Acompáñeme, por favor... Justo aquí tenemos una mesa perfecta para usted. Apartada del ruido, cerca de la barra, con buena visibilidad, pero con la intimidad suficiente.
Es aquí. Póngase cómodo.
Disculpe, veo que trae un libro bajo el brazo. Un catálogo de arte, si no me equivoco. Qué delicia. ¿Le gusta la pintura? ¿Los grandes genios? Me lo imaginaba. Hay algo en la forma en que cuida ese volumen que delata a los que aprecian la belleza. Supongo que será de los que disfrutan perdiéndose por los pasillos de los grandes museos, observando esos lienzos históricos a escasos centímetros, dejándose atrapar por las pinceladas de los maestros... ¿Verdad?
Sí, claro. Lo sabía. Es una experiencia casi mística. Entrar en una sala, ver un Velázquez, un Rembrandt, un Goya... y sentir el peso de los siglos.
Pero mire... ahora que estamos aquí, solos usted y yo, de fondo suena el piano y la noche es joven... déjeme proponerle un juego. Un juego al más puro estilo Matrix. Imagineselo por un momento. Aquí, sobre la mesa, tengo dos pastillas virtuales. Una roja y otra azul.
Si usted elige la pastilla roja... bueno, el juego termina, me marcho. Le traigo su bebida y usted se sumerge en su maravilloso libro y el mundo sigue girando exactamente igual que siempre. Mañana volverá a un museo y verá arte, genialidad y misterio. Nada habrá cambiado.
Pero... si elige la pastilla azul... ah, amigo... si elige la azul, las cosas cambian. Si toma la azul, le voy a contar una verdad incómoda. Una verdad tan oscura y profunda sobre el mundo del arte que, se lo prometo, la próxima vez que pise un museo, ya no lo mirará con los mismos ojos. Su forma de observar esos cuadros sagrados cambiará para siempre.
Vaya. Veo en sus ojos que no ha dudado ni un segundo. Ha elegido la azul. Me gusta la gente valiente.
Bien. Tras la historia puede pedir lo que quiera, invita la casa. quiero que el golpe sea lo más dulce posible por que vamos a hablar de arte. O, mejor dicho, vamos a hablar del negocio que se esconde detrás de los marcos dorados. De un negocio oscuro, de millones de euros, de vanidad y de engaño.
Un negocio que un andaluz... un hombre llamado Francisco José García Lora, conoce mejor que nadie en este mundo. Él sabe perfectamente qué hay detrás del telón. Porque él estuvo allí. Y hoy, usted va a descubrirlo tambien.
Piénselo por un instante... Hay gente cómo usted que viaja miles de kilómetros. Cruzan océanos, compran billetes de avión, arrastran maletas por aeropuertos masificados... ¿Para qué?
Para meterse en un museo.
Piense, por ejemplo, en Viena. En el Palacio Belvedere. La gente va allí, obviamente, por El Beso de Gustav Klimt. Quieren ver de cerca ese oro, esa textura, la culminación de la época dorada del pintor. O piense en Madrid, aquí mismo, en el Museo del Prado, con sus salas imponentes repletas de las miradas oscuras de Goya o la profundidad aérea de Velázquez. O, cómo no, el Louvre en París... un laberinto donde millones de personas buscan desesperadamente la fuerza de Delacroix o la misteriosa sonrisa de los lienzos de Da Vinci.
Esos grandes cuadros... Esas firmas sagradas de esos grandísimos pintores mueven a millones de personas al año. Millones. En un engranaje perfecto. Un negocio redondo y sumamente lucrativo para absolutamente todo el mundo.
Por un lado, está el viajero, que regresa a su casa con el alma llena y la satisfacción de haber contemplado la genialidad humana en primera persona. Por el otro, está el propio museo, que cobra entradas a precios a veces desorbitados, además de los ingresos por las tiendas de recuerdos, las audioguías y los cafés a precio de oro. Y, por supuesto, la ciudad que acoge a esos miles de turistas diarios; piensen en los hoteles, los restaurantes... Piensen en el vecino de esa misma ciudad, que consigue un puesto de trabajo gracias a este descomunal turismo de pinacotecas.
Es idílico, ¿verdad? Un círculo perfecto donde todos ganan y nadie pierde. El arte eleva el espíritu y, de paso, llena los bolsillos de sociedades enteras.
Un negocio impecable... Siempre y cuando lo que esté colgado en esa pared iluminada sea, de verdad, lo que el cartelito dice que es.
Porque... ¿qué pasaría si le dijera que la línea que separa una obra maestra de una copia perfecta es mucho más delgada de lo que su entrada de veinte euros le permite imaginar? Ahí es donde la pastilla azul empieza a hacer efecto.
Y ahí entra el nombre que le he dado anteriormente Francisco José García Lora, que será nuestro cicerone en esta verdad incomoda que se prefiere ocultar
Verá Francisco era, ante todo, un pintor con un talento descomunal. De esos que nacen con un don en las manos y que, desde niño, ya demostraban que veían el mundo con otra perspectiva. Estudió Bellas Artes, se licenció, y empezó vendiendo sus propios cuadros realistas por unos pocos miles de euros. Una vida honrada. Pero el mercado legal del arte es duro, y un buen día, cuando tenía unos veintisiete años, llamaron a su puerta. Le ofrecieron pasarse al lado oscuro. Le propusieron un trato: dejar de firmar como G. Lora y empezar a firmar con los nombres más sagrados de la historia de la pintura. Y dijo que sí rondaba el año de 1999 cuando tomó esa decisión que le cambiaría la vida y tambien fue ahí donde empezó el mito del que probablemente ha sido el mejor falsificador de España.
