Verán, existe un mito muy arraigado en el mundo del arte que dice que el talento no se hereda, que la genialidad no es una cuestión de ADN. Es normal, nos sentimos falsamente reconfortados al pensar que las grandes mentes dejan su semilla y que el arte se transmite de generación en generación de forma casi mágica.
Pero la realidad del Arte suele ser mucho más fría, mucho más cruel. La sombra de un padre brillante casi siempre termina por eclipsar la carrera de cualquier hijo que intente seguir sus pasos. En la historia del cine, las segundas generaciones suelen quedarse en eso: en un intento bienintencionado, en una fotocopia pálida o en una eterna comparación que termina por devorarlos.
Es lógico. ¿Cómo te abres paso cuando el listón de tu casa está en el mismísimo Olimpo? Y si el apellido que llevas en la espalda es Sollima, la sombra no es grande; es gigantesca.
Para entender de quién estamos hablando, hay que viajar a la época dorada del cine de género italiano. Hay que hablar de Sergio Sollima. Él no era un director cualquiera; era uno de los tres pilares fundamentales, uno de los tres míticos "Sergios" que redefinieron el Spaghetti Western y lo exportaron al mundo entero, compartiendo el trono con Sergio Leone y Sergio Corbucci. Sergio Sollima firmó obras maestras absolutas, títulos imperecederos como El halcón y la presa o Cara a cara. Su cine no solo era entretenimiento; era un cine político, sucio, con una carga ideológica brutal y una tensión que se masticaba en cada plano. Crecer bajo ese techo, bajo esa firma, parecía una condena directa al segundo puesto si querías seguir los pasos del padre. Era directamente una invitación al fracaso.
Porque seamos honestos: heredar el talento ya es francamente difícil. Pero que se dé el milagro estadístico de que el alumno supere al maestro... eso es algo que ocurre una vez entre un millón. Que el hijo no solo esté a la altura, sino que mejore al padre, que coja su legado, lo retuerza y lo lleve más lejos, es romper por completo las leyes de la gravedad artística.
Y ahí, justo en ese quiebro de la historia, es donde entra Stefano Sollima.
Stefano sabía perfectamente que el apellido Sollima era un arma de doble filo, un imán para las expectativas y los cuchillos de la crítica. Así que tomó una decisión fundamental: no buscar el camino corto. No saltó a la dirección de grandes presupuestos de la noche a la mañana. Decidió curtirse las manos desde abajo, desde el fango de la producción y, sobre todo, desde la escritura.
Antes de ponerse detrás de una cámara para rodar un largometraje, Stefano devoró kilómetros de celuloide trabajando como operador, realizador de televisión y, de forma crucial, como guionista. Ahí fue donde entendió el verdadero motor de la ficción criminal. Comprendió que el cine oscuro, el cine de mafias y bajos fondos, no funciona por la espectacularidad de los disparos o la pirotecnia de las persecuciones. Funciona por la arquitectura de sus guiones. Funciona por cómo se van pudriendo los personajes por dentro, por los dilemas morales y por el peso del destino que arrastran en cada línea de diálogo.
Cuando finalmente da el salto a la dirección en la gran pantalla, el panorama cinematográfico italiano se queda sin respiración. Stefano Sollima demostró de inmediato que el pulso para narrar la violencia y esa atmósfera asfixiante le venían de fábrica, sí, pero con una identidad que no le debía nada a nadie. Lo suyo no era el wéstern crepuscular de su padre; lo suyo era el neonoir contemporáneo más seco, realista y visceral que se había visto en Europa en décadas. Un estilo directo a las encías, hiperrealista, donde las instituciones del Estado y el crimen organizado se confunden en un mismo charco de barro. Stefano Sollima no solo se quitó la etiqueta de "el hijo de Sergio"... se convirtió, por derecho propio, en el auténtico rey de la ficción criminal moderna y toca el cielo con la película que vamos a reseñar hoy dentro del ciclo del actor Pierfrancesco Pavino.
