Vaya, se han sorprendido por la decoración del bar... si es estupenda. ¿Cómo el ataud? No, no es de verdad, es atrezo.. si efextivamente como ese murcielago, es de plastico, los hacen tan bien, no, no esa telaraña es por que la señora de la limpieza no se ha esmerado mucho.
Pero siganme a su mesa...Esta noche quiero contaros una historia de miedo.
Bueno... quizá miedo no sea exactamente la palabra adecuada.
Porque cuando hablamos de vampiros, de castillos perdidos entre la niebla, de murciélagos que cruzan la luna llena y de figuras que esperan en la oscuridad, es normal que a algunos se les acelere un poco el pulso.
Pero no os preocupéis.
No vamos a hablar de monstruos reales.
Ni siquiera de monstruos imaginarios.
Vamos a hablar de cine.
Y cuando digo cine, me refiero a uno de esos momentos en los que un personaje y un actor terminan unidos para siempre. Tan unidos que resulta imposible pensar en uno sin recordar al otro.
Porque esta es la historia de Drácula.
Y también es la historia de Bela Lugosi.
Y quizá, al final de este viaje, descubramos que durante muchos años fueron exactamente la misma persona.
Antes de que Drácula llegara a las pantallas, ya era una leyenda.
En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker publicó una novela que cambiaría para siempre la cultura popular.
La historia de un noble de Transilvania que se alimentaba de la sangre de los vivos.
Un monstruo elegante.
Culto.
Hipnótico.
Muy diferente a las criaturas salvajes que solían poblar las historias de terror de aquella época.
Durante años, Drácula vivió en las páginas de los libros y en los escenarios teatrales.
Pero el cine acabó llamando a su puerta.
Y no siempre de la forma más elegante.
En 1922, el director F. W. Murnau quiso adaptar la novela.
El problema era que no tenía los derechos.
Así que cambió algunos nombres.
Drácula pasó a llamarse Conde Orlok.
Jonathan Harker se convirtió en Thomas Hutter.
Y la película recibió el nombre de Nosferatu.
Era, en realidad, Drácula disfrazado con otro nombre.
La viuda de Bram Stoker demandó a los productores y consiguió una sentencia que ordenaba destruir todas las copias.
Por suerte para los amantes del cine, algunas sobrevivieron.
Y gracias a ello hoy podemos seguir contemplando una de las películas más inquietantes jamás rodadas.
Pero la primera vez que Drácula apareció oficialmente en el cine con su propio nombre todavía estaba por llegar.
Y para eso necesitamos hablar de Bela Lugosi.
Bela Lugosi nació en 1882 en una pequeña ciudad que entonces pertenecía al Imperio Austrohúngaro y que hoy forma parte de Rumanía.
Su verdadero nombre era Béla Ferenc Dezső Blaskó.
Un nombre bastante más complicado de recordar que el que acabaría utilizando en los carteles.
Desde joven sintió fascinación por el teatro.
Actuó en Hungría, participó en el cine mudo de su país e incluso sirvió en el ejército durante la Primera Guerra Mundial.
Pero la Europa de principios del siglo XX era un lugar complicado.
Las revoluciones, los cambios políticos y la inestabilidad terminaron empujándolo hacia el exilio.
Primero pasó por Alemania.
Después llegó a Estados Unidos.
Y allí comenzó prácticamente de cero.
No hablaba bien inglés.
No era una estrella.
No tenía contactos importantes.
Era simplemente otro actor extranjero intentando abrirse camino en un país inmenso.
Y entonces apareció Drácula.
En 1927 se estrenó en Broadway una adaptación teatral de la novela de Bram Stoker.
Lugosi consiguió el papel principal.
Y algo extraordinario ocurrió.
El público quedó fascinado.
No era el vampiro monstruoso de Nosferatu.
Era elegante.
Seducía con la mirada.
Hablaba despacio.
Parecía un aristócrata venido de otro mundo.
Su acento extranjero, que para otros papeles podía ser una desventaja, se convirtió en una virtud.
Aquel hombre parecía realmente llegado desde algún rincón remoto de Europa del Este.
Durante cientos de representaciones interpretó al Conde Drácula.
Y cuando la Universal Pictures decidió llevar la historia al cine, muchos pensaron que el papel sería para otro actor más famoso.
Lugosi tuvo que insistir.
