa. Vivió la época dorada del fútbol. Compartió vestuario con campeones del mundo, firmó contratos lucrativos en Brasil, viajó a Europa, a México, a Estados Unidos. Estuvo en la élite. En la cumbre. En el lugar donde solo los elegidos pueden respirar y el resto de los mortales soñar con ello.

 Durante dos décadas, su nombre estuvo inscrito en las plantillas de los clubes más importantes, cobrando sueldos de estrella, saliendo en las portadas y disfrutando de los lujos que solo este deporte puede darte. Una carrera de veinte años como profesional. Veinte años en el escaparate más exigente del planeta, donde un mal partido te condena al ostracismo.

Pero aquí viene el giro de la historia. El detalle que hace que te des cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que creemos a primera vista.

Ese hombre, ese atleta formidable, esa estrella de la que te hablo... se llamaba Carlos Henrique Raposo, aunque en el mundo del fútbol todos lo conocían como "El Kaiser". 

Y su verdadero don, no estaba en sus botas. Estaba en su mente. Porque este hombre logró mantener esa carrera de veinte años al más alto nivel, cobrando contratos, firmando autógrafos y engañando a presidentes, entrenadores y aficionados... sin llegar a jugar ni un solo partido oficial en toda su vida. Ni uno solo. Veinte años viviendo del fútbol, siendo futbolista, sin tocar un balón en el césped.

Por que el Kaiser no sabía jugar al futbol, su talento era hacer creer a todo el mundo que si.

Seguro que ahora quieres saber su historia

Para entender el truco del Kaiser, hay que entender una gran verdad de la vida: a la gente le encanta que la engañen si el envoltorio es lo suficientemente brillante. Y Carlos tenía el mejor envoltorio del mundo.

El chaval no era tonto. Sabía que no sabía jugar, pero sabía lo que querían los clubes. Así que empezó por lo más importante en este negocio: las relaciones públicas. Carlos se hizo amigo de los tipos más grandes del fútbol brasileño de los ochenta. Gente como Rocha, Renato Gaúcho, Romário... tipos con un talento descomunal pero con un corazón blando para los buscavidas. El Kaiser los encandilaba en las discotecas, les organizaba las fiestas, les cubría las espaldas. Se convirtió en el alma de la noche de Río. Y claro, cuando una estrella como Renato Gaúcho firmaba por un gran club como el Flamengo o el Vasco da Gama, ponía una condición en la mesa del presidente: "Para que yo rinda al máximo, tenéis que fichar también a mi amigo Carlos. Es un delantero espectacular, solo necesita una oportunidad".

Y los presidentes, que de fútbol a veces saben lo justo, firmaban el contrato, aunque sólo fuera por complacer a la estrella del momento. Tres meses de prueba, un sueldo modesto, pero ya estaba dentro. El Kaiser ya era jugador de primera división.

Y ahí empezaba la verdadera magia, el arte de la puesta en escena. Carlos llegaba al primer entrenamiento. Físico impecable, melena al viento. Pedía el balón en el partidillo, corría con una potencia tremenda, daba dos pases y, al tercer toque... ¡ay! Se llevaba la mano al muslo, ponía cara de dolor de parto y se caía al suelo. "¡El isquiotibial!", gritaba. En los años ochenta no había resonancias magnéticas, ni escáneres, ni ecografías de alta definición. El médico del club le tocaba la pierna, Carlos pegaba un grito, y el diagnóstico era inapelable: rotura fibrilar. Tres semanas de baja.

¿Y qué hacía mientras estaba lesionado? ¿Se quedaba en su casa? Qué va. Se ganaba al vestuario. Se pasaba los días en el gimnasio, charlando con los lesionados, subiéndoles la moral, pagándoles las cenas y las copas . A los periodistas locales les regalaba camisetas del club y les filtraba cotilleos jugosos. ¿El resultado? Que mientras estaba en la enfermería, los periódicos publicaban titulares como: "El Flamengo espera con ansias la recuperación del Kaiser, el delantero que va a revolucionar el campeonato". El tipo era un genio del marketing antes de que existiera el término.

