Bienbenidos otra vez a este su bar, si, hoy las mesas están completas, pero dejame que os busque un sitio en la barra, verán los días de partido de futbol esto se pone imposible, aquí, aquí es un buen lugar.
¿Saben?, a veces me quedo mirando a la gente que entra por esa puerta y me pregunto cuántos de ellos están jugando realmente el partido de sus vidas y cuántos simplemente... están haciendo que juegan.
Verán, el fútbol tiene esa mística, por eso de querer ver los partidos acompañados, se siente una hermandad única, hay paises que es la máxima preocupación y su vida parece que orbita sobre ese deporte cómo es en Brasil . Cuando pensamos en el fútbol brasileño, en esa tierra bendecida por el balón, a todos se nos llena la boca con los mismos nombres. Hablamos de la estética del joga bonito, de Pelé deteniendo el tiempo en el 58, de la sonrisa pícara de Ronaldinho, de la potencia devastadora de Ronaldo de Lima destrozando defensas en Europa. Parece que han nacido para ser leyendas, para que el Maracaná coree tu nombre, pero para ello necesitas tener un idilio místico con la pelota. Una velocidad endiablada, un regate que rompa cinturas, o un disparo que doble las manos de los porteros. Pensamos en el fútbol como una meritocracia absoluta, un lienzo verde donde el talento físico y la disciplina son los únicos pasaportes hacia la gloria y en cierta forma lo és.
Y es normal que lo piensen. Al fin y al que cabo, es lo que vemos en la televisión cada fin de semana. Hombres que parecen esculpidos por los dioses de la resistencia, corriendo noventa minutos bajo una presión que aplastaría al común de los mortales. El fútbol profesional es un embudo despiadado; de millones de niños que patean descalzos un balón de trapo en las favelas de Río o en los campos embarrados de Porto Alegre, solo un puñado selecto, una fracción de milímetro, logra firmar un contrato profesional. El resto se queda en el camino, con las rodillas dañadas y los sueños rotos. Por eso respetamos tanto a los que llegan. Por eso les pagamos millones. Porque asumimos que son superhombres. Que poseen un don divino que los demás no tenemos.
Pero la vida, amigos mío, no siempre premia al que mejor golpea la pelota. A veces, la vida premia al que mejor entiende la naturaleza humana. Al que sabe leer los deseos, los miedos y la vanidad de los que mandan.
Hoy quiero hablarte de un futbolista brasileño que rompe todos los esquemas de lo que crees que es este deporte. Un tipo que nació en los años sesenta, en una época donde el fútbol todavía se movía por el romanticismo y el instinto, antes de que los ordenadores y los análisis de datos lo midieran absolutamente todo. Físicamente, si lo hubieras visto entrar por la puerta de este bar, te habrías girado a mirarlo. Un portento. Alto, atlético, con una melena ochentera que parecía sacada de una estrella de rock, una planta imponente y un carisma que inundaba la habitación antes de que él siquiera abriera la boca. Tenía la mirada de los que ganan antes de empezar y el andar seguro de un ariete que va a reventar la red. Los ojeadores se frotaban las manos al verlo vestir de corto. Los presidentes de los clubes veían en él una mina de oro, el próximo gran delantero que los llevaría a levantar copas y a llenar las vitrinas de trofeos.
Tenía todo lo que el sistema exige. El físico, el respeto de sus compañeros, la adoración de la prensa y las ofertas de los grandes equipos sobre la mesa. Vivió la época dorada del fútbol. Compartió vestuario con campeones del mundo, firmó contratos lucrativos en Brasil, viajó a Europa, a México, a Estados Unidos. Estuvo en la élite. En la cumbre. En el lugar donde solo los elegidos pueden respirar y el resto de los mortales soñar con ello.
Durante dos décadas, su nombre estuvo inscrito en las plantillas de los clubes más importantes, cobrando sueldos de estrella, saliendo en las portadas y disfrutando de los lujos que solo este deporte puede darte. Una carrera de veinte años como profesional. Veinte años en el escaparate más exigente del planeta, donde un mal partido te condena al ostracismo.
Pero aquí viene el giro de la historia. El detalle que hace que te des cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que creemos a primera vista.
