domingo, 31 de mayo de 2026

La creadora de monstruos

 Las mesas del local estan llenas, pero siempre hay un sitio para ti y creo que la historia de hoy te va a gustar bastante, una historia para el reposo de tu día a día, un momento para dejar volar la imaginación con una mujer bastante reservada, brillante, incómoda en el trato pero fascinante. 

Una escritora capaz de hacernos sentir simpatía por un asesino, de hacernos comprender a un mentiroso y de obligarnos a mirar donde normalmente preferimos apartar la vista.

Hoy vamos a conocer la vida de Patricia Highsmith. La mujer que creó la obra en la que se basa el film de Hitchcock "Extraños en un tren" y que fue la madre literaria de ese asesino con suerte llamado  Tom Ripley.

Y quizá, una de las literatas más singulares del siglo XX. Y si me permites una apostilla personal mi escritora favorita.

Imagina por un momento que entras en una librería Recorres las estanterías y encuentras una novela sobre un joven elegante, inteligente y encantador.

Un hombre capaz de mentir con naturalidad. De asumir identidades ajenas.

De matar si es necesario.Y sin embargo, mientras avanzas en la lectura, te descubres apoyándolo.

Deseando que no lo atrapen. Esperando que consiga escapar.

Eso es exactamente lo que millones de lectores hemos experimentado con Tom Ripley.

Y la pregunta es inevitable. ¿Qué clase de persona podía imaginar un personaje así?

La respuesta nos lleva a una fría mañana de enero de 1921.

Patricia Highsmith nació en Texas, en Estados Unidos. Su infancia no fue precisamente feliz.

Sus padres se separaron antes de que ella naciera y la relación con su madre estuvo marcada por conflictos que la acompañarían toda su vida.

Décadas después, Highsmith contaría episodios de aquella relación con una mezcla de resentimiento y tristeza.

Algunos biógrafos incluso han señalado que la escritora arrastró durante años una sensación de rechazo y soledad que terminaría apareciendo, de una forma u otra, en muchos de sus personajes.

Porque si algo caracteriza las novelas de Highsmith es precisamente eso. La soledad. Sus protagonistas suelen estar aislados. Observando el mundo desde fuera. Como si nunca terminaran de encajar.

Quizá porque la propia Patricia tampoco sentía que encajara.

Desde muy joven encontró refugio en los libros. Leía de manera voraz. Pasaba horas sumergida en historias.

Mientras otros niños jugaban, ella leía. Vívia en sus mundos personales que sólo otorgan la lectura y eso la aislaba como un bicho raro para el restos de chicos

Era una persona extraordinariamente inteligente. Y también extraordinariamente observadora.

Tenía una capacidad especial para detectar contradicciones en los demás. Para comprender las motivaciones ocultas que se esconden detrás de las apariencias.

Años más tarde, esa habilidad se convertiría en una de las marcas de su literatura.

Porque Highsmith entendía algo fundamental. Las personas rara vez son completamente buenas o completamente malas. La mayoría vivimos en una zona gris.

Y es precisamente ahí  es donde ella se movía con una maestría descomunal otorgando a sus personajes una complejidad que agradece el lector más exigente y hace que te rindas ante ella, tras sólo leer un par de páginas.

En los años cuarenta comenzó a abrirse camino como escritora. Curiosamente no fue fácil. Como tantos autores, tuvo que realizar trabajos diversos mientras intentaba publicar sus textos.

Pero entonces llegó una oportunidad inesperada. Una novela titulada Extraños en un tren. Una obra maestra de la literatura de misterio, menudo arranque.

Verás la premisa era tan sencilla como inquietante. Dos desconocidos coinciden durante un viaje.

Uno de ellos propone un intercambio de asesinatos. Yo elimino a la persona que te molesta.

Tú eliminas a la mía. Dos crímenes sin conexión aparente. Dos culpables imposibles de relacionar. La idea era brillante.

Y llamó la atención de una figura que ya era una leyenda del cine. Alfred Hitchcock.

La adaptación cinematográfica convirtió la novela en un éxito. De repente, Patricia Highsmith dejó de ser una escritora prácticamente desconocida.

Su nombre comenzó a circular. Los lectores empezaron a descubrirla. Y su carrera despegó.

Pero si existe una obra que la convirtió en inmortal, esa llegó pocos años después. En 1955. Ese año apareció una novela titulada El talento de Mr. Ripley. Su protagonista era Tom Ripley. Un joven sin fortuna. Sin escrúpulos. Y con una capacidad extraordinaria para reinventarse.

Lo curioso es que Ripley no era el típico villano. No era un monstruo evidente. No era un criminal caricaturesco.

Era inteligente. Educado. Culto. Agradable cuando quería. Y precisamente por eso resultaba tan perturbador.

Porque parecía real. Mucho más real que muchos héroes de ficción.

Patricia Highsmith había comprendido que el mal rara vez lleva un cartel anunciándolo.

