sábado, 30 de mayo de 2026

mas que una historia de billar

 

Verán, en los años 60 ya se intuía el final del sueño americano que ocurriría en la década posterior y el arte más popular de todos, el cine, ya era un reflejo de lo que estaba por venir, el cine cambiaba su aspecto más luminoso por un aire más pesimista, películas que hacían un retrato a veces demoledor de un momento, de una era.

Una de esas películas es El Buscavidas, dirigida por Robert Rossen en 1961. Una historia sobre algo tan mundano como es el billar, si tan mundano y común, un juego doméstico, un simple entretenimiento que se transforma gracias a la mano literata de Walter Tevis en una historia sobre la ambición, la derrota, la dignidad o la falta de esta. O lo que es lo mismo, un retrato de la sociedad americana del momento. Y en medio de todo eso aparece un personaje inevitable en ese mundo, lleno de incongruencias y dobleces, un personaje  por el que no sabes si tomar simpatía o no. El Gordo de Minnesota.

Verás el actor que daba vida a ese polifemo enorme de esta epopeya que es el Buscavidas, era Jackie Gleason que con su presencia a la vez rotunda y a la vez eterea, logra llenar la pantalla cada vez que aparece.

El Gordo de Minnesota es ese viejo campeón, un hombre que está vuelta de todo, un billarista profesional que ha aprendido a base de golpes a ganar y a perder, un superviviente nato una de esas ratas que son las primeras en saltar cuando el barco se hunde. 

Lo que hace grande al Gordo de Minnesota no es su habilidad con el taco de billar que lo tiene. Es su manera de estar en el mundo. Su paciencia. Su serenidad. Su capacidad para mantener la calma cuando todo a su alrededor se desmorona, ese hombre sin más bandera que la propia, tiene en aspecto algo incongruente, verás, es imponente, su enorme corpulencia, su cara sudorosa,  acaba convirtiéndose en parte de su fuerza. A pesar de ser el contrapunto perfecto del protagonista, Eddie Felson un hombre joven, guapo y atletico, tienes la sensación de que el Gordo siempre va un paso por delante , que si tuvieras que apostar por alguien, sería por él y sabes que a la larga ganarías y es que El Buscavidas es, en el fondo, la historia de un desafío. De lo que ocurre cuando el talento se enfrenta a la experiencia. Cuando la ambición se cruza con la sabiduría. Y cuando una persona descubre que ganar no siempre significa vencer.

La película tiene muchas capas. Cada vez que la vuelves a ver , encuentras algo distinto. Habla de la soledad. Del dolor. Del precio que a veces pagamos por perseguir nuestros sueños. Y también de la importancia de encontrar el equilibrio. Encarnando al joven Feldman nos encontramos a un actor de Metodo, pupilo del gran Lee Strasberg del Actor Studio, Paul Newman. Pero detrás del gordo estaba Jackie Gleason, una auténtica leyenda de la televisión estadounidense, alejado de cualquier metodo de actuación, aprendio a actuar por instinto y por vivir realmente tantas vidas que sólo tenía que echar mano de su memoria para realizar cualquier papel. 

Antes de convertirse en el Gordo de Minnesota ya era famoso por sus programas, sus monólogos y su capacidad para llenar cualquier escenario con una personalidad imposible de ignorar.

Era actor, cómico, cantante, músico y, según cuentan quienes le conocieron, un hombre incapaz de vivir a medias, se bebió la vida a tragos largos, cómo sólo saben hacer, esas personas que se quieren llevar puesto todo lo que da este mundo, lo bueno y lo malo.

Su vida estuvo llena de excesos, anécdotas y noches memorables. Una de las historias más conocidas cuenta que llegó a contratar a una gran orquesta para que tocara únicamente para él durante una noche entera bajo la luz de la luna.

Suena exagerado. Probablemente lo era. Pero también parece exactamente el tipo de cosa que Jackie Gleason habría hecho.

Y quizá por eso el personaje del Gordo de Minnesota resulta tan auténtico. Porque detrás había alguien que entendía perfectamente cómo era el personaje, básicamente por que sólo tenía que entenderse a sí mismo.

Cuando años después le diagnosticaron un cáncer terminal y le dijeron que le quedaba poco tiempo, tomó una decisión muy propia de él. Pidió el alta médica, regresó a casa y esperó allí el final, en silencio y a su manera, sin alargar en extremo una agonía, esperando la muerte en soledad como hacen las fieras en la jungla o como hacen los chamanes sábios cuando saben que ya su tiempo en este mundo a expirado.

El día de su entierro, alla por 1987, sus más allegados le hicieron un último tributo, un recordatorio que sólo se le podía hacer al gran Gleeson, portaron en su solapa un clavel rojo, seña de identidad de un dandi rotundo como era él. 

Al final de todo, tienes la sensación que su persona no terminó con su entierro y que la inexistencia vital sólo hizo que acrecentar su leyenda, al igual que su personaje icónico, El gordo de Minesota no termina con los títulos de créditos finales, sólo empieza a navegar en tu mente.

Si nunca has visto El Buscavidas, quizá este sea un buen momento para hacerlo. Y si ya la viste, tal vez merezca una segunda oportunidad o una tercera.

Porque algunas historias no envejecen, si no como el buen vino, madura y mejora.

Y creo que ya nuestro pianista está cansado y la noche empieza a ser demasiado bonita como para seguir escuchandome, así que amigo o amiga, que que no sé quien eres, deja que me marche carrando esta historia con un colorin colorado esta historia de billar a terminado. 

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