Incluso utilizaba tecnología de vanguardia para la época. Se paseaba por las instalaciones del club con un teléfono móvil —un armatoste gigante de los primeros que salieron— hablando en un inglés inventado y rudo. Les decía a los directivos de reojo: "Es mi representante... tengo una oferta millonaria del Real Madrid, pero yo me quiero quedar aquí porque amo a este club". Nadie en el equipo hablaba inglés, así que todos se lo tragaban. Años después se supo que el teléfono era de juguete.

Así estuvo varias temporadas, pero claro, el destino es muy puñetero y a veces te obliga a salir al escenario aunque no te sepas el guion. Le pasó en el Bangu, un club modesto de Río presidido por Castor de Andrade, un tipo que era el rey del juego ilegal, un mafioso de los de antes que no aceptaba un "no" por respuesta.

El Bangu iba perdiendo dos a cero, quedaban diez minutos y Castor, harto de ver a su fichaje estrella, por que le habían fichado como estrella del equipo, sin verle jugar pero por lo que decían de él,  lo dicho, ver a su fichaje estrella en el banquillo, llamó al entrenador por el walkie-talkie y le ordenó: "Mete al Kaiser ya, nos jugamos el campeonato". El entrenados, asintió, cómo para llevar la contraria a semejante personaje, así que el entrenador se puso frente al Kaiser y le señaló con el dedo, Carlos se quería morir. Si salía al campo, el truco se terminaba. Se iba a notar que no sabía jugar y en ese campo con ese presidente no sólo se estaba jugando el prestigio.

¿Qué hizo? Mientras calentaba en la banda, escuchó a los aficionados del equipo rival que lo estaban insultando por su melena. Vio el cielo abierto. El Kaiser saltó la valla publicitaria, se metió en la grada y empezó a pegarse puñetazos con los hinchas contrarios. Una tangana monumental. El árbitro, lógicamente, corrió hacia él y le sacó la tarjeta roja antes de que pisara el césped. Expulsado sin jugar un segundo.

Cuando terminó el partido, Castor de Andrade entró al vestuario hecho una fiera, buscando la cabeza del Kaiser para cortársela. Y aquí es donde Carlos demostró que era un superdotado de la palabra. Antes de que el mafioso abriera la boca, Carlos lo miró con lágrimas en los ojos y le dijo: "Presidente... Dios me dio un padre que falleció cuando yo era niño. Pero hoy, Dios me ha devuelto a ese padre en usted. Y cuando he escuchado a esos aficionados insultarle, llamándole ladrón y mafioso... no lo he podido soportar. He tenido que defender su honor, porque usted es mi familia".

¿Saben qué hizo el mafioso? Se echó a llorar, le dio un beso en la frente y le renovó el contrato por seis meses más con un aumento de sueldo. Eso era el Kaiser. Un hombre capaz de salir de un pozo de estiércol oliendo a rosas. Así pasó por el Botafogo, por el Fluminense, e incluso cruzó el charco para ir al Gazélec  de Francia, allí pasó otro de esos aprietos de los que sólo el Kaiser podía salir. El asistente del equipo le explicó lo que debía decir y hacer, le puso en los antecedentes de los equipos rivales, las señas de identidad y los canticos propios del equipo y que luego diera unos toques al balón por que a la prensa les encanta ese show en las  presentaciónes, El Kaiser se quedó blanco, saltó al juego y vió ordenados como si fueran soldados una fila de balones para que hiciera su demostración, así que no se lo pensó saltó como un tarzan sin hacer caso a los periodistas, tomó todas las pelotas y las pateo hacia el publico congregado como regalo, todo lo que tenía forma de pelota acabó en la grada, incluyendo los balones que luego iban a usarse en el entrenamiento y claro sin ellos no hubo exhibición. Un genio absoluto.

La historia del Kaiser nos deja una moraleja fantástica, aunque un poco gamberra. Nos demuestra que en este mundo, muchas veces, la actitud vale muchísimo más que la aptitud. Nos pasamos la vida estresados, estudiando másteres, devorando tutoriales, intentando ser los más productivos, los más preparados, los más perfectos... cuando a lo mejor lo único que necesitamos es un buen corte de pelo, una sonrisa de oreja a oreja y una confianza ciega en nosotros mismos. El Kaiser nos enseña que si eres capaz de convencer al mundo de que eres el mejor en algo, a veces ni siquiera te hace falta demostrarlo. El síndrome del impostor no existe si tú eres el dueño del fraude.