Tuvo que luchar.
Tuvo que convencer a los productores.
Pero finalmente lo consiguió.
Y en 1931 llegó la película que lo cambiaría todo.
Dracula.
Hoy puede parecer una película sencilla.
Pero en aquel momento fue un fenómeno.
El cine sonoro era todavía una novedad.
Y aquel hombre de mirada penetrante, capa negra y voz hipnótica quedó grabado para siempre en la memoria colectiva.
Cuando alguien pensaba en Drácula, veía a Bela Lugosi.
Y cuando alguien veía a Bela Lugosi, pensaba en Drácula.
Fue una bendición.
Y también una maldición.
Porque el éxito fue tan grande que resultó imposible escapar de él.
Lugosi trabajó muchísimo durante las décadas siguientes.
Participó en películas de terror.
De misterio.
De aventuras.
Incluso de ciencia ficción.
Compartió pantalla con figuras legendarias como Boris Karloff, el actor que había dado vida al monstruo de Frankenstein.
Pero por mucho que intentara diversificarse, para el público siempre sería el vampiro.
El Conde.
Drácula.
La industria de Hollywood tampoco ayudó demasiado.
Los papeles importantes comenzaron a escasear.
Llegaron problemas económicos.
Problemas de salud.
Y una creciente dependencia de los medicamentos que le habían recetado para aliviar dolores físicos.
Mientras tanto, nuevas generaciones de actores ocupaban el lugar que antes había sido suyo.
El hombre que había dado rostro a uno de los personajes más famosos del cine empezaba a quedarse en los márgenes de la industria.
Y entonces apareció una figura inesperada.
Un director joven, extraño y apasionado llamado Ed Wood.
Durante años fue considerado uno de los peores directores de la historia.
Pero admiraba profundamente a Lugosi.
Y cuando casi nadie le ofrecía trabajo, él siguió contando con él.
Las películas que rodaron juntos eran modestas.
A veces caóticas.
A menudo ridiculizadas por la crítica.
Pero también representaron los últimos años profesionales de un actor que había sido una leyenda.
Bela Lugosi murió en 1956.
Tenía 73 años.
Y entonces ocurrió algo que parece sacado de una película.
Su familia decidió enterrarlo vestido con la capa de Drácula.
La misma imagen que lo había acompañado durante décadas.
La misma imagen que había marcado toda su carrera.
Como si actor y personaje ya no pudieran separarse.
Como si el vampiro hubiera terminado absorbiendo a la persona.
Sin embargo, Drácula no murió con él.
Porque los monstruos más famosos nunca desaparecen.
Simplemente cambian de rostro.
En los años cincuenta y sesenta llegó Christopher Lee.
Más alto.
Más agresivo.
Más oscuro.
Su interpretación para la productora Hammer se convirtió en otra referencia absoluta del personaje.
Después llegaría Frank Langella, que aportó una versión romántica y seductora del conde.
Y en 1992, Gary Oldman ofreció una interpretación espectacular en Bram Stoker's Dracula, dirigida por Francis Ford Coppola.
Cada generación ha tenido su Drácula.
Y seguramente las futuras también tendrán el suyo.
Pero hay algo curioso.
Cuando alguien dibuja mentalmente al vampiro clásico.
Cuando aparece una capa negra.
Un medallón.
Una mirada fija.
Y ese acento imposible de situar.
Todavía estamos viendo la sombra de Bela Lugosi.
Porque fue el primero.
No el primer vampiro del cine.
No el primer monstruo de la gran pantalla.
Pero sí el primer Drácula oficial que logró convertir al personaje en un icono universal.
Y quizá esa sea la razón por la que seguimos hablando de él casi un siglo después.
Porque algunos actores interpretan personajes.
Y otros se convierten en ellos.
Y cuando eso ocurre, la ficción y la realidad terminan mezclándose de una forma extraña.
Como una niebla que avanza lentamente por un viejo castillo.
Como una película en blanco y negro proyectada en mitad de la noche.
Como la historia de un hombre que quiso ser actor...
Y acabó convirtiéndose para siempre en el príncipe de los vampiros.
Y hasta aquí nuestra historia de esta noche.
Una historia de vampiros.
De cine.
De fama.
Y de cómo, a veces, un personaje puede llegar a ser más inmortal que la persona que le dio vida.
Buenas noches.