jueves, 24 de septiembre de 2026

Aquel genio de la comedia DANNY KAYE

 verán hoy comenzamos un ciclo muy personal, hoy nos detenemos a contemplar una figura que parece haberse desvanecido en el retrovisor de las nuevas generaciones. Al igual que un fantasma solitario en la bruma de una carretera, su trabajo, su obra, su maestría ha quedado borrosa e invisible para el espectador actual. Hoy os presentamos al maestro de la comedia Danny Kaye

Un hombre que, durante las décadas de 1940 y 1950, personificó la alegría más pura, el dinamismo y la genialidad polifacética en la era dorada de Hollywood. Hablo de Danny Kaye. Detrás de sus trabalenguas imposibles, sus bailes milimétricos y su magnética melena pelirroja —que en realidad era un castaño teñido por exigencias del estudio— se escondía un hombre complejo, atrapado entre las feroces corrientes políticas de su tiempo y los secretos de una vida íntima que el mundo de entonces no estaba dispuesto a aceptar.

Para entender al mito, debemos viajar al Brooklyn de 1911. Allí nació bajo el nombre de David Daniel Kaminsky, en el seno de una humilde familia de inmigrantes judíos ucranianos. Su infancia no fue fácil y la pérdida temprana de su madre lo empujó a buscar refugio en el mundo del entretenimiento. Abandonó los estudios siendo un adolescente y comenzó a foguearse en el llamado Borscht Belt, un circuito de hoteles vacacionales en las montañas de Catskills. Allí asumió el rol de tummler, una palabra yiddish que define al animador todoterreno encargado de hacer reír a los huéspedes a cualquier hora, pasara lo que pasara. cómo si de un bufón medieval se tratara.
 En ese gimnasio del directo, Danny Kaye aprendió el arte de la improvisación, la pantomima y el control absoluto de su cuerpo.
El punto de inflexión definitivo llegó en 1941, sobre las tablas de Broadway. En el musical Lady in the Dark, Kaye interpretó una canción titulada "Tchaikovsky". En ella, lograba la hazaña de recitar los nombres de cincuenta compositores rusos a una velocidad vertiginosa, en apenas treinta y ocho segundos y sin parecer tomar aire. Esa demostración de virtuosismo vocal encandiló al magnate del cine Samuel Goldwyn, quien supo de inmediato que ese joven de Brooklyn tenía que ser una estrella de la pantalla grande.
El Hollywood de la posguerra cayó rendido a sus pies. Películas como Un hombre fenómeno, La vida secreta de Walter Mitty y, más tarde, el clásico navideño Navidades blancas junto a Bing Crosby, consolidaron su estatus. Su cumbre cinematográfica llegaría con El bufón de la corte, dejando para la historia de la comedia, la legendaria rutina del trabalenguas sobre "el cáliz con el veneno". Kaye era una fuerza de la naturaleza que cantaba, bailaba y desparramaba una energía casi infantil que aliviaba las tensiones de una sociedad que salía de los traumas de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, a finales de los años cuarenta, el ambiente en Hollywood se volvió asfixiante. La irrupción del Macartismo y la caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas sembraron la paranoia. Danny Kaye, un hombre de firmes convicciones progresistas, se unió al Comité de la Primera Enmienda junto a figuras como Humphrey Bogart y Lauren Bacall, viajando a Washington para protestar contra la persecución a sus compañeros. Aunque su enorme popularidad y su posterior volcado hacia causas benéficas evitaron que fuera formalmente procesado o incluido en las listas negras oficiales, el FBI mantuvo un expediente abierto sobre él. El miedo a perderlo todo obligó al cómico a medir cada paso y a moderar su perfil público en un Hollywood donde una simple sospecha destruía carreras para siempre.
Pero la hostilidad del entorno no solo eran amenazas a sus ideas políticas; también cercaba su vida más íntima. Danny Kaye estuvo casado durante décadas con Sylvia Fine, una mujer brillante que fue la arquitecta invisible de su éxito, componiendo casi todas las complejas canciones y monólogos que él defendía en escena. Su matrimonio fue una sociedad profesional inquebrantable, pero en lo personal, la realidad era muy distinta. Tras la fachada del hombre de familia feliz, Kaye vivió su homosexualidad en una clandestinidad impuesta por la época.
En los mentideros de la industria cinematográfica siempre resonó con fuerza el rumor de su romance más profundo y doloroso: una relación secreta de diez años con la leyenda del teatro británico, Sir Laurence Olivier. Biógrafos y testimonios de la época apuntan a que este vínculo transformó la vida de ambos actores, quienes debían inventar excusas, viajes compartidos con amigos comunes como Noël Coward y encuentros discretos para poder amarse lejos de las cámaras y los cotilleos.
Era en un tiempo donde la homosexualidad era perseguida por la ley y castigada con el ostracismo absoluto de aquellos que eran descubiertos, impidiendoles trabajar en una industria implacable con el diferente. 
Mantener esa doble vida generó en Kaye un carácter a menudo distante, frío y sumamente autoexigente detrás de las cámaras, un contraste radical con la calidez desbordante que proyectaba en sus películas.
Con los años, el cine fue espaciando sus llamadas, y Danny Kaye decidió canalizar su inmensa energía hacia horizontes asombrosos. Se convirtió en un chef experto en cocina china, obtuvo la licencia de piloto comercial acumulando miles de horas de vuelo, e incluso llegó a ser copropietario del equipo de béisbol de los Seattle Mariners. 
Pero su legado más imperecedero fuera de las pantallas fue su labor como el primer Embajador de Buena Voluntad de UNICEF. Durante más de tres décadas, Kaye recorrió el mundo entero pilotando su propio avión para llevar vacunas, recursos y, sobre todo, risas a los niños de los rincones más desfavorecidos del planeta. Decía que los niños eran el recurso natural más valioso del mundo. Su entrega le valió el reconocimiento internacional y un premio Óscar honorífico por su labor humanitaria.
A comienzos de los años ochenta, la salud del artista empezó a quebrarse. En 1983 se sometió a una cirugía de bypass quíntuple, que curioso que fuera el corazón el que le fallara, pienso que quizá por todo lo que lo había usado en hacer reir y ayudar a los demás, en mi mente, esa generosidad hizo que le pasara factura. 
Fue durante los procedimientos hospitalarios de esa época cuando, a causa de una transfusión de sangre contaminada, contrajo hepatitis C, una enfermedad que deterioró gravemente su organismo en sus últimos años vida.
Danny Kaye falleció el 3 de marzo de 1987 en Los Ángeles, a los 76 años de edad, debido a complicaciones cardíacas y de la hepatitis que había contraido en el hospital. 
Se marchaba un hombre que había hecho reír a millones de personas mientras cargaba en silencio con las tensiones de un mundo que le obligaba a ocultar quién era realmente. 
Hoy, al rescatar su nombre, no solo recordamos al genio que desafiaba a la respiración con sus canciones, sino al ser humano complejo que, a pesar de las sombras y de la intolerancia de su tiempo, eligió regalarle al mundo su luz más brillante.
Y desde aquí, desde este humilde canal de cine, vamos a reseñar sus mejores películas, esperando que algún joven conozca su obra, disfrute de su comedia que por que no decirlo es muy tontorrona y que ese fantasma de la carretera que desapareció al pasar, vuelva a saludarnos con una sonrisa sincera por el retrovisor.
Así que señoras, señores, niños y niñas con todos ustedes el ciclo de Danny Kaye y que vivan el cine

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