Dichosos los ojos. Qué alegría verLe por aquí otra vez. Tome asiento, pongasé cómodo. Lo de siempre, ¿no? Déjeme que le diga al barman que te lo vaya preparando... tardará un par de minutos, que hoy estamos hasta arriba.
Mientras espera, déjeme que le cuente algo en lo que venía pensando esta tarde. El otro día hablábamos de los genios, ¿se acuerda? De esa gente que nace con un cable cambiado en la cabeza, avanzados a su época, capaces de ver lo que el resto ni sospechamos. Especialmente algunas mujeres que, en mundos absolutamente de hombres, demostraron un talento salvaje y fuera de lo común.
Es fascinante... pero también da miedo. Porque el talento es solo una herramienta, un superpoder. Y la pregunta es: ¿A que servicio lo pones?
Hubo una mujer que encarna esto mejor que nadie. Se llamaba Leni Riefenstahl.
Si le gusta el cine, tiene que conocerla. En los años 30, esta mujer hacía técnicas cinematográficas que hoy se siguen estudiando en las universidades. Se inventó los movimientos de cámara modernos, ponía vías de tren para seguir a los atletas, excavaba fosos para rodar desde abajo y dar sensación de grandeza... una visionaria absoluta.
Pero déjeme que le ponga en contexto, porque la historia de cómo llega una mujer berlinesa a mandar en los platós de los años veinte es una locura.
Leni era alemana, de pura cepa. Y antes de tocar una cámara, lo suyo era el cuerpo, el movimiento. Empezó como bailarina de danza contemporánea. Tenía un éxito arrollador por toda Europa, pero en una gira se lesionó gravemente la rodilla. Fin del baile. Cualquiera se habría hundido, pero ella no estaba hecha de esa pasta.
Descubrio el nuevo arte del cine de la forma más tonta. Esperando en una estación de metro en Berlín, vio el cartel de una película. Era un género muy de la Alemania de la época: el Bergfilm, el cine de montaña. Películas rodadas en los Alpes, historias de hombres y mujeres desafiando a las cumbres, al hielo, a la naturaleza salvaje. Leni se quedó hipnotizada por esa estética de la altura, de la pureza de la nieve, y se obsesionó. Dijo: "Yo tengo que hacer eso".
Ni corta ni perezosa, buscó al director más famoso de ese género, un tipo llamado Arnold Fanck, y consiguió que la contratara como actriz dramática. Pero claro, rodar en los Alpes en los años veinte no era irse de estudio con calefacción. Hablamos de escalar picos a tres mil metros de altura de verdad, en una escena la obligó a caminar descalza sobre la nieve, soportando en los rodajes ventiscas reales. Ahí arriba, entre grietas de hielo y picos helados, Leni se enamoró de la montaña... pero sobre todo, se enamoró del proceso del rodaje, de la creación de una historia.
Mientras los demás actores descansaban en las pausas del rodaje, ella se sentaba al lado de los operadores. Aprendió fotografía, aprendió cómo revelar el celuloide, cómo funcionaban las lentes. Absorbió el oficio como una esponja en condiciones extremas.
Hasta que se cansó de ser solo la cara bonita que sufría en la gran pantalla. En 1932, con treinta años, montó su propia productora y dirigió su primera película: La luz azul. Una fábula mística, rodada por supuesto en las montañas, que ella misma protagonizó, editó y dirigió. Cuando se estrenó, el mundo del cine se quedó con la boca abierta. Una mujer controlando cada plano, logrando una atmósfera visual que parecía de otro mundo.
Tenía el mundo a sus pies. Era la directora más prometedora de Europa, una fuerza de la naturaleza indomable. Tenía el talento, la ambición y el control absoluto de su arte y consiguió alzarse en aquella alemania como una estrella detras de la cámara de cine.
El problema... el gran problema de haber llegado tan alto, a la cumbre de la montaña, es que eres visible desde cualquier parte. Y abajo, en el valle, alguien muy peligroso la estaba observando.
Ese alguien... era un tipo que, unos años antes, andaba vagando por las calles de Viena con un abrigo raído, intentando ganarse la vida como pintor de acuarelas. Un artista frustrado, un austríaco al que las academias de arte habían rechazado dos veces diciéndole que no tenía talento.
