¡Buenas noches! Pasad, pasad... Buscad un hueco. Al fondo, cerca de la barra, siempre queda algún taburete libre. Poneros cómodos. Bienvenidos una noche más a nuestro particular piano bar, a este rincón de De todo y de nada donde el tiempo parece que se detiene entre trago y trago, y donde las teclas del piano siempre tienen una confidencia que haceros.
Ufff... Vaya bocanada de aire frío ha entrado por la puerta. ¿Sabéis? Ese soplido repentino, ese aire que casi parece traer el eco de una carrera lejana, me ha recordado muchísimo a un cliente habitual de este bar. Pablo.
A Pablo le encantaba sentarse justo ahí, en la esquina izquierda de la barra, con su copa, y siempre pide la misma melodía antes de lanzarse a hablar. Tenía una obsesión hermosa por las historias de superación, por los hombres que desafiaban al destino. Y siempre, inevitablemente, acababa hablándome del mismo personaje. Le fascinaba la historia de "El hijo del viento". O lo que es lo mismo, el hombre que corrió más rápido que el odio: Jesse Owens.
Hoy, con vuestro permiso, y mientras os sirvo la primera ronda, voy a tocar por él. Vamos a viajar en el tiempo, a través de las notas de este piano, hasta los años 30. Vamos a recorrer la vida de un chaval que nació para volar cuando el mundo entero parecía empeñado en cortarle las alas.
Para entender la magnitud de Jesse Owens, hay que bajarse del pedestal de las medallas de oro y viajar a sus raíces. James Cleveland Owens nació en 1913 en Oakville, Alabama. Era el menor de diez hermanos en una familia de aparceros negros, los aparceros eran aquellos agricultores que alquilaban tierras a terratenientes pagando con una parte de la cosecha. Imaginaos lo que era eso. El sur de los Estados Unidos en los años 10 y 20 era un territorio hostil, marcado por la segregación más absoluta, la pobreza endémica y el racismo institucionalizado.
De niño, James era frágil. Sufría constantes problemas respiratorios, neumonías que casi se lo llevan por delante. Con apenas nueve años, su familia formó parte de esa Gran Migración hacia el norte buscando una vida digna, y se mudaron a Cleveland, Ohio. Allí, en la escuela, cuando la profesora le preguntó su nombre, él, con su marcado acento sureño, dijo sus iniciales: "J.C.". Pero la profesora entendió "Jesse". Y con ese nombre se quedó para la eternidad.
La infancia de Jesse no fue entre algodones. Para ayudar a mantener a su familia, trabajaba antes y después de ir al colegio: repartía periódicos, cargaba cajas en fruterías, trabajaba en un taller de reparación de calzado... Pero en mitad de esa rutina asfixiante de trabajo y supervivencia, Jesse descubrió algo. Descubrió que cuando corría, el mundo exterior desaparecía. El hambre, la pobreza, el prejuicio por el color de su piel... todo quedaba atrás.
Y entonces, el destino puso en su camino a un ángel de la guarda: Charles Riley. Riley era el entrenador de atletismo de su instituto. Vio correr a ese chaval esquelético y se le cayó la mandíbula al suelo. Pero Riley vio algo más: vio que Jesse no podía entrenar por las tardes porque tenía que trabajar para alimentar a sus hermanos. ¿Qué hizo este entrenador? Demostrando una humanidad gigante, cambió los horarios de entrenamiento de todo el equipo a las mañanas, antes de las clases, solo para que Jesse pudiera correr. Ahí, en esa pista de ceniza, bajo el frío de la mañana de Ohio, empezó a forjarse el mito. El diamante en bruto empezó a despuntar.
Y vaya si despuntó. Llegó a la Universidad de Ohio. Pero fijaos qué paradoja tan dolorosa: Jesse ya era una estrella del atletismo universitario, batía récords por donde pasaba, pero el racismo seguía siendo su sombra. Cuando el equipo viajaba, Jesse Owens no podía dormir en los mismos hoteles que sus compañeros blancos; tenía que buscar hostales para negros o quedarse a dormir directamente en el autobús. No podía comer en los mismos restaurantes. Tenía que entrar a los edificios por la puerta de servicio. El hombre más rápido del país seguía siendo un ciudadano de segunda en su propia patria.
