Verán, dejenme que les cuente una cosa, hay películas que han pasado a la historia del cine como obras originales cuando en realidad no lo son, esa sensación de originalidad llega hasta el punto de que muy pocos recuerdan, o incluso saben, que en realidad son versiones de otras películas anteriores. Remakes que, con el paso del tiempo, han terminado eclipsando por completo a sus predecesoras, hasta hacerlas desaparecer de la memoria colectiva. A veces, la nueva versión alcanza tal popularidad que resulta difícil imaginar que aquella historia ya había sido contada antes, con otros actores, otra mirada y en otra época. Y es que la historia del cine está llena de estos casos, películas que todos creemos conocer en su versión original que no lo és, que esconden un pasado cinematográfico mucho más antiguo. Como el film que nos ocupa hoy.
Ahora sí, bienvenidos, bienvenidas, con todos ustedes la última película del ciclo que le estamos dedicando al gran cómico Danny Kaye, La vida secreta de Walter Mitty, film dirigido por Norman Z. Mcleod en 1947.
Y es que seguramente por este título te sonará un film del 2013. Verán Ben Stiller recuperó la figura de Walter Mitty para llevarla a una nueva generación de espectadores. Dirigida y protagonizada por él mismo, La vida secreta de Walter Mitty que partía de una premisa reconocible para todo el que vió el original: un hombre corriente que encuentra refugio en una imaginación mucho más emocionante que su propia existencia. Sin embargo, a partir de esa idea, la película toma un camino radicalmente distinto.
Más moderno, con una trama basada en la transformación del film al publico actual. Pero esta transformación también modifica sustancialmente el tono de la historia. La ironía, el absurdo y la visión más bien amarga del relato de Thurber dejan paso a una comedia dramática de carácter inspirador, con una fotografía espectacular, una banda sonora cuidadosamente elegida y una mirada casi poética sobre la aventura y el descubrimiento personal.Ya no estamos únicamente ante un hombre que sueña despierto para soportar su existencia. Estamos ante alguien que necesita despertar para empezar a vivir.
Y quizá ahí reside tanto el principal atractivo de esta versión como su mayor distanciamiento respecto al espíritu del relato original.
Para comprender el origen de esta película, tenemos que remontarnos a 1939, cuando el escritor e ilustrador estadounidense James Thurber publicó su célebre relato corto. En apenas unas páginas, Thurber construía el retrato de un hombre gris, sometido a las exigencias de quienes lo rodean, que escapa de una realidad frustrante imaginándose protagonista de aventuras extraordinarias. Un capitán enfrentado a una tormenta, un cirujano brillante o un héroe capaz de resolver cualquier situación. Todo ello mientras, en la vida cotidiana, apenas consigue hacerse respetar.
La fuerza del relato estaba precisamente en ese contraste, en la ironía con la que Thurber retrataba la distancia entre lo que somos y lo que nos gustaría ser. Una idea sencilla, pero de enorme potencial cinematográfico.
Y ahí entra en escena Samuel Goldwyn, que puso en marcha la adaptación en enero de 1945, confiando el guion inicial a Ken Englund y Everett Freeman. Sin embargo, el productor no quedó satisfecho con el resultado y decidió revisar el proyecto. El propio Thurber llegó a trabajar durante diez días con Englund, pero sus propuestas terminaron siendo ignoradas en buena medida.
Goldwyn tenía otro objetivo: construir una comedia a la medida de su protagonista, Danny Kaye. El resultado se alejaba considerablemente del relato original. El Walter Mitty cinematográfico ya no se limita a soñar despierto, sino que termina envuelto en una trama de intriga, persecuciones, joyas y personajes sospechosos. Thurber llegó a referirse irónicamente a la película como «La vida pública de Danny Kaye», una manera bastante elocuente de expresar su descontento.
Pero si algo jugaba a favor de la producción era su reparto.
Danny Kaye era uno de los grandes nombres de la comedia musical estadounidense, un artista de extraordinaria agilidad verbal y física, capaz de combinar canciones, gestualidad y un humor disparatado que parecía hecho a medida para las fantasías del protagonista.
A su lado encontramos a Virginia Mayo, una actriz que atravesaba un momento especialmente destacado de su carrera y que había participado en Los mejores años de nuestra vida, el célebre drama de William Wyler. En esta ocasión interpreta a Rosalind van Hoorn, una mujer misteriosa que arrastra a Walter hacia una aventura muy real, mucho más peligrosa que cualquiera de sus ensoñaciones.