Eso sí, de todo esto hay una lección vital que no debes olvidar nunca si alguna vez decides emular a nuestro amigo Carlos: si vas a montar una mentira que dure veinte años... asegúrate al menos de tener a mano un buen juego de teléfonos de juguete, búscate amigos que jueguen muy bien y que den la cara por ti, y sobre todo, reza para que nunca, bajo ninguna circunstancia, nadie te pase una pelota a los pies. Porque ahí, amigo mío, se acaba la poesía y empieza la física.

Y colorín colorado esta maravillosa historia de futbol ha terminado

jueves, 18 de junio de 2026

la brevedad del mejor personaje de COMANCHERÍA

 Sean bienvenidos a su pianobar... ¿Les apetece un basito de Burbon? verán, entre el tiempo que tardan en preparar su mesa, dejenme que les cuente un Western... no se alarmen, verán.

El cine nos ha enseñado que el Salvaje Oeste era un lugar de forajidos a caballo, llanuras infinitas y duelos al sol. Pero el western no murió cuando se poblaron las fronteras; simplemente cambió de rostro. En el año 2016, si una película moderna,pues dicho film capturó a la perfección la esencia del neo-western moderno. Hablo de Comanchería —o Hell or High Water, en su título original—. Una obra maestra dirigida por David Mackenzie y escrita por Taylor Sheridan. Que si no la has visto, creeme que tienes que poner de inmediato remedio al asunto.

Bueno, que me voy por las ramas, Comanchería nos sitúa en el Texas actual. Bueno, un Texas actual que parece atrapado en un bucle temporal de polvo, asfalto y desesperación. La trama, en la superficie, parece sencilla: dos hermanos, Toby y Tanner Howard, se dedican a atracar pequeñas sucursales de un mismo banco, el Texas Midlands Bank. Pero no lo hacen por codicia. Lo hacen por una justicia poética y desesperada: quieren pagar la hipoteca de la granja familiar que ese mismo banco les está intentando arrebatar tras la muerte de su madre. Es una carrera contrarreloj antes de que un veterano Ranger de Texas, a punto de jubilarse, intente darles caza.

Detrás de la adrenalina de los atracos, la película es un puñetazo social. No nos habla de la violencia gratuita, sino de la violencia del sistema. Los villanos aquí no llevan máscara; llevan trajes de tres piezas y ejecutan desahucios. A lo largo de las carreteras que recorren los protagonistas, el paisaje está devorado por carteles de «Préstamos rápidos», «Se vende» y «Ejecución hipotecaria». Es el retrato de una América empobrecida, abandonada a su suerte, donde la delincuencia no es una opción de vida, sino el último recurso de supervivencia.

Para sostener una historia así, necesitas gigantes. Y la película los tiene. Chris Pine y Ben Foster brillan como los dos hermanos: uno es la mente fría y herida; el otro, una bomba de relojería salvaje. Y en el otro lado de la ley, persiguiéndolos como un sabueso cansado pero implacable, está Marcus Hamilton, interpretado por un magistral Jeff Bridges. Hamilton representa el viejo orden que se apaga, un hombre que dialoga con su compañero nativo americano mediante un humor ácido, casi cruel, pero que esconde un profundo respeto mutuo y tambien nos habla de algo más mundano, el miedo al vacío de la jubilación.

Pero hoy, en este podcast, no vamos a hablar de los hermanos Howard. No vamos a analizar la jubilación del Ranger de Texas, ni vamos a debatir sobre la crisis de las hipotecas subprime en el sur de Estados Unidos.

Hoy queremos hacer algo diferente. Queremos detener el tiempo y fijar nuestra mirada en los márgenes del encuadre. Porque la grandeza de una película no solo se mide por el peso de sus protagonistas, sino por la verdad que respira el film y alguien dijo una vez que el guión es tan bueno como lo es el personaje con menos dialogo del film. y si de verdad eso es así... esta película debería de estar en la cumbre más alta por que quiero hablar de uno de esos personajes que apenas están unos minutos en la pantalla.