Verá, la mayoría de la gente piensa que falsificar un cuadro es simplemente ponerse delante de una foto y copiar los colores. Qué ingenuidad. Si haces eso, el primer análisis químico en un laboratorio te destruye en cinco minutos. García Lora no copiaba; él viajaba al pasado.
Para engañar a los grandes expertos, necesitaba que el soporte fuera impecable. Su red de contactos le conseguía lienzos en blanco por ejemplo del siglo diecisiete o dieciocho. Sí, como lo oye: telas de la época que habían sobrevivido al tiempo, a veces limpiando pinturas antiguas sin valor que nadie iba a extrañar. Le traían maderas antiguas, bastidores de época e incluso clavos oxidados de la época. Si un perito miraba el reverso del cuadro, todo lo que veía era madera y metal con trescientos años de historia real. Pasaría hasta la prueba del carbono 14.
¿Y la pintura? Nada de tubos acrílicos modernos comprados en la tienda de la esquina. García Lora creaba sus propios pigmentos a mano, machacando los minerales exactamente de la misma forma en que lo hacían Velázquez, Rembrandt o Goya. Aceite de linaza, resinas naturales, aglutinantes de la época... Todo medido al miligramo. Pero el verdadero arte, el truco maestro, venía después de pintar. Había que envejecer la obra.
Para simular el paso de los siglos, utilizaba procesos térmicos brutales: calor extremo para secar la pintura de golpe, seguido de choques de frío para cuartear la superficie. Así lograba el craquelado, esa finísima red de grietas que el tiempo tarda décadas en esculpir. Luego aplicaba pátinas de suciedad artificial, polvo de carbón, barnices oxidados... El resultado era tan perfecto que pasaba el filtro de cualquier especialista, de cualquier perito judicial, de cualquier casa de subastas internacional. Sus Goyas, sus Van Goghs y sus Picassos eran indistinguibles de los auténticos o todo lo autentico que puede ser una falsificación perfecta.
Durante años copió a los grandes para dar el cambiazo, Pero un día Francisco cayó
Y aquí viene lo mejor de la historia. ¿Sabe cómo lo atraparon? ¿Piensa que fue porque un científico analizó un pigmento microscópico bajo luz ultravioleta y descubrió el fraude? No. Jamás. Ninguna de sus obras fue descubierta. A Francisco José García Lora lo cazó un chivatazo. Alguien de su propio entorno, alguien que sabía demasiado o que quiso ajustar cuentas, levantó el teléfono y habló con la policía. Así de prosaico. Así de humano
Porque en este negocio, el eslabón débil nunca es el lienzo; es la codicia.
¿Y querras saber quiénes eran sus clientes? Se sorprendería. No eran mafiosos de poca monta. Eran intermediarios, galeristas y, sobre todo, coleccionistas multimillonarios. Personas con un patrimonio tan inmenso que ya pueden comprar cualquier mansión o yate, cosas que no son únicas. Ellos querían lo inaccesible: un Velázquez o un Sorolla, bastaba con que un cuadro saliera del museo cedido a otro, para que en el trayecto se le diera el cambiazo, bastaba con que uno de esos propietarios con necesidad de liquidez vendiera en una subasta una copia, para quedarse con el original y el dinero, el comprador, muchas veces coleccionistas privados pero otras muchas museos o instituciones. En otras ocasiones, el cambiazo servía para estafar a seguros, para dar el cambiazo en herencias familiares o para engañar a incautos compradores. Una red de mentiras de alta sociedad donde todos querían poseer el mito del original de lo exclusivo, de lo único.
Cuando la policía desmanteló la red, el juicio se saldó con una condena de varios años de cárcel para el pintor por falsificación y estafa. Pero lo verdaderamente fascinante, lo que nos devuelve a la pastilla azul de esta noche, es lo que ocurrió en los tribunales. Durante todo el proceso, y en la propia sentencia, jamás se quiso rascar en la superficie. Nadie insistió en averiguar quiénes eran los clientes VIP de García Lora. Las autoridades miraron hacia otro lado. ¿Por qué? Piénselo.
Recuerda lo que le he dicho al principio, esa maquinaria que trae prestigio, dinero y trabajo. Esos grandes museos que mueven a millones de turistas cada año. ¿Que pasaría si se supiera que gran parte de su colección es falsa, que esos Rubens, Picasssos o Velazquez son en realidad copias de pintores actuales como nuestro protagonistas?. Algún país estaría dispuesto a pegarse un tiro en el pié, no es mejor no saber más sobre las falsificaciones.
Francisco José García Lora se pasó casi 5 años en la carcel, de la organización sólo cayeron dos personas, piense ahora por un sólo momento, cuantos pintores a como Francisco ha habido a lo largo de los años, de los siglos.
Bueno, vendrá el camarero a tomarle nota y recuerde que está invitado.
Sólo dígame... ¿qué cree que hay colgado en el museo que va a visitar la semana que viene un original o una copia? ¿Sabría diferenciarla?
Lamento haber roto la magia y la inocencia, se lo advertí al principio, pero colorín, colorado, esta oscura historia del negocio del arte, ha terminado
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