Aquel pintor fracasado se llamaba Adolf Hitler.
Y en ese preciso momento, a principios de los años treinta, Hitler no era el monstruo que todos tenemos hoy en los libros de historia. Era un orador magnético, un tipo obsesionado con el poder que estaba revitalizando un partido político que, hasta hacía nada, era minúsculo, casi ridículo. El Partido Nacionalsocialista.
Hitler, que arrastraba esa frustración como, tenía una obsesión enfermiza con la estética, con la propaganda y con el cine. Sabía perfectamente que para conquistar la mente de un pueblo no bastaba con dar discursos chillando en los mítines; necesitaba imágenes. Necesitaba mitología. Necesitaba belleza que hipnotizara a las masas.
Y entonces, una tarde de 1932, Hitler entra en un cine de Berlín y ve La luz azul, la película de montaña de Leni.
Imagínate la escena. El futuro dictador se queda petrificado en la butaca del cine, fascinado por la estética de las cumbres, las luces místicas y la fuerza visual que esa mujer alemana había logrado plasmar en el celuloide. Para Hitler fue una epifanía. Se giró hacia sus colaboradores y les dijo: "Ahí está. Esa mujer es la que tiene que filmar el renacimiento de Alemania".
Poco después, se conocieron en una playa del mar Báltico. Él le confesó su admiración; ella quedó impactada por la arrolladora personalidad de ese líder político que prometía levantar al país de la miseria. Dos ambiciones salvajes se encontraron frente a frente.
Y así, nació el encargo: filmar el congreso del partido nazi en Núremberg en 1934. El resultado fue El triunfo de la voluntad. Y aquí viene la gran contradicción, lo que todavía hoy nos vuela la cabeza: Leni Riefenstahl filmó uno de los mejores documentales de la historia de la humanidad. Técnicamente, es una obra de arte cinematográfica incontestable.
Si estudias cine hoy en cualquier universidad del mundo, te van a poner escenas de este documental. Lo que esa mujer hizo allí fue revolucionario. Imagínate: dispuso de un equipo de más de ciento sesenta personas, colocó cámaras en ascensores detrás de los mástiles de las banderas para hacer planos verticales asombrosos, inventó los primeros planos sobre raíles en movimiento para rodar a las masas, y diseñó un montaje con un ritmo musical, casi hipnótico, que nadie había visto jamás.
Visualmente es perfecta. Consiguió retratar a los soldados no como hombres, sino como un mar geométrico, infinito y ordenado de rostros perfectos. A Hitler no lo filmaba desde arriba; colocaba la cámara en el suelo, apuntando al cielo, para que pareciera un dios descendiendo de las nubes. Leni no usó voz en off, no le hizo falta que nadie explicara nada. La fuerza de la luz, las sombras, el ritmo de las marchas... era pura poesía visual. Una genialidad absoluta, sin narración, sólo con la fuerza de las imagenes.
Pero... esa es la tragedia de esta historia. Que toda esa belleza, que todo ese despliegue de talento descomunal, no se usó para emocionar o para hacer reflexionar al espectador. Se usó para hipnotizar.
Ese documental fue la mejor arma de propaganda jamás diseñada. El partido nazi, que todavía tenía que afianzarse y convencer a los indecisos, encontró en la película de Leni el escaparate perfecto. Cuando los alemanes entraban en los cines y veían esa demostración de fuerza, de orden, de supuesta paz y grandeza mística, quedaban deslumbrados. Borró de un plumazo el miedo a los extremismos. Hizo que el horror pareciera un sueño patriótico hermoso.
Y el pueblo... el pueblo compró el envoltorio. Votó en masa, fascinado por esa estética impecable, entregándole el poder absoluto a un partido sin saber, o sin querer ver, que con ese voto estaban firmando su propia perdición. Estaban construyendo las vías del tren que los llevaría directos hacia el abismo más oscuro del siglo veinte.
Todo por culpa de unas imágenes bellísimas... que estaban completamente vacías de alma.