Verán, lo que pasa en la escena es esto. Los dos Rangers se sientan a la mesa del típico restaurante del sur del oeste americano. Están cansados, sudorosos. El personaje de Jeff Bridges, Marcus Hamilton, se quita el sombrero vaquero y se repantiga en la silla con la autoridad que le dan la placa y los años. Esperan el menú, esperan la típica cortesía sureña. Pero lo que se acerca a la mesa no es la típica camarera de sonrisa plástica de las franquicias de carretera, guapa, rubia y servicial.

Es Margaret Bowman una mujer que siendo generosos supera los 80 años de edad. Delantal blanco, libreta en mano, andar pesado y una expresión facial que se debate entre el aburrimiento soberano y el desafío absoluto. Ella no les da las buenas tardes. No les pregunta qué tal les va el día. Directamente, les suelta un monólogo que destruye cualquier ilusión de libre albedrío culinario.

«¿Qué es lo que no van a querer?», les pregunta. Sí, lo han oído bien. No les pregunta qué quieren, sino qué no quieren. Ante la confusión de los policías, ella pasa a dictar la ley del local con la firmeza de un juez del tribunal supremo. Lleva veinticuatro años trabajando allí, y en veinticuatro años solo ha servido una cosa: filete de ternera. Así que la elección real es mucho más simple, casi binaria. La carne se sirve con patatas asadas o con judías verdes. Punto.

El Ranger Alberto, intentando ser amable, le pregunta si puede pedir ambas cosas. La respuesta de la mujer es una mirada fulminante. Un «no» seco que corta el aire. 

Marcus Hamilton, divertido por la situación y queriendo tirar del hilo, interviene con esa voz rota suya. Le pregunta: «¿Es que nadie pide nunca otra cosa?». Y es ahí donde la camarera corona su actuación con una frase lapidaria, un viaje nostálgico e hilarante al pasado del pueblo.

Con los ojos entrecerrados, como quien recuerda una grave ofensa del siglo anterior, responde que una vez, en 1976, un tipo estirado de Nueva York entró por esa puerta y pidió trucha. La cara de la mujer al pronunciar la palabra «trucha» es un poema; parece que estuviera nombrando un pecado capital. ¿Y cuál fue el destino de aquel neoyorquino pretencioso? La camarera remata: «No servimos trucha. Así que le traje filete con patatas. Y se lo comió».

Derrotados por una anciana armada con un bolígrafo y un bloc de notas, los dos imponentes Rangers de Texas bajan la cabeza. No hay negociación posible. Hamilton pide la carne con patatas; Alberto, resignado, la pide con judías. La camarera apunta el veredicto en su libreta, se da la vuelta sin dar las gracias y regresa a su puesto tras la barra, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Es una escena que dura apenas dos minutos en pantalla, pero que funciona como un tiro. Es divertida, sí. Nos hace sonreír por el choque de trenes entre la autoridad de la ley y la autoridad de una trabajadora incansable. Pero debajo de las risas, Taylor Sheridan nos está regalando una radiografía perfecta de un lugar. Nos está enseñando los dientes de un Texas que se niega a cambiar, que odia que le digan cómo hacer las cosas y que prefiere extinguirse antes de servirle una maldita trucha a un tipo de Nueva York.

El personaje de esta camarera, interpretado de forma impecable por Margaret Bowman, es el ejemplo perfecto de un personaje realizado con cariño. Taylor Sheridan, el guionista, no escribió esa escena para rellenar minutos de metraje. No es paja. Está trabajada al más mínimo detalle, pulida como si fuera el monólogo del protagonista. Porque a través de esa anciana de mirada cansada y carácter de hierro, el espectador entiende el contexto de la película mucho mejor que con cualquier cartel explicativo. Entiende la resistencia de un mundo que se desvanece y Da gusto ver la verdad que un guionista nos puede regalar cuando respeta su oficio. Cuando respeta al público. En un Hollywood que muchas veces parece fabricar personajes secundarios con plantillas de cartón piedra, encontrarse con esta joya es un oasis en el desierto. Esa camarera octogenaria está a años luz de un cliché; es la viva imagen de miles de personas reales que sostienen la América profunda con sus delantales, sus madrugones y sus manos gastadas. En un film que habla de eso, de que el esfuerzo no cuenta, sólo la boracidad de un mundo que ha perdido los valores humanos

Y es que Comanchería es eso. Un film glorioso que no te suelta desde el primer atraco hasta los títulos de crédito finales. Una película que es, al mismo tiempo, un thriller impecable, un drama fraternal desgarrador y un retrato social de nuestro tiempo. Es una película que, si no la has visto, tienes que ver. Es una deuda pendiente con el buen cine.