A veces sonríe. A veces viste bien. A veces resulta encantador. Y a veces consigue que nos pongamos de su parte.

La novela fue un éxito. Pero también marcó el inicio de una relación muy especial entre autora y personaje. Tom Ripley regresaría una y otra vez.

A lo largo de cinco novelas. Durante décadas. Como si Highsmith nunca terminara de abandonar aquella creación.

Y es fácil entender por qué. Porque Ripley representaba muchas de las obsesiones de la autora.

La identidad. La mentira. La culpa. La apariencia.

La posibilidad de convertirse en otra persona. Temas que aparecen constantemente en su obra.

Mientras sus libros ganaban prestigio, la vida personal de Highsmith se enrevesaba más.

Su trato solitario y distante se acrecentaba se sentía especialmente incómoda en los círculos sociales.

Algunas personas que la conocieron la describían como brillante pero dificil

Parecía que seguía explorando los aspectos más incómodos de la condición humana. hasta en los momentos sociales.

Quizá por eso nunca encajó del todo en el mundo literario convencional. Era demasiado independiente.

Demasiado peculiar. Demasiado Patricia Highsmith.

Hay otro aspecto curioso de su vida. Uno que suele sorprender a quienes la descubren por primera vez.

Su fascinación por los caracoles.

Sí. Los caracoles. Llegó a tener cientos. Los observaba durante horas. Incluso los llevaba consigo en ocasiones.

Para muchos resultaba una excentricidad incomprensible. Pero en cierto modo encajaba perfectamente con ella, no la pegaba una mascota peculiar, un perro al que pasear, prefería algo tan sumamente impersonal como los caracoles.

Con el paso de los años fue alejándose cada vez más de Estados Unidos. Europa le ofrecía algo que valoraba enormemente. Privacidad. Y una cierta distancia respecto a la vida pública.

Terminó instalándose en Suiza. Allí pasó buena parte de sus últimos años. Escribiendo. Y dedicandosé a su pasión la lectura.

Observando. Manteniendo esa mezcla de curiosidad y aislamiento que había definido toda su existencia.

Mientras tanto, sus novelas continuaban conquistando nuevos lectores. Generación tras generación.

Década tras década.

Lo más interesante es que Patricia Highsmith nunca fue una autora especialmente interesada en resolver misterios. Sus novelas no funcionan como los clásicos relatos policiacos donde todo conduce a una solución final. Lo que le interesaba era otra cosa. La tensión psicológica. La fragilidad de la moral.

La forma en que una decisión aparentemente pequeña puede transformar una vida entera.

Sus historias nos obligan a hacernos preguntas incómodas. ¿Qué haríamos nosotros en determinadas circunstancias?

¿Hasta dónde llegaríamos para conseguir lo que deseamos? ¿Somos realmente tan diferentes de los personajes que condenamos?

Preguntas que siguen siendo igual de inquietantes hoy que hace setenta años.

Patricia Highsmith murió en 1995.Tenía 74 años.

Para entonces ya era considerada una de las grandes escritoras del suspense psicológico.

Pero quizá lo más impresionante es que su influencia no ha dejado de crecer.

Sus novelas continúan publicándose. Sus personajes siguen fascinando.

Y Tom Ripley permanece tan vivo como siempre. Porque los grandes personajes tienen algo especial.

Sobreviven a sus creadores. Y pocas criaturas literarias han sobrevivido tan bien como él.

Tal vez la verdadera razón sea que Highsmith comprendió algo que muchos autores prefieren evitar.

Que todos tenemos contradicciones. Que la línea que separa al héroe del villano no siempre está tan clara.

Y que los seres humanos somos mucho más complejos de lo que nos gusta admitir.

Por eso sus libros siguen funcionando. Porque no hablan de monstruos lejanos.

Hablan de nosotros. De nuestras sombras. De nuestras dudas. De nuestras máscaras.

Y quizá esa sea la mayor paradoja de Patricia Highsmith. Una mujer que pasó buena parte de su vida sintiéndose diferente. Observando el mundo desde cierta distancia.

Terminó convirtiéndose en una de las personas que mejor entendió la naturaleza humana.

Porque a veces son precisamente quienes permanecen en los márgenes quienes ven con más claridad lo que ocurre en el centro.

Y mientras sus lectores sigan acompañando a Tom Ripley en sus engaños, sus crímenes y sus fugas imposibles...

La voz de Patricia Highsmith seguirá ahí. Susurrándonos una verdad incómoda.

Que el mal rara vez es tan extraño como nos gustaría creer.

Y que, en ocasiones, los personajes más peligrosos son también los más difíciles de olvidar.

Y con esto creo que me voy a marchar, os dejo con vuestros pensamientos y con vuestra vida que os aseguro que será mucho mejor con una novela de Highsmith en las manos.

Así que colorín colorado esta historia de esta leyenda literaria ha terminado 

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