Y si cree que conEl triunfo de la Voluntad lo había hecho todo, que ya había llegado al cenit de su cinematografía, después llegó Olimpia. El documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Si el anterior era la cumbre de la propaganda política, este fue la cumbre de la estética del cuerpo humano y el deporte.
Leni volvió a hacer lo que nadie había intentado. Diseñó cámaras subacuáticas para filmar los saltos de trampolín desde el fondo de la piscina; excavó fosos en la pista de atletismo para rodar a los corredores recortados contra el cielo; inventó catapultas para lanzar cámaras en movimiento junto a los atletas... Técnicamente era una auténtica salvajada. Convirtió el deporte en poesía pura, en una danza de dioses griegos modernos.
Usó un principio de moviola y creo las técnicas que hoy consideramos normales dentro de una retransmisión deportiva, pero todas llevan su nombre.
Con esos dos documentales, Leni Riefenstahl tocó el cielo. Se convirtió, sin duda, en una de las mujeres más influyentes, poderosas e importantes de toda la Alemania nazi. Tenía el respeto de la industria mundial, el dinero del Estado y la admiración sumisa de un Hollywood que la miraba con una mezcla de envidia y asombro. Una mujer reinando en la cima del mundo del cine.
Pero entonces... estalló la guerra. Y las hermosas imágenes de cuerpos perfectos y desfiles ordenados se convirtieron en humo, trincheras, sangre y campos de exterminio en una solución final que avergonzó al ser humano. El sueño estético de Leni se dio de bruces con la realidad del monstruo que ella misma había ayudado a crear.
Cuando el régimen nazi cayó en 1945, el mundo despertó de la hipnosis y vio el horror desnudo. Y Leni cayó con ellos. Pasó por campos de detención, fue juzgada cuatro veces en los procesos de desnazificación. La sentencia oficial dictaminó que no había sido miembro activo del partido, sino una "simpatizante". Pero el tribunal de la historia es mucho más implacable que el de los hombres. Su carrera en el cine comercial se terminó para siempre. Nadie quería volver a contratar a la mujer que había hecho bello el fascismo.
A partir de ahí, su vida fue un intento desesperado, agónico, por limpiar su nombre. Pasó décadas intentando desencasillarse, buscando una pureza que ya no existía en su pasado. Viajó a África, a Sudán, y convivió con la tribu de los Nuba. Los fotografió durante años buscando, esta vez, una visión mucho más humanista, alejada de la política, fascinada por la belleza de otra cultura. Pero daba igual lo que hiciera. Daba igual que se sumergiera en los océanos con más de setenta años para filmar peces y corales en un silencio absoluto. La mancha estaba ahí. Imborrable. Pegada a su piel como un estigma.
Es una tragedia terrible si lo piensas. La mujer con más talento de la cinematografía mundial había puesto su genio al servicio de un monstruo, sin darse cuenta de que ese mismo monstruo, al final, también la devoraría a ella. Cayó en una desgracia absoluta, en el ostracismo. Y aunque con los años llegó a pedir disculpas, a lamentar haber rodado aquella película, el peso de los millones de muertos que dejó atrás el partido nazi —un partido al que ella ayudó a encumbrar con su arte— impidió que el mundo la perdonara. Murió con 101 años, sola con sus recuerdos, arrastrando el peso de su propia genialidad maldita.
Pero ya ha pasado mucho tiempo desde su muerte... y sabes, cuando lo pienso aquí, en la tranquilidad de la noche, a mí me gusta quedarme con otra parte de la historia. Prefiero rescatar a aquella joven berlinesa apasionada por el cine, a la mujer indomable que escalaba picos descalza en los Alpes, a la emprendedora que levantó su propia productora en un mundo absolutamente dominado por hombres y que cambió las reglas de cómo se filma una película para siempre.
Prefiero quedarme con la gran cineasta que fue... y, quizás, solo por un momento, olvidar el monstruo que ayudó a crear.
Vaya, ahí tiene su bebida. Disculpa que te haya entretenido con mis historias, pero es que hay vidas que son demasiado grandes como para no contarlas. Que la disfrutes. Si necesitas algo más, ya sabes dónde estoy. Quizá otro día te apetezca otra historia, pero en este caso, COlorín colorado esta historia del un talento maldito a terminado
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