Cuando te sientes en el sofá, apagues las luces y te dejes llevar por el polvo y la música de las carreteras de Texas, quiero que estés atento. Disfruta de la persecución, sufre con los hermanos Howard, asómbrate con la imponente presencia de Jeff Bridges... pero espera el momento.

Espera a que los Rangers detengan su coche frente a ese restaurante de formica. Espera a que se abra la puerta y suene el tintineo del cascabel. Y cuando veas aparecer a esa mujer con su libreta, cuando la oigas preguntar qué es lo que no quieren comer, y te hable de aquel estirado de Nueva York del año 76... quiero que sonrías.

Espero que, justo en ese preciso instante, me recuerdes. Que te acuerdes de este podcast y compartas esa sonrisa cómplice que solo el cine de verdad nos puede arrancar. Esa mueca de satisfacción genuina, limpia y reconfortante que se te queda en el rostro cuando disfrutas de algo auténtico. La misma sonrisa que se tiene, sin trampa ni cartón... al disfrutar de un buen filete con patatas.

Gracias por escucharme y creo que ya tienen su mesa preparada, así que colorín colorado, esta historia de una camarera implacable ha terminado

miércoles, 17 de junio de 2026

El astronauta que nunca existió

Que bueno verle de nuevo por aquí, tiene su mesa libre, ¿que va a ser hoy un te, un café, una copa de vino… algo más potente que caliente la garganta?

Hoy el camarero está desbordado y como siempre, tardará un poco más de la cuenta, pero déjame ofrecerte algo gratis.

Una historia. Una historia increíble. Pero cierta. O al menos… tan cierta como lo es una buena mentira. ¿Conoces a Joan Fontcuberta? No, pues te voy a sorprender

Pero para ello  tengo antes de explicarte cómo era aquel mundo, que ya verás como no es tan diferente al nuestro,  estamos en  un mundo que estaba dividido en dos ideas.

en dos naciones que se estaban jugando su lugar, su posición como imperio, Estados Unidos y la Unión Soviética. o lo que es lo mismo Occidente y Oriente. Dos visiones tan alejadas como la noche o el día el Capitalismo y comunismo.

Las naciones eran tan fuertes que no podían atacarse directamente por lo que no era una guerra abierta.

Era una guerra de símbolos. De demostrar quién superaba al otro sin apretar el botón rojo.

Y entonces ocurrió algo en aquel tablero que hoy ha sido olvidado:

Verán en 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik. Un pequeño satélite que no hacía nada… salvo emitir un sonido. Un “bip… bip… bip…” que atravesaba la atmósfera como una burla.

El mundo entero lo escuchó. Y entendió el mensaje:

“La Union sovietica lo ha conseguido y no Estados Unidos”

el pais norteamericano reaccionó como pudo. Aceleraron programas, proyectos, pruebas. Y entonces llegó el momento decisivo:

Que culminó con la llegada a la luna, pero antes de eso, antes que eso ocurriera hubo otra mas especial

La carrera por la narrativa.

Y es entonces cuando  nacieron las sombras. Los astronautas fantasma.

Durante los años 60 circularon rumores muy extraños en Europa, filtraciones, emisiones de radioaficionados, grabaciones supuestamente interceptadas.

Historias de cosmonautas soviéticos que habían muerto en el espacio antes de Yuri Gagarin.

Hombres lanzados en misiones secretas que jamás volvieron. Nombres que no aparecían en registros oficiales. Y sin embargo… alguien decía haberlos escuchado.

Uno de los más famosos creadores de esas historias fueron Los hermanos Judica-Cordiglia.