Ese hombre, ese atleta formidable, esa estrella de la que te hablo... se llamaba Carlos Henrique Raposo, aunque en el mundo del fútbol todos lo conocían como "El Kaiser".
Y su verdadero don, no estaba en sus botas. Estaba en su mente. Porque este hombre logró mantener esa carrera de veinte años al más alto nivel, cobrando contratos, firmando autógrafos y engañando a presidentes, entrenadores y aficionados... sin llegar a jugar ni un solo partido oficial en toda su vida. Ni uno solo. Veinte años viviendo del fútbol, siendo futbolista, sin tocar un balón en el césped.
Por que el Kaiser no sabía jugar al futbol, su talento era hacer creer a todo el mundo que si.
Seguro que ahora quieres saber su historia
Para entender el truco del Kaiser, hay que entender una gran verdad de la vida: a la gente le encanta que la engañen si el envoltorio es lo suficientemente brillante. Y Carlos tenía el mejor envoltorio del mundo.
El chaval no era tonto. Sabía que no sabía jugar, pero sabía lo que querían los clubes. Así que empezó por lo más importante en este negocio: las relaciones públicas. Carlos se hizo amigo de los tipos más grandes del fútbol brasileño de los ochenta. Gente como Rocha, Renato Gaúcho, Romário... tipos con un talento descomunal pero con un corazón blando para los buscavidas. El Kaiser los encandilaba en las discotecas, les organizaba las fiestas, les cubría las espaldas. Se convirtió en el alma de la noche de Río. Y claro, cuando una estrella como Renato Gaúcho firmaba por un gran club como el Flamengo o el Vasco da Gama, ponía una condición en la mesa del presidente: "Para que yo rinda al máximo, tenéis que fichar también a mi amigo Carlos. Es un delantero espectacular, solo necesita una oportunidad".
Y los presidentes, que de fútbol a veces saben lo justo, firmaban el contrato, aunque sólo fuera por complacer a la estrella del momento. Tres meses de prueba, un sueldo modesto, pero ya estaba dentro. El Kaiser ya era jugador de primera división.
Y ahí empezaba la verdadera magia, el arte de la puesta en escena. Carlos llegaba al primer entrenamiento. Físico impecable, melena al viento. Pedía el balón en el partidillo, corría con una potencia tremenda, daba dos pases y, al tercer toque... ¡ay! Se llevaba la mano al muslo, ponía cara de dolor de parto y se caía al suelo. "¡El isquiotibial!", gritaba. En los años ochenta no había resonancias magnéticas, ni escáneres, ni ecografías de alta definición. El médico del club le tocaba la pierna, Carlos pegaba un grito, y el diagnóstico era inapelable: rotura fibrilar. Tres semanas de baja.
¿Y qué hacía mientras estaba lesionado? ¿Se quedaba en su casa? Qué va. Se ganaba al vestuario. Se pasaba los días en el gimnasio, charlando con los lesionados, subiéndoles la moral, pagándoles las cenas y las copas . A los periodistas locales les regalaba camisetas del club y les filtraba cotilleos jugosos. ¿El resultado? Que mientras estaba en la enfermería, los periódicos publicaban titulares como: "El Flamengo espera con ansias la recuperación del Kaiser, el delantero que va a revolucionar el campeonato". El tipo era un genio del marketing antes de que existiera el término.
Incluso utilizaba tecnología de vanguardia para la época. Se paseaba por las instalaciones del club con un teléfono móvil —un armatoste gigante de los primeros que salieron— hablando en un inglés inventado y rudo. Les decía a los directivos de reojo: "Es mi representante... tengo una oferta millonaria del Real Madrid, pero yo me quiero quedar aquí porque amo a este club". Nadie en el equipo hablaba inglés, así que todos se lo tragaban. Años después se supo que el teléfono era de juguete.
Así estuvo varias temporadas, pero claro, el destino es muy puñetero y a veces te obliga a salir al escenario aunque no te sepas el guion. Le pasó en el Bangu, un club modesto de Río presidido por Castor de Andrade, un tipo que era el rey del juego ilegal, un mafioso de los de antes que no aceptaba un "no" por respuesta.