Pero Jesse respondía en la pista. Y hay una fecha en su carrera, previa a las Olimpiadas, que a mi amigo Pablo le volvía loco contar. Fue el 25 de mayo de 1935, en Ann Arbor, Michigan. Se le conoce como "El día de los días".
Jesse venía de sufrir una lesión en la espalda severa tras caerse por unas escaleras días antes. Apenas podía agacharse para calentar. Su entrenador le sugirió retirarse. Pero Jesse dijo: "Déjame intentarlo". Lo que ocurrió en un espacio de apenas 45 minutos desafía las leyes de la física y de la medicina. En tres cuartos de hora, Jesse Owens batió tres récords mundiales e igualó un cuarto. Saltó longitud, voló en las 220 yardas, destrozó las vallas... Todo con una espalda dolorida. El mundo del deporte se dio cuenta de que no estaban ante un atleta excepcional; estaban ante un fenómeno de la naturaleza. Un hombre que flotaba sobre la pista.
Y así, llegamos al gran escenario. El clímax de la historia. El año es 1936. El lugar: Berlín.
Los Juegos Olímpicos de Berlín no eran solo una competición deportiva; eran la mayor pasarela de propaganda del régimen nazi. Adolf Hitler quería utilizar los juegos para demostrar al mundo la supuesta superioridad de la raza aria. El Estadio Olímpico de Berlín era un coliseo de hormigón, esvásticas y banderas, diseñado para amedrentar El ambiente era de una tensión política y social asfixiante.
Y en mitad de ese templo del supremacismo, se planta un joven afroamericano de 22 años, nieto de esclavos, con una camiseta blanca y el número 744 en el pecho.
Lo que pasó allí ya es historia dorada de la humanidad. Jesse Owens no solo ganó. Jesse Owens arrasó. Se colgó cuatro medallas de oro: en los 100 metros, en los 200 metros, en el salto de longitud y en el relevo 4x100. Cada vez que Jesse se agachaba en los bloques de salida, el estadio contenía el aliento. Y cuando sonaba el disparo, era un borrón en la pista que destrozaba todos los prejuicios, todos los discursos de odio y todas las teorías supremacistas con la elegancia de su zancada.
Se ha hablado mucho de si Hitler le negó el saludo o si abandonó el palco para no verle ganar. La verdad histórica nos dice que Hitler efectivamente se marchó para no tener que dar la mano a atletas negros, pero la bofetada moral ya estaba dada. No hacía falta ningún apretón de manos. La verdad estaba escrita en el cronómetro.
Pero en mitad de esa tensión, los Juegos de Berlín nos regalaron una de las anécdotas más hermosas y luminosas del deporte del siglo XX. Sucedió en las clasificaciones del salto de longitud. Jesse, presionado por el ambiente, hizo nulo en sus dos primeros intentos. Le quedaba solo una oportunidad para no quedar eliminado. Estaba nervioso, al borde del abismo.
Entonces, se le acercó su gran rival, el atleta alemán Luz Long. Long era el prototipo perfecto del atleta ario que el régimen quería ensalzar: alto, rubio, de ojos azules. Pero por encima de todo, Long era un deportista de verdad. Se acercó a Jesse, un hombre negro en el Berlín nazi, y en perfecto inglés le dio un consejo: "Jesse, sé que puedes saltar esto con los ojos cerrados. Da un paso atrás, marca la salida unos centímetros antes de la línea y asegurarás el salto".
Jesse le hizo caso, midió con calma, saltó y se clasificó. Horas después, en la final, Jesse Owens ganó el oro y Luz Long se llevó la plata. ¿Y sabéis qué fue lo primero que hizo Long? Delante de Hitler, delante de la cúpula nazi y de 100.000 espectadores, corrió a abrazar a Jesse Owens y le levantó el brazo en señal de victoria.