Dos jóvenes italianos radioficionados que Construyeron en su casa una especie de estación de escucha improvisada. Antenas caseras, equipos reciclados, una obsesión absoluta y un poco de hambre de notoriedad, por que no decirlo.

Y pronto saltaron a los medios ya que empezaron a grabar señales del espacio. O eso afirmaban.

 Entre esas grabaciones, dijeron haber captado: Respiraciones agitadas. Latidos. Mensajes en ruso.

Y supuestas últimas palabras de cosmonautas perdidos.

Uno de ellos decía:

“Estoy entrando en la atmósfera… la temperatura sube… esto es el final…”

Obviamente nunca se pudo verificar oficialmente, era imposible basicamente por que era inventado, pero en aquellos entonces la gente se lo creía buscaban con avidez ese tipo de historias que aparecian en tabloides de segunda.

Pero entre todos esos charlatanes, que afirmaban sin más prueba que su palabra apareció un el nombre de un hombre que no debía existir.   Ivan Istochnikov.

La historia de Ivan era la de un cosmonauta soviético seleccionado para una misión secreta a finales de los años 60. Un hombre reservado. Técnicamente brillante.

Ya no se trataba de una escucha, ya había un nombre y la historia que circuló decía que fue enviado al espacio en una misión conjunta con un perro llamado Kloka. Una misión experimental. Una misión de alto riesgo de la que nunca regresó.

Y entonces ocurrió algo inaudito. Aparecieron documentos filtrados de un impacto de meteorito que eliminó de un plumazo la nave tripulada por Ivan y según la noticia la URSS, habría decidido borrar su existencia por completo.

Entonces aparecieron fotos . Archivos . Incluso su familia que habría sido reubicada. 

Pero no se preocupen por el bueno de Ivan, aunque había documentación grafica y una historia bien argumentada, era falsa y Su origen real está en el trabajo del artista catalán Joan Fontcuberta. Un proyecto artístico que mezclaba fotografía, archivo falso y estética documental soviética.

El objetivo no era engañar por maldad…Era demostrar algo mucho más incómodo:

Que la verdad puede fabricarse si tiene suficiente coherencia visual.

Fontcuberta construyó todo el universo de Istochnikov: Fotografías envejecidas.

Documentos oficiales falsificados. Sellos soviéticos.

Informes técnicos. Incluso retratos familiares manipulados. Y lo expuso como si fuera un archivo histórico perdido.

El resultado fue sorprendente.

Durante un tiempo, mucha gente lo aceptó como real. Porque tenía todos los elementos de la verdad:

La estética correcta. El contexto histórico perfecto.

El silencio oficial. Y el misterio suficiente. El falso cosmonauta había funcionado.

No en el espacio…Sino en la ficción, en la mente del incauto oyente o lector que se creía la mentira.

Con el tiempo, los expertos empezaron a hacer preguntas. Historiadores.

Periodistas. Investigadores.

No encontraban ninguna referencia oficial a Ivan Istochnikov en los archivos soviéticos reales, cómo era de suponer.

No pararecía en los listados de cosmonautas. Ni en bases de datos desclasificadas tras la caída de la URSS.

basicamente, por que no existía.

Aún así la mayoría de las personas creían más la historia de Fontcuberta que en todos los datos que demostraban que era falso

Hasta el día que se reveló el origen del proyecto artístico. Una obra de arte conceptual sobre la fragilidad de la verdad en la era de la propaganda. El engaño de un proyecto que más que artístico era filosófico.

El impacto fue real, pero el experimento dió un dato increible.  incluso después de comunicar la verdad…

la historia seguía funcionando. Seguía siendo creída por algunas personas. Había gente seguia pensando que era cierta y que lo de que fuera el proyecto de un artísta era una cortina de humo, pienso que esto ocurrió por que quizá el asumir la derrota era quedar como un necios y preferían no bajarse de un caballo que simplemente no andaba, todo, por que era más cómo para el individuo burlado, creer en la mentira que afrontar la realidad

Vaya, creo que ya viene el camarero con la copa, pero antes de que me vaya…

déjame dejarte una última idea.

En la Guerra Fría, el espacio no era solo un lugar físico era un teatro donde las potencias representaban su versión del futuro.

Y en ese teatro, la verdad no era lo más importante.

