Querido amigo, que bueno que vuelvas a este tu piano bar. Dejame que hoy sea yo quien elija tu mesa y es que hoy voy hacer algo prohibido, verás suele decirse que recomendar música es terreno peligroso. Nunca me ha gustado decirle a nadie qué debe escuchar; al final, las canciones que nos salvan o nos hunden son decisiones íntimas, casi clandestinas. Dependen tanto de quién eres como del momento exacto de la circunstancia que te rodea en este preciso instante.
Pero esta noche dejame hacer una excepción.
Perdona que me tome la confianza de sentarme un momento contigo y de retrasar tu bebida, pero pocos discos en toda la historia de la música pueden considerarse pilares fundamentales no solo de un género, sino del arte en su totalidad. Y lo fascinante, casi un capricho del tiempo, es que entre 1958 y 1959, en cuestión de meses, nacieron dos obras que cambiaron para siempre la forma en que respiramos la música moderna, el jazz.
Verás A finales de los años cincuenta, el jazz estaba viviendo un momento de mutación constante, un punto de inflexión donde las grandes figuras ya no buscaban únicamente el aplauso rápido de los locales nocturnos, sino construir algo que perdurara en los anales del tiempo.
Para quien se acerca por primera vez a este universo, conviene saber que el jazz no es un monolito, sino un territorio en perpetuo movimiento, son muchos los estilos y los generos, muchos tan opuestos entre si como el ron y la ginebra, en aquel momento, la escena jazzista, estaba poblada por tótems inmensos. Es la época de colosos con la trompeta como Miles Davis o chet baker, que tenian una presencia magnética que parecía dictar el latido de toda una generación con apenas una nota contenida. de saxofonistas únicos como Cannonball Adderley, Paul Desmond o John Coltraine, o pianistas enormes como Bill Evans, Dave Brubeck, Oscar Peterson, Thelonius Monk o errold garner y de bateristas de jazz inconmensurables, los amos del ritmo como Art Blaky, Jimmy Cobb, Max rouch o buddy Rich. Pero finales de los 50 fue un chocque generacional ya que aún estaban en activo grandes padres del jazz como Ellington, amstron o Basie.
Un momento único e irrepetible en la música.
Y en ese momento mágico, aparece con apenas unos meses de diferencia, dos álbumes que si bien no son los mejores de jazz, ¿quién es nadie para decir que una cosa es mejor que otra?, pero no exagero si te digo que ambos discos son pilares del género, obras fundamentales y dos discos que si tuviera que rescatar de un incendio serían esos los afortunados.
Empecemos por el primero de ellos, Somethin' Else. Grabado en el estudio de Rudy Van Gelder en Nueva Jersey, en el otoño de 1958 para el sello Blue Note. La historia de cómo se gestó es una de esas historias increibles, verán el líder nominal del disco era el saxofonista alto Julian "Cannonball" Adderley, pero fue el mismísimo Miles Davis quien tiró de los hilos tras bambalinas para armar aquella mágica sesión. Miles, que por entonces era uno de los reyes del género, tenía un contrato discográfico exclusivo con Columbia e ideó un truco maestro, participar en el disco de su amigo Cannonball a cambio de que este le devolviera el favor tocando en su propias sesiones para la columbia
El resultado fue un supergrupo irrepetible de hard bop. Al frente, con ese sonido denso, bluesero y desbordante, estaba el propio Cannonball Adderley con su saxofón alto. A su lado, operando desde las sombras con una elegancia misteriosa, Miles Davis a la trompeta, tocando con sordina en muchos pasajes, aportando un contrapunto sobrio y cerebral. En el piano nos encontramos a Hank Jones, un músico de una finura técnica inigualable que aportaba un toque de sofisticación clásica al torbellino. Sosteniendo el ritmo con una solidez titánica estaba Sam Jones al contrabajo, marcando cada compás con precisión quirúrgica. Y a la batería, Art Blakey, el huracán de los Jazz Messengers, una fuerza de la naturaleza que empujaba a toda la banda con redobles y acentos llenos de fuego y swing.