Años más tarde, Jesse Owens escribió una frase que a mí siempre se me queda clavada en el corazón cuando la recuerdo: "Se podrían fundir todas mis medallas y copas de oro, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que forjé con Luz Long en ese momento". Eso, amigos, es el triunfo del espíritu humano sobre la barbarie.
Uno pensaría que tras regresar de Berlín con cuatro medallas de oro, Jesse Owens sería recibido como el mayor héroe de América. Pero la realidad a veces es un trago amargo. El regreso a casa fue durísimo.
El racismo seguía esperándole en el puerto. El presidente Franklin D. Roosevelt, en pleno año electoral y temiendo perder el voto de los estados del sur, ni siquiera envió un telegrama de felicitación a Jesse Owens. No lo invitó a la Casa Blanca, un honor que sí se le concedía a los atletas blancos. Es más, el día que Nueva York organizó un desfile en su honor, para asistir a la cena de gala que se celebraba en el prestigioso hotel Waldorf Astoria, el propio Jesse Owens tuvo que subir por el ascensor de servicio porque a los negros no se les permitía usar el ascensor principal. Cuatro medallas de oro en el cuello, y no podías usar el ascensor para blancos.
La necesidad económica le obligó a dejar el atletismo amateur muy pronto para poder ganar dinero. Tuvo que sobrevivir aceptando espectáculos que hoy nos parecerían denigrantes: corría contra caballos de carreras, contra coches, contra trenes locales en ferias de pueblos. Él mismo decía con cierta tristeza, pero con una dignidad inquebrantable: "La gente decía que era degradante para un campeón olímpico correr contra un caballo, ¿pero qué se suponía que debía hacer? Tenía cuatro medallas de oro, pero las medallas de oro no se comen".
Pasó por bancarrotas, trabajó en lavanderías, tuvo problemas con el fisco... Su carrera deportiva terminó pronto, pero su carrera por la vida fue larga y resiliente. Con los años, el mundo empezó a hacerle justicia. Fue nombrado embajador de buena voluntad, dio conferencias motivacionales por todo el mundo y, finalmente, en los años 70, se le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo honor civil de su país.
Jesse Owens nos dejó en 1980, pero su historia no es una historia de tristeza. Al contrario. Mi amigo Pablo siempre terminaba su copa con una sonrisa cuando hablábamos de él, y hoy quiero contagiaros esa misma sonrisa a todos los que estáis escuchando este rincón de De todo y de nada.
La vida de Jesse Owens es un mensaje luminoso que cruza las décadas y nos llega hoy a esta barra de bar. Nos demuestra que el talento, la dignidad y la bondad humana no entienden de colores de piel, ni de fronteras, ni de los muros que el odio intente levantar.
Él nos enseñó que, a veces, el viento sopla de cara y el suelo que pisamos parece diseñado para hacernos tropezar, pero que dentro de cada uno de nosotros hay una fuerza, una zancada interior, capaz de elevarnos por encima de cualquier circunstancia. Nos demostró que la verdadera victoria no está en los aplausos de un estadio o en el metal que te cuelgan al cuello, sino en la capacidad de mantener la cabeza alta, de aceptar la mano de ayuda de un rival maravilloso como Luz Long en mitad de la tormenta, y de seguir corriendo con el corazón limpio.
Así que, amigos míos, cojamos el testigo de Jesse Owens. Cuando salgáis de este piano bar y volváis a vuestras rutinas, a vuestras propias pistas de atletismo diarias, recordad que no importa cuán pesada sea la carga o cuán ruidoso sea el estadio en vuestra contra: tenéis la capacidad de volar. Corred vuestra propia carrera con dignidad, con limpieza y con esa luz que nadie os pueda apagar. Y si por el camino te caes, deja que las buenas almas te presten su mano.
Disfrutad de la noche, de la música y de vuestra bebida, y sabed que si necesitas un rato de sosiego, estas puertas de este piano bar, siempre estarán abiertas para ti, y con esto me marcho, así que colorín colorado esta historia del hijo del viento ha terminado.