Lo importante era lo que la gente estaba dispuesta a creer.

Ivan Istochnikov nunca viajó al espacio, no tan siquiera existió. Pero viajó a algo más profundo: A nuestra necesidad de misterio. A nuestra fascinación por los complots y las intrigas, a esa verdad que sólo conocen los elegidos. A esa parte de nosotros que prefiere una historia perfecta…antes que una verdad incompleta.

Así que la próxima vez que escuches una historia demasiado icreible para ser verdad…pregúntate algo sencillo.

No si es real. Sino algo mucho más perverso:

¿Quién necesita que se crea en ella?

Y bien, ya ha llegado la hora, así que colorín colorado esta historia de Astronautas y mentiras ha terminado



martes, 16 de junio de 2026

Los fontaneros políticos

 Entren sin problema a este su piano bar favorito, disculpen que esté todo encharcado, pero su mesa está intacta no se preocupe, ¿Cómo, que qué a pasado?, Una tubería de agua sa ha roto, pero ya hemos llamado al fontanero, jajajaja si,si, parece que últimamente está de moda esa profesión, pero en el caso nuestro es un fontanero de verdad y no ese del ámbito político, por cierto ¿Quiere saber por que se les llama así? Si, de verdad, pues tome asiento, por que creame que es una historia apasionante.

Verán en Estados Unidos, a finales de los años 60 y principios de los 70, el país vivía uno de los momentos más tensos de su historia reciente. Por un lado, la guerra de Vietnam dividía profundamente a la sociedad y generaba protestas masivas en las calles. Por otro, el escándalo político, la desconfianza hacia el gobierno y la sensación de que las instituciones estaban perdiendo el control se hacían cada vez más evidentes.

En ese contexto, empezó a ocurrir algo que preocupó especialmente a la Casa Blanca: información sensible, documentos internos y decisiones estratégicas estaban saliendo a la luz pública con una facilidad inusual. Esas filtraciones no eran casuales ni aisladas. Llegaban directamente a los medios de comunicación, especialmente a los grandes periódicos del país, y muchas veces exponían errores, contradicciones o incluso operaciones encubiertas del gobierno.

Cada filtración tenía un efecto inmediato: debilitaba la credibilidad de la administración y alimentaba aún más la desconfianza ciudadana. Para el gobierno, aquello no era solo un problema de comunicación, era una amenaza directa a la seguridad nacional y al control político.

Ante esta situación, desde el propio entorno del presidente Richard Nixon se tomó una decisión muy concreta: crear un grupo especializado cuyo objetivo no era comunicar, sino todo lo contrario, impedir que la información siguiera saliendo. Su misión era rastrear el origen de las filtraciones, identificar a los responsables y cerrar cualquier vía por la que los documentos pudieran llegar a la prensa.

En un principio se hicieron cargo agentes del orden público, ya fuera del FBI cómo agentes de la Agencia central de inteligencia, la CIA, pero aquello resultó ser un desastre. La locura de la política, la infinidad de cargos, congresistas, senadores, secretarios de éstos, subsecretarios de los secretarios, asesores, lobistas y demás fauna política que reocorrían los pasillos hacían que los agentes se perdieran, así que se tomó una decisión, junto a ellos iban a colocar a miembros leales al partido, miembros sin un puesto claro, pero con unos ideales ferreos que se sabían mover por ese mundo y que se iban a infiltrar entre los cargos politicos y dar cuenta a los agentes de la autoridad, su misión principal era tapar fugas de información.

Nadie, excepto los mas cercanos al presidente sabían quien eran, pero ellos empezaron a llamarese a si mismos fontaneros, por el cometido principal de detener dichas fugas de información.

En plena campaña electoral de 1972, el presidente Richard Nixon buscaba su reelección en un clima político muy polarizado. El Partido Demócrata era su principal rival, y cualquier ventaja, incluso la más pequeña, podía marcar la diferencia.

En ese contexto, un grupo vinculado a su comité de reelección, conocido como CREEP, decidió llevar a cabo una serie de acciones encubiertas para obtener información y asegurar el control de la campaña. Entre esas acciones se encontraba la vigilancia y espionaje político a sus adversarios.