El Bangu iba perdiendo dos a cero, quedaban diez minutos y Castor, harto de ver a su fichaje estrella, por que le habían fichado como estrella del equipo, sin verle jugar pero por lo que decían de él, lo dicho, ver a su fichaje estrella en el banquillo, llamó al entrenador por el walkie-talkie y le ordenó: "Mete al Kaiser ya, nos jugamos el campeonato". El entrenados, asintió, cómo para llevar la contraria a semejante personaje, así que el entrenador se puso frente al Kaiser y le señaló con el dedo, Carlos se quería morir. Si salía al campo, el truco se terminaba. Se iba a notar que no sabía jugar y en ese campo con ese presidente no sólo se estaba jugando el prestigio.
¿Qué hizo? Mientras calentaba en la banda, escuchó a los aficionados del equipo rival que lo estaban insultando por su melena. Vio el cielo abierto. El Kaiser saltó la valla publicitaria, se metió en la grada y empezó a pegarse puñetazos con los hinchas contrarios. Una tangana monumental. El árbitro, lógicamente, corrió hacia él y le sacó la tarjeta roja antes de que pisara el césped. Expulsado sin jugar un segundo.
Cuando terminó el partido, Castor de Andrade entró al vestuario hecho una fiera, buscando la cabeza del Kaiser para cortársela. Y aquí es donde Carlos demostró que era un superdotado de la palabra. Antes de que el mafioso abriera la boca, Carlos lo miró con lágrimas en los ojos y le dijo: "Presidente... Dios me dio un padre que falleció cuando yo era niño. Pero hoy, Dios me ha devuelto a ese padre en usted. Y cuando he escuchado a esos aficionados insultarle, llamándole ladrón y mafioso... no lo he podido soportar. He tenido que defender su honor, porque usted es mi familia".
¿Saben qué hizo el mafioso? Se echó a llorar, le dio un beso en la frente y le renovó el contrato por seis meses más con un aumento de sueldo. Eso era el Kaiser. Un hombre capaz de salir de un pozo de estiércol oliendo a rosas. Así pasó por el Botafogo, por el Fluminense, e incluso cruzó el charco para ir al Gazélec de Francia, allí pasó otro de esos aprietos de los que sólo el Kaiser podía salir. El asistente del equipo le explicó lo que debía decir y hacer, le puso en los antecedentes de los equipos rivales, las señas de identidad y los canticos propios del equipo y que luego diera unos toques al balón por que a la prensa les encanta ese show en las presentaciónes, El Kaiser se quedó blanco, saltó al juego y vió ordenados como si fueran soldados una fila de balones para que hiciera su demostración, así que no se lo pensó saltó como un tarzan sin hacer caso a los periodistas, tomó todas las pelotas y las pateo hacia el publico congregado como regalo, todo lo que tenía forma de pelota acabó en la grada, incluyendo los balones que luego iban a usarse en el entrenamiento y claro sin ellos no hubo exhibición. Un genio absoluto.
La historia del Kaiser nos deja una moraleja fantástica, aunque un poco gamberra. Nos demuestra que en este mundo, muchas veces, la actitud vale muchísimo más que la aptitud. Nos pasamos la vida estresados, estudiando másteres, devorando tutoriales, intentando ser los más productivos, los más preparados, los más perfectos... cuando a lo mejor lo único que necesitamos es un buen corte de pelo, una sonrisa de oreja a oreja y una confianza ciega en nosotros mismos. El Kaiser nos enseña que si eres capaz de convencer al mundo de que eres el mejor en algo, a veces ni siquiera te hace falta demostrarlo. El síndrome del impostor no existe si tú eres el dueño del fraude.
Eso sí, de todo esto hay una lección vital que no debes olvidar nunca si alguna vez decides emular a nuestro amigo Carlos: si vas a montar una mentira que dure veinte años... asegúrate al menos de tener a mano un buen juego de teléfonos de juguete, búscate amigos que jueguen muy bien y que den la cara por ti, y sobre todo, reza para que nunca, bajo ninguna circunstancia, nadie te pase una pelota a los pies. Porque ahí, amigo mío, se acaba la poesía y empieza la física.
Y colorín colorado esta maravillosa historia de futbol ha terminado
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