Y, por supuesto, Boris Karloff. El inolvidable rostro del terror cinematográfico abandona aquí, al menos parcialmente, el territorio que lo había convertido en una leyenda para encarnar al siniestro doctor Hugo Hollingshead. Su presencia aporta a la comedia un delicioso contraste, jugando con la imagen amenazadora que el público asociaba inmediatamente con él.
Con Norman Z. McLeod en la dirección y una fotografía en Technicolor que daba vida a los distintos mundos imaginados por Walter, Samuel Goldwyn tenía entre manos una producción concebida para el lucimiento de sus estrellas.
La película llegó finalmente a los cines en 1947. Y aunque James Thurber nunca terminó de reconciliarse con aquella versión, el resultado nos ofrece una curiosa paradoja: una adaptación que se aparta considerablemente de su fuente literaria, pero que ha acabado convirtiéndose en la imagen cinematográfica más conocida de Walter Mitty durante décadas.
Ahora dejame que te cuente un poco de que va esta versión original, cómo siempre sin espoiler para que puedas disfrutar de su visionado.
Walter Mitty es un hombre corriente que vive atrapado en una existencia que parece diseñada para recordarle constantemente lo poco que importa. Trabaja en una editorial dedicada a publicar revistas pulp de aventuras, corrige historias de héroes intrépidos y pasa los días rodeado de personajes míticos, heróes de leyenda mientras que en su vida real todo el que le rodea parece no tener demasiado respeto por él.
En casa, su madre lo controla con mano firme. Su prometida, Gertrude Griswold, tampoco contribuye precisamente a su felicidad, y el entorno familiar de esta última termina por convertir su vida en una sucesión de pequeñas humillaciones. Incluso en el trabajo, su jefe, Bruce Pierce, se aprovecha de su docilidad y no duda en apropiarse de sus ideas.
Pero Walter tiene un refugio: su imaginación.
Mientras realiza las tareas más rutinarias, se transforma en un intrépido piloto de la RAF, un aventurero de los mares o un hombre capaz de enfrentarse a cualquier peligro sin perder la compostura. En esos mundos imaginarios, el tímido corrector de revistas se convierte en el héroe que nunca ha conseguido ser en la vida real. Aunque, a veces, sus fantasías son tan intensas que terminan provocándole situaciones bastante embarazosas.
Todo cambia cuando, durante un trayecto en tren, cuando aparece una misteriosa mujer llamada Rosalind van Hoorn, interpretada por Virginia Mayo. Es hermosa, enigmática y, para mayor sorpresa de Walter, parece salida directamente de sus propios sueños. Sin embargo, Rosalind no es una fantasía: está huyendo de unos peligrosos individuos que la persiguen por un asunto relacionado con un pequeño libro negro.
Lo que Walter ignora es que ahora él va a vivir una aventura de espias en carne propia, con un asesino que pondrá su vida en pelígro pero de forma real y hasta aquí te voy a contar el resto de la pelìcula la tienes que ver tu.
Vista hoy, La vida secreta de Walter Mitty es también una pequeña ventana a un mundo que ya no existe. Una comedia de finales de los años cuarenta que, probablemente, pueda resultar ingenua para el espectador actual, acostumbrado a un humor más ácido, a personajes más complejos y a un ritmo narrativo muy diferente. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto.
Porque más allá de sus enredos, sus equívocos y sus situaciones disparatadas, la película nos permite contemplar una época a través de sus calles, sus comercios, sus interiores y sus formas de vida. Los automóviles, los escaparates, los teléfonos, los trajes impecablemente cortados, los sombreros, los vestidos y aquellos peinados tan característicos componen un retrato involuntario de la sociedad de su tiempo.
Es casi una lección de antropología visual. Una oportunidad para observar cómo vestía la gente, cómo se relacionaba, cómo eran las ciudades y qué aspecto tenía la vida cotidiana en una América que acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial y que comenzaba a mirar hacia una nueva etapa de prosperidad.