¿Y adivináis a quién se lo propuesieron? Efectivamente a esos autodenominados fontaneros, pero aún ese terminó no era conocido por la opinión publica, tenía que pasar un acontecimiento.

Pero antes explicarte por que se lo encargaron a ellos y no por ejemplo a la CIA, verán, lo que pedía Nixon era totalmente ilegal y cualquier agente de la seguridad nacional podría dar aviso a un superior y encontrarse el presidente en serios apuros, pero los autodenominados fontaneros, eran milantes fanaticos, algunos con un odio extremo al partido demócrata y eso les hacía ser los candidatos ideales

Y ahora ocurre el acontecimiento que lo detonará todo.

La noche del 17 de junio de 1972, cinco hombres fueron detenidos dentro del complejo Watergate, en Washington D.C., mientras intentaban instalar micrófonos y obtener información del Partido Demócrata. A primera vista, parecía un robo fallido o un incidente aislado. Pero pronto empezó a llamar la atención que los detenidos no eran simples delincuentes, sino personas con conexiones directas con la campaña de Nixon.

A partir de ese momento, algunos periodistas comenzaron a tirar del hilo. En particular, Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, empezaron a investigar el caso con más profundidad. Lo que parecía un episodio menor empezó a mostrar conexiones cada vez más incómodas: pagos en efectivo, operaciones encubiertas y una estructura organizada que iba mucho más allá de un simple allanamiento.

El problema para la Casa Blanca no fue solo el robo en sí, sino lo que empezó a descubrirse después. Poco a poco, las investigaciones apuntaban a que existía un sistema de vigilancia política más amplio, y que ciertos miembros del entorno presidencial podían estar implicados, o al menos al tanto de lo ocurrido.

Desde la administración Nixon, la reacción inicial fue de negación. Se intentó minimizar el incidente, desvincularlo de la campaña y presentarlo como una acción no autorizada de terceros. Sin embargo, las pruebas y testimonios seguían acumulándose, y cada intento de cerrar el caso terminaba generando más preguntas.

Lo que había empezado como una operación de espionaje político terminó abriendo una grieta mucho más profunda en el sistema. Porque el verdadero problema ya no era solo lo que había ocurrido en el Watergate, sino hasta dónde llegaban las acciones de espionaje a sus propios ciudadanos y dirigentes políticos.

Los cinco hombres detenidos por la policia en el complejo Watergate no eran simples  activistas políticos. Se trataba de individuos con formación en inteligencia, seguridad y operaciones encubiertas, que habían sido adiestrados por aquellos primeros agentes que intentaron sin éxito parar las filtraciones.

Aquellos perfiles no encajaba con el de delincuentes comunes. Recordar que se estaba investigando un robo.

Durante el juicio, se fue reconstruyendo su papel en la operación. Habían sido contratados para entrar en las oficinas del Partido Demócrata, instalar micrófonos, recopilar información y asegurar ventajas políticas para la campaña de reelección de Nixon. No actuaban por iniciativa propia, sino como parte de una cadena más amplia de decisiones y autorizaciones.

El proceso judicial empezó a revelar una red de contactos y órdenes que apuntaban hacia niveles cada vez más altos del poder político. Aunque los acusados intentaron presentarse como actores independientes, las pruebas y los testimonios sugerían que su actuación estaba vinculada a una estrategia más amplia de espionaje político.

En un momento dado uno de ellos se autodenominó "plomero", ese es el nombre que nuestros hermanos de la america hispano hablante usa para decir fontanero.

Pronto averiguaron que era así como se denominaban así mismos aquel grupo dentro del partido republicano y es así cómo salió a los medios, quedando para siempre ese oficio a aquellos miembros de un partido  que se dedican a trabajar en las cloacas políticas.

Por cierto, el escándalo fue tal que Nixon tuvo que dimitir y estuvo muy cerca de entrar en la carcel si no fuera que Gerald Ford le concedió un indulto presidencial, pero su nombre ha quedado para siempre manchado en la historia, carne de chistes y de escarnio público que ha trascendido en el tiempo.

Y bueno, qué les ha parecido.... apasionante verdad, pues colorín colorado esta historia de fontaneros ha terminado, disfruten de su día