Y ahora sí, bienvenidos, bienvenidas queridos amigos y amigas de cinefilia con todos ustedes SUBURRA film dirigido por Stefano Sollima en el 2015.
Antes de adentrarnos en el film primero hay que entender su título: Suburra. hace más de dos mil años, en la Antigua Roma, la Suburra era el barrio más peligroso, sucio y densamente poblado de la ciudad. Era el submundo. El lugar donde los senadores patricios bajaban a escondidas a negociar con los criminales, a comprar votos, esclavos y voluntades. Lo fascinante —y lo terrorífico— es que Sollima nos demuestra que, veinte siglos después, la Suburra no ha cambiado. Sigue exactamente en el mismo sitio, solo que ahora los senadores visten trajes a medida y los criminales controlan el asfalto.
La película se basa en la monumental novela homónima del juez Carlo Bonini y el escritor Giancarlo De Cataldo. Pero el gran triunfo de Sollima no es adaptar el libro página por página; es coger esa radiografía de la corrupción estructural de Roma y transmutarla. Lo que sobre el papel podría haber sido un drama judicial o un thriller político denso y burocrático, Sollima lo eleva. Lo convierte en una tragedia épica, crepuscular, casi mitológica. Solima toma el libro para realizar una de las mejores películas del milenio.
¿Y cómo se logra transformar la podredumbre política en épica criminal? A través de una cinematografía y una técnica impecable y obsesiva. Sollima visualiza Roma como una ciudad sumergida. La película está empapada; la lluvia es constante, el suelo está siempre brillante y los reflejos de los neones se clavan en los charcos como cuchillos. Hay una decisión estética brutal: la cámara casi nunca se queda estática. Sollima utiliza planos generales inmensos que empequeñecen a los personajes, recordándonos que da igual el poder que crean tener; todos son peones atrapados en una maquinaria mucho más grande y oscura que los va a triturar.
El montaje es otra obra de ingeniería. La historia se estructura como una cuenta atrás hacia el Apocalipsis, dividida por días. Esa decisión genera una tensión única, asfixiante, un tic-tac constante en la cabeza del espectador. El ritmo no te da respiro porque no avanza mediante escenas de acción gratuitas, sino encadenando las subtramas de la iglesia, la política y la mafia del neón de una manera tan fluida que sientes cómo el nudo se va cerrando en el cuello de todos a la vez.
A esto se le suma una banda sonora electrónica magistral a cargo del grupo francés M83. En lugar de utilizar la clásica música de tensión de Hollywood, Sollima envuelve los tiroteos y las traiciones en sintetizadores melancólicos, casi nostálgicos. El contraste es brutal: estás viendo una ejecución en un muelle o una orgía de poder en un hotel de lujo, y la música te evoca una extraña e hipnótica belleza.
Eso es Suburra en manos de Sollima. Convierte el fango de la realidad en una ópera criminal oscura y magnética.
La estructura puede crear rechazo al principio en un espectador actual, al empezar por presentar a cada uno de los peones que van a formar parte de esta cruel partida de ajedrez, deja hilos sueltos que luego se atan más adelante, muestra la cara oficial de los personajes y tambien su cara oculta y no tiene prisa en hacerlo y ahí radica la magia de este film.
Ahora permiteme que te cuente de que va la película, aunque sin espoiler, la norma general que tenemos en este canal de consejos de cine, por cierto, eres nuevo, quizá te apetezca ver más reseñas del canal o ver las proximas entregas que os tenemos preparadas para vosotros, si es así no lo dudes y suscribeté, dale al botón y a la campanita y ya está, así de fácil. Por cierto. te está gustando este vídeo, haznoslo saber con un like o un hype si estás a tiempo.
Verán, siete días. Ese es el tiempo que separa a Roma del caos absoluto. Ese es el eje sobre el que gira Suburra.