Y todo ello envuelto en una comedia que encuentra buena parte de su fuerza en Danny Kaye. Su humor es eminentemente físico: las miradas, los gestos, las reacciones exageradas y esa extraordinaria capacidad para pasar de la timidez más absoluta a la seguridad desbordante de sus personajes imaginarios. Kaye pertenece a una tradición de comediantes para los que el cuerpo entero se convierte en un instrumento de expresión. No necesita explicar demasiado; muchas veces, basta con observarlo.
Y frente a su desbordante energía aparece Virginia Mayo, cuya belleza exuberante y presencia en pantalla aportan ese glamour tan característico del Hollywood clásico. Una actriz que parece pertenecer a un universo de elegancia y sofisticación que hoy contemplamos casi como una postal de otro tiempo.
Quizá la película no tenga la ironía de las grandes comedias posteriores, pero conserva algo que el paso de los años ha convertido en un valor añadido: la capacidad de transportarnos a una época desaparecida.
Y es que, a veces, el cine no solo nos cuenta historias. También conserva gestos, rostros, modas y maneras de vivir que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en documentos de su tiempo.
Y llegamos al final de nuestro recorrido por La vida secreta de Walter Mitty, una película que, seamos sinceros, no es la mejor comedia de la historia del cine, ni siquiera una de las grandes obras maestras de su década. Pero eso no significa que haya perdido toda su capacidad para hacernos disfrutar.
Porque, a pesar del paso del tiempo, la película conserva momentos que siguen funcionando extraordinariamente bien. Ahí tenemos el equívoco del corsé con el vecino, una situación que demuestra cómo una comedia puede construir el humor a partir de la vergüenza ajena y de una cadena de malentendidos cada vez más disparatados. O el desafío al tahúr, con ese Danny Kaye que parece crecerse ante cualquier situación, convirtiendo el gesto, la palabra y el movimiento en un auténtico espectáculo.
Son escenas que nos recuerdan que la comedia clásica tenía sus propios códigos, sus propios ritmos y una manera muy particular de arrancar la carcajada. Un humor que quizá hoy no siempre consiga el mismo efecto, pero que sigue teniendo interés para cualquiera que quiera comprender la evolución del cine y de sus formas de hacer reír.
Eso sí, hay que reconocerlo: esta película necesita cierta colaboración por parte del espectador. Sus números musicales, las canciones interpretadas por Kaye y algunos de sus recursos cómicos pertenecen a una tradición que en su momento estaba en plena efervescencia, pero que hoy puede parecernos algo envejecida. Lo que entonces era modernidad y espectáculo, ahora es también testimonio de una época pero que no es la nuestra.
Y quizá esa sea la mejor manera de acercarse a ella: sin exigirle que nos haga reír como lo haría una comedia actual, sino dejándonos llevar por su ingenuidad, su ritmo y el talento de unos intérpretes que construyeron una parte fundamental de la historia de Hollywood.
Porque si amas el cine, si disfrutas descubriendo películas que el tiempo ha ido dejando en segundo plano, quizá sea una mala idea dejar pasar esta pequeña pieza del Hollywood clásico. No porque sea imprescindible para entender toda la historia de la comedia, sino porque nos permite acercarnos a una forma de hacer cine que, sencillamente, ya no existe.
Y con esto terminamos nuestro recorrido. Espero que, a lo largo de este ciclo, hayas conocido o recordado a Danny Kaye, un cómico extraordinario, un artista de enorme talento que durante años ocupó un lugar destacado en el firmamento de Hollywood y que, sin embargo, parece haber quedado relegado al cajón de los recuerdos.
Lo mismo ha ocurrido con esta película, que merece al menos una oportunidad por parte de quienes amamos el séptimo arte.
Quizá algún día volvamos a encontrarnos con otra de sus películas. Danny Kaye tiene todavía mucho que ofrecernos, y su filmografía guarda títulos que merecen ser rescatados del olvido.
pero Por ahora, nos despedimos con la esperanza de que conocer un poco mejor al actor, su época y su manera de entender el humor te haya ayudado a comprender, y quizá también a amar un poquito más, esa comedia clásica hollywoodiense que tantas veces damos por perdida, pero que sigue esperándonos al otro lado de la pantalla. cómo la melodía que toca Mayo para que sepa que la acción y aventura ha llegado, quizá en otro momento vuelva a sonar, hasta entonces, espero que sean inmensamente felices o por lo menos luche por ello que no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma que vivas el cine