Cuentan que en el estudio reinaba una tensión creativa fascinante, una mezcla de respeto absoluto y camaradería nocturna. El disco abre de forma mítica con Autumn Leaves, donde Hank Jones expone unas notas iniciales que parecen sacadas de una ensoñación antes de que la trompeta de Miles y el saxo de Cannonball tejan esa conversación íntima que define toda la obra.
Pero la rueda no se detuvo ahí. Apenas unos meses después, en la primavera de 1959, la historia del sonido volvió a temblar con la llegada de Kind of Blue.
Aquí el arquitecto absoluto fue otra vez Miles Davis, que decidió dar un salto al vacío que cambiaría para siempre la dirección del jazz. Cansado de la complejidad asfixiante de los acordes rápidos del be bop, Miles apostó por la modalidad, por improvisar sobre escalas abiertas en lugar de secuencias armónicas cerradas. La leyenda cuenta que apenas entregó unos bocetos melódicos en unos papeles arrugados a sus músicos minutos antes de entrar a grabar. No hubo ensayos previos. Quería capturar la primera impresión, de aquel otro elenco que se medía por kilates como los diamantes.
Si para Something else los músicos eran enormes, el de king of blue era, sencillamente, inalcanzable. Al frente, cómo no, Miles Davis con su trompeta modal y frágil. En los saxofones, dos titanes de universos opuestos: John Coltrane en el tenor, con su famosa "sábana de sonido", un torrente espiritual e incansable, y de nuevo Cannonball Adderley aportando el anclaje terrenal y bluesero con su saxo alto. Al piano se alternaban dos genios absolutos: Bill Evans, el hombre clave del cool jazz, cuya sensibilidad impresionista impregnaba todo el álbum, y Wynton Kelly, que le pone el toque de blues más directo en el tema Freddie Freeloader. En el contrabajo, Paul Chambers, con un pulso magnético y constante que sostiene el edificio entero, y a la batería, Jimmy Cobb, cuya escobilla sobre la caja en So What o Blue in Green suena como un susurro lejano de la marea.
Dicen que en la sesión de grabación de Kind of Blue, cuando terminaron de registrar Flamenco Sketches en una sola toma perfecta, el ambiente en la sala era de una reverencia absoluta. Nadie se atrevía a hablar. Sabían que lo que acababa de quedar grabado en los surcos no era solo música para el momento, sino un espejo donde la modernidad iba a mirarse para siempre.
Así que no voy a decir cual es mejor si uno u otro, no voy ha competir con los grandes albumes de parker, Ellington o Broobeck, sólo y unicamente te quiero recomendar esas dos joyas del jazz, esas maravilllas únicas y como todo lo exclusivo irrepetibles, así que saltandome todas mis normas, dejamé que te recomiendo su escucha, que lo pongas por la noche en tu salon, apaga la televisión y el ruido de la calle y dejaté llevar por las notas de esos dos discos, de esas dos genialidades del hombre, de músicos que no tocaban el mismo estilo, algunos Cool Jazz, otros, Be Bop o Hard Bop, estilos tan alejados como lo són el de la costa este y oeste, pero los mejores en su instrumento que se amoldaron unos a otros para hacer dos discos especiales, dos obras maestras de la música y ya te voy a dejar que pidas lo que quieras al camarero y con esto sólo me queda decirte que colorín colorado esta breve historia de dos obras maestras del jazz ha terminado
Había corrientes que respiraban con una temperatura distinta. Por un lado, el pulso caliente y enérgico del hard bop, que traía la urgencia de la calle y el descaro rítmico; por el otro, el cool jazz, una vertiente más sobria, cerebral y contenida que entendía que el silencio entre nota y nota podía ser tan elocuente como el sonido mismo.
Comprender ese contraste entre sensibilidades y temperamentos es la llave para entender el terreno que estaban pisando estos genios, justo antes de entrar a un estudio de grabación y cambiar para siempre la historia del sonido.