La trama arranca con un plan milimétrico: transformar el frente marítimo de Ostia, a las afueras de la capital, en el nuevo Las Vegas europeo. Un megaproyecto que va a mover miles de millones de euros en cemento, juego y drogas. Para que esto salga adelante, tres mundos completamente opuestos tienen que ponerse de acuerdo y firmar una tregua: el Estado, el Vaticano y la Mafia. El nexo de unión de este pacto de sangre es "El Samurai", el último gran capo de la vieja escuela romana, un tipo frío y calculador que representa el verdadero poder en las sombras.
El plan parece perfecto, una maquinaria engrasada donde todos van a ganar. Pero la tregua es frágil, de cristal. Y todo salta por los aires de la manera más sórdida posible cuando un influyente y corrupto diputado del gobierno se ve envuelto en la muerte accidental de una escort menor de edad en un hotel de lujo.
Ese error desata un efecto dominó incontrolable. El secreto cae en manos de las personas equivocadas, dando pie a chantajes, venganzas cruzadas y ambiciones ciegas. En pocas horas, los personajes más despiadados de los bajos fondos entran en escena: desde Spadino, el impredecible heredero de un clan gitano que busca reclamar su sitio a base de sangre, hasta Número 8, el violento e impulsivo jefe de la mafia local de Ostia que no piensa doblegarse ante nadie.
Lo que sigue es una carrera contrarreloj donde los pactos se rompen a golpe de gatillo, donde la traición es la única moneda de cambio y donde nadie, absolutamente nadie, está a salvo. Sollima nos encierra en una Roma nocturna y salvaje, devorada por la codicia, donde las líneas entre la ley y el crimen se borran por completo. La mecha está encendida, el agua sigue subiendo y la gran pregunta que te deja la película en el cuerpo es... cuando todo estalle, ¿quién va a quedar en pie?
Y hasta aquí te voy a contar.
Más allá de su trama, el verdadero milagro de Suburra radica en su puesta en escena y en cómo Sollima construye cada plano. El director huye del ritmo caótico del cine de acción hollywoodiense moderno; aquí el ritmo se cocina a fuego lento, pero con una firmeza implacable. Cada movimiento de cámara tiene una intención dramática. Sollima utiliza una composición geométrica brutal, casi arquitectónica: los enormes edificios del poder de Roma o las desoladas playas de Ostia encuadran a los personajes de forma opresiva. Los techos parecen pesar sobre sus cabezas.
La puesta en escena es puro expresionismo criminal. Juega constantemente con las luces y las sombras, dejando claro que en Roma nadie camina completamente bajo la luz del sol. La dirección artística coloca a los personajes en entornos que reflejan su psicología: desde el minimalismo frío y estéril de las oficinas de los políticos, hasta la opulencia chabacana, dorada y recargada de los palacios de los clanes gitanos. Es un contraste visual salvaje que te entra por los ojos sin necesidad de que nadie te explique nada. El diseño de producción no es decoración; es narrativa pura.
Esta impecable factura técnica y su crudeza no pasaron desapercibidas. En taquilla, la película fue un éxito rotundo en Italia, convirtiéndose en uno de los grandes taquillazos de su temporada con más de 4,6 millones de euros recaudados, logrando además una enorme distribución internacional.
La crítica y la industria también se rindieron ante ella. Fue tal el impacto cultural y el fenómeno que generó esta visión de Sollima, que acabó abriendo las puertas a todo un universo, sirviendo como semilla directa para la famosísima serie homónima que arrasó a nivel mundial.
Y si no la has visto aún, tienes que hacerlo, disfrutar de esta joya en un film que no te dejará indiferente, no se me ocurre mejor cierre para el actor al que le estamos dedicando este ciclo y del que no hemos hablado nada en toda la reseña, creo que como cierre dejaré un sólo adjetivo para Pierfrancesco Pavino. MAESTRO.
Y con esto me marcho, deseando que seas inmensamente feliz o luches por ello, no hay mejor lucha que esa y como no puede ser de otra forma que vivas el cine